CAPÍTULO VI #2
Sin embargo, ninguno de los dos daba una explicación de lo que estaba sucediendo realmente.
—Pero, decidme... ¿qué está pasando aquí? —preguntó Robert sin salir de su asombro.
Lisa tomó la palabra, entre triste y furiosa.
—Ese cerdo de Kurt no se fiaba de los de la Piscis.
Aunque yo también tenía mis dudas, jamás habría sido capaz de hacer lo que él ha hecho.
Antes de ser el último en abandonar esta sala y dejaros a Diana y a ti solos hablando en ella, se le ocurrió dejar abierto el canal del interfono que comunica su camarote privado con la sala de mandos.
De esta forma, mientras Diana y tú manteníais vuestra conversación, él la estaba escuchando tranquilamente desde su dormitorio.
Además, la grabó en microdisco para luego hacérnosla oír.
Empiezas a suponer por donde van las cosas... ¿verdad?
—Sí... por desgracia —asintió Robert de mala gana—. Es cierto; Kurt fue el último en salir antes de que nos quedásemos solos. Recuerdo que le vi manipular en un panel de instrumentos; pero no le presté atención. ¡Maldita sea! ¿Cómo pudimos ser tan confiados de no esperar algo así?
Lisa volvió a tomar la palabra.
—Cuando salisteis para la Piscis él conocía perfectamente vuestro plan. Como recordarás, Diana y tú lo relatabais perfectamente en vuestra conversación y, lo peor, es que hablasteis de más cosas en ella...
—Es cierto... —contestó esta vez Diana con infinita tristeza.
—Sí, Diana... lo siento. Antes recelaba de tí; pero ahora sé que no eres mala —le dijo Lisa con sincero pesar—. Cometiste la imprudencia de revelarle a Robert toda la verdad sobre tu auténtica naturaleza y sobre lo que les había ocurrido realmente a los tripulantes de la Piscis.
Durante las horas que estuvisteis fuera de la Keops, Kurt nos hizo escuchar a todos nosotros la grabación de vuestra conversación.
Tras oírla, todos los demás han llegado a la conclusión de que los alienígenas de Oldrán son un peligro.
Por eso ahora tus compañeros te apuntan con sus armas.
Kurt les ha convencido de que eres tan peligrosa como ellos.
A Iridu y a mí no nos han dejado coger un fusil. Saben que para nosotros lo primero es tu amistad y temen por ello que, con un arma en las manos, nos podríamos poner de tu lado.
—No merezco tener unos amigos tan buenos —dijo Robert conmovido por la fidelidad de Lisa e Iridu.
—¡Claro que no mereces nuestra amistad! —le respondió Lisa furiosa—. Esta vez has actuado como un perfecto irresponsable. Aunque sabes que, por imbécil que seas, Iridu y yo siempre estaremos de tu parte.
—¡Por supuesto! —apoyó Iridu con entusiasmo.
—No sabéis cuánto me emociona oíros decir eso; pero siento que penséis que he actuado irresponsablemente. Si habéis oído la grabación de toda la conversación debéis daros cuenta de que no tenía otra elección. Pensadlo bien... ¡No podía hacer otra cosa!
—¡Tiene razón! —apoyó Iridu—. Yo no creo que haya actuado mal. Su plan era el único con el que podía salvar a Diana y ocultar la existencia de su raza sin que nadie saliese perjudicado.
La realidad de los hechos ha venido a dar la razón a Diana en que el descubrimiento de su raza supondría su exterminio. Los efectos que ha producido el mensaje de Kurt en Nueva Ucrania han dejado muy claro que así es.
—¿El mensaje de Kurt...? —preguntó Diana alarmada—. ¿Qué quieres decir, Iridu?
—Eso es lo peor de todo... Siento ser yo el que te dé la mala noticia, Diana —dijo el cheviano apenado.
—Pero... ¿qué ha hecho Kurt? Iridu, dímelo, por favor.
—Ese hijo de mala madre me transmitió a la base de Nueva Ucrania una grabación completa de vuestra conversación.
Se ha dado mucha prisa en actuar para que todo salga según sus planes pero, lo peor, es que en Nueva Ucrania también se han dado prisa en reaccionar.
Diana... sé que tú eres buena; lo sé desde que te oí hablar en esa grabación y por eso sé cuánto te va a doler enterarte de esto...
No imaginas cuánto siento ser yo el que te lo cuente.
—No te preocupes por eso, Iridu. Tú no tienes la culpa. Además, ya imaginaba lo que iba a suceder —contestó Diana con una expresión de infinita tristeza en sus preciosos ojos verdes.
—Dinos, Iridu... ¿qué han respondido de Nueva Ucrania? —preguntó Robert.
—Contestaron que, en primer lugar, Kurt debía hacerse con el mando de la Keops y destituirte a ti como su comandante. Por otraparte, esta nave debía pasar a depender de la jurisdicción militar, del Consejo Interplanetario de Defensa. De esta forma, todos hemos sido militarizados.
—Eso va contra la Constitución Galáctica —arguyó Robert.
—Según parece, hay un artículo de la Constitución que permite que, en caso de amenaza grave para la seguridad de la raza humana o de la cheviana, los civiles como nosotros podamos pasar a depender del Ejército de la Liga Interplanetaria.
—Eso es descaradamente fascista —se quejó de nuevo Robert.
—Sí... tal vez; pero es legal. Nunca antes se había producido una situación en la que este artículo entrase en vigor. Está reservado para circunstancias excepcionales; y ellos creen que ésta lo es.
El hecho es que, una vez militarizados, dependemos de las órdenes de Kurt.
Las autoridades de Nueva Ucrania le han dado provisionalmente el rango de comandante de la Keops.
A mí, personalmente, me encantaría partirle esa cara de cerdo que tiene pero, si alguno de nosotros lo hace, se las verá con un consejo de guerra.
—Me importa una mierda —replicó Robert desafiante.
—Si no te importa ser juzgado militarmente, al menos piensa que ese mamarracho te apunta con un arma —le recordó Lisa.
—De momento, es una buena razón para no partirle la cara, pero no siempre será así... —respondió Robert con un claro tono de amenaza.
—De momento, chulo de mierda, no vas a poder salir de tu camarote. Después, te juro que se te va a caer el pelo —le replicó el alemán con una altanería rayana en el odio.
—¿Y me vas a encerrar tú, basura? —preguntó desafiante Robert.
—Temo que legalmente tiene derecho a hacerlo —intervino de nuevo Iridu—. El Gobernador General de Nueva Ucrania ha dado orden de que seas arrestado cautelarmente en tu camarote, hasta que pases a disposición de las autoridades para ser juzgado.
—Y eso no es todo... ¿verdad, Iridu? —preguntó Robert.
—No... Tienes razón; hay más, mucho más...
Diana le miró asustada. Temía a sus palabras porque creía saber cuál iba a ser su contenido. No estaba equivocada...
—El Gobernador ha dado también orden de que todos los alienígenas sean hechos prisioneros y de que, en caso de resistencia, se les dé muerte sin contemplaciones. Eso, desgraciadamente, incluye a Diana y a Alan, a pesar de que en la grabación quedaba claro que ellos no tienen intenciones hostiles.
—Ese cerdo se ha dado prisa en mandar sus órdenes. No hemos estado más que unas cuantas horas fuera de la nave —dijo Robert.
—Eso es lo malo de la rapidez de la transmisión de mensajes por el hiperespacio —respondió Iridu para luego seguir con sus malas noticias—.
Lo único que ha recomendado el Gobernador con respecto a los alienígenas es dejar, al menos, a uno con vida.
Solamente si es posible, claro... Al parecer, tienen interés en estudiarlos antes de acabar con ellos.
—Además de un cerdo asesino es un ignorante —se indignó Robert—.
En la conversación quedaba claro que ahora son completamente humanos.
¿Qué demonios pretende que estudien los científicos en sus cuerpos?
Encontrarían lo mismo que abriendo las asquerosas tripas del Gobernador y su corrupta camarilla de incompetentes.
—Desde luego... —admitió Iridu—. Pero eso no es lo peor...
—¿Hay más...?
—Sí... El Gobernador ha solicitado a la Tierra que se reúna con urgencia el Consejo Permanente de Seguridad de la Liga Interplanetaria para tomar una decisión con respecto a lo que se debe hacer con Oldrán.
—¿Hacer con Oldrán...? —preguntó Diana alarmada.
—Puedes imaginarte lo peor, Diana... Tenías razón; una forma de vida capaz de reproducir a la perfección el cuerpo de un humano o un cheviano va a ser considerada como muy peligrosa para nuestra civilización.
Y ya sabes las soluciones de los políticos...
Muerto el perro se acabó la rabia. Siento decírtelo tan crudamente; pero es así.
—No, Dios mío... ¡No pueden hacerlo! —exclamó Diana angustiada, con sus dulces ojos llenos de lágrimas—. Todo ha sido por mi culpa; no debimos querer escapar de este infierno. Pido a vuestro Dios que nos perdone. Si yo hubiese sabido esto, jamás lo habría hecho.
—Diana... no te culpes por esto. Además, intentaremos evitar este genocidio. Tenemos que convencer al Gobierno de la Liga de que los habitantes de Oldrán no son peligrosos; de que no todos son como Igor —trató Robert de consolarla.
—Iridu y yo os apoyaremos —afirmó Lisa—. Mandaremos un mensaje a la Tierra antes de la reunión del Consejo de Seguridad.
—No os escucharán, Lisa. Os lo agradezco infinitamente en nombre de mi raza y mío propio. Pero sé que será inútil. No merezco vivir por haber puesto en peligro la supervivencia de tantos inocentes. No merezco tu amor, Robert; ni vuestra ayuda...
—No digas eso, vida mía. Eres mejor que yo, mejor que cualquiera de nosotros...
Ningún humano puede tener tanta bondad y tanta inocencia.
Yo soy el que no te merece a ti. Diciendo que desearías no haberte transformado demuestras tu generosidad, no tu egoísmo.
Tú no tienes la culpa de nada. Cuando decidiste materializarte como Diana Williams aún no tenías los conocimientos de su cerebro y no podías prever las consecuencias de tu acción.
Para cuando pudiste hacerlo, ya era demasiado tarde para volver atrás.
Diana... teníais derecho a querer escapar de este infierno, a tratar de evitar una muerte inexorable, a buscar la felicidad. Todos los seres vivos la buscan. No te culpes más por ello; te lo ruego —le dijo Robert abrazándola tiernamente mientras Kurt no dejaba de apuntarles con aire prepotente.