CAPÍTULO VI #4
—Un momento, gilipollas —le respondió el brasileño—.
Eso de la militarización es una estupidez.
Esta es una astronave civil y nosotros ni somos ni seremos militares.
Vivimos bajo un régimen aceptablemente democrático.
Nuestras leyes son bastante suaves; de forma que el desobedecerte sólo nos puede suponer ser expulsados del cuerpo de rescate; no pasar por un consejo de guerra.
O sea, que se hará lo que democráticamente decida la mayoría; no lo que tú digas.
Lisa le miró orgullosa.
—¡Así se habla! No esperaba menos de ti.
—¡Aquí mando yo y se hará lo que a mí me dé la gana! Me da igual que os consideréis militarizados o no; al que se oponga lo acribillo —dijo Kurt furioso, amenazando a todos con su fusil ametrallador.
Esta es una situación de amenaza para nuestra civilización y, en estas circunstancias, nuestras leyes ordenan que todas las naves civiles implicadas pasen a la jurisdicción militar. Que os guste aceptarlo o no, es asunto vuestro. La ley es la ley.
He recibido orden de detener o eliminar a todos los alienígenas; a todos sin excepción, y de apresar a nuestro antiguo comandante. Si os oponéis a que cumpla estas órdenes estáis incurriendo en un motín y, en tal caso, nuestras leyes me amparan para mataros si es necesario.
—Para que se nos juzgue por motín debe de haber un testigo que nos acuse; que informe a las autoridades de lo ocurrido. Tú serías el único capaz de atestiguar; y tú puedes sufrir un trágico y lamentable accidente. Un accidente mortal... —dijo Joao con la mejor de sus sonrisas.
—¿Me estás amenazando? —preguntó Kurt desafiante.
—Tiene razón Robert en que, aunque imbécil, al menos no eres sordo —le respondió el brasileño—.
Sí, te estoy amenazando; y no hablo por hablar.
O te sujetas a lo que decida la mayoría, o vas a tener serios problemas.
Yo, por mi parte, no estoy dispuesto a entregar ni a Diana y ni a Alan, ni a permitir que detengas a Robert.
Para mí, él sigue siendo el comandante de esta nave.
Varias voces apoyaron al brasileño.
—Y para mí.
—También para mí.
—Pienso lo mismo que Joao.
—Robert es nuestro comandante. Tú, Kurt, es mejor que te calles y dejes de amenazar a nadie.
Incluso Elías, el androide, mantuvo una postura solidaria con sus compañeros.
—Sólo estoy dispuesto a recibir órdenes de Robert. Para mis esquemas de comportamiento tú, Kurt, estás amenazando a mi jefe. Te recomiendo que desistas de tu actitud o voy a tener que "neutralizarte".
—Además, Kurt, ya has oído a Joao. No sueñes en informar de esto si volvemos a Nueva Ucrania —amenazó Iridu—.
Pensaremos algo para que Diana y Alan puedan escapar; para que Robert pueda hacer lo que mejor le parezca y, luego, inventaremos una historia para exculparnos de responsabilidades.
Piensa que, sin testigos, no hay delito.
Como decís los humanos: muerto el perro se acabó la rabia —el cheviano pareció detenerse a pensar y su bocaza mostró una descomunal sonrisa—. Me encantan vuestros refranes...
—Os juro que voy a cumplir mis órdenes —gritó el alemán fuera de sí—. Voy a salvar a nuestra civilización.
Sus ojos habían adquirido el aire de un visionario; su mente había perdido la razón.
Comprendió que estaba solo; que nadie le apoyaría.
Pero eso no le importaba; así su acción sería más meritoria.
Su misión era sagrada; él era el salvador de la humanidad.
Se convertiría en el héroe más admirado de la Galaxia; en el ídolo de las generaciones venideras. Sería rico, famoso y venerado.
Ofuscado en su paranoia, pasó a la acción. Debía cumplir sus órdenes; debía dar muerte a aquellos peligrosos alienígenas.
Sin dar tiempo de reaccionar a los demás, giró su arma hacia el desdichado de Alan.
Su acción cogió por sorpresa al resto de los tripulantes de la Keops.
Antes de que ninguno de ellos pudiese mover un músculo para detenerle, disparó.
El cañón de su fusil escupió una mortífera ráfaga de proyectiles mientras su rostro se iluminaba con la sonrisa de un loco.
El frágil cuerpo de Alan, acribillado por las balas que explotaban en sus entrañas, salió despedido contra una de las paredes de la sala de mandos.
Nadie en la Keops era capaz de dar crédito a lo que habían visto. Robert fue el primero en reaccionar, abalanzándose sobre Kurt.
—¡Maldito asesino! ¡Te mataré!
El alemán se giró hacia él, apuntándole con su arma.
Lisa sujetó a Robert de un brazo, reteniéndolo con firmeza.
—¡Robert, no! ¡No te muevas! ¡Ese loco te matará también a ti! —advirtió a su más querido amigo.
Diana también le sujetaba, aterrorizada.
—No te enfrentes con él. No quiero que te mate. Hazlo por mí, te lo ruego —le dijo.
Kurt sonreía con la expresión de un demente iluminado. Seguro de sí mismo, creyéndose el amo de la situación; el señor de la vida y de la muerte. Con la confianza de empuñar un arma, se dirigió desafiante al americano.
—¿Necesitas esconderte entre mujeres? ¡Cobarde! ¡Ven a por mí si tienes cojones.
Robert, ciego de odio, trató de desembarazarse de las manos femeninas que lo sujetaban.
—¡No le hagas caso! ¡Eso es lo que quiere. Te matará! —le advirtieron tratando inútilmente de retenerlo.
Pero, cuando estaba fuera de sí, Robert no escuchaba consejos; aunque, como en este caso, le conviniese hacerlo. Su fuerza superior le permitió librarse con facilidad de la sujeción de las dos muchachas para abalanzarse sobre el alemán.
Este apuntó tranquilamente, sin dejar de sonreír, hacia el americano.
Iridu comprendió en una fracción de segundo que su mejor amigo no tenía ninguna posibilidad frente a aquel asesino armado.
Aprovechando la confusión, y que Kurt sólo apuntaba hacia Robert, se lanzó al suelo a recoger el fusil que había abandonado John instantes antes.
Apuntó hacia el alemán con la mayor rapidez de la que fue capaz.
Sin embargo, para su desgracia, los reflejos de los chevianos resultaban más lentos que los de los humanos.
Kurt, comprendiendo que le iba a disparar, se revolvió hacia él para abatirlo antes de que tuviera ocasión de hacerlo.
Su mayor rapidez le permitió abrir fuego unas décimas de segundo antes que Iridu.
El cheviano habría muerto sin remedio si no hubiese sido por la rápida intervención de Robert.
En efecto, durante la fracción de segundo en la cual Kurt se volvió hacia Iridu, el alemán había descuidado la vigilancia de Robert.
Este, apenas un instante antes de que Kurt apretase el gatillo, consiguió desviar su arma de una patada.
Las balas explosivas impactaron a unos centímetros del asustado cheviano de forma que, con su acción simultánea contra el alemán, Robert e Iridu se habían salvado la vida mutuamente.
El fusil rodó por el suelo, en tanto que Robert y Kurt se disponían a enfrentarse a muerte por su posesión. Sin embargo, en esos segundos, el lento pero valiente cheviano ya había conseguido apuntar al alemán.
—¡Quieto o te reviento, maldito asesino! —le amenazó.
—¡No tienes huevos para matarme, lagarto de mierda! —gritó Kurt ignorando la amenaza y disponiéndose a agarrar el fusil.
Una patada en la cara propinada por Robert, conforme el alemán se agachaba para hacerlo, se lo impidió. Kurt cayó de espaldas, golpeándose la cabeza estrepitosamente.
—¡Venga, hijo de puta! ¡Levántate! A mí no me podrás asesinar tan fácil como a ese infeliz. Estás muerto, cerdo. ¡Muerto! —gritó Robert propinando un terrible puñetazo a Kurt conforme este trataba inútilmente de incorporarse del suelo.
El alemán volvió a caer, sangrando copiosamente de la nariz. Se revolvió como un gato rabioso y, movido por un odio infinito, sacó una afilada navaja de su bolsillo.
Gracias a su agilidad consiguió incorporarse de un salto y, con un rápido movimiento de su brazo, trató de seccionar el cuello del americano. Los eficaces reflejos de éste abortaron sus intenciones. Sin embargo, la hoja del cuchillo le había producido un profundo corte en la cara.
Robert retrocedió, sangrando abundantemente y tratando de esquivar los navajazos del alemán.
Los demás habían cogido sus armas y apuntaban a Kurt pero, al igual que Iridu, no se atrevian a disparar contra él. Al fin y al cabo, sólo eran unos pacíficos científicos que nunca habían matado a nadie. Todos gritaban al alemán ordenándole que se detuviese, pero ninguno se decidía a abatirlo.
—¡Detenedlo! ¡Detenedlo! —chilló Diana angustiada.
—¡Iridu, dispara! —ordenó Lisa, la más serena, que aún estaba desarmada.
La enérgica voz de la muchacha fue el revulsivo que hizo salir al cheviano de su agarrotamiento.
Una ráfaga de su fusil impactó contra la rodilla del alemán destrozándola atrozmente.
Iridu había preferido no matarlo, pues eso atentaba contra la religión de los habitantes de Urik pero, si Kurt insistía en su actitud, estaba dispuesto a hacerlo.
La pierna del alemán, casi partida en dos por la explosión de las balas dentro de la rótula, se dobló sin fuerza. Kurt cayó al suelo entre soeces juramentos, maldiciendo al cheviano.
—¡Te mataré, lagarto de mierda! ¡Juro que te mataré!
Trató inútilmente de incorporarse. Al ver que era incapaz de hacerlo, reptó por el suelo hacia el cheviano, blandiendo su cuchillo y blasfemando.
—No me obligues a dispararte a matar —le advirtió Iridu, cuya vacilante voz hacía presagiar que iba a ser incapaz de cumplir su amenaza.
El alemán desoyó el aviso y siguió avanzando hacia el cheviano con los ojos llenos de odio.
Robert, que había al fin cogido el fusil del suelo, le detuvo.
Pisó con saña una de las manos que Kurt usaba para reptar.
La visión del cuerpo agonizante de Alan le hizo cargar todo su peso en el pié.
Los huesos de los dedos de Kurt crujieron como si fuesen galletas, haciéndole proferir un desgarrado grito de dolor.
Robert apoyó el cañón de su arma en la cabeza del alemán conforme le desafiaba.