CAPÍTULO VII
MÁS FUERTE QUE EL DESTINO
R obert comenzó a activar los paneles de mando tecleando febrilmente con su mano izquierda mientras, con la derecha, se ajustaba su cinturón de seguridad.
Sus compañeros permanecían sentados en sus asientos, ocupados en maniobras similares. Todos actuaban con una celeridad casi histérica; sin dirigirse la palabra los unos a los otros. No podían perder el tiempo en hacerlo.
La Keops estaba casi a punto; en un par de minutos los preparativos para el despegue estarían concluidos y la nave podría escapar de aquel infernal planeta rumbo a las estrellas.
La reparación de los últimos desperfectos, causados por el brutal aterrizaje, fue hecha en un tiempo récord.
En esos momentos todo estaba dispuesto para la huida. Sin embargo, los rostros de los ocupantes de aquella sala de mandos no reflejaban la menor satisfacción por el éxito y rapidez de los trabajos realizados.
Había para ello una razón de peso. Una razón que, no por esperada, resultaba menos trágica.
El Consejo de Seguridad de la Liga Interplanetaria había ya decidido y dado su temida, aunque previsible, orden: Oldrán debía ser destruido.
Las cargas de antimateria, el último avance en tecnología militar, que transportaban el Atlantis y el Altair, se encargarían de hacer desaparecer al planeta de la faz del Universo.
Ni siquiera se habían tenido en cuenta las alteraciones en las órbitas de los demás planetas del sistema Sirio que produciría la desaparición de Oldrán. Sus más trágicos efectos se habrían de sentir en Uro, el único planeta habitado por humanos de aquel sistema solar.
En efecto, era inevitable que la órbita de Uro sufriese un brutal desplazamiento para compensar el equilibrio del sistema tras la desaparición de Oldrán.
Los principios elementales de la física lo indicaban, ya desde que Kepler postulara, en el segundo milenio, sus leyes relativas a las órbitas del sistema solar de la Tierra.
El corrimiento orbital originaría terribles catástrofes geológicas en Uro: terremotos de proporciones dantescas, nunca alcanzadas en la Tierra, fisuras de kilómetros de ancho en la corteza del planeta, con la erupción consiguiente de mares de magma incandescente y, sobre todo, inimaginables maremotos.
En efecto, como en una vasija agitada, los mares de Uro se precipitarían sobre sus continentes, arrasando todo a su paso.
Además, el devastador efecto de los maremotos sería particularmente trágico por el hecho de que las ciudades más pobladas de Uro estaban situadas en sus costas.
Sobre ellas se abalanzaría una indescriptible ola; una pared de agua de cientos de metros de altura.
Cientos de miles de personas morirían; posiblemente más de la mitad de la población de la colonia.
Semejante genocidio era impensable en un sistema de derecho ya que, justo es reconocerlo, la humanidad y los chevianos se habían organizado bajo un régimen político aceptablemente democrático.
Esto era, precisamente, lo más dramático. La despiadada decisión había sido tomada por aplastante mayoría y tras votación democrática en el Consejo de Seguridad.
La orden de exterminio había sido dada con los votos favorables de la Tierra y de todas las colonias humanas de la Galaxia, tanto de las independientes como de las que permanecían bajo el gobierno de la Confederación Terrestre.
En toda la Liga Interplanetaria sólo el representante de Urik votó en contra; demostrando con ello que los chevianos eran más humanos en sus sentimientos que los que se daban a sí mismos tal nombre.
Con 136 votos contra uno, la suerte de Oldrán y, por rebote, la de Uro, estaban echadas.
Tan cruel decisión tenía una razón, que no una justificación; Uro no era un planeta adscrito a la Liga Interplanetaria.
Refugio de humanos fugitivos de la justicia y de condenados al exilio, era un mundo sin ley.
Ni el Ejército Espacial de la Liga, ni la Policía Interplanetaria se atrevian a aterrizar sus naves en él.
Uro era el cobijo de los más sucios negocios del sector explorado de la Galaxia. Traficantes de armas, de valiosas mercancías robadas o de las más modernas y peligrosas drogas, se daban cita en él.
Sin una organización política planetaria, sus pobladores se agrupaban en pequeñas tribus controladas por el más fuerte. Sus caóticas ciudades eran la imagen más dantesca del desorden y la delincuencia incontrolada.
Además, algunas bandas de Uro disponían de viejas astronaves robadas con las que cometían frecuentes actos de piratería espacial contra convoyes civiles de otros sistemas estelares pertenecientes a la Liga.
Por tales motivos, ningún próspero y pacífico planeta de la Liga iba a lamentar la muerte de la mayoría de los habitantes de Uro; sin tener en cuenta que en él también vivian miles de niños inocentes.
De hecho, se habían levantado con frecuencia voces en el parlamento de la Liga Interplanetaria para que las naves del Ejército Estelar arrasasen Uro; sin dejar en él rastro alguno de vida.
Pero tal decisión resultaba inaceptable para la farisaica conciencia de los humanos de los albores del cuarto milenio.
El supuesto peligro de los alienígenas de Oldrán les iba a dar una magnífica excusa para acabar de rebote con el problema de Uro, sin que las numerosas organizaciones pro-derechos humanos pudiesen objetar nada.
Destruir Oldrán era, para el parlamento de la Liga, la ocasión de matar dos pájaros de un tiro sin necesidad de sufrir remordimientos de conciencia.
Casi podría decirse que los inocentes habitantes de Oldrán iban a ser las victimas de los deseos de acabar con los piratas y traficantes de Uro.
Todos los tripulantes de la Keops trataron de detener aquel crimen de proporciones gigantescas. Pero sus explicaciones no fueron escuchadas. Como tampoco lo fueron las patéticas súplicas de piedad para sus congéneres hechas por Diana.
El Gobernador no sólo desoyó sus argumentos, sino que también negó contacto a la Keops con la Tierra.
En efecto, desde el sistema Sirio sólo era posible transmitir por el hiperespacio a través de la base de Nueva Ucrania y, al parecer, el Gobernador no estaba interesado en que el Consejo de Seguridad dispusiese de una información diferente a la suya.
El planeta de Nueva Ucrania, el más importante centro comercial y político del sector IV, era victima predilecta de los piratas de Uro, los cuales les causaban importantes pérdidas económicas en su próspera flota mercante.
Sus habitantes sin duda premiarían al Gobernador con la reelección si contribuía a librarlos de los peligrosos criminales de Uro.
Para colmar la inmoralidad de la situación, el jefe de la operación militar contra Oldrán era el coronel Omar Jersey, hermano del Gobernador de Nueva Ucrania y fiel valedor de sus intereses políticos y personales.
Por todas estas razones, ya no existía ninguna esperanza para el desdichado planeta de Oldrán; sólo cabía pensar en huir de aquel infierno, antes de que el Altair y el Atlantis lo desintegrasen. Y eso era lo que se disponía a hacer la Keops...
Los propulsores de la nave comenzaron la preignición. Los que aún no lo habían hecho afianzaron sus cinturones de seguridad ante la inminencia del despegue.
Robert cogió la mano de Diana, que se había situado en un asiento próximo al suyo. Los dulces ojos de la muchacha reflejaban una profunda tristeza.
—No sigas culpándote. Ya te he dicho que no tienes ninguna responsabilidad en lo que va a ocurrir—le dijo.
—Pero, aunque así fuese, es injusto que ellos mueran y yo siga con vida—le respondió—. Abandono Oldrán sólo porque te amo tanto que no tengo valor para renunciar a ti; pero sé que mi obligación moral sería quedarme a morir junto a ellos.
—Diana, tú ya nada puedes hacer por tus antiguos congéneres. Tu sacrificio sería inútil. Sólo si te salvas tu raza se puede perpetuar, al menos en parte. Nuestros hijos, si Dios quiere que los tengamos, llevarán algo de tu ser y así tu especie no se extinguirá por completo.
Encontraremos un planeta habitable donde dar origen a una nueva raza. Si quieres hacer algo bueno por tus congéneres, si quieres que su sacrificio no sea inútil, no tienes otro camino que abandonarlos. Al menos, tus descendientes llevarán una vida más digna de la que ellos han tenido en Oldrán.
Diana, por favor... ten fe en nuestro Dios; Él nos ayudará. Tú y yo cumpliremos sus deseos. Estoy convencido de que Él nos tiene encomendada esta misión.
—Robert... sin ti no tendría valor para seguir viviendo—le contestó conforme apretaba su mano con fuerza.
—Cinco segundos para ignición total—advirtió la agradable voz de Julia, ya perfectamente reparada—...cuatro, tres, dos, uno, cero.
La explosión de los retropropulsores aplastó brutalmente a los ocupantes de la nave contra sus asientos. Aun así, todos tuvieron ánimos para dar un grito de júbilo por el éxito del despegue. Todos, menos Diana...
—Tranquila. Esto pasará pronto—le dijo Robert viendo que, además de triste, estaba terriblemente asustada.
Con un impulso colosal, la pesada mole metálica se fue alzando, metro a metro, aupada por cuatro pavorosas columnas de fuego que surgían de su panza y calcinaban el fangoso suelo del planeta.
—¡Arriba, arriba!!—exclamó Iridu, como queriendo animar a su amada nave.
—Elevación de 15 grados a proa—ordenó Robert.
La astronave fue adquiriendo, poco a poco, una trayectoria oblicuamente ascendente.
—Fin de ignición de los retropropulsores de la panza. Iridu, activa los retropropulsores de popa.
—¡Activados!—respondió el cheviano con una sonrisa de oreja a oreja, fruto de la satisfacción que le producía ver el perfecto funcionamiento de la nave.
El vehículo espacial fue ganando altura, cada vez a más velocidad. En pocos minutos había abandonado la atmósfera de Oldrán y se encontraba orbitando al planeta.
El despegue había resultado mucho más fácil que el aterrizaje pues, en esta ocasión, las nubes estaban más altas que las montañas contra las que chocó la nave en su descenso.