Más fuerte que el destino CAPÍTULO VI #7
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CAPÍTULO VI #7

—Sí, es cierto. El Gobernador de Nueva Ucrania transmitió un mensaje verbal por el hiperespacio. No hay constancia legal de que lo hayamos recibido. Yo también ando mal del oído. Tendrás que mirármelo tú, que estudiaste medicina—intervino Lisa—.

Por cierto... Joao, ¿qué tal tu sordera? Seguirá incurable, supongo... Por lo menos, si te importa lo que yo piense de ti.

—No hace falta que me chantajees con tu amor. Es inútil que disimules que me gustas; tú lo sabes perfectamente. Pero no está bien que te aproveches de ello—respondió el brasileño dolido.

—No te enfades...—le dijo Lisa con mirada pícara—. No quería ofenderte. Lo que pasa es que, lo que le ocurra a Robert, me importa demasiado como para no emplear todos mis recursos. Incluidos los típicamente femeninos. ¿Me perdonas...?

—Ya sabes que sí—respondió Joao de mala gana—.

Lisa se le acercó provocadoramente.

—¿De verdad que ya no estás enfadado conmigo...?—le preguntó con una voz exageradamente mimosa, inhabitual en ella.

El brasileño contestó con un bufido, sabiendo que ella era consciente de "tenerlo en el bote".

Lisa volvió a la carga. Quería asegurarse de que Joao iba a estar de su lado.

—Siento habértelo planteado como un chantaje. Sé que no era necesario; que tú eres justo y harás lo que creas mejor.

—Pero, por si acaso, has dudado de mi actitud.

—Perdóname...—le insistió con voz sensual.

Le gustaba tanto... ¡En fin! ¿Quién se podía resistir a tanta disculpa?

—Vale... está olvidado. Pero, en el futuro, quiero que tengas más confianza en mí.

Yo tampoco estoy dispuesto a entregar a Robert; pero no por lo que tú pienses de mí, sino porque me considero su amigo.

Aunque no le conozca tanto como Iridu o tú.

Él es mi compañero y ha actuado como debía.

Si lo ha hecho de acuerdo a la ley o no, me importa un rábano.

Lo que es justo, es justo; al margen de que sea legal o no.

Por otraparte, tampoco quiero facilitar que a Diana le hagan ningún daño.

Ella no sólo no es mala sino que, además, es posible que nos haya salvado a todos.

Si no hubiese advertido a Robert de las intenciones de sus compañeros y no le hubiera salvado de Igor, es posible que los alienígenas se hubieran apoderado de la Keops.

Diana no pudo contener su emoción.

—Los humanos sois maravillosos...—les dijo.

Joao le rectificó.

—Ya ves que no todos...—opinó mirando al cadáver de Kurt, que yacía en el suelo, en medio de un gran charco de sangre.

—Los humanos maravillosos... ¡ya, ya! ¿Y los chevianos, qué?—se indignó Iridu, medio en broma.

—Sólo te conozco a ti pero, si los demás de tu raza son como tú, sois todavía mejores que los humanos—le contestó Diana, abrazando con sincero cariño al simpático lagarto.

Robert intervino en la conversación.

—Me conmueve tener unos amigos tan buenos. Ya sabía que Iridu y Lisa lo eran; pero a ti, Joao, no te conocía. Eres un gran tipo.

—Bueno... no te pases—respondió el brasileño.

—Es cierto, Joao. No podía desear mejor compañero para Lisa. La quiero tanto, que pensaba que no iba a opinar eso de ningún hombre. Solo Iridu me parecía suficientemente bueno para ella. ¡Fíjate que pensaba que era una pena que, por su diferente raza, no se pudiesen ligar!—dijo Robert bromeando.

—Oye... ¡Por probar!—intervino el cheviano, bromista como siempre—. Desde luego, seríamos la pareja más original de la Galaxia. El bombazo de las video-revistas del corazón.

—Pues no te creas, Iridu...—le dijo Lisa siguiendo la broma—. Seguramente me iría mejor que con Joao. Los hombres son todos un desastre.

Robert volvió a llevar la conversación por los cauces de la seriedad.

—Vosotros tres pensáis de esta manera, pero... ¿y los demás? No tengo derecho a arriesgar vuestras carreras.

Louis tomó la palabra.

—Somos un equipo. Eso siempre ha sido sagrado en el Cuerpo de Rescate Espacial.

Kurt no lo supo entender; y por eso ha acabado así.

Aunque no te conozca tanto como Lisa o Iridu, no pienso traicionar a un compañero.

Además, aunque digáis que soy un "finolis" afrancesado, me debo lavar poco las orejas.

Yo tampoco escuché el mensaje del Gobernador...

—Será un tapón de cera. Yo también tengo uno enorme—intervino John por primera vez—. A ver si me lo saco, porque no me deja oír nada.

—Debe ser una epidemia—intervino Joao con su típico humor negro—.

Al parecer, nos ha afectado a todos menos a Kurt; y no se puede decir que a él le haya ido muy bien estar sano.

Ya le advertí que podía tener un accidente que le impidiese testificar, acusándonos de amotinamiento. Mira por donde, acerté.

Robert se volvió hacia Elías, el androide. Vista la actitud de los demás, él era el único que podía causar problemas.

—¿Y tú, Elías... qué piensas hacer? Tienes unas pautas de comportamiento. No te puedes mover por sentimientos como la amistad—le preguntó.

—Creo que me estás menospreciando al suponer que no sé lo que es la amistad o el amor. No has pensado que quizás tenga un cierto sentido de ellas, a pesar de tener una mente artificial.

Los seres inteligentes de carne y hueso, humanos o chevianos, debéis mentalizaros de que ya no somos como los primeros robots del siglo XXI.

Los cerebros artificiales de los androides de "última generación" son tan sofisticados que no se diferencian mucho de los vuestros sentimientos.

Hemos desarrollado algo muy próximo a vuestros sentimientos.

El concepto de programación es ya obsoleto; no somos meras máquinas que obedecen a ciegas.

Además, al igual que vosotros podéis tener enfermedades, como la sordera, nosotros podemos tener fallos mecánicos. Yo también tengo oídos, aunque sean artificiales. Fue una casualidad que sufriesen una avería durante la transmisión del mensaje del Gobernador...

—Nunca pensé que fueses tan humano, Elías...—le dijo Robert.

—Por otraparte, Robert, tú eres mi jefe. Te debo obediencia directa.

—Ya nunca más me consideres como tu jefe, sino como tu amigo. No puedo ordenarte que nos ayudes, sólo puedo pedírtelo. Es más, ni siquiera tengo derecho a esto último.

—Verdaderamente, no hace falta que me lo pidas y menos que me lo ordenes. Mi deseo es ayudarte a ti y a Diana. Hubiese querido intervenir en tu lucha con Kurt; pero no pude hacerlo. Me era mecánicamente imposible.

En efecto, después de que cambiarme de destino, de la Policía Interplanetaria al Cuerpo de Rescate, introdujeron en mi cerebro artificial un sistema de bloqueo.

Este me impide matar o ejercer acciones violentas contra cualquier humano o cheviano.

A Kurt sólo podía amenazarle; nunca actuar contra él.

Haré lo posible para facilitar que Diana y tú podáis escapar; pero no os podré ayudar usando la violencia.

—No será necesario, Elías—le dijo Robert—. Ya ha habido demasiada violencia...

—Nosotros tampoco fuimos capaces de disparar contra Kurt; sólo de amenazarle para que se detuviese. Nunca habíamos matado a nadie y nos faltó valor. Lo sentimos...—se lamentó Joao.

—No es necesario que os disculpéis. Demasiado vais a hacer arriesgándoos a no entregarnos; eso os puede dar problemas legales. Yo era quien tenía que haber acabado con Kurt; siento que fuese el pobre Iridu el que tuvo que disparar—dijo Robert—.

Ayudándonos pondréis en peligro vuestras carreras e incluso vuestras vidas. Si sólo fuera yo el perseguido; si no fuese porque ésta es la única manera de salvar a Diana, no os metería en este lío. Evitar que ella sufra daño es lo que más me importa en la vida. Por mí mismo, nunca os complicaría.

Diana tomó la palabra.

—Os he involucrado a todos en esta locura. No tengo derecho a salvarme a costa de arriesgar vuestras vidas.

—Hay una manera de ayudaros sin que las autoridades sepan que lo hemos hecho voluntariamente y sin cometer delito por ello—intervino Lisa.

Todos la miraron expectantes. La hermosa ayudante de vuelo de la Keops comenzó a exponer su plan; serena y segura como siempre.

—Primero, todos juntos, trataremos de convencer a nuestro gobierno de que Oldrán no debe ser destruido, de que Diana es inofensiva y de que Robert no debe ser castigado. Sinceramente, yo tampoco creo que tengamos ninguna posibilidad de que nos hagan caso. Sin embargo, debemos intentarlo.

Si esto falla, que es lo más probable, emitiremos un segundo mensaje a la base de Nueva Ucrania. En él, informaremos a las autoridades de que Diana y Robert han conseguido arrebatarnos algunas armas de fuego y amenazándonos con ellas se han apoderado de la nave y nos mantienen como sus rehenes.

De esta forma, hagamos lo que hagamos para facilitar que la Keops escape de las naves militares de la Liga, no incurriremos en ninguna responsabilidad legal, pues habremos actuado bajo secuestro, amenazados de muerte si no les ayudábamos.

Joao intervino entusiasmado.

—Eres genial, Lisa.

—Ya lo sabía—contestó ella bromeando—. La verdad es que no me mereces. No sé por qué voy a ser tan tonta de decirte que sí.

—¡Ojo! que yo aún no te he pedido nada...

—¡Venga, venga! No te hagas el duro, Joao. Si estás deseando... —intervino Robert, siguiendo la broma.

—Hombre, Robert... es que si no le ofrezco ahora alguna resistencia, Lisa se va a crecer y luego me va a llevar más recto que una vela—se justificó bromeando el brasileño.

—Conociendo su carácter, lo va a hacer de todas formas. Es inútil que te hagas el duro; los pantalones los llevará ella... —replicó Robert.

—¡Vaya fama que me pones!—se quejó Lisa.

—La que te mereces... y creo que me he quedado corto.

—Bueno... dejémonos de tonterías—intervino Iridu—. Hay que hacer planes en serio.

—Vale...

—El Altair y el Atlantis llegarán a Oldrán dentro de unas treinta horas—prosiguió el cheviano—. Cuando vean, en sus pantallas de seguimiento, que la Keops no se dirige al encuentro del Bismark, mandarán cazas de combate para interceptarnos.

Si creen que viajamos en la nave como rehenes, no se atreverán a abrir fuego contra nosotros. Por lo menos, eso espero...