Más fuerte que el destino CAPÍTULO IV #8
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CAPÍTULO IV #8

Como sabes —se dio cuenta de que iba a hablar como la geóloga que era Diana Williams, gracias a su memoria—, la presión atmosférica en Oldrán es algo mayor a la terrestre y es, por tanto, superior a la presurización artificial que llevan todas vuestras astronaves en su interior.

Por ello, el aire de la Piscis no escapó hacia el exterior por la fisura, sino que quedó dentro, manteniendo con vida a sus tripulantes, pero mezclándose con la tóxica atmósfera de Oldrán que, por su mayor presión, iba penetrando en la nave y envenenando a sus ocupantes.

Si la brecha en el casco se hubiese producido en el vacío del espacio exterior, sus cuerpos habrían reventado por la descompresión total, resultando inútiles como modelos para una reproducción molecular.

—¿Como modelos para una reproducción molecular…? —le interrumpió Robert.

—Sí… ahora, con los conocimientos científicos de Diana, creo que ese es el nombre más adecuado para el proceso por el que nos pudimos transformar en seres idénticos a los de la Piscis.

Antes solo éramos conscientes de nuestra capacidad de hacerlo, aunque ignorásemos su explicación científica y no diésemos ningún nombre al fenómeno. Luego trataré de explicártelo…

—Como quieras… —asintió Robert alucinado.

—Como te contaba, en menos de tres o cuatro minutos todos se habían enfundado en sus trajes espaciales, pero para entonces estaban envenenados sin remedio.

Antes de diez minutos todos estaban dentro de sus escafandras, muertos pero con sus cuerpos intactos.

Los trajes espaciales funcionaban a la perfección y el oxígeno fluía correctamente por su interior.

—Y entonces os metisteis en sus cuerpos… —le volvió a interrumpir Robert.

—No, eso no lo podemos hacer.

—¿Entonces…?

—Para explicarte el fenómeno, primero debo tratar de que comprendas cuál es la verdadera naturaleza de mi raza.

—De acuerdo; adelante…

—Es difícil de entender…

—Inténtalo.

—Bien… Sabes que todas las entidades en nuestro Universo son materia o energía. Un científico vuestro, Albert Einstein, demostró, hace más de mil años, que ambas son transformables. Vosotros, los humanos y también los chevianos, sois materia viva. Nosotros somos energía viva.

Vuestras dos civilizaciones, la humana y la cheviana, que os creéis los únicos seres inteligentes del Universo explorado, no imagináis la vida más que como una serie de reacciones bioquímicas en seres materiales como vosotros.

No suponéis que puedan existir entidades de energía pura y que, de interacciones físicas dentro de ellas, pueda surgir un fenómeno vital relativamente semejante al que os hace consideraros vivos.

Una forma de vida sin sustento material, cuyas interacciones físicas sean tanto o más complejas que las reacciones bioquímicas que determinan el fenómeno vital en los seres materiales.

Tan complejas, que puedan llegar a establecerse como una forma de inteligencia.

Energía que piensa y siente sin tener neuronas.

En vuestros planetas la materia se fue organizando y volviéndose más compleja.

Millones de años de evolución en la Tierra y en Urik originaron los dos seres inteligentes que dominan la Galaxia, los humanos y los chevianos.

Pero en Oldrán el proceso evolutivo no lo siguió la materia, que en nuestro planeta sólo constituye entidades inertes, sino determinadas formas de energía.

De su evolución surgimos nosotros. Una raza, por llamarla de alguna manera, de seres vivos e inteligentes, pero sin cuerpo.

Desde hace más de mil años, científicos de la Tierra han defendido la posibilidad de que, en algunos lugares del Universo, existiesen formas de vida inmateriales, tal vez incluso inteligentes.

Sin embargo, eso nunca había pasado de ser una teoría muy discutida en vuestra civilización, pues nunca habíais encontrado seres de esa naturaleza.

De hecho, en nuestra forma de vida anterior, nosotros no éramos detectables por vuestros instrumentos científicos.

Tal es así, que las pocas expediciones que habían aterrizado en Oldrán nunca sospecharon que allí existiese vida.

Lo sé por la memoria de Diana; yo nunca antes había tomado contacto con vuestras naves.

Es natural que no fuésemos descubiertos. No se nos ve, ni se nos oye, huele o puede tocar. Vuestros aparatos son incapaces de detectar nuestra presencia.

—¿Cómo era tu vida en Oldrán, Diana…?

—Lo más infinitamente triste que puedas imaginar. El ser inmateriales no nos hace ser todopoderosos ni inmortales. Nuestra existencia era terrible y muy corta. Si yo no me hubiese transformado ya estaría muerta. Bueno… no sé si esa es la palabra… desaparecida, inexistente.

—¿Cómo es posible eso…?

—Como sabes, pues es física elemental, la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

En realidad a la materia le ocurre lo mismo.

Nuestra energía no puede desaparecer, de la misma manera que vuestra materia tampoco.

Al morir, los humanos o los chevianos, os transformáis en materia inerte, lo que popularmente se suele decir en polvo.

Vuestra materia no desaparece, pero no tiene reacciones vitales, está muerta.

Lo mismo ocurre con nuestra energía, no desaparece, pero carece de vida; en su seno no se desarrollan esos procesos físicos que nos hacen sentir y estar vivos.

En resumidas cuentas, somos tan mortales como los humanos o los chevianos; es más, nuestra vida es muchísimo más corta, y más difícil…

De hecho, las leyes de física elemental que se estudiaban en las escuelas de la Tierra, hace más de mil años, ya dan la razón lógica por la cual no podemos ser inmortales. En las leyes de la termodinámica, en el concepto de Entropía, está ya sentenciada nuestra muerte.

Todas las entidades físicas tienden al desorden, la energía no desaparece, pero es cada vez menos transformable, menos utilizable.

Cualquier entidad vital, cuyo sustrato sea energético, está condenada a que los procesos físicos que permiten considerarla como viva sean cada vez más difíciles de realizar.

Nuestra vida se va apagando, más bien extinguiendo lentamente, hasta ser un cúmulo de energía sin procesos de transformación. Dejamos de sentir, de ser… Es, en realidad, algo muy parecido a lo que vosotros, o los chevianos, llamáis morir.

Así llega la anulación de nuestra personalidad, de esa personalidad que, en cierta forma, todos tenemos. Esto, que ocurre de forma inexorable por el paso del tiempo, puede también sucedernos de forma mucho más rápida y violenta si somos asimilados por los “depredadores de energía”.

Robert la miraba con cara de asombro.

—¿Los depredadores de energía…? —la interrumpió.

—Sí… Oldrán está habitado por dos razas de seres diferentes; ambas inmateriales y de naturaleza física semejante, pero de comportamientos muy distintos. Nosotros, que no mantenemos actitudes hostiles ni entre nosotros ni con “ellos”, y los depredadores de energía.

Estos, que también por la misma causa que nosotros son mortales, para prolongar su vida pasan su existencia tratando de darnos caza.

Si lo consiguen, asimilan nuestra fuerza vital y con ello nosotros perdemos nuestra personalidad y, en realidad, morimos, aunque nuestra energía permanezca en ellos.

Así, los depredadores alargan su existencia a costa de nuestra destrucción.

Es algo similar a lo que en la Tierra sucede con los seres materiales. Los animales depredadores viven gracias a la caza y la muerte de otros seres vivos.

Nosotros no tratamos de prolongar nuestra vida quitando la de nuestros semejantes. Somos como un león de la Tierra que se resigna a morir de hambre por no matar a su presa. Físicamente tal vez pudiéramos hacerlo entre nosotros, pero eso es incompatible con nuestra naturaleza.

Por el contrario, nos sería imposible arrebatar la fuerza vital de los depredadores, porque son mucho más poderosos que nosotros.

Nos resignamos a que, cuando nuestra fuerza vital se agota, cuando nuestro ciclo vital se cierra, debemos desaparecer.

Como ves, Robert, nuestra existencia es extraordinariamente triste. Sabemos que estamos condenados a la extinción en un breve lapso de tiempo. Aun así, para que nuestra vida no sea todavía más corta, debemos permanecer siempre huyendo de los depredadores, lo cual no es fácil.

Y total… ¿para qué? Aunque nuestra existencia fuese más larga tampoco merecería la pena de ser vivida.

No puedes imaginar la infinita tristeza de vivir en un mundo muerto como Oldrán. Al no tener sustento material, ni siquiera podemos interaccionar con el medio que nos rodea, con las rocas, con el suelo, con nada…

Nuestra existencia se reduce a un vegetar contemplativo entre esas tinieblas horrendas, en el infierno oscuro y lúgubre de ese planeta que ahora sé que llamáis Oldrán.

No podemos amar, no podemos mantener ninguna actividad, ninguna relación los unos con los otros… sólo huir de los depredadores y esperar a la muerte, a la desaparición…

No nos reproducimos de forma similar a vosotros.

En realidad, ni siquiera sabemos la causa por la que se inicia nuestra vida.

Hay un momento en el que comienza y un momento en el que acaba; pero ignoramos la razón de nuestro origen.

Tal vez sea un cúmulo casual de fenómenos físicos sobre el sustrato adecuado; esto lo puedo decir por los conocimientos científicos de Diana.

O, tal vez, tenga que ver con vuestro Dios.

El concepto de Dios sí que no es completamente nuevo para mí. Antes de tener el cerebro de Diana yo no le llamaba de esa forma. Sin embargo, en nuestra mente inmaterial existía la creencia en un ser superior, al que en tu lenguaje pudiera llamar algo así como “Principio Hacedor”.

Robert cogió la cabeza de la muchacha y la apoyó sobre su pecho con enorme ternura. No le producía ningún temor, sino un infinito sentimiento de cariño y protección.

—¡Qué triste ha sido tu vida, Diana!… Ahora comprendo todo lo que antes me decías.