CAPÍTULO VI #5
—¡Venga, maldito asesino! Mueve un solo músculo y dame el gusto de reventarte el cráneo.
Kurt se detuvo; sabía que Robert hablaba en serio. Iridu tal vez no sería capaz de matarle, pero él sí.
—Está bien... tú ganas. Me rindo.
Robert hubiese deseado que el alemán no cejase en su actitud; que le diese ocasión de acabar con él.
—Me das asco. No eres más que un cobarde. ¿Por qué no eres ahora tan valiente como con Alan? ¡Dímelo, cerdo! —le increpó, haciendo fuerza sobre la bota que aplastaba los dedos de Kurt.
El alemán gritó de dolor, mientras Robert seguía con sus palabras.
—Hubiese deseado ver tus sesos esparcidos por la sala, pero yo no soy un asesino como tú. No te puedo matar a sangre fría, como tú hiciste con Alan. Por esta vez te has salvado, pero sé que algún día me darás la ocasión de matarte.
—Te daré la ocasión de morir; te lo juro —le respondió el alemán mirándole con un odio sin límites.
—Hazlo pronto, por favor —le contestó Robert con falsa educación—. Esperaré ansioso ese momento —dijo conforme le golpeaba violentamente con la culata de su fusil para dejarlo sin sentido.
Kurt perdió el conocimiento por el brutal impacto contra su cabeza. De esta forma, Robert podía dedicar su atención a Alan sin tener que vigilar al alemán.
Se volvió hacia Diana. La chica se encontraba arrodillada, llorando amargamente, mientras sostenía en su regazo la cabeza flácida de Alan.
El muchacho yacía reventado interiormente por las balas explosivas de Kurt, con su traje espacial inundado de sangre.
Sin embargo, aún no había muerto. Robert comprendió con pesar que sus estudios de medicina no le iban a servir para nada.
Alan, en su agonía, parecía esforzarse en decirle algo a Diana. Un hilo de voz aún pudo escapar de aquel cuerpo herido de muerte.
—Diana... te deseo más suerte de la que yo he tenido. Era un bonito sueño; tú aún puedes alcanzarlo. Yo voy a morir en Oldrán, en este infierno del que quisimos huir.
Jamás veré los maravillosos paisajes de la Tierra o de los planetas coloniales.
Me conformo con haber vivido esos recuerdos que no son míos en este cerebro que he asumido.
Con saber que existen hermosos lugares a los que nunca podré ir; que existe la belleza, aunque yo no la llegue a disfrutar.
Me conformo con saber que la gente ríe, ama y es feliz.
Mi consuelo es haber descubierto que hay un Universo maravilloso fuera de este horrible planeta. Tú aún puedes disfrutarlo, Diana. Hazlo por mí; hazlo en nombre de los dos. Me bastará saber que, cuando veas uno de esos lugares hermosos, cuando seas feliz, te acordarás de mí, de nuestro sueño...
Apretó la mano de la muchacha con fuerza, mientras se convulsionaba con un gemido extraño.
—Con todo mi corazón; con este corazón humano que se muere, te deseo suerte. Te la mereces, Diana, porque eres buena. Robert también lo es; él te ayudará. Muchos humanos son nobles y generosos; me hubiese gustado ser uno de ellos...
Su voz sonaba cada vez más débil, ahogada por los borbotones de sangre que manaban de su boca.
—Adiós, Diana; me muero... Si ahora crees en ese Dios de los humanos, reza por mí. No sé si existe o no, pero necesito esperar que sí.
En un esfuerzo supremo volvió su cabeza, patéticamente caída, hacia Robert.
—Ayúdala a salir de este infierno, Robert. Hazlo por este moribundo. Te lo ruego por vuestro Dios.
Robert se inclinó sobre el cuerpo agonizante del muchacho y cogió su mano con fuerza.
—Sí, Alan... te juro por Dios que la sacaré de aquí.
Mientras me quede una sola gota de sangre en las venas no permitiré que nadie le haga daño —le dijo con firmeza conforme la expresión de su rostro adquiría un tono sombrío—.
Quisiera haber tenido la oportunidad de evitar tu muerte.
Siento no haberlo conseguido; pero te aseguro que este crimen no quedará impune. Acabaré con Kurt, te lo juro.
Alan aún trató, ya inútilmente, de contestarle.
—Robert... yo... yo...
Pero la voz no pudo llegar a su garganta. De sus pulmones destrozados por las balas ya no escapaba ni una brizna de aire. Su cuerpo se convulsionó agónicamente, arqueándose con un estertor terrible, para derrumbarse después, flácido y ya sin vida.
Su cabeza cayó para atrás, sobre el regazo de Diana, que lloraba amargamente. Robert acarició con ternura el pelo de la mujer que amaba, tratando inútilmente de consolarla.
Todos los tripulantes de la Keops rodeaban los cuerpos de Alan y Diana con un nudo en la garganta, incapaces de pronunciar una sola palabra.
Todos, menos Kurt...
Aprovechándose de que el grupo le daba la espalda, absorto únicamente en la agonía de Alan y creyéndole aún sin conocimiento, gateó un par de metros arrastrando su pierna destrozada.
Ciego de odio, se apoderó del fusil que Louis había abandonado imprudentemente sobre una consola de mandos.
Encañonando con él a sus compañeros de vuelo, les increpó fuera de sí, con el brillo de la muerte en sus ojos.
—¡Voy a acabar con todos vosotros, hijos de perra! Habéis traicionado a vuestra raza. La humanidad me recompensará por vuestra ejecución.
Los demás se volvieron sorprendidos. El corpulento alemán les apuntaba con su arma, apoyado en la pared, con la pierna convertida en una masa sangrante.
Comprendieron que habían actuado imprudentemente abandonando sus armas tras la rendición de Kurt.
Pero ya era tarde; su error podía costarles la vida...
—Vais a morir. Os voy a acribillar como a alimañas —les amenazó conforme bajaba la mirada hacia su rodilla ensangrentada—. Primero vas a caer tú, lagarto sarnoso.
Dirigió el cañón de su fusil hacia el desconcertado Iridu que, con sus ojos saltones llenos de miedo, no sabía como evitar su inminente final.
Sólo los reflejos de Robert, agarrando su brazo delgaducho y tirando bruscamente de él, salvaron la vida del cheviano.
Gracias a su peso liviano, no más de treinta kilos, fue fácil para el americano apartarlo de la trayectoria de la ráfaga disparada por Kurt, la cual fue a impactar contra un panel de instrumentos destrozándolo.
Iridu se quedó en el suelo, aterrorizado, mientras Kurt, enfurecido por la intervención de Robert, le miraba amenazante.
—¿Te quieres hacer el héroe, gilipollas? Eres hombre muerto; pero antes quiero que disfrutes del espectáculo. Vas a ver cómo la acribillo.
Antes de que Kurt pudiese disparar sobre Diana, Robert se interpuso en su trayectoria de tiro.
—¡Aparta, cerdo! —le gritó el alemán—. Luego te tocará a ti; pero primero vas a verla morir.
—Se acabó, hijo de puta. Aunque me acribilles a balazos me quedará un último aliento para meterte este cuchillo —le respondió el americano blandiendo la navaja que antes le había arrebatado y que era su única arma.
Avanzó hacia el alemán impulsado por un odio feroz.
No se detuvo a pensar que iba a morir; sólo deseaba matarlo.
Había sido imprudente como los demás abandonando su fusil, pero aquel cuchillo sería suficiente.
Aunque el precio fuese su propia vida, muerto Kurt, Diana estaría libre de su mayor amenaza.
Después, Iridu y Lisa la ayudarían a escapar de Oldrán.
—¡No, Robert! ¡Detente! —le gritó Diana tratando de salvar su vida.
Pero Robert ya no escuchaba a nadie. Sólo dos palabras llenaban sus pensamientos: matar o morir. O, tal vez, matar y morir...
Todo sucedió demasiado deprisa como para que los demás pudiesen hacer algo. Todos estaban desarmados y Kurt les vigilaba dispuesto a acribillarlos al menor movimiento.
Diana, viendo que el hombre que amaba iba a morir sin remedio, trató de interponerse ante los disparos de Kurt, como él antes había hecho por ella. No le importaba perder su vida con tal de salvar a Robert. Pero no tuvo tiempo de hacerlo...
Kurt disparó sin dejar de sonreír con aquella mueca sádica que le caracterizaba. Pero no apuntó al cuerpo del americano, sino a sus piernas. Como una venganza; tal vez para hacerle sufrir lo que él estaba pasando tras ser herido por el cheviano.
Robert cayó al suelo, alcanzado en una pierna. Sin embargo, el poderoso motor del odio que ardía en sus entrañas, le hizo incorporarse, apretando los dientes por el dolor, para seguir avanzando hacia el alemán, con su miembro herido arrastras.
Tal vez fueron sólo unos segundos pero, sin duda, parecieron toda una eternidad. Kurt podía acribillar a aquella figura que se le acercaba tambaleándose, sin el menor instinto de conservación, con la muerte en la mirada. Pero eso sería demasiado rápido...
Prefería recrearse con el final de su adversario. Esperar a que estuviese junto al cañón de su fusil y entonces reventarlo a bocajarro con sus disparos. Disfrutar de su muerte...
No correría ningún riesgo al hacerlo, pues sabía que el americano no tenía ninguna posibilidad blandiendo un cuchillo contra una ametralladora. Pero ignoraba la fuerza del odio...
Ambos actuaban como dos fieras rabiosas, sedientas de muerte, movidas tan solo por la furia de la destrucción.
—Eres un loco suicida... —le dijo Kurt disponiéndose a culminar su venganza, a abrir fuego contra Robert cuando éste se encontraba ya a menos de dos metros de él.
Todos eran conscientes de la inminencia de la tragedia, pero ninguno conseguía dar con la manera de evitarla. Solo Iridu, en una fracción de segundo, creyó encontrar la solución.
—¡Lisa, la luz! —gritó a su amiga, al observar que se hallaba junto a la palanca de la iluminación de la sala de mandos.
En un instante la chica comprendió lo que el cheviano le quería decir. Antes de que Kurt disparase sobre Robert, Lisa dio un manotazo a la palanca, dejando a oscuras la estancia donde todos se encontraban.
El resplandor de una ráfaga de ametralladora rasgó la densa oscuridad produciendo una imagen tan espectral como fugaz. Una fracción de segundo después pudo escucharse un grito de dolor atroz. Sorprendentemente, parecía la voz de Kurt.