Más fuerte que el destino CAPÍTULO VI #6
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CAPÍTULO VI #6

Las lenguas de fuego de nuevos disparos dieron la impresión de dirigirse hacia el techo; como si los dos contrincantes estuviesen forcejeando por el arma. Su tenue luz apenas permitió vislumbrar lo que estaba ocurriendo realmente.

Lisa se decidió a volver a encender los focos de la sala. El apagón ya había dado a Robert la oportunidad que necesitaba, y mantener esta situación sólo podía facilitar que una bala perdida hiriese a alguno de los presentes.

La luz se hizo en la estancia y los asustados testigos pudieron ver a las dos figuras ensangrentadas luchando a muerte.

Al parecer, los disparos del alemán no habían alcanzado a Robert gracias a la oscuridad. El americano había conseguido hundir la hoja del cuchillo en el estómago de Kurt con su mano derecha mientras, con la izquierda, forcejeaba para desviar de su cuerpo el cañón de la ametralladora.

Los dos estaban bañados en sangre. La extraordinaria fortaleza física del alemán le permitía seguir luchando por el arma, a pesar de la gravisima herida de su vientre.

Robert comprendió que no podía ceder un segundo en su forcejeo; si lo hacía, era hombre muerto.

Aquel era un pulso a vida o muerte. Sangrando del profundo tajo en su cara, apretando los dientes con furia, hundió aún más el cuchillo en el cuerpo de Kurt.

Este gritó como una fiera y decreció en su forcejeo por el fusil.

Aprovechando la pérdida de fuerza del alemán, y sin ceder en su presión sobre el cuchillo, Robert consiguió desviar el cañón de la ametralladora hacia Kurt. Pero éste, a pesar de estar herido de muerte, no estaba dispuesto a ceder.

Sacando fuerzas de su odio, golpeó con su cabeza en mitad de la cara de Robert. Este cayó hacia atrás, aturdido y soltando el mango del cuchillo. El arma quedó hundida en el estómago de Kurt, que jadeaba vomitando sangre.

El alemán, con una fortaleza que dejó helados a todos, como si una fuerza sobrehumana, demoníaca, le impulsase, arrojó lejos de sí el fusil, agarró con sus dos manos el mango del puñal y se lo arrancó del vientre conforme profería un terrible grito de dolor.

Como una fiera herida miró a Robert que, sangrando copiosamente de la nariz, aún trataba de recuperar el sentido tras el brutal cabezazo del alemán.

Se dejó caer de rodillas sobre su cuerpo yaciente, alzando el cuchillo con las dos manos para clavarlo en el pecho de su enemigo; para matarlo antes de morir, pues se sabía fatalmente herido.

Gritó como un poseído, disponiéndose a asestarle la estocada definitiva. Robert, aun aturdido, trató de interponer sus brazos para desviar la trayectoria del puñal.

Pero no fue necesario. Una lluvia de balas explosivas impactó contra el pecho del alemán, convirtiéndolo en un amasijo sangrante.

Profiriendo un extraño gemido, trató de mirar al causante de los disparos. Sus ojos, blancos, terroríficamente vueltos hacia atrás, no pudieron ver nada. Sus dedos, ya sin vida, dejaron caer aquel cuchillo lleno de sangre. Se desplomó muerto sobre Robert; flácido como un saco de arena.

El americano se quitó con dificultad su pesado cuerpo de encima.

Aturdido por el cabezazo de Kurt, con la pierna destrozada por sus disparos, la cara cortada y sangrando a borbotones por la nariz, su aspecto era realmente lamentable.

Se volvió hacia los demás para ver quién le había salvado la vida.

Lisa sujetaba con fuerza a Diana; lo llevaba haciendo casi desde el principio de la lucha.

Incluso mientras apagó las luces con una mano, con la otra pudo seguir agarrando a la muchacha.

Sin la retención de Lisa, Diana habría corrido a interponerse ante las balas de Kurt, muriendo para tratar de salvar al hombre que amaba.

Robert miró un par de metros a la derecha de las dos chicas. Allí estaba Iridu, temblando de miedo, aferrado a un fusil ametrallador con el cañón aún humeante. Él había sido el que había disparado contra Kurt, salvando la vida del americano en el último segundo.

En el fragor de su lucha contra el alemán, Robert no había podido ver cómo el cheviano había cogido uno de los fusiles abandonados. Matar, por primera vez en su vida, debía haber sido algo muy duro para él.

—Iridu... te debo la vida. Sé lo difícil que ha debido ser para tí. Nunca te lo podré agradecer suficientemente.

—No tienes nada que agradecerme. A los amigos nunca es preciso darles las gracias. Además, tú me salvaste a mí antes. Sólo espero que Yural me perdone—dijo el cheviano con gesto preocupado.

—Yural, vuestro Dios, es en realidad el mismo que el nuestro.

Todo es cuestión de nombres. Él no puede condenarte por salvar dos vidas, la mía y la de Diana; aunque para hacerlo hayas tenido que matar.

Además, Kurt había perdido el juicio. Si no le hubieses detenido, sin duda os habría asesinado a todos vosotros —le contestó Robert tratando de tranquilizar su conciencia religiosa. Luego se volvió hacia Diana.

Lisa ya la había liberado pues, una vez muerto Kurt, no había ningún peligro para ella.

Diana corrió hacia Robert con los brazos abiertos, llorando por la emoción. Se abrazaron largamente; en silencio. Las palabras sobraban...

—Lisa... gracias por proteger a Diana. Más vale que eres mucho más fuerte que ella y la has podido sujetar. Vuestra idea de apagar la luz ha sido formidable. Antes de que Iridu disparase sobre Kurt eso ya me había salvado la vida por primera vez.

—Está bien... ya que insistes. Nos debes una cena en la taberna más cara de Nueva Ucrania—le contestó Lisa bromeando, tal vez para aliviar la tensión de aquellos dramáticos momentos.

—Bromas aparte, no sabéis cuánto me gustaría volver a Nueva Ucrania con vosotros. Pero temo que ya nunca podré regresar allí, ni a la Tierra, ni a ningún planeta colonial importante. Diana y yo somos ahora unos fugitivos.

—Es cierto...—reconoció Lisa con tristeza.

—Ahora el plan de Diana se ha venido abajo—afirmó Robert—. Nuestras autoridades saben quién es ella. La perseguirán sin descanso. Como a mí, por haberle ayudado. Debemos evitar cualquier núcleo habitado importante de la Galaxia.

Diana le cogió de la mano, con una expresión de profunda tristeza en sus preciosos ojos.

—He destrozado tu vida, Robert—le dijo—. No puedes imaginar cuánto lo siento.

—No quiero que vuelvas a decir esa tontería nunca más—le replicó él—. Tú eres mi vida, Diana. Junto a ti mi existencia será infinitamente feliz; aunque tengamos que vivir escondidos en alguna pequeña colonia olvidada. Lo será, incluso, si tenemos que buscar un planeta no colonizado, pero habitable.

Piensa que hay bastantes planetas que, aun siendo habitables, no resultan atractivos para colonizar. Su clima adverso o sus características geológicas hostiles, hacen que la mayoría de la gente prefiera vivir en mundos más confortables, en los que la subsistencia es más fácil.

En otros planetas sólo viven unos pocos cientos de colonos; ya que a la mayor parte de los humanos o de los chevianos le atrae más habitar en las colonias más prósperas, donde el nivel de vida es mayor y hay abundancia de bienes de consumo.

Es normal que, pudiendo vivir en un planeta bello, tranquilo y rico, la mayoría no quieran sufrir la soledad, soportar un clima riguroso o pasar los riesgos de muchos mundos olvidados: terremotos, fauna autóctona agresiva, etc...

Las autoridades de la Liga no se acuerdan de los pocos que se atreven a vivir en esos planetas. No reciben ningún servicio ni pagan, lógicamente, impuestos. Las naves de la Policía Interplanetaria nunca aterrizan en esos mundos.

En uno de esos planetas pasaremos desapercibidos.

En un par de años terrestres, el tema de los habitantes de Oldrán estará olvidado.

Nadie en la Liga se preocupará de seguir buscándonos.

Después, es incluso posible que podamos volver a Nueva Ucrania, o a la Tierra, o a cualquier colonia importante...

El problema será salir de Oldrán antes de que lleguen los militares. Si lo conseguimos, estaremos salvados.

—Tienes razón, Robert. Debéis largaros de aquí cuanto antes—intervino Lisa—. Los destructores Altair y Atlantis, de nuestra Flota Estelar, se dirigen en estos momentos hacia este planeta.

—No nos habíais dicho nada de eso—se extrañó Robert.

—Como estaba la situación con Kurt, no queríamos amargar aún más a Diana—dijo Iridu—.

Recibimos una transmisión informándonos de su venida mientras estabais fuera de la Keops.

Se han dado mucha prisa en actuar desde que recibieron el mensaje de Kurt.

El Altair y el Atlantis llevan cargas de antimateria para arrasar Oldrán si se produce la orden de hacerlo, después de que se reúna el Consejo de Seguridad de la Liga Interplanetaria.

Por desgracia, es de esperar que la orden de exterminio esté dada para antes de que los destructores lleguen a este planeta. El resultado de la votación del Consejo es previsible…

—¿Tan convencido estás?—preguntó Robert.

—Por desgracia, sí. Está claro que los militares están seguros de la orden que se les va a dar desde el Consejo de Seguridad.

De hecho, nos han dado instrucciones de reparar esta nave con la mayor celeridad posible.

Una vez con la Keops a punto, debemos abandonar el planeta para que el Atlantis y el Altair puedan destruirlo.

—Y... con nosotros... ¿qué pasa?—preguntó el americano.

—La orden que se recibió cuando estabais fuera era tajante. Apresarte a ti y a todos los alienígenas. Después, abandonar Oldrán con nuestros prisioneros a bordo, e ir al encuentro del acorazado Bismark, que también viene hacia aquí.

En el Bismark, los militares se harían cargo de vosotros. A los alienígenas se les estudiaría y después se les daría muerte. A ti se te juzgaría por tu comportamiento irregular.

—¿Os dais cuenta de que, si no nos entregáis, os vais a meter en un lío?—preguntó Robert.

—Los chevianos tenemos mal oído para las órdenes habladas—respondió Iridu.