CAPÍTULO IV #11
Piensa que, por ejemplo, la atmósfera de mi propio planeta ahora me mataría, como mató a Diana Williams, porque es tóxica para mi cuerpo humano. Tú realmente me salvaste la vida al compartir tu oxígeno conmigo; sin él me hubiese ahogado como cualquiera de vosotros.
Quiero ser humana, me gusta serlo. Es maravilloso tener estas capacidades que vosotros tenéis.
Poder amar, poder reír, recrearse con la contemplación de un hermoso paisaje, con la escucha de una bella melodía, llorar de alegría, poder hacer el bien y sentir la satisfacción que produce…
¡Son tantas cosas! Vosotros no sabéis apreciarlas, porque os resultan rutinarias desde que nacisteis.
Deseo ser Diana Williams. Por los recuerdos de su cerebro creo que era una buena persona, alegre y vital. Siento de verdad que ella esté muerta. Pero nosotros no podíamos hacer nada para salvarla; ni a ella ni a los demás de la Piscis.
Tal vez no tengamos derecho a utilizar unos cuerpos idénticos a los suyos, pero a esos pobres desgraciados no les perjudicamos con ello. Sólo podemos rezar por sus almas, para que no hayan muerto para siempre; si vuestra religión es cierta y quisiera de todo corazón que lo fuese.
Robert, deseo tanto llegar a ser completamente humana…
—Yo te ayudaré a conseguirlo, Diana. Te lo prometo —dijo Robert acariciando cariñosamente sus cabellos. De pronto, una duda le asaltó.
—Por cierto… se me acaba de ocurrir que, si en este planeta hay más seres inmateriales de tu raza, es posible que en estos momentos haya entrado alguno dentro de la Keops. Puede que incluso estén junto a nosotros, escuchándonos…
—No… tranquilo. Nosotros somos muy pocos y el planeta es muy grande. Fue una casualidad que estuviésemos cinco juntos en el lugar en el que cayó la Piscis. Además, si aquí dentro hubiera alguno, yo lo sabría.
—Ya… mejor así.
Diana retomó el tema anterior de la conversación.
—Robert… ¿ahora comprendes por qué, en cuanto pudimos disponer de los conocimientos de los cerebros de los de la Piscis, decidimos que era mejor para nuestra raza suplantar su personalidad?
—Sí… reconozco que es muy posible que el gobierno de la Liga hubiese decidido enviar a nuestras naves militares a arrasar Oldrán. Hicisteis lo correcto para evitar el exterminio de los vuestros.
—Pero… ¿qué actitud tomarás si todo se descubre, si las cosas se complican?
—Diana, ya te he dicho que yo nunca te podría hacer daño, ni permitiría que nadie de mi raza te lo haga.
—Lo sé, Robert, y te lo agradezco con toda mi alma. Confío ciegamente en ti y por eso me he decidido a contarte toda la verdad. Pero… ¿qué harías con respecto a los demás?
—No estoy seguro… No quiero que se descubra la existencia de vuestra raza, porque temo que tengas razón y la humanidad decida su destrucción.
En Oldrán hay millones de seres inocentes que no tienen por qué morir; sería injusto que fueran exterminados.
Pero, por otra parte, si Igor y los demás actúan de modo que se ponga en peligro la vida de mi tripulación haré lo posible por acabar con ellos.
Soy humano y los demás de la Keops son mis hermanos de raza. Además, algunos son mis mejores amigos.
Sólo te puedo asegurar que, si debo enfrentarme a ellos, haré lo posible por que los demás no sepan la verdad sobre vosotros.
—Eres bueno y justo, Robert. Sé que tratarás de tomar el camino adecuado. Además comprendo que no quieras que se haga daño a tu tripulación; yo haré lo posible para evitarlo. En todo caso, si no lo consigo, no participaré en ninguna acción que ponga en peligro la vida de los de la Keops.
—Lo sé, Diana. Pero dime… ¿cómo decidisteis vuestro plan?
—Cuando asumimos la estructura cerebral de los de la Piscis su memoria nos permitió conocer cómo era la raza de la que, al menos físicamente, ya formábamos parte.
Supimos que había otros planetas habitables para seres como nosotros.
Mundos donde la vida es fácil y maravillosa, a diferencia de Oldrán.
Decidimos que debíamos hacer lo posible para llegar a alguno de ellos, pues supimos también de la existencia de astronaves capaces de llevarnos allí.
Asimismo, conocimos por la memoria de nuestros nuevos cerebros que existían grupos de rescate y que era de esperar que alguno de ellos viniese a sacarnos del planeta.
El plan inicial, al menos de dos de nosotros, como luego te contaré, era salir del planeta aparentando ser los de la Piscis.
Una vez lejos de Oldrán cada uno decidiría qué camino debía tomar.
—El primer fallo de ese plan está en que, si alguien encuentra los cadáveres de los verdaderos tripulantes de la Piscis, se descubrirá la duplicidad y todo el montaje se vendrá abajo —le interrumpió Robert.
—Tienes razón; ya pensamos en ello y por eso decidimos esconderlos.
—Pero… ¿dónde?
—En la bodega de carga de la Piscis.
—Es muy mal sitio. Tarde o temprano alguna expedición los descubrirá allí.
Ten en cuenta que en la Piscis hay instrumental científico y objetos de gran valor que no han sido recuperados.
Es posible que, desde Nueva Ucrania, nos den a nosotros mismos la orden de volver a la nave embarrancada para traerlos a la Keops, antes de que ésta despegue.
En todo caso, si no nos lo piden a nosotros, encargarán a otra nave la misión; y, sin duda, ellos mirarán en la bodega de carga.
Diana quedó pensativa, preocupada por esa eventualidad.
—Sí… es posible. Además, si descubren los cadáveres y conociendo vuestra manera de pensar, pueden imaginar que nosotros matamos a los de la Piscis para reproducir sus cuerpos. Esa puede ser una buena excusa para decir que somos una raza de asesinos y decidir nuestro exterminio.
—No había pensado en ello pero, desgraciadamente, puede que estés en lo cierto —admitió Robert.
—De todas formas, no pudimos esconderlos en otro sitio; llegasteis tan pronto que no tuvimos tiempo de hacerlo.
—Lo mejor hubiese sido enterrarlos en el suelo de Oldrán, bastante lejos de la Piscis, o desintegrarlos fuera de la nave con cargas térmicas.
Así ninguna expedición los encontraría jamás —opinó Robert.
De pronto un pensamiento le asaltó—. ¿Te das cuenta, Diana, de que te estoy dando ideas como si participase en vuestro plan?
—Sí, Robert… ¿Nos ayudarás?
—No lo sé aún. Tengo que conocer mejor las intenciones de los demás.
Haré cualquier cosa para evitar que tú corras peligro, pero tampoco permitiré que tus compañeros traten de hacer daño a los míos.
Ya te lo he dicho antes. En todo caso, antes de decidirme, he de conocer todos los detalles de vuestro plan.
Si es bueno, y no puede perjudicar a ningún humano o cheviano, tal vez les ayude.
Si no, yo propondré mi propio plan. En todo caso, si queréis mi ayuda, las órdenes las daré yo.
La seguridad de la Keops y su tripulación es responsabilidad mía y no voy a jugar con ella. Diana… háblame de tus compañeros.
—No estoy segura de si serán o no peligrosos. Creo que Igor sí puede serlo.
—Diana, si es inevitable llegar a un enfrentamiento… ¿tú qué partido tomarás?
La muchacha le miró con ojos suplicantes.
—Robert… ¡no lo sé! Estoy entre la espada y la pared.
Como te he dicho, jamás participaría en una acción contra vuestras vidas.
Contra la de ninguno de vosotros y menos contra la tuya.
Sería capaz de matar a uno de los míos antes de permitir que él te mate a ti.
Yo nunca he matado y pensar en ello repugna a la sensibilidad que ahora tengo.
Pero te amo tanto que sé que, por salvarte, sería capaz de hacerlo. Eres lo que más me importa en la vida.
Robert la abrazó con cariño infinito. La muchacha, con la voz entrecortada por la emoción, prosiguió con sus palabras.
—Pero compréndeme… Tampoco puedo actuar de forma que perjudique a mis compañeros de raza.
Igor es un loco peligroso, él no me importa, pero en Oldrán hay miles, millones tal vez, de seres inocentes.
No puedo ponerme totalmente de vuestra parte si el hacerlo va a ocasionar que se descubra nuestra existencia en el planeta.
Yo no quiero que ningún humano sufra daño.
Pienso que mis compañeros tampoco lo desean.
Sólo queremos vivir en paz, lejos del infierno de Oldrán.
Simplemente vivir, porque no se le puede calificar así a la miserable existencia en este planeta.
Si un día puedo llevar una vida normal con este cuerpo, sin ser perseguida, pasando desapercibida como una mujer corriente en la Tierra o en cualquier colonia humana, seré el ser más feliz del Universo.
Ahora comprendo que hemos cometido una terrible imprudencia al tratar de huir de Oldrán copiando los cuerpos de los de la Piscis.
Me arrepiento de haberlo hecho; aunque los escasos momentos que he vivido como humana han sido los únicos felices de mi existencia.
Conocerte a ti, sentir por vez primera lo que es el amor, ha sido lo más maravilloso, lo único hermoso, de mi vida.
Pero ni por esto teníamos derecho a pagar ese precio.
Debimos quedarnos en ese infierno a aguardar a la muerte porque, huyendo de allí, hemos puesto en peligro la supervivencia de todos nuestros congéneres. Hemos facilitado, si nuestro plan sale mal, que la humanidad conozca la existencia de nuestra raza y con ello pueda exterminarla.
Pero ya no tenemos posibilidad de dar marcha atrás; yo, si la tuviese, lo haría. Hemos jugado con fuego y nuestro error puede causar mucho daño a seres inocentes, tanto humanos como de los nuestros.
Robert apretó el frágil cuerpo de la muchacha contra su pecho.
—No sufras, Diana… Yo te comprendo. Porque eres buena dudas, porque no quieres que nadie padezca injustamente.
Haré lo posible para que todo salga bien; para que la existencia de tu raza no sea descubierta.
Pero si fracaso, si las cosas salen mal, llegará un momento en el que deberás de elegir tu bando.