CAPÍTULO V #5
—¡Venga, payaso! Muévete o te acribillo también a ti.
—E... esto... esto es una atrocidad —por fin consiguió romper a hablar—. No son necesarias tantas muertes.
En su corta vida como humano Alan no había visto morir a nadie. La reciente masacre parecía haberle impresionado hondamente.
—Yo... yo no quiero participar en este crimen. Eres un asesino.
—Mira, imbécil... el que mata a dos mata a tres. Si no coges esa arma antes de diez segundos, te vuelo la cabeza.
Giordano estaba tan completamente seguro de la falta de personalidad de Alan que no tenía el menor temor a que, con un arma en la mano, se pusiese en contra de él.
Aunque las opiniones que anteriormente había expresado podían hacer pensar que esto sería posible, Giordano tenía claro que el temor que su fuerte carácter le imponía iba a ser suficiente para convertirlo en una marioneta de sus deseos.
—Empiezo a contar, Alan... —le amenazó de nuevo apuntándole con su arma.
El falso humano colonial pareció dudar pero al fin, y como era de esperar, se dirigió temblando de miedo hacia el cadáver de Igor para recuperar su arma.
—Ahora vigila tú a esa puerca traidora —le ordenó Giordano una vez que la hubo cogido. Después se dirigió lentamente hacia Robert, luciendo una sádica sonrisa de exultante satisfacción, saboreando cada paso que daba, cada paso que le acercaba a la ansiada venganza.
Llegó junto al americano y se detuvo apoyándole el cañón de su arma en el estómago.
—Ha llegado tu hora. A todos los cerdos les llega el día de su sacrificio. Pero quiero que te despidas de la vida con un poco de diversión. ¿Qué te parece si empezamos por esto...? —le dijo conforme le pegaba con todas sus fuerzas una patada en la entrepierna.
El revestimiento metalizado de la escafandra pudo hacer muy poco para amortiguar el doloroso impacto de aquella bota de más de tres kilos de peso. Robert cayó de rodillas, sin aliento y retorciéndose de dolor. Una nueva patada en el pecho le hizo caer de espaldas al fangoso suelo de Oldrán.
Varias ráfagas del fusil de Giordano impactaron junto a los pies de Robert, dándole justamente tiempo a encoger sus piernas. Aún no quería matarlo; primero deseaba divertirse con él.
—Baila un poco en el suelo... Lo haces muy bien —dijo con infinito cinismo sin dejar de disparar alrededor del cuerpo de Robert, el cual no tenía más remedio que contonearse grotescamente para evitar ser alcanzado por las balas.
—¡Juro que te mataré! ¡Lo juro por Dios! —tuvo aún valor de decir, ciego de odio por tanta humillación.
—¿Sí...? ¡Qué miedo! —replicó Giordano riendo histriónicamente.
Cuando se aburrió de hacer bailar a Robert en el suelo dejó de disparar y volvió a apuntarle a la mitad del cuerpo.
—¿Qué se siente cuando se va a morir? Dímelo, cerdo.
—Tendrás que decírmelo tú a mí —respondió Robert, manteniendo una altanería realmente impropia del dramático destino que, en buena lógica, le esperaba.
—Tú lo has estropeado todo; y vas a pagar con la vida por ello.
—Estás muerto, basura —tuvo aún Robert el valor de amenazarle—.
Aunque me consigas matar a mí, jamás lograrás acabar con el resto de la tripulación de la Keops.
Ninguno creerá la historia que se te ocurra contarles.
Nadie se fiará de volverte la espalda. Estás solo; hemos acabado con tus compañeros y, sin ellos, los míos te matarán.
Si he de morir lo haré con la satisfacción de arrastrarte a ti.
No me das miedo ni siquiera armado. No tienes categoría para eso... no eres más que un mierda.
—Si no temes a tu muerte, temerás a la de la mujer que amas... —le respondió el alienígena alejándose unos pasos de su cuerpo, aún yacente, y apuntando con el fusil a Diana.
—¡Maldito cerdo! Juraste respetar su vida si me rendía —exclamó el americano incorporándose del suelo como movido por un resorte.
—Y... ¿a tu edad sigues creyendo en la palabra de un extraño?
¿No te explicó tu mamá que no debías hacerlo?
—replicó Giordano sonriendo cínicamente—.
Te quemaré vivo con las cargas incendiarias; pero eso te lo podía haber hecho dentro de la fosa.
Hubiese sido más fácil para mí; pero menos divertido...
Si te he hecho subir es para que veas cómo mato a tu novia antes que a ti.
Tienes razón en que, con Igor y Mark muertos, me será muy difícil engañar o matar a toda la tripulación de tu nave.
Lo sé, pero a pesar de todo lo intentaré.
Sin embargo, aunque fracase y muera en el intento, lo haré con la satisfacción de haber acabado antes con tu asquerosa vida y con la de esa ramera que ha traicionado a su raza —dijo volviendo su arma contra Diana con intención de dispararle.
—¡Antes te mataré, cabrón! —escupió Robert disponiéndose a abalanzarse contra Giordano, aun a sabiendas de que no tenía ninguna posibilidad frente a él estando desarmado.
El alienígena se revolvió contra Robert con el dedo crispado sobre el gatillo de su arma. Pero una voz detuvo a ambos.
—¡Quietos los dos! —gritó Alan apuntando a Giordano con su fusil.
Aquella voz, a pesar de su tono agudo y vacilante, casi infantil, mostró una cierta decisión. Por vez primera en la corta vida de Alan como humano dejó de reflejar la extrema debilidad de su carácter.
Giordano no daba crédito a lo que había ocurrido.
Se maldijo por su imprudencia de fiarse de dejar un arma en manos de Alan, de pensar que jamás podría ser otra cosa que un borrego, una marioneta de sus deseos.
Comprendió que la ceguera por recrearse sádicamente con las muertes de Diana y Robert le había hecho de nuevo cometer un imperdonable error. Pero ya era demasiado tarde...
—Ya basta de muertes —tomó nuevamente Alan la palabra—.
Giordano, eres un traidor. Un maldito traidor.
Los otros también lo eran. Están mejor muertos; aunque la muerte me repugne y esto complique todos nuestros planes.
Ninguno de los tres tenéis derecho a vivir.
Nos habíais prometido a Diana y a mí que seguiríais el plan previsto.
—Deja de hacer el payaso y vigila a Diana —le increpó Giordano con la esperanza de doblegar su débil voluntad tratándole como si fuera un niño, aparentando no dar importancia a su acción.
—No, maldito asesino, no... Se ha terminado que yo sea un borrego.
No estoy dispuesto a seguir siéndolo, aunque cambiar me cueste la vida.
Un guerrillero del siglo XX, en la Tierra, dijo que más vale morir de pie que vivir de rodillas.
Lo sé por el cerebro del verdadero Alan; y es cierto.
Lo malo es que yo he tardado mucho en darme cuenta.
Pero más vale tarde que nunca. ¿Ves, Giordano...
? Otro viejo refrán de la Tierra. Deberías culturizarte, en lugar de ser un sádico y un chulo.
Todos estaban sorprendidos del tono firme de las palabras de Alan, que comenzaban incluso a denotar un cinismo propio de una persona de mucho más carácter que el suyo.
El muchacho continuó con su pequeño discurso, mostrando cada vez más seguridad; creciéndose y envalentonándose con cada frase que pronunciaba.
—No sé cómo no he reaccionado antes. Estaba completamente paralizado por el miedo.
Le he fallado a Diana, que es la única persona que me ha respetado y no se ha burlado de mí de todo nuestro grupo.
Me duele infinitamente haberlo hecho. He sido un cobarde que ha demostrado no tener valor y me avergüenzo de ello; pero eso se acabó. No sé si Diana me podrá perdonar...
—No tengo nada que perdonarte, Alan —respondió la chica con dulzura—. Ahora has demostrado cómo eres en realidad. A las personas no se les puede exigir ser siempre valientes; sólo se les puede exigir ser justos y no unos asesinos como Giordano. Yo siempre me consideraré tu amiga.
—No merezco tu amistad, Diana, ni la de alguien como Robert que, a pesar de su diferente raza, se está jugando la vida por ayudarnos. No os volveré a defraudar.
—Lo sabemos, Alan —dijo Robert—. Yo también estaré orgulloso de considerarme amigo tuyo.
—Tú nunca dejarás de ser un cobarde, Alan. Sé que si, en este mismo momento, me vuelvo hacia ti y te apunto con mi arma, tú tirarás la tuya. Nunca serías capaz de dispararme —aseguró Giordano.
—Por tu bien te aconsejo que no lo intentes —advirtió Alan—.
Tal vez el cuerpo que yo he asumido tenga el cerebro de una persona sin carácter.
Hasta ahora mi naturaleza humana me ha dominado pero, desde este momento, mi alma comienza a mandar sobre este nuevo cuerpo que tengo.
Lo único cierto que decía Igor es que estamos influenciados por la personalidad de aquellos que hemos “copiado” pero, por supuesto, no somos idénticos a ellos.
Por eso, Giordano, ahora sé que seré capaz de detenerte.
No voy a permitir que muera un solo inocente por tu culpa.
Si alguien ha de morir, serás tú. No mereces respirar; eres una vergüenza para nuestra raza.
—Tendré que matar a dos traidores en lugar de a uno.
Tú lo has querido, imbécil —dijo Giordano volviéndose hacia Alan con intención de disparar contra él.
Sin embargo, al hacerlo, tuvo que dejar de apuntar y vigilar a Robert durante una fracción de segundo.
Este tiempo fue suficiente para que el americano comprendiese que debía actuar.
No podía dejar las cosas en manos de Alan pues, a pesar de su buena voluntad, no parecía capacitado para enfrentarse con un asesino como Giordano.
Por ello, aprovechando esas décimas de segundo, se abalanzó sobre el alienígena arrebatándole el fusil de un manotazo.
El arma cayó al suelo tras vomitar una ráfaga de balas explosivas que no llegaron a herir a ninguno de los contendientes.
Robert y Giordano rodaron por el fango, forcejeando torpemente, pues sus aparatosos trajes espaciales les impedían moverse con agilidad.