CAPÍTULO VII #4
Cuando está decidido a algo, no hay nada que le haga cambiar de idea. Aunque sepa que tiene todos los números para perder la vida. Es el mayor cabezón de la Galaxia —dijo Lisa.
—Me menosprecias, chata. El mayor cabezón de esta Galaxia y de casi todas las demás; al menos, eso espero. Me molestaría saber que existe alguien más cabezón que yo en este Universo —replicó Robert.
—No... tranquilo. Seguro que no existe —insistió Lisa.
—Diana... temo que Lisa tiene razón. Al fin y al cabo, me conoces mejor que tú.
Obstinado hasta las últimas consecuencias; desde pequeño y con orgullo.
Al menos, cuando algo me importa mucho; y tú eres lo que más me importa en la vida.
Te he estado dejando hablar como quien oye llover pero, por supuesto, no voy a consentir que te entregues.
Ya puedes decir misa, patalear o darte cabezazos...
—Robert, has perdido la razón —le dijo Diana, rindiéndose ante tanta cerrazón.
—Es posible...
—Si tuviese fuerza para obligarte a rendir la Keops...
—Pero no la tienes. O sea, deja ya de decir tonterías. Tú y yo vamos a hacer lo que yo diga y punto —dijo Robert enérgico—. Bueno, Julia... dame línea con el Hércules, por favor.
—Un segundo, Robert —contestó la computadora—. Cuando quieras...
"Comandante Robert Hackman al crucero Hércules.
Omar, todos los rehenes han sido liberados y van a abandonar la Keops en nuestra pequeña nave auxiliar. Irán a su encuentro para que el Hércules los recoja.
Ellos han actuado bajo secuestro, amenazados de muerte, de forma que no tienen ninguna responsabilidad en nada de lo que ha ocurrido.
Yo asumo la absoluta responsabilidad de los hechos; en especial, de la muerte de Kurt Heidegger.
Hago en esta transmisión declaración jurada de ser el único autor de ella.
De lo cual, dicho sea de paso, no me arrepiento en absoluto.
Para tu conocimiento, imbécil, no me preocupa lo más mínimo realizar esta confesión, pues tú no vas a tener huevos para atraparme y hacerme juzgar por ella.
Respecto a tu "generosa y benevolente" oferta de prometerme lenidad en el castigo, ya sabes por dónde te la puedes meter. Te será fácil hacerlo pues, según tengo entendido, tienes mucha costumbre de ello.
Espero que te pudras pronto en el infierno por la masacre de los inocentes de Oldrán. Sé que Dios te pasará factura por ella.
No me merece la pena seguir perdiendo mi valioso tiempo en dirigirme a una hiena asesina como tú. De forma que me despido atentamente.
Tuyo afectísimo. Robert Hackman."
Fin de la transmisión.
—Te has pasado... —comentó Lisa.
—Pero no sabes lo a gusto que me he quedado...
—Exquisitamente delicado, como siempre... Si sales de ésta, deberías pensar en meterte a diplomático colonial —comentó Iridu sarcástico.
—Pues... no te creas. Es para pensárselo. Los diplomáticos ganan una fortuna y... con mis dotes naturales... —siguió Robert la broma.
—No sé cómo tenéis ganas de bromear —les recriminó Diana—. Robert, ¿te das cuenta de que Omar no va a tener piedad de ti si te atrapa, después de todo lo que le has dicho?
—Mira cómo tiemblo... —le respondió Robert meneando el dedo pulgar.
—Verdaderamente, no sé si te quieres hacer el seguro para tranquilizarme, o si realmente lo estás —le volvió a decir Diana.
—Mira... hablando en serio. No puedo estar seguro de que Omar no me vaya a matar; es más, lo lógico es pensar que lo haga.
No te creas que no me importa; no estoy loco.
Pero no conseguiría nada poniéndome histérico.
Si conservamos la serenidad, tendremos más posibilidades de salir con vida de ésta.
Y para eso es bueno bromear de vez en cuando.
Ahora bien, de lo que sí estoy verdaderamente seguro, es de que Omar no me va a coger con vida.
—Vaya consuelo... —intervino Lisa.
—Pero en todo caso, tío, hay que reconocer que has estado genial. A ese cerdo se la has metido en todo el morro —le dijo Iridu en su peculiar argot.
—Robert... ¡Por Dios! Volvamos a la realidad. ¿Cómo piensas llegar al punto de inflexión antes de que los cazas nos abatan? Según Julia es imposible. Debiste rendirte —le dijo Diana.
—¡No lo sé! De momento, mientras los demás se van en la nave auxiliar, seguiremos volando hacia allí a la máxima velocidad.
Algo se ocurrirá... En fin, creo que Dios nos ayudará.
Estoy seguro de que todo esto tiene una finalidad, y Él nos dará la ocasión de cumplir con la misión que nos tiene encomendada.
—Robert... tienes demasiada confianza en eso —le dijo Lisa—. No sé... ojalá estés en lo cierto, pero lo dudo. Envidio tu fe.
De pronto, Iridu se quedó serio, con una extraña expresión en su simpático rostro de tortuga.
—¡Por Yeral! ¡Seré imbécil, cómo no se me habrá ocurrido antes! —exclamó entusiasmado.
Todos le miraron sorprendidos. Robert con especial interés; pues estaba acostumbrado a las genialidades de su escamoso amigo.
—¿Qué se te tenía que haber ocurrido antes, Iridu? —le preguntó, con el presentimiento de que iba a ser algo muy interesante, providencial incluso...
—Ninguno habíamos caído en eso...
—No nos tengas en ascuas; caer... ¿en qué?
—En que en el sistema Sirio hay una "ventana al infinito". Además, está relativamente cerca de nosotros; mucho más que el punto de inflexión.
—¡Dios mío! ¡Es cierto! ¿Cómo no lo hemos pensado antes? Yo también creo recordar que está entre las órbitas del tercer y cuarto planetas del sistema —exclamó Robert entusiasmado.
—Exacto, Robert. Entre Tuygen y Hurdenlar. Mucho más cerca que el punto de inflexión. Tenéis posibilidades de alcanzar la ventana antes de que los cazas destruyan la Keops —afirmó Iridu.
Diana miraba estupefacta a Robert y a Iridu, sin entender una sola palabra de lo que decían.
—Eres un genio. No sé qué haría sin ti, Iridu. Siempre que hemos estado en algún apuro, tus ideas han sido una tabla de salvación. Pero esta vez ha sido un milagro. Francamente, empezaba a creer que no lo íbamos a conseguir —le dijo Robert entusiasmado.
—Julia... si cambias ahora mismo la trayectoria, ¿en cuánto tiempo alcanzaríamos la ventana? —preguntó el cheviano.
—En una hora y 47 minutos —respondió la computadora de a bordo con su habitual precisión y eficacia.
—¿Veis...? Se puede conseguir.
—Tienes razón, Iridu. ¡Se puede conseguir! Julia, fija inmediatamente las nuevas coordenadas del punto de destino —ordenó Robert con entusiasmo desmedido.
—Pero... ¿estáis locos? ¿Una "ventana al infinito"? ¿Y eso os parece tan formidable? —preguntó Lisa viniendo a poner freno a tanto optimismo—. Es un suicidio...
—No es lo mejor; pero, al menos, es una posibilidad de salvación —respondió Robert—.
Julia no se equivoca; está claro que era imposible alcanzar el punto de inflexión antes de que los cazas acabasen con nosotros.
Huir hacia él era la muerte segura; esto, al menos, es una posibilidad entre cien. Es nuestra última esperanza...
—¿Una posibilidad entre cien...? Ni una entre un millón. Nadie ha conseguido volver de una ventana... —afirmó Lisa.
—Para todo hay una primera vez... —respondió Robert conservando su optimismo.
—Nunca se ha enviado a una nave tripulada y las sondas sin tripular que lo han intentado jamás han regresado.
—Eso no quiere decir que no hayan llegado a algunaparte...
—Pero... ¿a dónde? Suponiendo que no se hayan quedado eternamente en el hiperespacio...
—A donde sea. En todo caso, será mejor que esperar a ser reventados por los misiles del cerdo de Omar.
—Hombre... eso sí.
—El que se pueda volver al espacio normal, después de saltar al hiperespacio por una "ventana", no es más que una teoría de algunos físicos.
Sólo los puntos de inflexión permiten una traslación controlada.
No se sabe a dónde conducen las ventanas; si es que conducen a algunaparte.
Tal vez, os desintegréis si lo intentáis o, tal vez, la Keops permanezca vagando eternamente, fuera del tiempo y del espacio —dijo Louis.
—Tal vez, sí. Todos son posibilidades. Pero en el espacio normal sí sabemos exactamente lo que nos espera; la muerte.
Diana les interrumpió, pues todos menos ella parecían saber de qué hablaban.
—Perdona un segundo, pero... ¿qué es una "ventana al infinito"? Aunque lo estoy tratando de buscar en los recuerdos de mi nuevo cerebro, temo que no lo entiendo.
—Es difícil explicártelo si no lo sabes previamente. Para hacerlo, tendría que usar conceptos de física avanzada —contestó Robert.
—Inténtalo, por favor.
—De acuerdo, mira... Como sabes, por los conocimientos de Diana Williams, en el espacio hay determinados puntos a los que llamamos puntos de inflexión.
En éstos, si una astronave genera a su alrededor un tipo de fortísimos campos electromagnéticos, distorsiona el sistema espacio-tiempo en el lugar en que se encuentra.
Al hacerlo, escapa del espacio normal; del espacio en el que estamos ahora, en el que tú y yo hemos nacido, en el que están todos los astros que vemos...
y salta al hiperespacio. Las leyes físicas que, en teoría, podrían explicar esto fueron postuladas hace más de mil años; sin embargo, en la práctica, la navegación hiperespacial es algo que no se ha dominado hasta hace muy pocos siglos.
—Sí, eso ya lo sabía... aunque no entiendo muy bien lo que es realmente el hiperespacio —dijo Diana.
—Ni ninguno de nosotros. Llevamos toda la vida utilizándolo y no lo comprendemos. Es una realidad de las leyes físicas, pero un cerebro normal no puede entender su verdadera naturaleza.
—Bien, de acuerdo, pero... ¿las ventanas al infinito?