Más fuerte que el destino CAPÍTULO IV #16
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CAPÍTULO IV #16

—Peor que eso. Es un hombre. Si descubre la verdad y ve en ello ocasión de sacar tajada, se aprovechará.

Imagino que intentará hacer algo que pueda presentar como heroico para la humanidad, para sus intereses.

Tema que así consiga riquezas y favores.

Sólo piensa en él mismo y en su supervivencia.

Ya sino en la de millones de seres inocentes, le importa un comino.

Por eso, si se entera de todo, vamos a tener gravisimos problemas.

—Sí... eso parece; pero el principal obstáculo va a ser Igor —observó la muchacha.

—Por eso tienes que convencerle de seguir tu plan. Debes hablar con él cuando los dos estéis solos e intentar hacerle ceder de sus propósitos. Si dices que los otros dos se secundan como borregos, no tendremos problemas con ellos.

Si lo consigues, el siguiente paso será deshacernos de los cadáveres y de la nave.

Una vez que la Keops abandone este planeta, cuando ya nadie pueda descubrirnos, todo se vendrá abajo.

Lo mejor será enterrarlos profundamente y bastante lejos de su nave.

Aprovechando que el suelo de este planeta es muy blando no nos será difícil hacerlo.

También los podríamos incinerar. Ninguna de las dos opciones atenta contra mis creencias religiosas; de forma que os puedo asegurar que no me preocuparía lo más mínimo tener que hacerlo. A mí no me sirven para nada, mientras que a vosotros nos pueden perder.

—Hemos de pensar una excusa para volver a la Piscis y poder hacerlo —intervino Diana.

Robert meditó unos segundos.

—Por ejemplo, podéis decir que en la prisa por salir de la Piscis olvidasteis en su interior algún instrumento muy valioso que desearíais recuperar. Que habéis pensado, ya que sobra tiempo mientras los demás reparan la Keops, volver a vuestra nave, ahora con oxígeno de sobra, para recuperarlo.

Entonces yo me ofrecería a llevaros en el vehículo oruga como la cosa más natural del mundo. Alguien tiene que hacerlo, pues no vais a andar más de nueve kilómetros por el fangoso suelo de este planeta. Digo yo, vamos... ¿Qué te parece?

—¡Es perfecto! Eres genial.

—Ya sabía... —contestó Robert bromeando, tal vez para relajarse ante los problemas que les esperaban—. Ahora tú tienes que convencer a ese cerdo de Igor. Todo está en tus manos; no me falles...

—Haré lo posible... pero, ¿si no acepta y pretende seguir con su plan?

—Entonces tendré que matarlo —respondió Robert convencido—. No me remordería lo más mínimo hacerlo; no es más que un asesino que no merece respirar y no estoy dispuesto a arriesgar la vida de mi tripulación por él.

—Tienes razón; pero puede no ser tan fácil acabar con él. No le menosprecies —observó Diana—. Es fuerte y peligroso. Como bien dices, es un asesino en potencia al que no le importa matar. No le des nunca la espalda ni te fíes de él.

—Tranquila, no soy idiota...

—Pero estás demasiado seguro de ti mismo.

—¿Y eso te parece mal?

—Con Igor, tal vez sí...

—Nadie es más fuerte que una bala... Lo afirmó un dictador de mi planeta en el siglo XX; posiblemente, eso sería lo único cierto que dijo en su vida.

—En fin... ten cuidado.

—Lo tendré. No te preocupes —respondió Robert besándola cariñosamente—.

Por lo único por lo que no quisiera tener que matar a Igor es porque, si me viese obligado a hacerlo, resultaría ya muy difícil mantener con mi gente el teatro de que sois los verdaderos tripulantes de la Piscis.

Más aún si los otros dos se ponen de su parte y es necesario también acabar con ellos.

—Es cierto —admitió la chica—. Por eso lo ideal es no llegar a la violencia. Tengo que convencer a Igor; si no, nuestro plan se derrumbará como un castillo de naipes.

—Así es... Vete cuanto antes donde Alan y luego, entre los dos, haced entrar en razón a ese cerdo.

—Bien... Estarán en sus camarotes.

—Hazlo pues. Yo, entre tanto, iré a la bodega a estar con mi tripulación; estarán extrañados de que no les eche una mano en las tareas de reparación.

—Y de que lleves tanto tiempo hablando conmigo —añadió Diana—. ¿Te das cuenta de que hace más de dos horas que empezamos nuestra conversación?

—Sí... —contestó Robert sonriendo—. Pero eso les extrañará menos. Me tienen “calado” lo loco que estoy por ti.

—Además de por mí, tienes que estar loco a secas. Si no, no te meterías en este lío por una mujer que ni siquiera es completamente humana.

—No empecemos con eso —cortó Robert—. Pero dime... ¿me quieres aunque esté loco?

—Más que a mi vida... Ya lo sabes —respondió ella besándole tiernamente.

—Pero me gusta oírtelo decir. Para el poco tiempo que llevas siendo humana has cogido un gusto excelente con los hombres —bromeó él.

—¡Será vacilón y creído!

—Creído no, sólo consciente de mis encantos —continuó bromeando Robert para calmar la tensión de la situación.

—Estás loco...

—Sí... loco por ti.

—Pero eres el loco más maravilloso del Universo. ¡Te quiero, Robert! ¡Te quiero con toda mi alma!

Se besaron con pasión. Hubiesen deseado permanecer así durante horas; pero era necesario afrontar cuanto antes los problemas. Fue Robert quien, a pesar suyo, hubo de romper la magia del momento.

—Bueno... tenemos que movernos. Vete ya donde Alan y yo iré a la bodega. Luego nos juntaremos en tu camarote. ¿De acuerdo, Diana?

—Sí.

—Suerte con Igor.

—La voy a necesitar...