CAPÍTULO VI
LA CAZA
E l vehículo oruga detuvo su torpe marcha junto a la mole metálica de la Keops. Diana, Robert y Alan descendieron de aquella especie de todo-terreno interplanetario para dirigirse a la compuerta de entrada de la enorme astronave.
Sin saber por qué, Robert no pudo evitar sentir un estremecimiento al verla.
Su propia nave se le antojaba siniestra, cuando lo lógico hubiese sido que volver a ella le pareciese retornar a casa ya que, en aquel infernal planeta, la Keops era como su segunda hogar.
Sin embargo en esos momentos, su aspecto, lejos de resultarle acogedor, le inspiraba una profunda desconfianza. Tal vez fuese por el lúgubre entorno que rodeaba a la nave o, tal vez, por lo que Robert temía que pudieran encontrar dentro de ella...
Inquieto por sus sospechas, Robert se dirigió a Diana, la cual también parecía nerviosa.
—Oye... igual te parecerá una tontería, pero... ¿no tienes como un presentimiento extraño; como si algo malo nos fuese a suceder ahí dentro, en la Keops...?
La muchacha pareció dudar.
—Sí... es posible. No sabría decir porqué pero estaba pensando lo mismo que tú. Si no te lo había comentado antes es porque no quería que pensases que soy una neurótica.
—No sé... es como una intuición —vaciló Robert—.
—Quizás me haya vuelto tan humana como para haber adquirido ese famoso sexto sentido vuestro pero, la realidad, es que yo siento lo mismo —dijo Diana.
—Tal vez sea porque me sorprendió el tono seco y distante de Louis cuando le comuniqué por la radio del tractor-oruga lo del imaginario accidente de las arenas movedizas. Pareció no extrañarse del mismo, o no importarle en absoluto —intervino Robert.
—O no creerse que había sucedido realmente —terminó Diana la frase.
—Sí... quizás fuese eso pero, en todo caso, me sorprende. Antes de que partiésemos, Louis no parecía demasiado reticente, al menos en comparación con Kurt. Es un hombre muy educado para comportarse de esa forma. Es raro... Pero lo peor no es eso...
—¿Qué quieres decir, Robert? ¿Hay algo más que te preocupa...? ¿verdad?
—Sí... —reconoció él con gesto circunspecto—.
Lo que más me extraña es que Iridu y Lisa no se hubiesen puesto a hablar con nosotros por la radio.
Ellos se preocupan mucho de los demás. Lo natural es que hubieran preguntado por detalles del accidente; que se hubiesen interesado por asegurarse de que nosotros estamos ilesos.
—La verdad es que eso es muy raro... —opinó Diana.
—Además, desde que salí de la Keops con todos vosotros, no dejo de darle vueltas al tono de Kurt cuando se despidió de mí —dijo Robert.
—¿El tono de su voz...? ¿Crees que sospecha algo? —preguntó Diana inquieta.
—Es posible. No sé... tal vez sólo sean suposiciones mías; quizás sólo sea que estamos nerviosos por los acontecimientos y por eso imaginamos cosas raras.
—Ojalá no sea más que eso —contestó Diana acercándose a Robert y acurrucando su frágil cuerpo junto a la escafandra de él mientras los tres aguardaban a que la compuerta de la Keops fuese abierta desde dentro.
—Pronto lo sabremos...
—Robert... tengo miedo.
—No te preocupes. Yo estoy aquí para que nada malo te suceda.
—Cuando estoy asustada me gusta sentirme cerca tuya. ¿No te molestará que me ponga tan pegada a ti, verdad?
—Diana, tú nunca podrás molestarme. Ven... —le dijo pasándole el brazo por detrás del casco para cogerla cariñosamente del hombro.
Pasó más de un minuto y la puerta continuaba sin abrirse.
—Es raro... Debieran haber visto llegar al vehículo oruga. No entiendo por qué no nos abren de una vez —comentó Robert visiblemente inquieto conforme conectaba el intercomunicador para emitir un mensaje a los de dentro.
"KEOPS, AbrIDNOS. SOMOS NOSOTROS"
Silencio...
"KEOPS, KEOPS, CONTESTAD"
De nuevo, el siniestro silbido del viento del planeta pareció ser la única respuesta.
—Aquí pasa algo raro —opinó Robert, ya muy nervioso, volviendo a la carga con el intercomunicador.
"KEOPS, POR DIOS. AbrID YA.
SOMOS NOSOTROS. ¿ES QUE NO OS HABÉIS DADO CUENTA DE QUE YA HEMOS LLEGADO?
¡CONTESTAD, MALDITA SEA!"
Tras unos segundos de silencio, cuando de nuevo parecía que no iba a haber respuesta, unas palabras en esperanto, con acento portugués, resonaron por los interfonos:
—Un minuto. Vamos a abrir.
Robert comprendió por aquel acento que el que las había pronunciado era Joao.
Su tono, frío y distante, terminó de exaltar los temores de Robert.
En efecto, el brasileño, siempre simpático y de buen humor, jamás hablaba así.
Algún grave motivo debía de tener para hacerlo en esos momentos.
Claro... si es que era verdaderamente él.
Las fantasías más irracionales cruzaron por el cerebro de Robert. Después de lo que había visto, nada le parecía imposible.
—Esto no me gusta nada... —dijo dirigiéndose a la chica.
Una mirada asustada fue su única respuesta. Alan, contagiado por los temores de sus compañeros, observaba en silencio y lleno de angustia aquella compuerta misteriosamente cerrada.
Al fin, unos segundos más tarde, el grueso portón metálico descendía apoyándose en el enfangado suelo de Oldrán.
Las tres torpes figuras subieron por los pequeños escalones tallados en la superficie interior de la compuerta, hasta llegar a la cámara de presurización y recambio atmosférico.
Instantes después, la puerta del recinto se cerró y los tóxicos gases de Oldrán fueron absorbidos por un sistema de bombeo, dejando así la estancia intermedia en una situación de vacío total.
Mientras, una señal luminosa advertía a sus ocupantes de que aún no podían quitarse los cascos de sus trajes espaciales.
Este aviso resultaba inútil para Robert, que ya estaba aburrido de repetir esta operación, necesaria para que la atmósfera tóxica de cualquier planeta no penetrase en el interior de la astronave.
En cambio, era válido para Diana y Alan, los cuales no terminaban de familiarizarse con estas maniobras rutinarias.
El despiste de quitarse las escafandras en situación de vacío total hubiese hecho que sus organismos reventasen mortalmente por la falta de presión.
Segundos más tarde de la absorción total de la atmósfera del planeta que había penetrado en la estancia, unas aparatosas fumarolas surgieron de varios orificios de sus paredes.
Por ellos penetró en el recinto una mezcla de gases idéntica a la atmósfera terrestre.
Cuando su presión alcanzó los 1013 milibares, la normal al nivel del mar en la Tierra, la luz roja dio paso a un cartel anunciador de que los astronautas podían ya despojarse de sus cascos.
Los tres lo hicieron gustosamente, ya que llevaban varias horas soportando la incomodidad de tenerlos colocados.
Robert y Diana no pudieron resistir sus impulsos y aprovecharon para besarse apasionadamente, sin que aquellas odiosas cristaleras chocasen impidiendo la ardiente unión de sus labios. Hacía horas que deseaban poder hacerlo.
Una vez que ya no había diferencia de composición ni de presión entre las atmósferas artificiales de la cámara intermedia y del interior del resto de la nave, la compuerta que las separaba se abrió, corriéndose a un lado con un zumbido sordo.
Diana, Robert y Alan cruzaron su umbral y avanzaron temerosos por el pasillo que llevaba a la sala de mandos.
El americano no dejaba de sorprenderse de que nadie les estuviese esperando en el corredor de acceso.
No resultaba normal recibir con semejante indiferencia a unos compañeros que acababan de sufrir un trágico accidente en el que tres de ellos habían muerto.
Al menos, esto era totalmente ilógico en el caso de Iridu y Lisa, sus mejores amigos.
Sin duda, algo extraño estaba ocurriendo...
El portón de acceso del pasillo a la sala de mandos se abrió, accionado por una célula fotoeléctrica, conforme Diana, Robert y Alan se acercaban a él. Los tres penetraron en la estancia presas de una angustiosa inquietud.
Sorprendentemente, la sala estaba vacía.
—¡Eh..."gente"! ¿Dónde os habéis metido? —gritó Robert en tono campechano, tal vez tratando de demostrar una serenidad de la que realmente carecía.
Silencio...
—¿Es que estáis jugando al escondite? No venimos con ganas de tonterías —insistió sin poder esta vez disimular el tono vacilante de su voz y comprendiendo lo grotesco de estar hablando a un auditorio inexistente.
—¿Qué está pasando, Robert? —preguntó Diana, cada vez más asustada.
—No sé... pero temo que nada bueno.
De pronto, las puertas que comunicaban la sala de mandos con los camarotes y con la bodega de carga se abrieron bruscamente.
Tras una de ellas aparecieron Kurt, John y Louis y tras la otra Joao y Elías. Les miraron con gesto circunspecto, conforme les apuntaban con unos pesados fusiles ametralladores.
Solo Kurt sonreía con aquella mueca de hiena, presagio de sus peores intenciones. El alemán se adelantó unos pasos de los demás y se dirigió hacia los recién llegados, sin dejar de apuntarles con su arma.
—¡Sorpresa! ¿Os gusta el comité de recepción que os hemos preparado? —les dijo con evidente cinismo.
—¿Qué significa esto? —preguntó Robert, entre furioso y desconcertado.
—Que te lo expliquen tus amigos. Yo no hablo con traidores —respondió Kurt, cambiando su tono socarrón por otro mucho más violento.
Por el fondo del pasillo de los camarotes aparecieron entonces Iridu y Lisa. Avanzaron con paso lento y apesadumbrado hacia el centro de la sala de mandos. A diferencia de los demás, estaban desarmados.
Lisa tenía los ojos enrojecidos, sin duda por haber estado llorando durante largo tiempo.
A su vez, la simpática cara rechoncha y escamosa de Iridu, que más que de un lagarto parecía propia de una especie de tortuga bonachona, reflejaba una profunda tristeza.
Nunca antes Robert había visto en aquellos enormes ojos saltones una expresión tan desolada.
Como los de Lisa, parecía que iban a romper a llorar.
—Lo siento, Robert... No hemos podido evitarlo —se lamentó Lisa.
—¡El cabronazo de Kurt! —exclamó Iridu.