Más fuerte que el destino CAPÍTULO V #4
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CAPÍTULO V #4

—Ya no me importa seguir viviendo. Sin él, nada me importa. Lo era todo para mí. Por eso, hijo de puta, te aseguro que me harás un favor matándome. Sólo pido al Dios de los humanos que te dé la muerte más horrible.

—Pero da la casualidad de que te la va a dar a ti...

Robert no podía ver ni a Diana ni a Giordano, pero por las palabras de este último comprendió que le daba por muerto.

Esto podía ser una gran ventaja para él; sin embargo, debía actuar muy rápido, antes de que el alienígena matase a Diana.

La mayor dificultad estribaba en trepar por aquella pequeña pared vertical de tierra, de unos tres metros de altura, cuyo reborde no podía alcanzar Robert estirando sus brazos.

Su constitución fangosa impedía agarrarse o pisar nada sólido en ella para facilitar la subida.

Lo primero que Robert hizo fue desconectar el emisor de su interfono.

Así podría oírles a ellos, pero ellos no podrían escuchar ni tan siquiera su respiración.

De esta forma no descubrirían que aún seguía vivo, pues el ruido exterior que podía producir no era fácil de escuchar con los cascos colocados.

Robert se disponía a escalar el pequeño muro de barro cuando las voces que escuchó por su interfono le hicieron comprender que Diana iba a desbaratar su plan sin saberlo.

—No dejaré que juegues conmigo. Tendrás que matarme o acabaré contigo —dijo la muchacha cogiendo una pesada pala de las que habían utilizado para cavar la fosa.

—Mira cómo tiemblo —replicó el alienígena con sereno cinismo.

Diana comenzó a avanzar decidida hacia Giordano, como una autómata, sólo movida por un odio ciego.

—Quédate quieta o te acribillo.

—Venga... ¡Dispara! ¡Cerdo asesino! Sólo quiero morir o matarte —respondió blandiendo desafiante su pala.

—En fin... tú lo has querido —dijo Giordano apuntándola tranquilamente con su arma para abrir fuego contra ella.

En una fracción de segundo Robert comprendió que tenía que avisarle de que seguía con vida; en caso contrario, su suicida actitud la llevaría a la muerte. Aun a costa de que Giordano también lo descubriese, abortando con ello su plan, Robert conectó en un instante el emisor de su interfono y gritó:

—¡No, Diana! No lo hagas. Estoy ileso.

—¡Dios mío, Robert!

—¡Maldito seas, hijo de Satanás! —escupió Giordano—. ¡Acabaré contigo! ¡Te mataré! —gritó como un poseído disparando ciego de ira hacia la fosa y avanzando hacia ella aullando como una fiera rabiosa, olvidado por completo de Diana.

Sin embargo, sus balas aun no podían alcanzar a Robert.

Este, viendo lo que iba a ocurrir, se pegó en un segundo a la pared de barro por encima de la que debía asomar el alienígena, para sorprenderle.

Apuntó su pistola hacia el tenebroso cielo de Oldrán y esperó a que Giordano apareciese.

Era el momento de la verdad; de la vida o de la muerte.

Tal vez no transcurrieron más de tres o cuatro segundos, pero a Robert le parecieron eternos.

Por fin apareció el alienígena, disparando en abanico como un loco hacia el interior de la fosa.

Robert tenía la ventaja de saber por qué punto iba a surgir su enemigo; mientras éste tenía que comenzar disparando a ciegas.

Medio segundo perdido localizando a su contrincante para abrir fuego contra él era suficiente para que éste se le adelantase.

Apenas una décima de segundo después de la aparición de Giordano, la pistola de Robert comenzó también a vomitar su carga de muerte.

La primera ráfaga del alienígena erró en su objetivo, mientras una de las balas de Robert tuvo mayor fortuna y rozó al anterior en su hombro, haciéndole caer hacia atrás, de nuevo fuera del alcance de los disparos del humano.

El proyectil únicamente resbaló sobre la resistente tela metálica de su traje espacial, sin llegar a perforarlo. De haberlo hecho, la tóxica atmósfera de Oldrán penetrando por el orificio hubiese realizado el trabajo de Robert…

Giordano se revolvió en el suelo como un felino rabioso. Gateando de trompicones, se alejó del borde de la fosa para asegurarse de que Robert no pudiera alcanzarle con sus disparos desde dentro de ella.

Había comprendido que tratar de matarlo de esa forma podía resultar peligroso. Que no debía menospreciar a su enemigo ni dejarse arrastrar por la furia del enfrentamiento. Tenía que actuar con inteligencia; y lo iba a hacer...

Se dirigió velozmente hacia la bolsa de donde había sacado los fusiles la cual, además de éstos y para desgracia de Robert, contenía realmente varias cargas incendiarias.

Con un par de aquellas extrañas pastillas negras en la mano y con un gesto de satisfacción y odio en el rostro, Giordano volvió a acercarse al borde de la fosa, sin parar de gritar:

—¡Estás muerto! ¡Te voy a achicharrar!

Se detuvo a unos tres metros del reborde, a la distancia justa para poder arrojar dentro de la fosa las cargas incendiarias sin que Robert pudiese alcanzarle con sus disparos desde dentro de ella.

Pero su ceguera por acabar con el comandante de la Keops, volvió a hacerle cometer un error; olvidarse por un segundo de Diana.

Cuando estaba aún preparando las cargas para que explotasen al ser arrojadas, un fortísimo golpe en las rodillas le hizo caer al suelo.

Diana le había atizado con todas sus fuerzas con la pala con la que antes le amenazase.

La muchacha, que estaba demasiado lejos de los cadáveres de Igor o de Mark para recuperar sus armas, no tuvo tiempo de hacer otra cosa para salvar a Robert.

Con furia, continuó golpeando a Giordano con la pesada pala; trató de partirle el cristal de su casco para que la venenosa atmósfera del planeta acabase con él; pero Giordano era fuerte y corpulento.

Consiguió agarrar el mango de la pala y, tirando violentamente de él, arrastró el frágil cuerpo de la muchacha, desequilibrándola y haciéndola caer al suelo.

Se levantó ciego de ira, apenas pudiéndose tener en pie por el dolor de los golpes recibidos, y apuntó con su fusil al cuerpo de Diana, que yacía en el suelo junto a él.

—¡Se acabó, maldita zorra! Esto lo vas a pagar muy caro...

Pero, un instante antes de apretar el gatillo, comprendió que lo que iba a hacer no era lo más inteligente.

Después ya tendría ocasión de vengarse de Diana matándola, pero ahora ella podía serle mucho más útil como rehén para obligar a salir y tirar su arma a Robert.

Además, así podría divertirse haciendo que éste tuviese que ver, impotente para evitarlo, cómo acababa con ella.

—¡Robert! —gritó—. Tira tu pistola fuera de la fosa y sal de ella. Tienes tres segundos para arrojarla; si no lo haces, acribillaré a tu chica. La estoy apuntando con mi ametralladora. ¿Verdad...?

—¡Diana! ¿Es verdad? ¿Estás bien? —respondió el americano, visiblemente inquieto por la suerte de la muchacha.

—Sí... pero, Robert, no le entregues tu arma. Por favor, no lo hagas. Te matará.

—Diana, tengo que hacerlo; si no te matará a ti.

—A mí me va a matar de todas formas. Robert, tú aún puedes salvarte. No tires la pistola. Por Dios... ¡Hazte caso!

—Faltan dos segundos... —amenazó Giordano—... uno...

—¡No! ¡No lo hagas! Está bien... me rindo. Voy a arrojar mi arma.

—Robert... ¡no! —gritó Diana, que se había conseguido levantar del suelo.

—¡Tú cállate, estúpida! —ordenó Giordano golpeando a la chica con la culata de su fusil y haciéndola caer de nuevo al barro gris de aquel planeta.

—¡Giordano! —gritó Robert—. Tiraré la pistola sólo si me juras que respetarás la vida de Diana.

—De acuerdo. Pero... ¿ya sabes que a ti te voy a acribillar, cerdo? —preguntó Giordano recreándose sádicamente en su superioridad.

—Está bien, hijo de puta, has ganado. Dejaré que me mates a mí si me juras no hacerle daño a Diana.

—Bien... lo juro... —respondió el alienígena con sonrisa sardónica.

—Robert, no le creas. ¿No ves que está mintiendo? Nos matará a los dos y, si no lo hace, yo no quiero vivir sin ti. Te lo suplico... ¡No te rindas! —imploró Diana.

—Debo hacerlo. No me fío de la palabra de ese cerdo, pero ésta es la única opción para que tú vivas.

—¡No quiero vivir sin ti! ¡Te quiero! ¡Te quiero! Por favor...

—¡Basta de charlas! —cortó Giordano—. Tírala o disparo. Tienes un segundo.

—Voy...

La pistola voló por encima del borde de la fosa para caer cerca de las pesadas botas del alienígena, el cual aprobó cínicamente la acción de Robert.

—Buen chico... Obediente; como a mí me gusta... Ahora sal de ahí, rápido. Tienes un minuto. Si no... ya sabes.

Robert trepó como pudo por la resbaladiza pared de barro. Hacerlo con su escafandra puesta le dejó jadeante.

—A ver si ahora eres tan chulo. ¿Sabes... basura? Te espera una muerte atroz. No creas que te voy a disparar; eso sería demasiado rápido. Tengo ganas de verte arder. Al fin y al cabo, las cargas están preparadas... —amenazó Giordano.

—¡Cerdo asesino! —le increpó Diana disponiéndose a arremeter contra él.

—¡No, Diana! ¡Estate quieta! —fue el propio Robert quien le conminó a no hacer nada para evitar que Giordano le disparase.

—No voy a volver a descuidar tu vigilancia, ramera. Por eso, mientras yo me divierto con tu amigo, ese payaso de Alan te mantendrá a raya —dijo Giordano volviéndose hacia el otro alienígena, cuya pasividad había hecho que nadie se acordase de él, dada la vorágine de los acontecimientos.

En efecto, Alan no había jugado en los sucesos acaecidos hasta el momento un papel de mayor relevancia que el de cualquiera de aquellas grandes rocas que conformaban el siniestro paisaje de Oldrán.

Absolutamente paralizado por el terror, desbordado por completo por los acontecimientos, había sido incapaz de mover un músculo a favor de unos u otros, a pesar de haber demostrado verbalmente estar de acuerdo con Diana y Robert.

Por ello nadie había contado con él, al menos, hasta que Giordano solicitó su colaboración.

—Tú, gallina, coge el fusil que está junto al cadáver de Igor —le ordenó el falso italiano.

Alan siguió inmóvil, como una estatua de sal. Parecía no ver ni oír nada.