CAPÍTULO V #6
Diana corrió junto al cadáver de Mark para apoderarse de su arma y con ella matar a Giordano.
Alan, a su vez, apuntaba a la pareja que se revolcaba por el barro pero, al igual que le sucedía a la chica, no podía disparar contra Giordano sin arriesgarse a herir a Robert, pues el continuo cambio de posiciones de los contendientes impedía un tiro preciso.
Además, en la venenosa atmósfera de Oldrán, una leve herida en un brazo o en una pierna resultarían mortales de necesidad al penetrar los gases tóxicos al interior del traje espacial por el orificio de la bala.
El alienígena, que había asumido un cuerpo idéntico al del fornido médico napolitano de la Piscis, era mucho más fuerte y corpulento que Robert.
Giordano mantenía casi inmovilizado al americano con sus más de cien kilos de peso mientras le golpeaba con una pesada piedra en la cristalera del casco con intención de partírsela y así hacer que muriese envenenado por aquella tóxica atmósfera.
Diana, comprendiendo el riesgo de utilizar su fusil, se lanzó sobre la espalda de Giordano tratando de sujetar su brazo para evitar que rompiese con sus golpes el casco del hombre que amaba.
Sin embargo, para la mole del falso italiano fue fácil deshacerse del frágil cuerpo de la muchacha la cual, sin escafandra, no pesaría ni cincuenta kilos.
Pero, los movimientos que hizo para quitársela de la espalda y arrojarla de un golpe lejos de sí, permitieron que Robert se liberase de su inmovilidad durante un par de segundos.
De aprovechar este leve lapso de tiempo dependía su vida y la de aquella muchacha que, a pesar de su delicadeza, estaba luchando como una fiera para salvarle.
Robert comprendió que, si con la fuerza no podía vencer a su enemigo, tendría que hacerlo con la inteligencia.
En menos de un segundo creyó encontrar el camino...
En efecto, antes de que Giordano volviese a inmovilizarle, consiguió pasar un brazo por detrás de su hombro y agarrar fuertemente un grueso tubo que salía de su mochila de botellas de oxígeno.
Tiró de él con intención de arrancarlo, pero el resistente material con el que estaba fabricado se lo impidió.
Giordano golpeó con saña en su costado hasta dejarle sin aliento.
Robert comprendió que arrancar aquel tubo era su última esperanza.
Pensó en Diana para sacar fuerzas de flaqueza.
Si no lo conseguía, ella también moriría.
Por resistente que fuese ese material tenía que lograrlo.
Cargó toda la fuerza de su amor por ella, toda la fuerza de su odio por Giordano, en los músculos de su mano.
—¡Se acabó, hijo de puta! ¡Estás muerto! —escupió conforme cerraba los ojos y apretaba los dientes para tirar de aquel tubo.
El resistente material se desgarró violentamente haciendo que el tubo quedase libre cimbreando, conforme de su extremo roto manaba una curiosa fumarola de gas.
Con ojos aterrorizados, Giordano se incorporó, cediendo su presión sobre Robert y comenzando a sentir los primeros síntomas de la asfixia.
En un segundo comprendió que estaba condenado a muerte; que sus tejidos cerebrales pronto sufrirían los letales efectos de la anoxia total.
La angustia aceleró su corazón, incrementando con ello la demanda celular de oxígeno y disminuyendo el tiempo que podía resistir sin respirar el vital elemento.
Cuando su sensación de ahogo se volvió insoportable, una reacción instintiva le hizo quitarse el casco para tratar estúpidamente de respirar.
En su pánico no pensó que era tan malo el remedio como la enfermedad; que a ambos lados de aquella cristalera semiesférica sólo estaba la muerte.
Dentro la asfixia, fuera el envenenamiento por la tóxica atmósfera de Oldrán.
Su cabeza no reventó, como hubiese hecho en el vacío total del espacio exterior, pues Oldrán tenía una elevada presión atmosférica. Sin duda, eso hubiera sido mucho mejor para él o, cuando menos, más rápido...
—¡N... no... no...! —gimió agonizante, casi sin voz, empleando los últimos resquicios de aire sin envenenar que aún quedaban en sus pulmones.
Avanzó unos pasos tambaleándose entre estertores de muerte, con la boca agónicamente abierta y los ojos desorbitados.
A apenas un metro de Robert, cayó de rodillas al enfangado suelo del planeta.
Miró al comandante de la Keops con los ojos inyectados de sangre conforme se llevaba las manos a la garganta tratando de hacer brotar por ella el último de sus insultos; de escupir el odio infinito que sentía por el americano.
Fue inútil, de su boca sólo surgió un sonido ininteligible, un gemido de muerte.
Robert recogió el fusil del suelo y apuntó a aquel cuerpo agonizante.
—Ahora eres humano y la atmósfera de tu propio planeta te está matando. Si hubieses sido más humano para todo, nada de esto habría sido necesario —le dijo.
Giordano, entre vómitos de sangre, arrojando fragmentos de pulmón roídos por aquellos gases corrosivos, miró a Robert de nuevo.
Pero, en esta ocasión, sus ojos reflejaban más una súplica de piedad que una manifestación de odio.
El comandante de la Keops comprendió el mensaje de su mirada; entendió lo que le estaba pidiendo el alienígena.
—Nadie merece morir así, ni siquiera un asesino como tú. Ya no puedo salvarte; si pudiese lo haría. Sólo puedo acortar tus sufrimientos —le dijo conforme se disponía a apretar el gatillo de su arma.
Una ráfaga de balas explosivas impactó contra el pecho de Giordano tiñendo de rojo su traje espacial para estallar después dentro de sus entrañas. Murió instantáneamente, librándose así de su atroz agonía. Su cuerpo cayó de bruces al barro, flácido como una marioneta sin hilos.
Robert se volvió hacia Diana. Ella corrió a su encuentro con los brazos abiertos. Se abrazaron con amor delirante mientras las cristaleras de sus cascos chocaban entre sí, impidiéndoles ese beso apasionado que tanto deseaban darse.
Permanecieron abrazados durante largo tiempo, en silencio, mientras Alan mantenía una prudente discreción.
Robert fue el primero en romper su mutismo.
—Diana… ¿te das cuenta de que has matado a uno de los tuyos para salvarme? ¡Cuánto miedo he pasado por ti! Te has arriesgado demasiado para evitar mi muerte.
—Tú eres toda mi vida, Robert. No sé cómo acabará esto. Lo lógico es pensar que mal, tal como van las cosas. Pero, pase lo que pase, tú siempre serás lo más importante para mí.
—Te quiero, Diana. Te quiero con toda mi alma. Desearía tener palabras para expresar, cuando menos, la milésimaparte del amor que siento por ti. Pero no puedo; no hay palabras adecuadas.
Se abrazaron de nuevo, ahora más brevemente pero de forma no menos apasionada.
—Tenemos que movernos —afirmó Robert.
—¿Qué vamos a hacer, Robert? —preguntó Diana—. Ahora todo se ha complicado. Va a ser muy difícil, por no decir imposible, hacer creer nuestra historia a tus compañeros. Con estas tres muertes nuestro teatro es insostenible. Unos científicos no se lían a tiros entre ellos; sería absurdo.
—Sí, desde luego... —admitió él con pesar.
—Estoy asustada, Robert.
—Tranquilízate. Ya se nos ocurrirá algo.
—Miles de inocentes de este desdichado mundo morirán por nuestro egoísmo de querer escapar de él. Lo sé... —dijo Diana reflejando una infinita tristeza en sus preciosos ojos verdes.
—No te atormentes. Lo hecho, hecho está. Ahora tenemos que buscar soluciones.
—No hay soluciones posibles, Robert; por desgracia, no las hay...