Más fuerte que el destino CAPÍTULO IV #12
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CAPÍTULO IV #12

Comprenderé que optes por proteger a tu antigua raza. Yo no tengo derecho a pedirte lo contrario; jamás te odiaría por ello.

—Yo tampoco te dejaré de querer si te ves obligado a perjudicar a los míos. Aunque no sé si aún debo seguir diciendo los míos; ya no sé quiénes son los míos y quiénes no.

No estoy segura de nada; ni de cómo debo actuar ni de cómo lo haré si llega la hora de tomar partido. Sólo una cosa tengo muy clara, mi amor por ti. Pase lo que pase jamás dejaré de quererte, aunque el destino nos condene a seguir caminos opuestos.

Mi amor por ti es lo más importante de mi vida.

Quizás tú no estés seguro de lo que yo siento.

Tal vez pienses que un ser que antes desconocía el sentimiento del amor no puede darle en dos días el valor que yo le doy ahora; que incluso es posible que esté engañándome a mí misma con respecto a mis sentimientos, que ni siquiera sepa de verdad lo que es amar.

Pero si amar es estar dispuesta a dar la vida por la otra persona, que él te importe más que tú misma, que desees por encima de todas las cosas permanecer toda una eternidad junto a él, que sólo a su lado seas feliz y te sientas viva, que cada minuto que pases sin él te falte parte de ti, entonces sí estoy segura de que sé lo que es el amor, de que te quiero más que a nada en el Universo.

Más que a mi vida, más que a mi raza, más que a todas las cosas; y estoy segura de que mi amor será eterno.

Si tu religión es cierta, y de alguna manera sobrevivo a la destrucción de mi cuerpo humano, aunque muera seguiré amándote.

Sé que no he debido decirte esto después de haberte revelado mi verdadera naturaleza; pero tenía la necesidad de hacerlo. No espero que me correspondas, porque pretenderlo sería una locura.

Comprendo que tú no puedas amar a una mujer a la que no consideres absolutamente humana.

Me hace feliz que me quisieses cuando me creías una geóloga de Canadá.

Es natural que ahora todo haya cambiado en tu corazón; sería una locura esperar que no fuese así.

Es más, deseo que haya cambiado porque, si después de saber la verdad aún sigues amándome, vas a sufrir mucho por ello.

Y lo que más me importa es que tú seas feliz.

Robert, el destino nos ha unido y nos ha engañado con un espejismo de felicidad pero, a partir de ahora, nos separará sin remedio. La felicidad es inalcanzable para un ser nacido en este maldito planeta. Es nuestro destino; y no hay nada en el Universo más fuerte que el destino.

La muchacha trató de disimular sus lágrimas bajando la cabeza y apartando su mirada de la de Robert. Este, que había dejado hablar a Diana sin interrumpirla, la cogió suavemente de la barbilla haciéndola levantar la vista y la miró a los ojos con infinito cariño.

La besó con ternura, secando con la boca las lágrimas que caían de sus preciosos ojos, ahora más que nunca llenos de tristeza.

—Diana… yo jamás podré dejar de amarte; y menos conociéndote auténticamente, como te conozco desde que me has dicho la verdad sobre ti.

Ahora que veo tus dudas, que comprendo tu bondad, que sé cuánto me quieres, es cuando más te amo; aún mucho más que antes.

Y eso que antes te quería tanto que pensaba que era imposible amar con más intensidad; pero estaba equivocado.

—Robert… pero yo no soy completamente humana.

—Me importa un comino que no lo seas. Jamás había sentido por una mujer de mi raza la millonésima parte del amor que siento por ti.

Lo eres todo para mí; sin ti no quiero seguir viviendo ni un día más.

Nunca había sido tan feliz. No importan las dificultades que tengamos que superar porque nada ni nadie nos separarán. Te lo prometo.

—Desgraciadamente no separará nuestra diferencia de raza.

—Tú has reconocido quererme y sabías desde el principio cuál era mi raza. Si a ti no te importa el hecho de que sea diferente a la tuya, a mí tampoco.

—Pero soy una forma de vida alienígena para la humanidad.

—Alienígena… Eso no es más que una palabra. Tienes un alma sensible y llena de amor, aunque su origen sea alienígena, como tú dices. ¿Ha de ser mala por ello? ¿Es que un humano no puede enamorarse de ella?

¿Qué más da que haya sido creada en la Tierra o en Oldrán? ¿Acaso no somos todos hijos del mismo Dios? ¿No ha puesto Él en nuestras dos almas la semilla del amor, a pesar de su diferente naturaleza?

¿Crees que debemos renunciar a él? Sería ofenderle. Yo sé que no debemos rechazarlo y no estoy dispuesto a hacerlo. Ni por mi raza ni por la tuya ni por nada.

Dices que el destino nos separará, que no hay nada más fuerte que él; pero estás equivocada. Sí hay una cosa más fuerte, el amor.

Te aseguro que el amor es la fuerza más poderosa del Universo. Es más fuerte que el destino, más fuerte que ninguna otra cosa, porque viene de Dios y Dios todo lo puede. Con su ayuda lograremos vencer al destino.

Su voluntad ha sido que nos conozcamos; que nos enamoremos el uno del otro. Él nos ha hecho encontrarnos. ¿Crees que puede ser para que acabemos separándonos? Sería injusto y cruel; y Dios no es así.

Lo que nos ha ocurrido tiene que tener una finalidad. Tengo el presentimiento, casi te diría que el convencimiento, de que con nuestra unión Él nos tiene reservada una misión de extraordinaria importancia; una tarea de relevancia universal.

El habernos conocido de esta manera, el habernos enamorado con esta fuerza irracional, no puede ser fruto del azar. Estoy convencido de que estábamos predestinados por Dios para ello.

He tratado a cientos de chicas y nunca había sentido nada parecido.

Jamás he sido enamoradizo ni he creído en los flechazos.

De hecho tengo fama de lo contrario. Entre todas esas mujeres había muchas agradables y hermosas, buenas como personas y también simpáticas y cultas.

Sin ir más lejos, Lisa, la primera ayudante de vuelo de la Keops, es una mujer extraordinaria, además de muy atractiva y con la que me une una gran amistad.

Sin embargo, nunca he sentido por ella nada que se pueda parecer al amor.

De pronto, con más de treinta años, te conozco a ti, en este infierno a un montón de años luz de la Tierra y entonces mis sentimientos dan un vuelco. Por otra parte a ti, según dices, te ocurre lo mismo… ¿No te parece demasiada casualidad?

Nosotros estábamos predestinados a conocernos y enamorarnos con mayor pasión que cualquier pareja de humanos. Por la memoria de Diana conocerás el antiguo proverbio árabe que dice que el azar no existe, que todo está escrito en el libro de la vida.

Nuestro amor también estaba escrito; con una finalidad que todavía se nos escapa, pero que algún día descubriremos.

Sin embargo, me atrevo a intuir cuál puede ser esa misión que Dios quiere que realicemos gracias al amor que nos ha dado: crear una nueva raza.

Piénsalo por un momento y comprenderás que no es una locura. Aunque tu alma y la mía hayan sido creadas en diferentes planetas, nuestros cuerpos son absolutamente idénticos. Tanto en lo anatómico como en lo fisiológico somos igual de humanos.

Además de querernos espiritualmente, como ya hacemos ahora, tenemos la posibilidad de amarnos sexualmente y, gracias a ello, procrear hijos de nuestra unión.

Esos hijos, nacidos de nuestro amor, pueden ser la simiente de una nueva raza.

Una raza en parte diferente a la tuya o a la mía, aunque su anatomía y fisiología sean totalmente humanas.

Tal vez sea esta la forma en la que Dios quiera liberar a tu raza de este infierno de Oldrán.

Darle cuerpo gracias a un ser humano como yo.

Mejorar su creación concediéndole las facultades de un cuerpo material; dando a tus descendientes la posibilidad de disfrutar de una vida plena.

Permitiéndoles gozar de esa existencia que a ti te parece tan maravillosa e inalcanzable.

Quizás sea una elucubración todo lo que estoy diciendo; pero algo en mi interior me dice que no lo es. Algo de una fuerza extraordinaria que pone ideas en mi cerebro conforme voy hablando. Algo que siento como superior a mí, a todo lo que hasta ahora conozco.

Puede que esté equivocado; sería pretencioso no reconocerlo. Pero… ¿y si no lo estoy? ¿Tenemos derecho a negarnos a nuestra misión, a no conceder esta maravillosa oportunidad a tu raza, a nuestros posibles descendientes…?

Por ellos y por nosotros mismos debemos intentarlo. Vamos a cambiar este destino injusto, con la ayuda de Dios, pero también con nuestro esfuerzo y nuestra lucha.

Yo estoy dispuesto a hacerlo; pero todo depende de ti. De tu valor, de tu voluntad y sobre todo de tu amor. Si tenemos fe, podemos conseguirlo; porque la fe mueve montañas.

Diana, ten fe en ese Dios del que te hablo, aunque para ti sólo sea un concepto abstracto en las neuronas del cerebro que ahora utilizas. Yo te aseguro que existe y que nos ayudará si ponemos voluntad por nuestra parte.

Pero tú tienes que estar dispuesta a luchar por nuestro amor. Yo lo estoy, pero necesito saber si tú también lo estás.

Con la garganta atenazada por un nudo, sin poder contener lágrimas ni disimular su emoción, Diana aún sacó fuerzas para contestarle.

—Estoy dispuesta, Robert… ¡te aseguro que lo estoy! ¡Te quiero! ¡Te quiero con toda mi alma!

—¡Robet!

Se abrazaron y se besaron con infinito amor, arrastrados por el fuego de la mayor pasión que jamás habían conocido.

El tiempo pareció detenerse para ellos y aquellos breves instantes se dilataron hasta la eternidad en sus mentes.

Perdieron la conciencia de la realidad, de los problemas que les esperaban, de su comprometida situación.

Sintieron que ya nada ni nadie podrían detener su amor.

Sus cuerpos y sus almas se unieron hasta que ambos perdieron el sentido de su propia individualidad. Comprendieron que ya para siempre permanecerían juntos, en la vida o en la muerte, porque para cualquiera de los dos la posibilidad de vivir sin el otro era peor que la de morir.

Pero, poco a poco, tuvieron que ir volviendo a la realidad…