Más fuerte que el destino CAPÍTULO V #2
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CAPÍTULO V #2

—Y... ¿con qué piensas matarnos, estúpida? ¿Con piedras? Coge alguna si quieres; aquí hay muchas... —continuó Mark con la burla.

—¿Crees que nos costaría trabajo pegarte a ti también un par de tiros? —preguntó Giordano—. Mira puerca... no juegues con nosotros si quieres salir viva de este planeta. A mí, personalmente, no me importaría lo más mínimo vaciarte el cargador en este preciso momento.

—¡No tienes agallas, cerdo! Un bocazas como tú no sabe hacer más que lo que le ordena su amo. Por cierto... ¿últimamente le lames la mano a Igor cuando le obedeces?

Igor comprendió el riesgo de un enfrentamiento entre los miembros de su grupo. Por eso, trató de dar una imagen más conciliadora.

—Calmaos... por favor. Todos somos hermanos de raza y tenemos los mismos objetivos. Con estos enfrentamientos estúpidos sólo conseguiremos poner en peligro nuestra supervivencia y la de los que queden en este planeta.

—¡Vete a la mierda, hermano! Podrás engañar a esos borregos, pero a mí no —respondió Diana, cuya firmeza de carácter, a pesar de su dulzura y fragilidad, estaba sorprendiendo a Robert, el cual permanecía callado, esperando una oportunidad para sacar su pistola.

Igor hubiese deseado pegarle un tiro a la chica como única respuesta a su altanería.

Pero, sin duda, eso sería malo para sus intereses.

Mientras fuese posible, era mejor no tener que matarla.

Aún tenían que deshacerse de los demás tripulantes de la Keops y ella podía ayudarles a conseguirlo si Igor lograba convencerla de que actuaba así por el bien de su raza.

Cinco siempre pueden más que cuatro. Igor era consciente de esa realidad; por ello, hubo de esforzarse de nuevo en parecer razonable y conciliador.

—Diana... tienes que comprendernos. Te ocultamos nuestro plan porque, si no lo hubiésemos hecho, nos habrías delatado a tu maldito comandante.

Te has vuelto demasiado humana y has perdido la cabeza por él.

No podíamos arriesgarnos; arriesgar a nuestra raza, a que lo hicieses.

A que nuestro plan fracase. El tuyo es demasiado peligroso.

No podemos poner en peligro la vida de miles de los nuestros por no matar a unos pocos humanos, aunque sean inocentes.

Algún día, cuando te olvides del amor que sientes por ese hombre, me acabarás dando la razón.

Debes volver a estar con nosotros, de nuestraparte...

—Antes prefiero estar muerta. No sois más que unos traidores. No tenéis palabra ni honor.

—Palabra... honor... esos son conceptos humanos. Diana, tú no eres humana. Eres uno de los nuestros.

—Pido al Dios de esta gente que, si existe, no me deje jamás ser como vosotros. Los demás habitantes de nuestro planeta tampoco lo son. Ellos serían incapaces de hacer lo que vosotros, si hubiesen tenido la suerte de materializarse en un cuerpo humano.

—Diana, tú no sabes nada. Has perdido el sentido de las cosas por ese imbécil.

—Sí... no vivo más que para Robert; de acuerdo.

Pero no por eso he dejado de distinguir el bien del mal, la verdad de la mentira...

Estoy segura de que entre nosotros la mayoría no son como tú; habrá algunos, pero serán los menos.

Los humanos tampoco son todos buenos o malos, ni los chevianos.

Supongo que, hasta entre esos lagartos bondadosos, habrá algún cerdo asesino como tú.

El bien y el mal están presentes en todo el Universo; no son inherentes a un determinado planeta.

Nosotros hemos tenido la desgracia de embarcarnos en esta maldita aventura.

Me arrepiento de haberlo hecho, de haber querido huir de este infierno.

Ha sido una irresponsabilidad que ha puesto en peligro muchas vidas, tanto de los nuestros como de los suyos.

Pero ya no tiene vuelta de hoja. Aquí estamos; y lo que no podemos hacer es matar a inocentes para salvarnos nosotros o para ocultar a nuestra raza. El fin no justifica los medios.

—Maquiavelo...—dijo Igor—. ¿Ves, Diana...

? Gracias a mi cerebro yo también conozco los principios de la filosofía de los humanos.

Pero no por eso he de asumirla. Nosotros no nos hemos vuelto como ellos; tú sí.

No has podido superar la materialización; te has convertido en una mujer humana.

Es imposible distinguirte de cualquiera de ellas.

—Puede que eso sea cierto; pero no me avergüenzo de ello. Me gusta ser así. Me gusta ser humana, es más, deseo serlo.

—No seas estúpida, Diana. Ellos nunca te aceptarán; te destruirán por ser diferente.

—Uno de ellos ya me ha aceptado. Me quiere sabiendo lo que soy realmente; como yo le quiero a él, a pesar de nuestro origen diferente.

Robert intervino en la conversación pensando que, al hacerlo, tendría más posibilidades de crear un momento de distracción para sacar su arma.

—Precisamente porque quiero a Diana es estúpido pensar que iba a arriesgar su vida revelando su verdadera naturaleza. No hace falta ser demasiado inteligente para darse cuenta de eso; pero parece que tu cerebro de mosquito no llega ni a ese nivel, Igor...

—¿Ahora quieres decir que no eres un testigo peligroso? ¿Que no es necesario que te matemos? —preguntó el falso soviético—. Tienes miedo a morir... ¿verdad, imbécil?

—O a matar... eso no lo sabremos hasta el final. Con cualquiera de las dos opciones la que va a salir perdiendo es tu raza. Si no detienes esta locura no podrás evitar que se descubra su existencia y ese será su fin. Tu cerrazón, maldito estúpido, será la causa de su genocidio —sentenció Robert.

—Reconocer que sólo el miedo a morir te hace hablar. Si me suplicas, tal vez te dé una oportunidad; ¡arrodíllate y suplica por tu vida! ¡Adelante, cobarde! Quiero verte pedir piedad.

—No suplico a cerdos como tú... y siento ofender a los cerdos con la comparación. Yo he hecho lo posible para evitar la desgracia de vuestra raza; ahora que sea lo que Dios quiera. Si tengo la menor oportunidad acabaré contigo... ¡Cabrón!

—Eres muy optimista. ¿Es que esperas tener una oportunidad, estúpido iluso...?

—Quién sabe, Igor, quién sabe... —replicó Robert con una sorprendente serenidad, sonriendo desafiante a su interlocutor.

—Si Robert no se rebaja a suplicar por su vida yo sí lo haré —intervino Diana—.

No es necesario que le mates. No es lógico que él nos traicione, porque eso me perjudicaría a mí y él me quiere.

Todavía podemos seguir con mi plan. Olvidemos todos lo que ha pasado y hagamos lo que teníamos previsto.

Aun estás a tiempo, Igor, por favor... Yo sí te lo ruego; no le mates.

Le quiero más que a mi vida. Si le dejas, haré siempre lo que tú digas. Nunca más me pondré en contra tuya.

—Diana, por favor... —le interrumpió Robert—. No malgastes saliva hablando con ese imbécil. Te agradezco tu intención, pero no necesito que supliques por mí. Además, los asesinos no escuchan razones. Sólo sirven para matar... o para morir...

—Para morir hace falta que alguien te mate...

—Una frase digna de tu preclara inteligencia, Igor. Debieras publicarla —replicó Robert, sarcástico.

—Pero da la casualidad que no veo aquí a nadie capacitado para matarme. ¿Lo ves tú...?

—Tal vez... La vida da sorpresas, Igor. Muchas sorpresas...

—En fin... si prefieres morir siendo un chulo... ¡allá tú!

Igor, Mark y Giordano avanzaron hacia Robert sin dejar de apuntarle con sus armas.

Al parecer, querían disfrutar cazando a su fácil presa desde más cerca.

Robert comenzó a comprender que su situación era crítica; sin embargo, no debía demostrar debilidad ante ellos.

Pero, la verdad, resultaba materialmente imposible que los tres se despistasen al mismo tiempo, dándole ocasión de sacar su arma de la espalda.

Y, aunque lo hicieran, era una mala proporción la de tres fusiles ametralladores contra una pistola...

Sin embargo, los alienígenas habían cometido un error en su ceguera por acabar con Robert. La altanería de éste les había encrespado hasta el punto de tener un grave despiste. Era el efecto que Robert había buscado con su actitud desafiante.

En efecto, al avanzar hacia él, no se dieron cuenta de que Diana no se había movido y por ello había quedado detrás suya.

Aprovechando su posición, y el hecho de que Igor y los otros dos sólo vigilaban a Robert, la muchacha retrocedió sigilosamente hacia la gran bolsa de la que Mark y Giordano habían sacado los fusiles.

Alan permanecía inmóvil, aterrorizado ante la inminente tragedia. Los acontecimientos habían desbordado su débil personalidad y paralizado su cerebro; no sabía cómo actuar.

Sólo Robert podía ver a Diana tras las figuras que le apuntaban con sus armas.

Intuyendo sus intenciones, trató de mantener la atención de Igor y los otros para evitar así que se volviesen y descubriesen a la chica.

Si lo hacían, Robert sabía que también la matarían a ella.

Comprendió que aquella mujer a la que tanto amaba se estaba jugando la vida para salvarle.

—Una duda me asalta... ¿Cómo es que había armas en la Piscis? —preguntó para ganar tiempo, sin importarle la respuesta.

—Debieras saber que todas las astronaves que transitan por el sistema de Siria tienen órdenes de la Liga de llevar armas; aunque sea ligeras.

La Keops también tendría que hacerlo. No entiendo por qué preguntas esa idiotez...

o... ¿es que el miedo te ha hecho perder la razón?

—respondió Igor sorprendido—. Ha habido algunos actos de piratería de los presos desterrados en el planeta Uro, el décimo de este sistema solar.

Por ello, todas las naves que salen del hiperespacio en él, incluso las civiles como las nuestras, tienen esa norma como medida de autoprotección.

Yo lo sé por los recuerdos del cerebro del verdadero Igor; lo que no entiendo es cómo tú no lo sabías.

—Claro que lo sabía —intervino Mark—. Lo único que quiere es prorrogar su muerte. Sólo pretende hablar por hablar, para retrasar que lo matemos. Tanta chulería y no es más que un cobarde.