Más fuerte que el destino CAPÍTULO V #3
50%

CAPÍTULO V #3

—Es cierto... —apoyó Giordano—. ¿Qué más te da vivir un par de minutos más...? ¿gallina de mierda? Miradle... está aterrorizado. Seguro que se ha manchado los pantalones de su escafandra.

—Tú te la vas a manchar de sangre... ¡cerdo!

Lástima que aquí no haya buitres para envenenarse con tu carroña —respondió Robert, desafiante a pesar de su delicada situación.

Ahora había recobrado las esperanzas, aunque segundos antes temió que los alienígenas se volviesen y descubrieran a Diana.

En efecto, la chica había llegado ya a la bolsa de las armas y estaba introduciendo en ella sus manos enguantadas.

—Bueno... no perdamos más tiempo escuchando las fanfarronadas de este iluso. Me das lástima... Tu altanería es ridículamente patética. Vas a morir... —dijo Igor alzando su arma para acabar con Robert.

—Sí... algún día. Pero hoy te toca a ti —replicó éste en un alarde demencial de sangre fría.

—No me hagas reír... —contestó Igor disponiéndose a crispar su dedo índice sobre el gatillo.

—¡Tira el arma!! ¡Tírala, maldito asesino! —la voz de Diana resonó enérgica a través de los interfonos.

Los tres alienígenas hicieron ademán de volverse hacia la muchacha, la cual les apuntaba con el fusil que acababa de sacar de la bolsa. El único que quedaba en ella.

—¡No os mováis u os acribillo! ¡Tirad las armas al suelo!

—¡Maldita sea! No debimos descuidarnos con ella —exclamó Giordano.

—Ni sacar cuatro ametralladoras de la Piscis. Estaba claro que el cobarde de Alan no nos iba a ayudar —apoyó Mark.

—¡He dicho que tiréis las armas! No hablo en broma; si no lo hacéis os vuelo la cabeza. Dejaos de conversaciones y tiradlas. ¡Los tres!

Robert estaba sorprendido con el valor y decisión de Diana, poco esperables en una muchacha tan dulce y frágil.

Mark y Giordano la obedecieron, arrojando sus armas entre juramentos soeces. Igor, por el contrario, continuó apuntando impasible a Robert, al cual no le quedaba más remedio que seguir con las manos en alto, esperando la evolución de los acontecimientos.

—Igor... no me obligues a matarte. Tira tu fusil al suelo o te reviento a balazos.

—Diana... no te esfuerces en parecer dura. Sé que nunca serías capaz de disparar contra mí. Contra tu hermano de raza…

—No quiero tener que demostrarte lo equivocado que estás, imbécil.

Ríndete como los otros y olvidaremos lo que ha pasado.

Aún podemos seguir con mi plan. Igor... si no lo quieres hacer por tu vida, hazlo al menos por nuestra raza.

Si me obligas a matarte los demás humanos descubrirán la verdad y eso será el final.

Tenemos que volver los seis con vida a la Keops; como amigos.

Si no lo hacemos, nadie creerá nuestra historia.

—Tienes razón, Diana... Si me matas, las consecuencias las pagarán los miles de inocentes que están en este mundo que pisan ahora. Por eso sé que no serás capaz de disparar.

—¡Te juro que lo haré, Igor! ¡Por Dios, no juegues con el destino de nuestros hermanos!

—Tú eres quien les va a traicionar, estúpida.

—No es cierto, maldito loco. Tú serás el único culpable de lo que suceda. Robert y yo hemos hecho lo posible por evitar esto. Si no me dejas otra opción, te mataré.

—No me dispararás por la espalda; no asesinarás a tu hermano de raza. No lo creo, Diana, no lo creo... —respondió Igor seguro de sí mismo conforme alzaba su arma hacia Robert.

—Es tu última oportunidad, Igor. No voy a dejar que le mates. Él me importa más que nada en la vida.

—Voy a acabar con él y tú no harás nada para impedírmelo. Algún día, cuando olvides tu locura, comprenderás que hice bien.

—¡No, Igor! ¡Por Dios, no me obligues! —gritó Diana con todas sus fuerzas, con el dedo crispado sobre el disparador de su arma.

—Adiós... Robert. Se acabó... —le dijo Igor a Robert, disponiéndose ya a apretar el gatillo de su fusil ametrallador.

El brutal fragor de una ráfaga rompió el sepulcral silencio de Oldrán.

El cuerpo de Igor se convulsionó atrozmente conforme las balas explosivas perforaban su escafandra y estallaban en sus entrañas.

Se volvió hacia Diana, con los ojos desorbitados y la boca muy abierta. A través de la cristalera de su casco, la patética expresión de su rostro denotaba una mezcla de odio, miedo y sorpresa. Tal vez nunca creyó que ella llegaría a disparar.

—Yo no quería hacerlo... Me has obligado... Ahora todo se vendrá abajo... Dios mío... Dios mío —balbuceó Diana entre sollozos, dejando caer su fusil de las manos; agotada por la tensión sufrida.

Con un hilo de voz agonizante, entre estertores de muerte, Igor aún intentó responderle:

—N... no... no es posible... m... maldita zorra...

La sangre, que manaba abundante por su boca, le impidió seguir hablando. Avanzó hacia la muchacha, que no podía parar de sollozar, dando traspiés. En un último impulso de un odio infinito, trató de alzar su arma contra la chica. Matarla antes de morir.

Un certero disparo de Robert, que por fin había logrado sacar su pistola, se lo impidió.

La bala le penetró por la nuca, perforando su casco, y le estalló dentro del cerebro, reventándole la cabeza y salpicando repugnantemente de sangre el interior de la cristalera.

Diana tuvo que cerrar los ojos ante tan espantosa visión. Igor, con los brazos abiertos en cruz, cayó de bruces sin vida; flácido como un muñeco de trapo.

De la espalda de su traje espacial brotaban numerosos chorros de gas. Los disparos de la muchacha habían perforado sus botellas de oxígeno y este escapaba a presión por los orificios, para difundirse entre la venenosa atmósfera de Oldrán.

—¿Lo ves, Igor...? La vida da muchas sorpresas. Pero conste que yo no deseaba que las cosas sucediesen así —dijo, o más bien pensó en voz alta, Robert.

Aprovechando que Diana había cometido el error de tirar su fusil y que Robert había tenido un segundo de distracción, impresionado por la muerte de Igor, Mark y Giordano se abalanzaron para recoger las armas que la chica les había obligado a arrojar al suelo.

Mark fue el primero en hacerse con una de ellas.

—¡Tú a por él! —le gritó a Giordano, para hacerle entender que debía disparar contra Robert mientras él lo hacía contra Diana. Al parecer, el infinito odio que sentía hacia la mujer que, según sus ideas, les había traicionado, le hacía preferir matarla a ella que a él.

Fue su último error; lo contrario hubiese sido más fácil, pues Robert tenía su arma en la mano y Diana no. Sin embargo, la ceguera del odio de Mark hacía su compañera de raza le iba a costar la vida.

—¡Vas a morir! —gritó conforme alzaba su fusil contra ella.

Pero no tuvo tiempo de disparar; Robert fue más rápido.

La primera bala le alcanzó de lado, en la cadera, haciéndole girar hacia su enemigo.

Entonces, en una fracción de segundo, comprendió su error y trató de disparar contra Robert.

Pero para entonces una lluvia de balas impactó contra su pecho.

Robert disparaba su pistola ametralladora contra Mark febrilmente, como un loco.

Comprendía que una décima de segundo podía ser suficiente para que aquel cerdo consiguiese matar a la mujer que amaba. No podía concederle ese tiempo.

Mark salió proyectado hacia atrás, impulsado por la fuerza de las balas que golpeaban contra su pecho, perforando su traje espacial y llenándolo de grandes manchas de sangre.

Sin embargo, en su furia por acabar con Mark antes de que éste lo hiciese con Diana, Robert no había podido disparar contra Giordano.

Este, que había tardado un par de segundos más en coger su arma y empezar a usarla, dando con ello tiempo a Robert de matar a Mark, lanzó una ráfaga contra el comandante de la Keops.

Todo ocurrió en una fracción de segundo.

Robert sintió cómo la fuerza de los impactos le hacía perder pie para caer de lado a la fosa donde estaban los cadáveres de los de la Piscis, en cuyo borde se encontraba sin poder moverse desde que Igor le amenazase por primera vez.

Tardó unos leves instantes en darse cuenta de la inmensa suerte que había tenido.

En efecto, los disparos de Giordano le habían alcanzado en una o dos de sus botellas de oxígeno, pero no en el cuerpo.

Mientras le quedase aire en, al menos, una de las bombonas, la pérdida de gas de las otras no debía importarle.

Impulsado por la fuerza de las balas se había desequilibrado y caído en aquella siniestra fosa.

Sin embargo, en ella, Giordano no podría alcanzarle con sus disparos.

Para hacerlo, debería asomarse a su reborde y entonces Robert tendría oportunidad de volarle la cabeza; pues había tenido el feliz instinto de agarrar su pistola mientras caía y aún la tenía en las manos para defenderse del falso italiano.

Sin embargo, Robert comprendía que las cosas no iban a resultar tan fáciles.

Tal vez lo habrían sido si tuviese que enfrentarse sólo con el alienígena.

Pero, por encima de él, separada por unos tres metros verticales de tierra difíciles de trepar, estaba Diana; y estaba también el cerdo de Giordano deseoso de matarla.

Robert no pudo ver desde su macabro agujero cómo Diana, creyendo que Giordano había matado al hombre que amaba, trató de coger su fusil para acabar con el alienígena y vengar su muerte.

Una certera ráfaga del falso italiano, disparada al suelo, destrozó el arma dejándola inservible cuando la chica ya casi la rozaba con la punta de sus dedos.

—Te podía haber disparado a ti... maldita traidora. Pero eso hubiese sido demasiado rápido. He preferido desarmarte; así podré divertirme con tu muerte. Te aseguro que será lenta y atroz... Ahora tu querido humano no podrá ayudarte. Está muerto; como tú lo estarás muy pronto. Te lo aseguro...

—¡Cerdo asesino! Si me queda una gota de sangre en las venas te juro que acabaré contigo.

—Parece que el "fiambre" te ha contagiado el optimismo antes de morir...