Más fuerte que el destino CAPÍTULO VI #8
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CAPÍTULO VI #8

—No creo que disparen—intervino Lisa—. Tratarán de abordarnos; pero eso es imposible para los cazas.

Tendrían que alcanzarnos los destructores, que son más lentos.

Eso nos da una ventaja de algunos centones respecto a nuestros perseguidores.

Lo importante es que no nos capturen antes de llegar al punto de inflexión al hiperespacio, que en este sistema estelar está a 27 centones de Oldrán, ya cerca de Sirio.

Una vez que hayáis saltado al hiperespacio, las naves de nuestra Flota ni siquiera intentarán perseguiros por él.

No tendrían ninguna posibilidad de alcanzaros, ni sabrían en qué zona de la Galaxia habéis decidido volver a salir al espacio normal.

—¿Y vosotros...? ¿qué haréis?—preguntó Robert.

—Antes de llegar al punto de inflexión, abandonaremos la Keops en la pequeña nave auxiliar de emergencia.

Iremos al encuentro de vuestros perseguidores con los brazos abiertos; haciéndoles creer que somos felices de habernos librado de nuestro secuestro.

Después, Diana y tú saltaréis al hiperespacio con la Keops y nadie os podrá alcanzar.

Estaréis libres para buscar un planeta habitable o una pequeña colonia poco importante en la que pasar desapercibidos.

Mientras arreglamos la nave para despegar de Oldrán, Diana y tú debéis ir eligiendo un planeta en el catálogo de laparte explorada de la Galaxia. Así podréis programar a Julia, una vez arreglada, para que haga salir a la Keops del hiperespacio cerca del mundo que hayáis escogido para vivir.

—Si alcanzamos el punto de inflexión, estaremos salvados—admitió Robert—.

Pero, antes de llegar a él, en el espacio normal, los cazas de la Flota Estelar son mucho más rápidos.

Iridu... tú que eres el oficial científico, ¿crees que nos dará tiempo de llegar al punto de salto antes de que nos alcancen las naves de la Liga?

—Es imposible saberlo sin la ayuda de Julia. Ahora casi está reparada; cuando lo esté por completo, le pediremos que haga los cálculos, teniendo en cuenta la velocidad a la que vienen los destructores.

Una duda asaltó a Robert.

—Por cierto... hablando de Julia. Supongo que ella hará lo que le ordenemos...

Hay que tener en cuenta que es un ordenador fabricado para servir a esta nave y, con ello, a los intereses de la Liga.

Elías, tú que entiendes más de cibernética, ¿crees puede llegar a desobedecernos si nuestras autoridades le ordenan entregar la Keops?

—No, es imposible—respondió Elías—. Julia es una computadora de vuelo, no un androide con inteligencia propia como yo.

Ella sí que no es más que una máquina; aunque sus fabricantes la hayan dotado de una voz tan agradable que nos haga pensar que estamos tratando con una mujer.

No hará otra cosa que lo que tú le ordenes.

—Me quitas un peso de encima...

Iridu volvió a tomar la palabra.

—Aun sin disponer de los cálculos de Julia, lo que sí está claro es que vamos a andar mal para escapar. Como bien dices, ellos son más rápidos en el espacio normal. Nuestra única esperanza estriba en la ventaja que les podamos coger saliendo pronto de Oldrán.

—Es cierto—asintió Robert—. Tenemos que abandonar este planeta cuanto antes.

Esas horas de ventaja tal vez nos permitan llegar al punto de inflexión antes de que nos alcancen.

Si despegamos al mismo tiempo que los destructores estén a punto de llegar a Oldrán, estamos perdidos. Sin ventaja, ellos son más rápidos.

—Así que ya sabéis; nuestra baza es reparar a la Keops contra reloj para llevarles esa ventaja—intervino Lisa.

—Sólo pido a Yeral, nuestro Dios, que ni el Atlantis ni el Altair vayan equipados con los T-26. Frente a ellos ninguna ventaja será suficiente—dijo Iridu.

—¿Los T-26...?—preguntó Diana—. ¿Qué es eso?

—Los más modernos cazas de combate de nuestra Flota Estelar. Son las naves espaciales más veloces de la Galaxia—respondió el cheviano—. Si los traen, será imposible escapar de ellos.

—Pero los T-26 son modelos experimentales—intervino Robert—. Yo creía que aún no estaban en funcionamiento.

—Pues, desgraciadamente, lo están... De hecho, los están probando desde hace muy poco tiempo. Algunos cruceros y destructores espaciales ya los transportan como elemento ofensivo—contestó Iridu.

—Esperemos que ni el Atlantis ni el Altair vayan equipados con ellos—dijo Robert.

—Dios te oiga—apoyó Lisa.

—Lo peor es que la Keops es una nave civil—intervino Louis—. No dispone de armamento pesado para defendernos si se deciden a atacarnos, despreciando las vidas de los supuestos rehenes.

—Es mejor que así sea—opinó Robert—. No quiero que por nuestra culpa mueran inocentes. Kurt era un asesino que no merecía vivir; pero los pilotos de la Flota Estelar están obligados a cumplir las órdenes que les den sus jefes. Ellos no tienen la culpa de que éstas no sean justas.

—Es cierto—apoyó Diana—. No debe haber más muertes. Tenemos que huir sin llegar a enfrentarnos con nuestros perseguidores.

—Pues para eso, debemos darnos prisa en abandonar Oldrán. Así que vamos a trabajar como locos para poner a punto a nuestra “niña”—dijo Iridu refiriéndose cariñosamente a la Keops, a la que mimaba como si fuese suya, tal vez a causa de lo mucho que había volado en ella.

—De acuerdo, pues... ¡Manos a la obra!—aprobó Lisa—. Yo entretanto trataré de comunicar con Nueva Ucrania. Haremos un último intento de convencer a nuestras autoridades.