Más fuerte que el destino CAPÍTULO IV #7
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CAPÍTULO IV #7

—Diana, te juro que yo nunca te dejaré de amar; sea lo que sea lo que me vas a decir respecto a ti.

Empiezo a tener una sospecha irracional de lo que puede ser; reconozco que me da miedo que mis temores se aproximen a la realidad pero, aunque así sea, jamás dejaré por ello de quererte.

Ni por eso ni por algo inimaginablemente peor que no pudiese ni siquiera intuir. Por favor... confía en mí.

La firmeza y el convencimiento de las palabras de Robert transmitieron confianza a la muchacha, que pareció mostrarse más relajada al hablar.

—Está bien... Quizás sea mejor así. Pensaba ocultarte la verdad sólo si mi plan era el que todos los míos decidían que fuese el que se llevara a cabo, porque con él los de la Keops no corrían ningún riesgo.

Pero te aseguro que, si los demás se decidían por seguir el plan de Igor, te hubiese avisado de sus intenciones porque no estoy dispuesta a consentir que ese loco os ponga en peligro.

Diana tragó saliva para continuar mientras Robert parecía no comprender una palabra de lo que decía.

—Pero tal vez sea mejor que lo sepas antes de que mi grupo tome la decisión de optar por uno u otro plan, porque no me fío de Igor. Si se sale con la suya y los demás le siguen puede que yo no tenga ya ocasión de avisarte del peligro, porque él también desconfía de mí.

Creo que ha descubierto que me he enamorado de ti, ahora que soy humana.

—¿Ahora que eres humana...? —preguntó Robert, sorprendido por tan extraña observación.

—Sí... pero luego te explicaré eso...

—Ya...

—Como te decía —Diana retomó el hilo de la conversación ante el estupor progresivo de su interlocutor—, temo que Igor piense que, al haberme enamorado de ti, traicione a los míos para salvarte.

—¿Salvarme de qué...? ¿Quiénes son los tuyos...?

—Dame tiempo para explicártelo, por favor.

Hablar de esto es muy difícil para mí. No he dudado de hacerlo porque con ello arriesgo mi vida, aunque así sea; de hecho, no deseo seguir viviendo si tú mueres.

Lo que me ha hecho vacilar si decirte o no la verdad es que, haciéndolo, arriesgo la supervivencia de toda mi raza; y sé que a eso no tengo derecho.

No puedes imaginar el conflicto interior tan grande que estoy viviendo; pero, al final, tenía que tomar una decisión, elegir un camino... Ruego a vuestro Dios que éste por el que he optado sea el mejor, tanto para vosotros como para nosotros.

Tenía que decirte la verdad, aunque arriesgue a mi raza; aunque conocerla te aleje de mí.

Te debo esa verdad. Tú, además de salvarme la vida, me has hecho sentirme viva por primera vez; y eso es aún más importante.

Viva en cuanto a tener sentimientos y a producirlos en alguien, no en cuanto a vegetar y a sobrevivir en un medio hostil, que es a lo que se reducía mi existencia anterior.

Robert la besó con cariño y comprensión.

—No me voy a alejar de ti, aunque tengo una remota sospecha de lo que me vas a decir. Sé que te va a costar explicármelo pero, por favor, tranquilízate y cuéntame todo.

—Sí... es difícil de explicar, pero lo intentaré.

Procura imaginarte que, por alguna razón que tú no comprendas, yo he vivido sin saber lo que es el amor, ni la amistad, ni el bien, ni nada...

Como una forma de inteligencia sin cuerpo, pero inmortal; solo pendiente de sobrevivir, de no ser destruida.

Supón que yo un día tengo la ocasión de asumir un cuerpo humano; de materializarme en una persona de tu raza y, a partir de entonces, conseguir que ese principio inmaterial que era yo, eso que tú pudieras calificar como un alma alienígena, comience a pensar y a sentir a través de ese cerebro humano.

Con ello se produce la fusión de la personalidad de Diana, la verdadera geóloga de la Tierra, y mi forma de vida anterior.

Al principio me cuesta adaptarme a la estructura de un cerebro humano pero, en muy poco tiempo, adquiero y domino todos los conocimientos que están depositados en él; toda su memoria, su cultura, su saber científico, su lenguaje, los pequeños trucos para realizar las actividades cotidianas, para vivir como una mujer de vuestra raza.

Hasta asimilar a la perfección la memoria de la auténtica Diana Williams cometo errores. Esa es la causa de que te hubiese dicho lo del sistema solar "norteamericano"; de que dudase con respecto a cosas para ti elementales.

A los demás de la Piscis les ocurre lo mismo.

Todos tenemos en nuestros nuevos cerebros esos conocimientos, pero necesitamos un tiempo para dominarlos.

Por ello, en un principio, todos actuábamos de una manera mucho más extraña que ahora.

En estos momentos, por el contrario, sería muy difícil diferenciar nuestro comportamiento del de los verdaderos tripulantes de la Piscis.

Por primera vez en mi vida pienso como un ser humano; tengo todos los conocimientos de Diana Williams. Sé pilotar una nave espacial; comprendo cómo es el universo que nos rodea.

Antes, ni siquiera sabía que hubiese otros mundos diferentes al de aquí; otras razas, otras formas de vida. Ignoraba que es posible viajar por el espacio.

Cuando tomamos contacto con la Piscis ni siquiera sabíamos qué era aquella cosa tan extraña, pues nunca antes habíamos visto una nave espacial.

Ahora no sólo sé que existe la Tierra, sino que puedo ver en los recuerdos del cerebro de Diana muchos de sus paisajes. Conozco lugares en los que no he estado, incluso tarareo melodías que nunca he oído, cuando antes ni siquiera sabía lo que era la música.

Vivo las antiguas sensaciones de Diana Williams porque están grabadas en las neuronas de ese cerebro suyo que yo he asumido.

Robert la interrumpió, sin salir de su estupor:

—Antes de preguntarte nada, quisiera saber cómo llamarte en realidad, ya que no eres Diana Williams...

—Robert, yo no tengo nombre. Si no puedo ser Diana, no soy nadie...

Por eso me gustaría que me sigas llamando Diana.

Tal vez no tenga derecho a ello, pero deseo ser Diana Williams, no sólo llamarme como ella.

Deseo ser humana; es tan maravilloso serlo...

Vosotros no sabéis apreciar la suerte que tenéis.

La vida de nuestra raza es lo más infinitamente triste que puedas imaginar, ni siquiera sé si se le puede llamar vida...

—De acuerdo... pero Diana Williams es una persona real, nacida en Canadá. Eso consta en los archivos de la Liga... Lo mismo ocurre con los demás tripulantes de la Piscis. ¿Qué ha pasado con ellos, con los verdaderos...?

—Han muerto.

Robert se estremeció.

—Sé que tú no serías capaz de haberla matado para tomar su cuerpo.

—No, por supuesto que no. Ni yo ni los demás hemos matado a los de la Piscis para utilizar sus cuerpos.

Ahora, con los sentimientos humanos que he adquirido, no podría matar para sobrevivir y, pues mi conciencia me lo impide.

Pero, antes de ser lo que yo ahora soy, tampoco lo hubiese hecho.

Por una parte, porque eso sería incompatible con mi naturaleza y por otra porque, aunque lo quisiera hacer, sería físicamente irrealizable para mí.

En efecto, antes yo no tenía el cuerpo material y por ello me hubiese sido imposible, no sólo el dañar a un ser humano, sino incluso el tener alguna influencia en el mundo material.

—Entonces… ¿qué pasó con los verdaderos tripulantes de la Piscis?

—Murieron al estrellarse su nave. Cometieron la imprudencia de no llevar colocados sus trajes espaciales dentro del vehículo para intentar el aterrizaje forzoso. Ahora sé, por los recuerdos del cerebro de Diana, que pensaron que era inútil ponérselos.

Supusieron que, si conseguían aterrizar suavemente, no tenían necesidad de tenerlos puestos dentro de la nave.

Ya sabes que lo rutinario es no colocárselos en cada aterrizaje, pues son incómodos.

Por otra parte, pensaron que, si no tenían éxito en su aterrizaje, sería igualmente inútil la precaución de llevarlos puestos, pues se estrellarían estallando la nave en mil pedazos, con lo cual sus escafandras lógicamente no les salvarían de morir.

Pero, como habrás supuesto al ver cómo quedó la Piscis, no ocurrió ninguna de esas dos posibilidades, sino una tercera que no tuvieron la inteligencia o la prudencia de predecir.

En efecto, la nave no se estrelló estallando contra el suelo de Oldrán pero, al tener uno de los propulsores de frenado averiado por el meteorito, el impacto contra la superficie del planeta fue violentísimo.

Como pudiste observar, el brutal contacto con el suelo abrió una brecha en la coraza de metal de la Piscis, sin llegar a hacerla estallar.

Por esa fisura en el casco de la nave penetró la tóxica atmósfera de Oldrán en su interior y mató a sus tripulantes al no llevar estos colocados sus trajes espaciales.

Como sabes, los gases de Oldrán son venenosos para el ser humano y para los chevianos, que respiran la atmósfera de Urik, muy similar a la terrestre. Pero su efecto mortal no es instantáneo.

Por ello, los tripulantes de la Piscis, después de haber respirado ya los gases de aquella tóxica atmósfera, comprendieron el error que habían cometido al no tener la prudencia de predecir lo que ocurrió y llevar colocados sus trajes.

Trataron entonces de corregir su fatal falta de previsión; pero ya era demasiado tarde…

Consiguieron ponerse sus escafandras en un tiempo récord antes de que las sustancias tóxicas que ya estaban en su sangre culminasen su letal efecto. Pudieron colocárselas gracias a que el oxígeno que quedaba dentro de la Piscis les permitió seguir con vida unos minutos.