CAPÍTULO IV #13
—Bueno, Diana… tenemos que hacer planes —dijo Robert, apenado de tener que interrumpir la magia de aquellos momentos.
—Tienes razón… —admitió la chica, aún aturdida.
—Primero quiero saber las intenciones de tus compañeros; por qué temes tanto a ese tal Igor y cuáles son esos planes suyos que podrían poner en peligro la vida de mi tripulación.
—De acuerdo, Robert. Mira… el que dice ser Igor Urianov, que se materializó en un cuerpo idéntico al del verdadero comandante de la Piscis, un astrofísico de Kiev, en la Tierra, ha asumido el liderazgo de nuestro grupo. Por desgracia…
Para la creación de nuestra nueva personalidad es muy importante el cerebro que copiamos; y el del verdadero Urianov debía corresponder al de un hombre dominante y enérgico, al mismo tiempo que inteligente y astuto.
—Entonces el de Diana Williams tenía que ser el de una buena chica —le interrumpió Robert.
—Sí… creo que esa pobre muchacha era una buena persona —admitió Diana, pero de pronto una duda pareció asaltarle—. Robert… ¿estás seguro de que no te estás engañando; de que, en realidad, puede que estés enamorado de Diana Williams, una mujer de tu raza y no de mí, que sólo tengo su apariencia?
—Parece mentira que, después de lo que te he dicho, todavía no entiendas mis sentimientos —replicó Robert dolido.
—Perdona… me cuesta mucho comprender que me quieras tanto no siendo totalmente humana. Tal vez sea por lo mucho que te amo, porque no puedo pensar ya en perderte, por lo que tengo ese tipo de dudas. No te enfades conmigo, por favor…
—No… no me enfado; pero me duele que no estés segura de mi amor.
—Sí lo estoy. No me hagas caso…
—De todas formas, me alegro de que hayas sacado el tema de que puedo estar enamorado de una Diana Williams que ya no existe y no de ti. Así podré aclararte lo que siento al respecto de una vez por todas.
—No es necesario, Robert; de verdad.
—Pero quiero hacerlo, quiero demostrarte que no me engaño a mí mismo con mis sentimientos.
No niego que, si hubiese conocido a la verdadera Diana Williams, sin duda, ella me habría gustado mucho físicamente.
Es lógico; tú me pareces preciosa y ella era idéntica a ti.
Pero yo no estoy sólo enamorado de tu cuerpo; también lo estoy de tu alma, de tu manera de ser y, aunque tu nueva personalidad esté influenciada por cómo era esa pobre chica y tengas cosas en común con ella, tú no eres la Diana de Canadá.
Tú eres completamente diferente; no te engañes.
Si la hubiera conocido quizás me hubiese caído muy bien; incluso es posible que hubiera iniciado un trato especial con ella.
No puedo excluir que tal vez me hubiese enamorado de Diana Williams, o tal vez no…
Eso no lo puedo saber ahora. No es imposible que hubiera sucedido pues, además de atractiva, al parecer era muy buena persona.
Sin embargo, me cuesta creer que me hubiese enamorado de ella porque nunca antes había sentido por una mujer de mi raza lo que siento por ti; pero, de lo que sí estoy absolutamente seguro es de que, en el caso de ocurrirme eso, no la querría ni la milésima parte de lo que te quiero a ti.
Puede que me llevaría muy bien con ella, incluso que fuésemos felices; pero eso no sería nada en comparación con el infinito amor que siento por ti.
Por buena que ella fuese nunca podría serlo tanto como tú.
La forma de vida en nuestra sociedad nos hace volvernos egoístas y desconfiados conforme maduramos; es inevitable.
Tú, en cambio, eres buena por naturaleza.
Eres dulce, humilde e inocente, como si acabases de nacer.
Eso es algo que ningún humano, hombre o mujer, puede tener con la misma intensidad que tú; porque nuestro pasado, nuestras decepciones con los demás, nos lo impiden.
Estoy convencido de que, por ejemplo yo, soy mucho peor persona que tú; y no digamos otros humanos que conozco…
—No digas tonterías. Tú eres maravilloso.
—Seguro que no todo el que me conoce piensa lo mismo… En fin… espero que hayas entendido de una vez la naturaleza de mis sentimientos respecto a la Diana de la Tierra y a ti.
—Sí, Robert… perdóname por dudar.
—No tengo nada que perdonarte. Pero… volvamos a Igor. Antes te he interrumpido. Cuéntame más cosas de él.
—Como te decía, el Igor que tú conoces está influenciado por el carácter del verdadero comandante de la Piscis.
Este era un tipo dominante y enérgico; tal vez por ello Igor se ha erigido como el jefe de nuestro grupo.
Entre los otros cuatro, ninguno ha tenido valor para discutir su liderazgo.
Yo lo intenté, porque estaba en contra de sus planes, pero sólo Alan me apoyó.
Los demás están con él; y el pobre Alan no tiene personalidad suficiente para enfrentarse a alguien con el carácter de Igor.
Yo sé, por los recuerdos del cerebro de Diana Williams, que el verdadero comandante de la Piscis era, además de inteligente y dominante, una persona sin escrúpulos, dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de lograr sus propósitos.
Estos, en el Igor soviético, eran los conducentes a alcanzar un gran prestigio en la comunidad científica de vuestra civilización.
En el Igor que tú conoces no son otros que los de sobrevivir a cualquier precio y evitar que se descubra la existencia de nuestra raza.
—¿A cualquier precio…? —interrumpió Robert.
—Sí; incluso al de matar a los inocentes que le puedan estorbar —respondió la muchacha.
—Es bueno saberlo…
Diana volvió a tomar las riendas de la conversación.
—Esta noche hemos estado reunidos durante horas discutiendo nuestros respectivos puntos de vista y preparando una historia común.
Una explicación capaz de disipar vuestras sospechas acerca del extraño comportamiento que tuvimos antes de asimilar a la perfección los conocimientos de nuestros nuevos cerebros.
Así surgió la idea de la amnesia causada por la tormenta eléctrica.
—Que yo me creí como un idiota, tal vez por las ganas que tenía de que fuese cierta —se lamentó Robert.
—Lo siento… pero algo teníamos que inventar.
—Sí… lo comprendo.
—En esta reunión me di cuenta de que es muy difícil que Igor acepte mis planes.
Comprendí que por nuestra culpa pueden morir inocentes; de que esto se nos puede ir de las manos y por esta causa puede descubrirse la existencia de nuestra raza.
Por eso tú notaste que había estado llorando durante la noche.
—Diana, pero… ¿cuáles son los planes de Igor?
—Asesinar a todos los tripulantes de la Keops para apoderarnos de vuestra nave aprovechando la primera ocasión que tengamos para ello.
La Piscis está destrozada y no puede volar; en cambio, con la Keops, podemos huir a algún planeta habitable en el que nadie nos moleste.
Date cuenta de que, gracias a los conocimientos de nuestros nuevos cerebros, somos capaces de dirigir una astronave y conocemos los planetas a los que podemos ir.
Igor adujo dos razones para convencernos a los demás de la necesidad de mataros. La primera, impedir que obstaculicéis el que nos apoderemos de vuestra nave y, la segunda, no dejar testigos de nuestra acción para que así nadie sospeche de la existencia de nuestra raza.
—Un angelito, el cabrón… —ironizó Robert.
—Otro miembro de nuestro grupo, Alan, propuso un plan menos cruel.
Este consistía en reduciros sin daros muerte.
Con la tripulación de la Keops secuestrada y encerrada, por ejemplo, en la bodega de carga, nosotros podríamos hacernos con el control de la nave.
De esta forma, despegaríamos de Oldrán rumbo a alguna base espacial civil o a algún planeta colonial sin destacamentos militares de la Liga.
Allí os abandonaríamos sin haceros ningún daño y volveríamos a despegar solos, rumbo a un mundo habitable en el que no nos encontrasen.
Pero Igor es reacio a aceptar este plan. En primer lugar, porque dice que es más difícil reducir a alguien que matarlo, y que no podemos arriesgarnos a fallar…
—Buen estratega, el muy cerdo… —interrumpió Robert. —Además, dice que nos sería especialmente difícil apoderarnos de la nave sin mataros a causa de que entre vosotros hay un androide.
—Es verdad; a Elías no le asustan las armas convencionales. Pegarle un tiro es absolutamente inútil. Su presencia nos puede venir muy bien… —replicó Robert.
—En segundo lugar Igor se opone a este plan porque, aunque os consiguiésemos reducir, inmediatamente después de ser liberados informaríais de nuestra huida y de quiénes éramos realmente a las autoridades de la Liga.
Vuestras astronaves de guerra perseguirían a la Keops hasta darle caza.
Alan, el defensor de este plan, le replicó que no es tan fácil capturar a una nave espacial si ésta consigue saltar al hiperespacio.
Hay cien mil millones de estrellas en nuestra Galaxia; una de cada diez tiene sistemas planetarios.
Además de los planetas habitables del sector explorado de la Galaxia, ya colonizados en su mayoría, hay cientos, tal vez miles, de mundos similares a la Tierra en los que podríamos escondernos en la parte aún no explorada. Jamás nos encontrarían.
—Es cierto… —opinó Robert.
—Pero Igor no desea asumir riesgos y tampoco quiere, y en eso es en lo único que actúa bien, que la humanidad se entere de la existencia de nuestra raza. Dice que, aunque nosotros cinco consiguiésemos huir, los que quedasen en Oldrán serían exterminados por vosotros si se supiese de su existencia.
—No necesariamente… —interrumpió Robert—. Podíais secuestrarnos sin confesar quiénes sois en realidad. Nadie se preocuparía de este olvidado planeta.
—Eso le dijimos Alan y yo. Pero él aduce que no es creíble que unos científicos secuestren a otros compañeros suyos y se apoderen de su nave para huir, cuando no tienen nada de qué escapar.
Se harían averiguaciones sobre nosotros, y luego sobre Oldrán…
Se descubriría toda la verdad y eso sería el final de nuestra raza.
—Hay que reconocer que, visto desde vuestra óptica, eso es cierto —admitió Robert.