Más fuerte que el destino CAPÍTULO IV #9
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CAPÍTULO IV #9

—Sí… sólo tenemos un inexplicable poder del que vosotros carecéis, la transformación molecular. Habitualmente es inútil, pero en nuestro caso nos ha servido para escapar de ese infierno.

—Explícame en qué consiste. En parte lo imagino, pero quiero comprenderlo bien.

—Mira, como sabes por la física que has estudiado, la materia y la energía son interconvertibles. Einstein formuló la ecuación de esta relación: la energía es igual a la masa multiplicada por el valor de la velocidad de la luz elevado al cuadrado.

Vosotros, desde mediados del siglo veinte, tenéis la capacidad de transformar la materia en energía.

Como sabes, es la base de la energía nuclear.

Pero no podéis hacer lo contrario, o sea, transformar la energía en materia.

En teoría es posible pero, a pesar de vuestra avanzada tecnología, aún no lo habéis conseguido.

Nosotros en cambio, a pesar de no ser una civilización tecnológica, tenemos el poder, el don natural de hacerlo con nosotros mismos.

De transformarnos, siendo energía pura como somos, en una estructura material.

En un objeto tangible o, como en este caso, en otros seres vivos de naturaleza material.

—¿Sin límites…?

—No, con muchos límites. De tamaño y de frecuencia.

El proceso sólo puede ser realizado una vez a lo largo de todo nuestro ciclo vital.

La transformación es irrepetible. Eso es lo lógico según las leyes de la física, ya que estamos constituidos por una cantidad limitada de energía cuya capacidad de transformación también está limitada por los principios de la termodinámica.

Por la misma razón, hay una cantidad máxima de masa en la que nos podemos materializar. Yo calculo que, en mi caso, este límite supera un objeto de más de 200 kilos; lo cual es poco más que el peso de un cuerpo humano con su traje espacial.

Por todo esto no creas que, por ser inmateriales, somos ilimitados. No podemos “inventar” ni “recordar” la estructura del cuerpo de un ser vivo para reproducirla a nuestro antojo. Para ello debemos estar junto a él, asimilando la distribución de su organismo, átomo a átomo.

Tampoco podemos viajar por el espacio en busca de otros planetas donde encontrar modelos vivos que “copiar”. Nuestros desplazamientos son limitados.

Por estas razones, la transformación molecular es un proceso habitualmente inútil para nosotros, que no puede salvarnos de la extinción y, por lo cual, generalmente no realizamos nunca.

Comprenderás que, si sólo podemos transformarnos en algo si estamos a su lado, este hecho limita extraordinariamente la utilidad del proceso. En efecto… ¿para qué transformarnos en una roca de Oldrán o en gases de su atmósfera?

Perderíamos nuestra naturaleza viva al hacerlo y para eso es igual dejarnos extinguir.

Como sabes, en Oldrán no hay animales, ni plantas, ni ninguna forma de vida material, aunque no sea inteligente. Por lo tanto… ¿en qué transformarse para evitar la muerte?

—Pero entonces apareció la Piscis… —le interrumpió Robert.

—Exacto; era una oportunidad fabulosa. La única esperanza de salvarnos de la extinción y de huir de aquel infierno.

Mi raza está constituida por pocos individuos; no creas que ocupamos todo el planeta. Nunca antes habíamos tenido contacto con una nave espacial; de hecho, ahora sé que allí casi nunca aterrizan vuestras astronaves.

Cuando sentí a la Piscis, más que verla, me dio mucho miedo, porque no sabía lo que era. Cerca de donde cayó la nave sólo estábamos cinco seres de mi raza. Cinco formas de vida agonizantes, condenadas a la extinción.

Nos dirigimos al lugar del violento aterrizaje. Enseguida sentimos que lo que estaba en el interior de aquel gigantesco objeto volador no eran cosas, sino seres con vida propia.

Inteligentes como nosotros, seguramente más, dado lo que eran capaces de hacer. Comprendimos lo que les estaba ocurriendo al envenenarse con la atmósfera de nuestro planeta, tóxica para ellos, y porque se introducían frenéticamente en sus escafandras.

Nos dimos cuenta de que habían muerto y de que copiar sus cuerpos no les iba ya a causar ningún daño.

Comprendimos que la reproducción de sus cuerpos debía hacerse antes de que sus tejidos se pudriesen o resultasen dañados irreversiblemente por la hipoxia.

Nos dimos cuenta de que teníamos que materializarnos en algo, no solamente idéntico a sus cuerpos, sino a ellos introducidos en sus trajes de vacío.

Nuestra energía se debía de condensar formando, no sólo organismos humanos, sino también escafandras que los envolviesen, ya que, una vez transformados, las íbamos a necesitar para seguir con vida.

En efecto, una vez culminada la reproducción molecular, nuestros cuerpos serían absolutamente humanos, en lo anatómico y en lo fisiológico. A partir de ese momento no iba a existir la menor diferencia con los organismos de los verdaderos tripulantes de la Piscis.

Por esa razón, si vosotros necesitáis aire para respirar, nosotros también, porque ahora somos humanos.

Todos los conocimientos por los cuales comprendimos estas cosas los captamos de los cerebros de los de la Piscis, antes de que muriesen, ya que en nuestra anterior forma de vida teníamos un gran poder telepático.

—¿Ahora seguís teniendo esa facultad…? —preguntó Robert, interrumpiendo la larga explicación de la muchacha.

—No… tranquilo. Ahora nuestro organismo no tiene ningún poder que no tenga el vuestro.

Ya te digo que somos absolutamente humanos.

No podemos leer vuestros pensamientos, ni comunicarnos a distancia entre nosotros.

En nuestra forma de vida anterior, la telepatía era la única forma posible de comunicación entre nuestras mentes inmateriales.

—Ya… —respondió Robert más tranquilo.

Diana prosiguió con su explicación.

—Gracias a la asimilación de esos conocimientos supimos también que no debíamos reproducir las moléculas de los gases venenosos de Oldrán, que ya estaban en la sangre de nuestros modelos a replicar.

Lógicamente, si lo hacíamos, al materializarnos como humanos nos hubiésemos envenenado mortalmente con esas sustancias que, desde ese momento, también serían tóxicas para nosotros.

—¿Cómo es el proceso de transformación? —preguntó Robert.

—Como ves, no tiene que ver con meterse en sus cuerpos ni con nada semejante. Nuestra energía se materializa en unas entidades idénticas a las que queremos copiar. Para ello, debemos estar junto al modelo. No podemos modificarlo, ni inventar otro diferente, ni hacerlo a distancia.

Átomo a átomo, molécula a molécula, célula a célula, sus cuerpos fueron reproducidos; y sus escafandras también.

Nos materializamos copiando a la perfección hasta la última de sus células.

Incluso reproducimos las cargas eléctricas que crean potenciales de membrana.

Así, una vez formadas, las neuronas de aquellos cuerpos comenzaron a funcionar, las células sanguíneas, también copiadas, a circular por sus arterias y venas.

Todos nuestros sistemas fisiológicos funcionaban porque su base anatómica copiada les impulsaba a ello.

Algo similar ocurrió con sus trajes espaciales.

Nuestra energía se materializó también constituyendo los átomos y moléculas de una estructura idéntica a las escafandras de los tripulantes de la Piscis.

Reproducimos a la perfección los polímeros del tejido sintético de los trajes, el metal de sus botellas de oxígeno y, por supuesto, las moléculas de los gases que éstas contenían, nitrógeno y oxígeno, sin los cuales no hubiésemos podido respirar y hubiéramos muerto nada más materializarnos.

—¿Vuestro “yo” vital también forma parte de esos productos inorgánicos de las escafandras? —preguntó Robert.

—No; nuestra personalidad se asienta únicamente en el cuerpo humano que ahora tenemos, especialmente en su cerebro. Lo de las escafandras fue algo que necesitamos en aquel momento, pero que ahora, con el aire de la Keops, no nos es de ninguna utilidad.

Comprendo que te resulte difícil de entender qué es lo que somos verdaderamente en estos momentos. Para mí tampoco está muy claro…

—Pues si ni tú misma estás segura, ya me dirás yo… —replicó Robert con gesto resignado.

—Es complicado de explicar. Nuestra personalidad actual depende de cómo éramos antes, pero también de cómo es el cerebro y la constitución del cuerpo humano que reproducimos.

Tal vez no se nos pueda considerar absolutamente humanos, aunque corporalmente sí lo seamos, pero tampoco somos lo que tú llamarías un alienígena humanoide.

Nuestra naturaleza es una mezcla de las dos razas; pero yo creo que predomina extraordinariamente nuestro componente humano.

En efecto, en lo físico somos total y absolutamente humanos, sin la menor diferencia con vuestros cuerpos; y en cuanto a nuestro comportamiento, aunque depende de nuestra naturaleza anterior, que recordamos perfectamente, está muy condicionado por la forma de ser de la persona cuyo cuerpo copiamos.

Aunque no es exacto, podría definírselos en vuestro lenguaje como seres humanos con un alma alienígena, que a su vez está muy condicionada en su comportamiento por la personalidad de la persona que reproducimos.

—O sea… que no sois todos iguales… —interrumpió Robert.

—No, en absoluto. Lo lógico es que seamos muy diferentes. Ya en nuestra forma de vida anterior lo éramos y, al añadir a nuestra naturaleza el carácter del cerebro humano que reproducimos, aún nos volvemos más distintos los unos a los otros.

Tal vez vuestra manera de pensar, al desconocer cómo puede ser una forma de vida inmaterial, os lleve a pensar que, por no tener cuerpo, mi raza es una especie de “todo universal”. Pero no es así. Todos somos entidades vitales diferentes, que nacen, viven y mueren de forma independiente.

Por esta razón me da miedo lo que puedan hacer mis compañeros de la Piscis. Es imposible predecir qué personalidad va a surgir de la interacción de las dos razas. Igor, que se ha erigido en nuestro líder, es el que me parece más peligroso.