CAPÍTULO VII #2
La aceleración, que aplastaba a los tripulantes de la nave contra sus asientos, había cesado al entrar ésta en órbita, dando paso a una situación de ingravidez total.
Sólo los cinturones de seguridad impedían que los ocupantes de la Keops saliesen flotando de sus asientos. Esta situación, frecuente e incluso rutinaria para los demás, resultaba sorprendente para Diana.
—Julia, te paso el control de la nave—dijo Robert a la computadora de a bordo—. Espero que no te haya molestado que hayamos preferido despegar manualmente. La maniobra podía resultar peligrosa y aún no sabíamos si estabas completamente reparada.
—No, por supuesto. Vosotros sois quienes decidís cuándo debo pilotar yo la nave y cuándo no—respondió cortésmente, como siempre—. ¿Cuál es nuestro destino, Robert?
—Punto de inflexión espacio-temporal del sistema Sirio.
Debemos navegar a máxima potencia hasta llegar al punto de escape hacia el hiperespacio.
Es vital para nuestra supervivencia que lleves allí a la Keops en el menor tiempo posible; aun a costa de arriesgar los sistemas de funcionamiento de la nave.
—Julia... otra cosa. Existe la posibilidad de que, antes de salir del espacio normal, seamos perseguidos e incluso atacados por naves de combate de nuestra propia Flota Estelar.
Deberás ignorar cualquier orden que recibas que no provenga de alguno de nosotros; aunque sea dada por altos cargos de nuestras instituciones. ¿Me comprendes, Julia?
—Podéis estar tranquilos. Estoy programada para obedecer únicamente vuestras órdenes. No es necesario que, si no lo deseáis, me deis explicaciones por estas extrañas instrucciones.
—Muy bien, Julia. Sería muy largo de contar... Llévanos al punto de inflexión cuanto antes, aunque revientes la nave.
Los propulsores de fusión nuclear lanzaron a la Keops desde la órbita de Oldrán hacia las negras fauces del espacio.
La brutal aceleración resultaba apenas soportable para los viajeros de la nave, los cuales, pegados a sus asientos, podían ver en la pantalla cómo la esfera de Oldrán se alejaba con rapidez, haciéndose cada vez más pequeña.
Un nudo atenazaba la garganta de Diana mientras las lágrimas resbalaban por sus delicadas mejillas.
Robert la miró en silencio, comprendiendo el infinito dolor que debía sentir viendo alejarse aquella gigantesca esfera, envuelta en un tétrico manto de nubes blancas.
Ella sabía que aquel planeta muy pronto se convertiría en una inmensa tumba para todos sus semejantes.
La voz de Julia interrumpió sus pensamientos.
—Si continuamos sobrecargando el reactor nuclear, correremos peligro de que los moduladores de la reacción no sean capaces de controlar el proceso.
—¿Y...? —preguntó Joao.
—...Y, si esto ocurre, se producirá la fusión total del núcleo del reactor —respondió la computadora de vuelo.
—No soy físico —replicó el brasileño—. Pero sospecho que eso es malo... ¿no?
—Muy malo —le contestó Lisa—. En otras palabras, Julia nos está queriendo decir que, si no dejamos de acelerar la nave, nos podemos convertir en el centro de una inmensa explosión termonuclear. Nuestro reactor estallaría como una bomba de hidrógeno.
Julia volvió a tomar la palabra.
—Lisa ha hecho una exposición muy precisa de la situación. Es necesario moderar la fusión nuclear, aunque la nave deje de acelerar. En caso contrario, hay muchísimas posibilidades de que la Keops desaparezca desintegrada por una terrible explosión.
Pero tú tienes la última palabra, Robert; eres el comandante. ¿Cuáles son tus órdenes?
Durante unos segundos Robert dudó su respuesta. Si volase sólo con Diana, estaría dispuesto a asumir cualquier riesgo con tal de salvarla pero, en esos momentos, no tenía derecho a poner en peligro las vidas de sus compañeros.
—Lo de que revientes la nave era un decir. Modera la fusión, aunque no ganemos más velocidad, pero mantén el máximo nivel de aceleración que no sea peligroso para el reactor —le ordenó.
—No seas idiota —increpó Iridu a Robert—. Si desaceleramos nos cogerán. Ellos son más rápidos; ésta es la única ventaja que les podemos coger.
—Por mucho que yo quiera a Diana, no tengo derecho a arriesgar vuestras vidas por ella.
Lisa se enfureció.
—En Oldrán todos te dijimos que somos un equipo; que siempre estaríamos a tu lado. Somos conscientes de que eso nos va a suponer asumir riesgos.
Varias voces apoyaron a la ayudante de vuelo.
—Además, si trabajamos en el Grupo de Rescate es porque nos gusta el peligro —intervino Joao—. Si no fuese así, tendríamos una ocupación tranquila en la Tierra, o en cualquier colonia próspera.
—Es cierto —apoyó Louis, parco en palabras pero fiel a sus amigos.
—Esto es mucho más emocionante que una misión normal de salvamento. No ordenes a Julia que desacelere, Robert —intervino John.
—¿Y tú, Elías, qué opinas? —le preguntó Robert.
—Yo sólo cumplo órdenes.
—No quiero que cumplas ninguna orden. Quiero saber tu opinión.
—Aunque os sorprenda... me encantan las emociones fuertes. Es uno de los sentimientos humanos más excitantes —respondió el androide.
Robert tuvo que ceder ante la solidaridad de su tripulación.
—Está bien... os lo agradezco de verdad. Pero va a ser muy peligroso.
—Yo también os agradezco vuestra intención —dijo Diana—. No tengo palabras para expresar lo que siento por vosotros; pero no estoy dispuesta a aceptar que os arriesguéis tanto por mí.
—Diana, es inútil que trates de convencernos. No te pensamos hacer ningún caso —le advirtió Iridu.
—Bueno... Julia; cambio de planes —ordenó Robert—. Potencia máxima; y que sea lo que Dios quiera.
De nuevo, la garra invisible de la aceleración aplastó a todos contra sus asientos anatómicos.
Durante largo tiempo permanecieron en silencio; rezando para que el reactor no entrase en un proceso de fusión total; esperando alcanzar la suficiente ventaja sobre las naves que, sin duda, irían tras ellos.
Pero había algo que ninguno sabía...
John fue el primero en percatarse de ello. Su voz reflejaba una evidente preocupación cuando informó a sus compañeros.
—Detecto en la pantalla de seguimiento una nave enorme que nos persigue a gran velocidad.
—No es posible. El Atlantis y el Altair aún no pueden estar tan cerca —se extrañó Robert, alarmado.
—¿No puede ser otra astronave? El Bismark, por ejemplo...
—El Bismark aún está más lejos y, que yo sepa, no hay más naves militares en este sistema estelar. Pero podemos saber de qué astronave se trata. John, junto con la señal en la pantalla, ¿estarás recibiendo su código de identificación, no es así? —preguntó Robert.
—Sí, es verdad —asintió el australiano conforme tecleaba febrilmente para descifrar el código. Segundos después ya tenía la respuesta—. Ya lo tengo; es el crucero de combate Hércules, nave insignia de la 14ª Flota Estelar.
—No es posible, la 14ª Flota opera en el sistema Casiopea. No entiendo cómo está el Hércules en el sistema solar de Sirio —se extrañó Robert.
—Pues, desgraciadamente está —se lamentó Iridu.
—Esto pone las cosas muy negras.
—Sí...
—Seguramente, al ver que, en vez de acudir al encuentro del Bismark, huíamos hacia el punto de salto al hiperespacio, le han dado órdenes de interceptarnos —opinó Louis.
—Hay algo muy grave que no sabéis —interrumpió Iridu con voz entrecortada.
—¿El qué, Iridu?
—El Hércules es uno de los más modernos cruceros de combate de nuestra Flota Estelar; pero eso es lo de menos. Lo peor es que va equipado con varios cazas T-26. No necesitáis que os explique más... ¿verdad?
—No... no hace falta —respondió Robert desolado.
—Nunca podremos escapar de ellos. No hay nada tan veloz navegando fuera del hiperespacio —afirmó Joao.
—Julia... ¿en cuánto tiempo alcanzaremos el punto de inflexión, a la máxima velocidad posible? —preguntó Robert.
—En cuatro horas y catorce minutos —respondió la computadora con increíble rapidez y precisión.
—¿Y en cuánto tiempo nos alcanzarán los cazas del Hércules?
—Suponiendo que no quieran disparar sobre nosotros, nos podrán abordar en algo menos de dos horas y media.
Pero, si están dispuestos a abrir fuego, estaremos al alcance de sus misiles nucleares dentro de una hora y cuarto, aproximadamente.
Debéis tener en cuenta que, por física elemental, los misiles llevarían su propia velocidad más la de la nave desde la que sean disparados.
—Ya...
—Es imposible escapar de esos misiles —intervino Iridu—. Tienen dirección inteligente; detectan a la nave perseguida a millones de kilómetros. La siguen por el espacio hasta destruirla; sin errar jamás en su blanco.
Además, desde este mismo momento, el Hércules puede disparar rayos de partículas o láser contra nosotros. Como sabéis, ambos viajan a la velocidad de la luz. Aun a la distancia que está el crucero, nos alcanzarían en minutos.
—Pero a esta distancia los disparos de rayos no tienen precisión; pasarían a kilómetros de nosotros. Sólo los misiles pueden ser eficaces para acertar en un blanco a la distancia que nos separa del Hércules porque, como Iridu ha dicho, tienen sistema inteligente de persecución —dijo Robert.
—Por eso mismo estamos perdidos. Usarán sus misiles —predijo Joao.
—No, si transmitimos el mensaje que habíamos previsto, informándoles de nuestro imaginario secuestro —intervino Lisa.
—Es nuestra única esperanza. Los cazas monoplazas no nos pueden abordar. Sin utilizar su armamento no pueden hacer nada contra una nave grande como la Keops. Sólo el propio Hércules sería capaz de abordarnos; pero tal vez no nos alcance.
—Tu idea es buena, Lisa; sin embargo, no sé si se creerán la historia del secuestro —opinó Robert.
—Y, aunque se la crean, tal vez no les importe la vida de los rehenes —dijo Joao.
—Tal vez... pero hay que intentarlo. Lisa, lo dejamos en tus manos. Transmite tú el mensaje —le pidió Robert.
—De acuerdo, Robert —aprobó la muchacha—. Julia... ¿cuánto tiempo tardará el Hércules en recibir nuestra transmisión, a la velocidad de la luz?
—A la distancia a la que ahora se encuentra, siete minutos y once segundos.
—Ya... no me gusta nada ser yo la que haga este teatro.