CAPÍTULO V
LOS CUERPOS DE LA PISCIS
E l trabajo estaba concluido. Tal vez, había sido el más desagradable que a Robert le había tocado realizar en toda su vida. Sin embargo, su consecución era necesaria para llevar a buen término el plan de Diana.
Resultaba imposible imaginar una escena más fantasmagórica, más sobrecogedora...
Seis extrañas figuras, enfundadas en sus aparatosos trajes espaciales, rodeaban la profunda fosa excavada en el fangoso suelo de Oldrán.
Otros cinco cuerpos, estos sin vida, yacían en el fondo de aquella improvisada sepultura, también introducidos en sus ya inútiles escafandras de vacío. Como en la más irreal de las pesadillas, su aspecto era idéntico al de sus enterradores.
Robert, Diana y los otros cuatro alienígenas que habían reproducido la estructura corporal de los tripulantes de la Piscis, miraban desde un par de metros de altura sus cuerpos sin vida.
Los focos frontales de sus cascos creaban extrañas cruces de luces sobre los cadáveres de los desdichados viajeros de aquella astronave, embarrancada no muy lejos de allí.
El ambiente siniestro de Oldrán, siempre presente, terminaba de crear un cuadro delirantemente tenebroso; una escena de un terror casi gótico.
Sin embargo, a pesar de estas apariencias, todo iba saliendo bien. Todo se estaba realizado según lo planeado.
Contra lo que Diana esperaba, le resultó muy fácil convencer a Igor y a los demás de seguir su plan y abandonar sus propósitos homicidas. Tal vez, demasiado fácil...
Además, el engaño de Robert a sus compañeros de vuelo parecía haber resultado convincente. Nadie en la Keops sospechó de su historia y se les antojó como lo más natural que fuera él quien llevase al grupo de rescatados en el vehículo oruga. O, al menos, eso le dijeron...
Sin embargo, Robert no podía dejar de pensar en el "hasta pronto" con el que se despidió Kurt de ellos cuando abandonaron la Keops. Había algo extraño en el tono de su voz. Una actitud entre cínica y desafiante; como si supiera o, al menos, sospechara algo de lo que realmente iban a hacer.
Robert tenía el presentimiento de que algo iba a salir mal, de que su plan iba a fallar. No podía imaginar hasta qué punto estaba en lo cierto...
El trabajo de abrir la profunda fosa había resultado extenuante; máxime, por la circunstancia de haberlo tenido que hacer contra reloj, ya que una excesiva tardanza en regresar a la Keops hubiese podido levantar sospechas entre sus tripulantes.
Excavar metido dentro de un traje espacial, con un flujo limitado de oxígeno, era un ejercicio agotador.
Sin embargo, el tener que hacerlo no había sido lo más duro para Robert.
Lo peor fue el momento en el que se vio obligado a arrojar el cuerpo sin vida de la verdadera Diana Williams al interior de la fosa.
Y no lo había sido porque él amase realmente a aquella pobre chica de La Tierra; ya que tenía muy claro que a quien quería de verdad era a "su" Diana, a esa muchacha dulce y buena que ocupaba un cuerpo idéntico al de la viajera de la Piscis.
Sin embargo, el pensar en que una mujer tan joven, tan bonita y, al parecer, tan buena, había acabado sus días enterrada en el suelo gris y fangoso de aquel maldito planeta, era algo que le había puesto un nudo en la garganta.
La voz de Igor, frío como siempre, interrumpió sus pensamientos.
—Mark, saca las cargas de incineración. Tenemos que quemarlos —dijo dirigiéndose a uno de sus compañeros.
—¡Un momento! —cortó Robert seco, casi violento—. Antes quiero decir una oración.
—¿Por qué? —preguntó Igor—. Tenemos que darnos prisa.
—¡Porque a mí me da la maldita gana! —casi escupió Robert su respuesta—. Y aquí se va a hacer lo que a mí, ¿me entiendes, imbécil?... ¡a mí!... me dé la gana. ¿Está claro? Si no estás de acuerdo, trata de impedírmelo y me darás el gusto de acabar con tu asquerosa vida.
—Tranquilo, amigo... —respondió Igor con una cínica sonrisa—. Haz lo que quieras...
—No me vuelvas a llamar amigo. Nunca más.
—¿Por qué no...? —continuó con su voz socarrona—. ¿Acaso no estás de nuestraparte?
—Mira... estúpido. Quiero que se te meta en la cabeza, de una vez por todas, que yo no estoy de parte de nadie.
Sólo de lo que es justo; y no lo es que tu raza corra peligro, porque no son todos como tú.
Si hago esto es por esa razón y porque quiero a Diana.
Tú y los demás me importáis una mierda. No sois más que unos asesinos que no merecen vivir.
Y ahora, déjame en paz. No vuelvas a molestarme porque quiero rezar.
—Vale, vale... —respondió Igor sin inmutarse, con la mejor de sus sonrisas.
Robert quedó en silencio, absorto en sus oraciones por las almas de los infortunados tripulantes de la Piscis. Sólo Diana le interrumpió:
—Robert... nunca he rezado y ni siquiera sé aún si comparto vuestra fe. Pero en el cerebro de Diana Williams hay grabadas unas oraciones que me gustaría decir junto a ti. Sí tú quieres, claro... —Por supuesto... —aprobó Robert.
Ambos rezaron una plegaria por los desdichados que yacían en la fosa, a punto de ser incinerados.
Alan guardaba respetuoso silencio; mientras, Igor y los otros dos iniciaban una conversación por el canal privado de sus interfonos.
Tras los reflejos del cristal de su casco, una extraña sonrisa se podía adivinar en el rostro de Igor...
—Hemos terminado —advirtió Robert a los otros, una vez finalizadas sus oraciones—. Podemos seguir con nuestro trabajo.
—Bien... —intervino Igor—. Los devotos ya han acabado... Mark, Giordano, ya podéis sacar las cargas de incineración.
Las dos figuras, caminando torpemente dentro de sus escafandras, se dirigieron hacia la bolsa donde, al parecer, estaban las cargas incendiarias que habían previamente sacado de la Piscis.
Mark fue el primero en introducir su mano en aquella bolsa, ante la indiferencia de Robert.
Una indiferencia que le iba a costar muy cara...
En efecto, la mano enguantada del alienígena no sacó de la bolsa ninguna de aquellas pastillas incendiarias, sino un pesado subfusil ametrallador. Con un movimiento rapidísimo apuntó a Robert con él, antes de que éste tuviese tiempo de reaccionar.
—¡Levanta las manos, imbécil!
Robert obedeció alzando sus brazos. No podía, al menos por el momento, hacer otra cosa.
Quizás más tarde tuviese oportunidad de ello.
En efecto, entre las botellas de oxígeno y la espalda de su traje espacial había escondido, antes de partir de la Keops, una pistola de balas explosivas.
Lo había hecho porque, salvo de Diana, no se fiaba de ninguno de los otros alienígenas.
Sin embargo, los desagradables momentos pasados enterrando a los de la Piscis le habían hecho relajar su atención y bajar la guardia.
Un descuido imperdonable del que se lamentaba.
Giordano, el alienígena que había reproducido el cuerpo del médico italiano de la Piscis, sacó inmediatamente otro de los fusiles de la bolsa.
Lanzó uno de ellos a Igor y con el otro apuntó también a Robert.
El falso soviético cogió el arma al vuelo y encañonó a su vez al comandante de la Keops, conforme le decía con sarcasmo:
—Cambio de planes... ¡Gilipollas! ¿Por qué no sigues haciéndote el chulo conmigo ahora? ¿Te gustan estos juguetes que hemos sacado de la Piscis mientras tú tonteabas con la estúpida de Diana?
Robert no pareció perder la calma.
—No cantes victoria... El que ríe el último ríe mejor...
—Ese va a ser el último ridículo refrán que tengamos que oírte. Podíamos haberte matado mucho antes; desde que entramos a la Piscis a por las cargas. Fuiste poco prudente no vigilándonos. Sin embargo, nos venía bien que antes de morir nos ayudases a cavar la fosa. A cavar tu propia tumba...
—En tu asquerosa vida sólo has dicho una cosa cierta. Fui poco prudente. Pero será la última vez.
—De eso puedes estar seguro... pero no por lo que tú crees.
Diana no podía dar crédito a lo que estaba viendo.
—¿Es que os habéis vuelto locos? ¿Qué demonios estáis haciendo? —gritó a sus compañeros.
—¿Es que no lo ves? —respondió Igor burlón—. Creo que está bastante claro...
—¡No puedes hacer esto!
—¡Cállate, estúpida! Aquí mando yo. No pienso consentir que tu ridículo plan ponga en peligro a nuestra raza. No debemos dejar testigos humanos de nuestra existencia.
—Robert nunca hubiese dicho nada. Él está ayudándonos para evitar que se descubra la presencia de vida inteligente en Oldrán.
—No podemos arriesgarnos a confiar en su palabra. Muerto el perro se acabó la rabia. Mira por dónde, he usado uno de esos malditos refranes humanos... —respondió Igor con evidente cinismo.
Diana estaba ya ciega de ira.
—Igor... ¡eres el mayor hijo de puta asesino de la Galaxia!
—¿Sí...? ¿Tú crees...? ¡Qué ilusión me hace que me tengas en tanta estima...
El cinismo del falso comandante de la Piscis enfureció aún más a Diana.
—¡Dijisteis estar de acuerdo con mi plan! Me prometisteis todos no intentar nada contra los de la Keops. ¡Bastardos! ¡Mentirosos de mierda!
Alan se atrevió, tímidamente, a abrir la boca por primera vez.
—Diana tiene razón. Todos se lo prometimos. No podemos hacer esto; es un crimen.
—¡Tú cállate, payaso! —le cortó Igor despectivo.
—Diana, yo no sabía nada de esto. Lo han planeado también a espaldas mías. Te lo juro —aseguró Alan.
—Tranquilo, Alan. Te creo; tú no eres como ellos —le respondió la chica.
—No, desde luego... tiene la personalidad de un perro faldero —intervino Giordano, fantoche y despectivo.
Alan, apocado y temeroso como siempre, ni siquiera tuvo valor para responderle. Diana sí.
—¿Qué tendrás tú que decir de Alan? ¡Chulo de mierda! No eres más que un fanfarrón sin agallas para enfrentarte a Igor. Mark y tú no sois más que unos borregos; unas ridículas marionetas de sus caprichos.
—Cuando acabemos con "tu" humano te haremos tragar tus palabras... ¡zorra! —replicó Mark.
—Juro que os mataré si le hacéis daño. ¡Lo juro por su Dios! —¿Sí...? ¡Qué miedo! ¿verdad, Mark? Diana nos quiere matar —dijo Giordano riéndose.