CAPÍTULO IV #10
—Gracias por avisarme, Diana. Tendré cuidado, pero dime… Por lo que has dicho, deduzco que los cadáveres de los verdaderos tripulantes de la Piscis siguen existiendo. Vosotros no os introdujisteis en ellos; sólo los copiasteis…
—Por desgracia, así es. Sus cuerpos sin vida aún existen.
—¿Por desgracia…?
—Sí, porque si alguna vez alguien de vuestra raza los encuentra se descubrirá todo.
—Eso es cierto; pero… ¿qué hicisteis con ellos?
—Los escondimos en la bodega de carga de la Piscis. Ahora te explico por qué.
Cuando adquirimos un cuerpo humano comenzamos a pensar con su cerebro.
En poco tiempo asimilamos todos los conocimientos que estaban almacenados en él, incluso empezamos a pensar en la lengua más utilizada por los humanos, el esperanto.
Como has podido ver, yo me expreso perfectamente en él, aunque antes lo desconocía; es más, las neuronas del cerebro de Diana Williams me hacen hablarlo con acento inglés, porque ella era canadiense.
Entre los conocimientos que los verdaderos tripulantes de la Piscis habían adquirido desde niños, y que nosotros teníamos gracias a su cerebro, estaba archivada toda la historia de la humanidad.
En ella pudimos ver vuestra forma de comportaros a través de los siglos, vuestra manera de entender la justicia en el pasado…
Por eso comprendimos que debíamos ocultar la existencia de nuestra raza. Vosotros erais un peligro para su supervivencia.
Supimos cómo la raza blanca dominó vuestro planeta y sometió a las demás al exterminio o la esclavitud. Recuerda la historia del genocidio de los indios; tanto de los norteamericanos por parte de los antiguos colonos ingleses, como de los sudamericanos por parte de los españoles y portugueses.
Piensa en la esclavitud a la que estuvieron sometidos los negros…
—Es cierto, pero de eso hace más de mil años… —replicó Robert.
—No habéis cambiado tanto… Recuerda que hace mucho menos que conocisteis a los chevianos. Al principio, muchos de vosotros deseabais someterlos a vuestro gobierno.
—Ahora son independientes, aunque estamos todos unidos en la Liga Interplanetaria, con los mismos derechos.
—No niego que con el paso de los siglos no hayáis mejorado algo. Pero, al principio, los chevianos suscitaron un profundo racismo en la Tierra y en todas las colonias humanas.
—Sí, es cierto… —reconoció Robert—. Si nuestras relaciones son ahora excelentes es porque son mucho mejores que nosotros.
Nos ayudaron muchísimo a vencer enfermedades incurables gracias a sus elevados conocimientos en bioquímica, a pesar de ser anatómicamente tan distintos.
Su ingeniería avanzadísima también nos fue de gran utilidad.
Gracias a nuestro encuentro las dos civilizaciones, compartiendo conocimientos científicos, conseguimos progresar juntas lo que por separado hubiésemos necesitado siglos para alcanzar.
—De acuerdo, pero eso es ahora. Si los chevianos hubiesen sido una raza belicosa como vosotros os habríais enzarzado en una guerra de exterminio de la Galaxia; tal vez las dos.
Con los siglos, los americanos se acabaron llevando bien con los europeos, o los negros con los blancos.
En la actualidad no es la raza blanca la que domina, sino la humanidad en su conjunto; al margen del color de su piel o de si han nacido en su misma Tierra o en un planeta colonizado. Eso ya no importa.
De la misma forma que os habéis acostumbrado a convivir con los chevianos. Piensa que, en realidad, ellos son tan de carne y hueso como vosotros; aunque zoológicamente vosotros seáis mamíferos y ellos reptiles.
Nuestra raza produciría mucho mayor temor y rechazo a la humanidad si y, tal vez incluso, a los chevianos. Estoy segura de que fuésemos unos bichos raros, pero materiales, no daríamos tanto miedo.
Una forma de vida sin cuerpo, indetectable, capaz de copiar exactamente a cualquiera de vosotros, o a cualquier cheviano, sería considerada extremadamente peligrosa para vuestras dos civilizaciones.
Es natural que así sea; yo comprendería que actuaseis así, porque, en realidad, podemos ser peligrosos para vosotros. Al menos, tenemos la capacidad de serlo; mucho más que si fuéramos monstruos gigantescos y carnívoros.
Piensa que si, por algún medio, conseguimos llegar a la Tierra, o a una colonia vuestra, tenemos la posibilidad de copiar exactamente a cualquier gobernante o alto cargo militar, con el poder que eso nos daría.
Podríamos incluso suplantarlo, si fuésemos capaces de matarlo y hacerlo desaparecer.
Date cuenta que nos resultaría fácil, pues tendríamos todos los conocimientos y recuerdos de su cerebro.
Además, podríamos hacerlo sin ser vistos ni detectados; entrando donde quisiéramos, inmunes a la vigilancia, a las puertas, a las medidas de seguridad.
—Me lo pones bien… —dijo Robert arqueando las cejas—. La verdad, prefiero una invasión de monstruos peludos, de esos de las películas del siglo XX. Se les pegaba cuatro tiros, o cuatro cañonazos si eran muy grandes, y punto…
—¿Me entiendes ahora?
—Lo he dicho en broma. Tranquila, no te voy a disparar…
—Pues es muy serio.
—Pero no me digas que nadie iba a necesitar pegarte un tiro; tú no serías capaz de hacer daño a una mosca.
—Yo no, desde luego. Pero otros de mi raza tal vez sí. Sin ir más lejos, Igor. Conociendo sus planes y cómo piensa, sería capaz de hacer cualquier cosa para conseguir lo que le interesa.
—¿Incluso matar…?
—Sí, incluso eso. Y en mi planeta puede haber muchos como yo, pero también muchos como él…
—En ese caso he de reconocer que vuestra raza puede ser peligrosa para la humanidad —admitió Robert. —¿Me comprendes ahora? Incluso tú, que eres bueno y comprensivo, piensas que somos un peligro. —Tú no lo eres, Diana. Tú eres diferente.
—Aunque no lo pienses de mí, lo haces de los demás; y lo peor es que no te falta razón.
Yo misma he de reconocer que el contacto con miles de nosotros sería peligroso para vosotros o para vuestros amigos los chevianos.
—Sí, es cierto… —Ahora te darás cuenta de porqué todo este teatro; de porqué tratamos de aparentar ser quienes hemos copiado.
Nuestro plan es huir de Oldrán haciéndonos pasar por los verdaderos tripulantes de la Piscis.
De esta forma nosotros conseguiríamos salir de ese infierno sin que se descubra la existencia de nuestra raza porque, si esto ocurre, será su final.
Al tomar el cuerpo de los de la Piscis y poder utilizar los recuerdos y conocimientos de su cerebro comprendimos que, si no ocultábamos la presencia de vida en nuestro planeta, vuestros gobernantes decidirían arrasarlo, porque la existencia de una raza con nuestros poderes era un peligro inadmisible para vuestra civilización.
—Pero… ¿hay posibilidad de acabar con vosotros, mientras sois inmateriales, con nuestra tecnología militar? —preguntó Robert.
—Sí, por supuesto. El que no tengamos cuerpo físico no quiere decir que seamos inmortales. No sólo podemos morir por causa de los depredadores de energía o por el simple paso del tiempo, sino que también podemos ser destruidos por la acción de una entidad material.
Una simple bomba termonuclear de las antiguas ya sería capaz de acabar con nosotros.
Piensa que libera una terrible cantidad de energía que anularía nuestra entidad energética.
Aboliría las reacciones de interacción interna que nos hacen estar vivos.
Imagina lo que ocurriría con las nuevas cargas de antimateria.
Su unión con la materia de Oldrán liberaría tal cantidad de energía que, no sólo sería capaz de destrozar el planeta, sino que también anularía por completo nuestra fuerza vital.
—Diana… lo que más me preocupa es saber si ahora eres mortal. Me has dicho que sí, pero no lo acabo de entender. Tengo miedo de que alguien en mi civilización te quiera hacer daño.
—Ahora soy una mujer como otra cualquiera.
Mi cuerpo es absolutamente humano y tan destructible como el tuyo.
Si alguien mata este cuerpo, mi “yo” interior morirá con él.
Tal vez algo de mí pudiese sobrevivir en otra forma de existencia, si nuestros principios religiosos o ese Dios vuestro que ahora conozco por el cerebro de Diana no son falsos.
Pero, en todo caso, habré dejado de existir en este Universo; para siempre…
Ahora no hay ninguna diferencia, ni anatómica ni fisiológica, entre mi cuerpo y el de Diana Williams cuando estaba viva.
Así, por ejemplo, yo envejeceré como ella hubiese hecho, al mismo ritmo.
Si tengo suerte de sobrevivir a estos acontecimientos, moriré de vieja como le hubiera sucedido a ella.
Pero supongo que no tendré tanta fortuna.
Mi existencia ha sido demasiado triste como para esperar que cambie mi destino.
—Yo haré que cambie ese destino, Diana. No permitiré que nadie te haga daño; ni de los tuyos ni de los míos —afirmó Robert con determinación, apretando con fuerza la delicada mano de la muchacha.
Ella le acarició los cabellos con ternura, apenas pudiendo contener las lágrimas.
—Eres maravilloso. No merezco haberte conocido…
—No digas tonterías. Pero, Diana… ¿ni siquiera podrías curarte de una lesión con más facilidad que yo?
—No. Enfermaría por las mismas causas que cualquiera de vosotros y con la misma gravedad y el mismo pronóstico.
Ni tan siquiera sería capaz de curarme por mí misma una pequeña herida.
Nuestra transformación ha agotado ya toda capacidad de reestructuración material.
No sólo no podríamos volver a reproducir nuestro cuerpo antes de morir, haciéndolo más joven o librándolo de lesiones o enfermedades; sino que ni siquiera podríamos curar una pequeña herida reestructurando sus tejidos.
No tenemos ya ningún poder que vosotros no tengáis, ni natural ni sobrenatural. Para un sencillo corte en un dedo necesitaría una pomada cicatrizante tanto como tú.