CAPÍTULO V #7
—Debemos al menos intentarlo. No sé... hemos de inventar una historia creíble para justificar la muerte accidental de tus tres compañeros. Lo que no podemos hacer es reconocer que ha habido un enfrentamiento armado.
—Sí... pero es muy difícil inventar un accidente creíble. Algunos de los tuyos sospechan algo raro de nosotros; aunque no sepan exactamente qué es. Si ahora vamos contando una historia absurda, su recelo se disparará.
—Por eso debe ser una buena mentira. Algo lógico y natural.
—No se lo van a tragar. Además, lo peor es que querrán recuperar sus cadáveres para llevárselos a sus familiares o, mejor dicho, a los familiares de los verdaderos tripulantes de la Piscis.
—Sí... eso es cierto —tuvo que admitir Robert—. No me creo capaz de inventar un accidente por el cual tres pacíficos científicos terminen acribillados a balazos. Si no viesen sus cuerpos aún podríamos haber imaginado un fallo del oxígeno, una fuga radioactiva en la Piscis, no sé... cualquier cosa.
—Se me ocurre una idea —intervino por primera vez Alan.
Diana y Robert se volvieron hacia su desvalida figura. El pobre Alan era tan tímido y pasivo que ambos casi se habían olvidado de su presencia.
—Dinos, Alan, ¿qué has pensado?
—Mirad... yo tengo, gracias al cerebro del verdadero Alan, recuerdo de algunas conversaciones que éste tuvo durante la misión, antes de morir ambos, con la auténtica Diana Williams, la cual, como sabéis, era geóloga.
—¿Y...? —sus oyentes le miraron expectantes.
—Recuerdo que una vez Diana habló conmigo o, mejor dicho, con él, de una característica muy interesante del suelo de este planeta. Haz memoria, Diana; aunque entonces tú no fueses “ella”, ahora deberías recordarlo, pues está archivado en las neuronas de tu nuevo cerebro.
La muchacha quedó pensativa, tratando de buscar en los recuerdos de la verdadera Diana Williams algo que pudiese resultar interesante para inventar un accidente creíble.
—No sé... el suelo...
De pronto, una luz pareció encenderse en su mente.
—¡Eso es! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? ¡Las arenas movedizas! ¿A que sí, Alan?
—Exacto. Tú me dijiste, bueno... ella le dijo, que en Oldrán abundaban.
—Es verdad, hay muchísimas —reconoció Diana—. En nuestra forma de vida anterior desconocíamos eso pues, al ser inmateriales, ni podíamos sentir ni nos importaba la consistencia del suelo.
—¿Estáis seguros...? ¿Arenas movedizas en este planeta? Yo no sabía nada; de hecho, me he estado moviendo sin la menor precaución por los alrededores —dijo Robert.
—Como nosotros... Ese recuerdo estaba en nuestros nuevos cerebros pero no lo habíamos sacado a la luz.
—Pues no se nos informó de nada en Nueva Ucrania cuando se nos encargó el venir a rescatar a los de la Piscis. En la memoria de Julia, nuestro ordenador de a bordo, tampoco está ese dato —se extrañó Robert.
—Es natural; Oldrán es un planeta tan olvidado y poco atractivo que es posible que en la Liga ni siquiera se molesten en actualizar la información de los ordenadores de sus naves. ¿Quién va a tener interés por ella? Nadie aterriza aquí.
—Pues vaya... —se quejó Robert—. Habrá que tener cuidado a la vuelta. Pero... ¡es fantástico! Eso nos da un motivo creíble de accidente para Igor y los otros.
—En el cual tus compañeros de la Keops no pueden pretender recuperar sus cuerpos —terminó Diana la frase.
—¡Exacto! —apoyó Alan.
—Te has portado, Alan. ¡Genial!
—Gracias... no es para tanto —respondió éste ruborizándose.
—Sí lo es; porque nos da una justificación razonable para la muerte de vuestros compañeros —dijo Robert—.
Aun con todo, alguno de los míos seguirá sospechando, sobre todo porque Julia no tiene esa información.
Pero, en cualquier caso, pueden solicitar ese dato de Nueva Ucrania. Allí les dirán que es cierto.
—Alan, nos estás siendo de gran ayuda. No te sientas inferior a nosotros. Tienes que estar más seguro de ti mismo —le dijo Diana.
—Lo intentaré, pero no me será fácil, porque arrastro la personalidad del verdadero Alan. Me alegro de seros útil. Quisiera compensar de alguna forma el tiempo que estuve aterrorizado sin ayudaros.
—Eso está olvidado, Alan —le dijo Robert—.
Hay que mirar al futuro. Tenemos que estar unidos para que nuestro plan salga bien.
Están en juego no sólo nuestras vidas, sino también las de todos los miembros de vuestra raza.
Bueno... dejemos de hablar y pongamos manos a la obra.
Debemos acabar lo que hemos venido a hacer con los de la Piscis.
Hay que incinerar sus cuerpos y luego cubrirlos de tierra.
Después, mientras volvemos a la Keops en el vehículo oruga, nos pondremos de acuerdo en los detalles para relatar sin contradicciones el imaginario accidente de las arenas movedizas.
—De acuerdo —aprobaron Diana y Alan.
—Pero hemos de darnos prisa. Mis compañeros pueden sospechar si tardamos demasiado tiempo en volver —advirtió Robert.
—Ya vamos a hacerlo excesivamente tarde como para no despertar recelo, aun contando con que hubiese ocurrido realmente ese imaginario accidente —opinó Diana.
—Sí, es cierto. Démonos prisa.
—¡Vamos allá! —exclamó Alan, ya algo más tranquilo y optimista.