Más fuerte que el destino CAPÍTULO VI #3
63%

CAPÍTULO VI #3

—Robert... eres lo que más quiero en el mundo y te he destruido. He arruinado tu vida y tu carrera. Nunca me lo podré perdonar —le respondió la muchacha con la voz ahogada por las lágrimas.

—Diana, tú me has hecho volver a sentirme vivo; has dado de nuevo sentido a mi existencia. Desde que te conozco, soy el hombre más feliz del Universo.

Pase lo que pase, aunque ese cerdo de Kurt consiga meterme una bala en el cuerpo, pensaré que conocerte ha sido lo mejor que me ha sucedido nunca. No cambiaría los pocos momentos que he pasado junto a ti por cien años de vida llenos de riquezas y placeres.

—¡Te quiero, Robert! Te quiero tanto...

La muchacha se derrumbó en sollozos apoyando su cabeza en el hombro de Robert. Él acarició su sedoso pelo en silencio, dejándola que se desahogara con sus lágrimas.

—Bueno... tortolitos... se acabaron los mimos —les interrumpió Kurt, más cínico que nunca.

Robert se volvió hacia él, ciego de ira, como impulsado por un resorte. Si las miradas matasen, el alemán habría saltado en pedazos, abrasado por el fuego vengador de los ojos del americano.

—¡Algún día te mataré, cerdo! ¡Te lo juro por Dios! —le dijo, pensando que daría media vida por ver realizada su amenaza.

—Me extraña mucho... —replicó Kurt con el sarcasmo y la seguridad que le daban empuñar su fusil.

Lisa intervino antes de que el odio de Robert le hiciese saltar. Le conocía demasiado bien como para saber que era capaz de lanzarse al cuello del alemán sin pensar en el arma que le apuntaba. Cuando algo colmaba su paciencia, la prudencia no era una de sus virtudes.

—Mira, Robert... sé que actuaste según tu conciencia. Reconozco que Iridu tiene razón al decir que hiciste lo único que podías hacer pero, ¿porqué no confiaste en nosotros? ¿Por qué nos ocultaste tus planes a Iridu y a mí?

—Porque os quiero demasiado para permitir que arriesguéis vuestras vidas y vuestras carreras por mí.

Sé que lo habríais hecho si yo os lo hubiese pedido; de la misma forma que yo lo habría hecho por cualquiera de vosotros dos.

Estoy seguro de ello porque conozco el valor de vuestra amistad pero, precisamente por lo que ésta significa para mí, no os quise involucrar.

Si lo hubiese hecho, ahora seríais unos proscritos, como lo soy yo en estos momentos.

En cambio así, vosotros estáis libres de toda responsabilidad de cara a las leyes de la Liga Interplanetaria.

—Pero... ¡para eso están los amigos! A mí me duele que no hayas contado con nosotros. Eso es lo único que has hecho mal —intervino Iridu.

—Lo siento... pero sigo creyendo que hice lo mejor.

—¿Es que alguna vez has reconocido haberte equivocado? —preguntó Lisa cáustica.

—Hombre... alguna —respondió Robert con ciertas dudas.

—Yo no lo he visto nunca —dijo Lisa.

—Ni yo —apoyó Iridu—. Es un cabezón de ideas fijas.

—Bueno... ¡basta de charlas! —cortó Kurt—. Y ahora, Robert, dime porqué los otros alienígenas se han quedado fuera y a qué planes obedece eso. Habla pronto o acribillo a tu amiguita.

—Primero, gilipollas, si quieres seguir vivo no vuelvas a amenazar a Diana.

Segundo, los alienígenas, como tú dices, no han entrado por la sencilla razón de que están bajo tierra.

No creo que el haberse dejado matar forme parte de ninguna estrategia para apoderarse de la Keops.

Aunque algún imbécil como tú puede que lo piense.

—¿Los alienígenas muertos...? —preguntó Kurt con cara de incredulidad.

—Sí... al menos no pareces sordo. Muertos.

—Según tú... ¿qué ha pasado?

—Diana mató a Igor, a un ser de su raza, para salvarme a mí y para evitar que todos vosotros corrieseis peligro. Yo acabé con los otros dos con la valiosa ayuda de Alan. Sin él, Diana y yo habríamos muerto.

—¿Y piensas que me voy a tragar eso? ¿Me has visto cara de idiota?

—Respecto a si te lo tragas o no, me importa un rábano lo que crea un imbécil como tú. Respecto a si te he visto cara de idiota... siempre la has tenido; y de cerdo también.

—No juegues conmigo, fanfarrón —le replicó Kurt visiblemente ofendido y haciendo ademán de aferrarse a su fusil.

—¿Qué...? ¿piensas disparar? ¿Quieres pegarte toda tu asquerosa vida encerrado? No te veo capaz de hacerlo —respondió Robert desafiante, a pesar de su delicada situación.

—Robert, no le provoques. Es un loco —intervino Diana, preocupada por las posibles consecuencias de la altanería del hombre que amaba.

—¿Necesitas que te protejan?

—Tú necesitas que un milagro te proteja de la muerte porque, si no conseguimos evitarlo, serás el responsable del genocidio de una raza inocente; y entonces, hijo de puta, te juro que yo personalmente te haré pagar por ello con tu asquerosa vida —le amenazó Robert.

—Te aconsejo que no sigas jugando con mi paciencia. Preferiría no tener que matarte hasta que me digas la verdad sobre dónde están los otros tres alienígenas.

—Además de un cerdo eres un perfecto estúpido.

A ver, dime... mente privilegiada... Si no están muertos, ¿dónde demonios están?

¿Dónde se van a esconder? Fuera de la Keops morirían sin remedio al acabarse el oxígeno de sus escafandras.

Ahora son completamente humanos. ¿Es que tu cerebrito de mosquito no alcanza a comprender esto, o es que ni siquiera sabes para qué sirve el oxígeno?

—Mira, imbécil, me da igual que tu historia sea cierta o no.

Aunque fuese verdad que los otros han muerto, el hecho es que hemos capturado a dos peligrosos alienígenas.

A dos formas de vida extraterrestre que suponen una amenaza inadmisible para nuestra civilización.

Yo he sido el que los ha descubierto; el que ha salvado a la humanidad del peligro.

Me haré rico y famoso por esto; lo mismo que vosotros, si me ayudáis —dijo Kurt mirando a los demás—. Podemos ganar millones de créditos. Nuestra posición social en la Liga subirá como la espuma.

—Eres una basura; el más rastrero de los miserables.

Estás dispuesto a que millones de inocentes mueran para sacar provecho de ello; a acusar falsamente a dos seres inofensivos que lo único que han hecho es arriesgarse por nosotros.

Reza porque no les ocurra nada a Diana ni a Alan por tu culpa.

Si tú, o los militares por tu causa, les hacéis daño, te juro que no encontrarás en toda la Galaxia un lugar en el que esconderte de mi venganza.

Pero no te saldrás con la tuya. ¿Crees que vas a convencer a nuestros compañeros de que Diana y Alan son peligrosos?

Ellos no son unos miserables como tú. Todos saben la verdad.

Puede que engañes al gobernador, que tiene fama de ser otro cerdo corrupto, pero la Keops no tiene una tripulación de retrasados mentales.

Robert tomó aliento y miró a los demás. Con Kurt era imposible dialogar; no entendía otro razonamiento que un tiro en la frente. Sin embargo, esperaba convencer a su antigua tripulación; sabía que ellos eran completamente diferentes que el alemán.

—Igor y los otros dos eran los peligrosos.

Diana y Alan no; a ellos les debemos la vida, al menos yo.

Los nativos de Oldrán no son todos iguales, de la misma forma que no lo somos nosotros.

¿Acaso os consideraríais iguales que los grandes asesinos de nuestra historia, sólo por el hecho de que ellos también eran humanos?

¿Cómo se puede pensar que Diana o Alan sean una amenaza para nuestra civilización? ¿Acaso porque son de una raza diferente?

Tampoco los chevianos son humanos y, sin embargo, son generalmente mejores que nosotros y ahora forman parte de nuestra comunidad política con todos los derechos.

Todos somos hijos de un único Dios y tenemos el mismo derecho a la vida. Diana y Alan sólo quieren vivir en paz; no pretenden hacer daño a nadie.

Con Igor, Mark y Giordano muertos, todo ha terminado. Sólo a la mente paranoica de Kurt puede parecerle que no es así. Él es el único peligro para la Keops y para todos nosotros.

¿Es que estáis ciegos? No podéis permitirle que entregue a Diana y a Alan o, incluso, que los mate.

Vosotros no sois unos ignorantes avariciosos; unos asesinos como él.

Demostradle que no lo sois; demostráoslo a vosotros mismos.

Si le seguís la corriente, escudándoos en esas absurdas órdenes de Nueva Ucrania, lo único que habréis demostrado es que no hay ninguna diferencia entre vosotros y ese cerdo egoísta.

Es tan asesino el que mata a un inocente como el que consiente su muerte.

Joao interrumpió su largo discurso. Él y los demás tenían ya sus armas bajadas; sólo Kurt seguía apuntándole con su fusil.

—Un momento, Robert. No hace falta que trates de convencernos. A mí personalmente me molesta que me compares con ese imbécil de Kurt y supongo que a los demás también.

—Pues, excepto Lisa e Iridu, todos vosotros nos habéis recibido hostilmente. A mí no se me hubiese ocurrido esperarte con un arma en la mano —replicó Robert al brasileño.

—Es cierto, y lo sentimos. Queremos que nos sigas considerando tus amigos.

Si hemos preparado esta recepción es porque no sabíamos si ibas a entrar con Igor y los otros.

Ignorábamos que estaban muertos. Después de escuchar la grabación de vuestra conversación, comprenderás que decidiésemos tomar precauciones con respecto a Igor.

Os apuntamos con nuestras armas, aunque entrasteis solos, porque no sabíamos si eso obedecía a algún plan de los alienígenas.

Por el contrario, en esa misma grabación quedaba muy claro que Diana y Alan no son peligrosos. No somos unos asesinos como Kurt, ni pensamos consentirle que les haga daño en su beneficio. Que se meta su gloria y su dinero por donde le quepan.

—No esperaba otra cosa de vosotros. Yo también me sigo considerando vuestro amigo —respondió Robert satisfecho por la actitud de su tripulación.

—Mira, imbécil —dijo Kurt volviéndose hacia Joao—. Ahora yo soy el comandante de la Keops. Estáis todos bajo mando militar y por eso en esta nave se hará lo que yo ordene.