CAPÍTULO IV #6
—Pero... es posible que ella... —parecían faltarle las palabras— que ella no quiera, o no pueda, compartir su vida contigo...
De pronto, el mundo pareció derrumbarse alrededor de Robert. La expresión de su rostro se ensombreció en una fracción de segundo.
—Sí, tienes razón... eso es posible. Ese sí sería el único obstáculo que no me sentiría capaz de vencer. En tal caso habría de resignarme a añorar su presencia durante toda mi vida.
Es muy respetable que ella no sienta nada por mí...
Diana comprendió el daño que le había hecho con sus palabras. Lo que Robert no podía saber es que a ella le dolió aún más el tener que decirlas y que si lo hizo fue, precisamente, por lo mucho que él le importaba.
—Robert, tal vez no sea que ella no siente nada por ti... —le dijo agarrando su mano con dulzura—. Es posible que sea mejor para ti que las cosas acaben así.
—Yo sé perfectamente lo que es mejor para mí.
Ese es el consuelo más estúpido que pueda existir —respondió él, sin poder evitar un cierto enfado por tanto rodeo.
Prefería que Diana reconociese, si era necesario a través de la metáfora de esa imaginaria mujer, que no sentía nada por él.
Lo demás le sonaba a mentira piadosa. No podía saber que las cosas resultaban mucho más complicadas para su interlocutora de lo que él imaginaba...
—¿Y si estás equivocado con respecto a lo que te conviene?
—No lo estoy.
—Eres demasiado obstinado en tus pensamientos.
—Es posible... pero no pienso cambiar.
A la chica le faltaban ya argumentos para derribar aquel muro de cerrazón.
Aun con todo, lo intentó de nuevo:
—Sin duda, habrá millones de mujeres mejores que ella. Muchas de las cuales, si te conociesen, desearían compartir su vida contigo.
—¿No me digas...? ¡Qué ilusión me hace saberlo! —dijo Robert sarcásticamente, mostrando un total desprecio a tal posibilidad.
Diana empezaba a perder la paciencia.
—Te aseguro que cualquiera es mejor que ella —le dijo, furiosa por su obstinación.
—Primero, no me creo que haya ninguna mejor, al menos para mí. Segundo, aunque la hubiese, me importa un comino. Sólo ella me interesa. Ya te lo he dicho.
—No se puede discutir contigo.
—Eso dice todo el mundo... Además, te voy a hacer una pregunta.
—Dime...
—Estoy convencido de que no soy ningún santo. Por eso, me parece una tontería lo que dices de que pueda haber tantas mujeres deseando estar conmigo; además, me da igual que sea así o no. Pero si tienes tan buen concepto de mí... dime, ¿por qué precisamente a ella no le intereso?
—Tal vez no sea que ella no quiera, sino que no pueda.
—¿Por qué razón no va a poder...?
—A eso, sólo ella misma te podría contestar, si estuviese aquí.
—Contéstame tú. Parece que la conoces muy bien... —dijo Robert siguiendo aquel juego de palabras que ya había perdido toda razón de ser.
—No puedo. ¡Te juro que no puedo! Quisiera decirte cuál es la razón, pero sólo puedo asegurarte que es verdaderamente un obstáculo insalvable. Estas equivocado, en la vida sí hay obstáculos insalvables.
—No, Diana... El amor puede superar todas las adversidades.
—Hay algunas invencibles...
—Intentémoslo, Diana. No me hagas rendirme sin saber cuál es el problema. Si tienes confianza en mí, entre los dos podremos superarlo.
—Por fin has dejado de hablar con indirectas...
—Sí... Era una estupidez. Ya no somos críos... —reconoció Robert.
—No te rindes con facilidad... ¿verdad?
—Si se trata de conseguir tu amor, no.
—Robert, lo tienes ya. No quería reconocerlo porque eso te va a hacer daño. Pero hay una barrera infranqueable entre los dos. Es por eso que no quería decirte cuánto te amo. Pero ya hemos llegado demasiado lejos en esta conversación...
—Necesito saber la verdad, Diana, te lo ruego... Te quiero con toda mi alma. Sé que no te conozco; que los flechazos son propios de adolescentes. Pero esto no es un capricho; no es un simple flechazo pasajero. Yo nunca he sido enamoradizo.
Siento que hay una fuerza por encima de mí que me ha hecho conocerte; que nuestras almas estaban predestinadas a encontrarse algún día.
Tal vez por eso jamás antes había sentido amor por ninguna otra chica.
Un presentimiento extraño me hacía esperar a una mujer a la que no conocía.
Hasta que te vi a ti ella no tenía rostro; pero siempre la he esperado en el fondo de mi corazón, siempre he sido fiel a mi amor por ella.
Aunque lo hubiera intentado, me hubiese sido imposible querer a otra mujer.
Quizás pienses que estoy loco. Que no es normal pensar eso a los treinta y tantos años.
Pero ahora me alegro de haber mantenido mis sueños.
Cuando te vi, algo me dijo que tú eras esa mujer; hoy estoy seguro de ello.
Por eso he actuado como un idiota, porque desde el momento que te vi mis ilusiones tomaron cuerpo. No puedo pensar más que en ti... Te quiero más que a mi vida, más que a nada en el mundo...
No puedes pedirme que renuncie a ti sin saber por qué. Si tú me quieres aún tengo esperanzas.
Por favor... necesito saber la verdad.
Diana le miraba tiernamente, con los ojos llenos de lágrimas. Con un nudo en la garganta sacó fuerzas para contestarle.
—Desearía tanto poder decirte la verdad. Si sólo peligrase mi vida lo haría, pero no tengo derecho a exponer a otros...
—No te consigo entender, Diana.
—No lo intentes, por favor. Sólo te puedo decir que hasta conocerte yo no sabía lo que era el amor. Es más, aunque no entiendas lo que te digo, ni siquiera tenía la capacidad de amar. Daría el resto de mi vida por pasar sólo un año junto a ti, pero sé, con absoluta seguridad, que eso es imposible.
—¿Por qué? Te suplico que me digas por qué. Diana, por favor...
—Y yo te ruego que no me insistas; si me quieres, no lo hagas.
Te harás daño a ti, me lo harás a mí y, lo que es peor, perjudicaremos a muchos inocentes.
Lo siento, Robert; te juro que no puedo decir más.
Creo que he cometido un error al reconocer que yo también te amo.
Eso ha puesto las cosas más difíciles para los dos...
Sólo puedo decirte que si me dejo arrastrar por mis sentimientos te voy a hacer daño, aunque no lo desee.
Yo no te convengo, te aseguro que no te convengo...
—Diana, no me creo que puedas hacerme daño; pero si es así, no me importa que lo hagas. El mayor daño que me puedes hacer es abandonarme. Estoy dispuesto a sufrir cualquier penalidad por compartir mi vida contigo. Te necesito.
—¿Es que no comprendes que si renuncio a ti es por lo mucho que te amo? Para ti, yo soy mala...
—No lo eres, Diana. Lo sé...
—Al menos, te juro que soy peligrosa. Tal vez mala sea una definición inadecuada...
—Sigo sin entenderte. Peligrosa... ¿por qué?
—No puedo contestarte, lo siento.
—Está bien; aun admitiendo que sea cierto, no me importa. No estoy dispuesto a renunciar a ti.
—Debes olvidarte de mí. Si no lo haces te causaré una inmensa decepción.
—Diana... sé que tú nunca me decepcionarás. Aún no sé si conseguiré que aceptes compartir tu vida conmigo, pero aunque no lo logre, jamás me decepcionaré de ti. Te lo juro.
—¿Por qué, Robert? No me conoces; no sabes nada de mí. No estás actuando con lógica...
—No me hace falta conocerte más para saber que, aunque ocultes algo terrible, en el fondo eres la mujer más maravillosa y buena que pueda existir.
Diana, al límite de su resistencia, estaba a punto de ceder y decirle toda la verdad.
—Aunque supieses algo terrible de mí, como has dicho... ¿seguirías queriéndome?
Robert respondió sin vacilar.
—Sí, Diana. Te lo juro; sea lo que sea, nada ni nadie harán cambiar lo que siento por ti.
—¿Cómo puedes quererme tanto? Dios mío, has perdido la razón.
—Lo sé... y soy infinitamente feliz por ello.
—¿Ni yo misma puedo hacerte cambiar con mis actos, con mi pasado, lo que sientes por mí?
—No, ni tú misma.
Diana se derrumbó definitivamente, llorando con amargura infinita sobre el pecho de Robert. Sus palabras, ahogadas por las lágrimas, parecieron no tener sentido.
—¿Por qué?... No es justo. No debí salir de allí. No podía imaginar que fuese a ser tan difícil. Robert... no sabía que había personas como tú.
Vuestro Dios, si existe, no es justo. Cuando ignoraba estos sentimientos era más fácil resignarme a mi destino.
—¿Personas como yo...? ¿A qué te refieres, Diana?
—Sí... personas como tú. Seres con esos sentimientos maravillosos que yo ahora tengo por vez primera y que antes desconocía.
La muchacha miró a Robert con los ojos llenos de lágrimas mientras éste hacía un esfuerzo por comprender sus extrañas palabras. Luego continuó hablando, ya sin ningún control sobre si le convenía hacerlo o no.
—No tenemos derecho a hacernos daño. Nuestra supervivencia no se puede conseguir a ese precio. Hasta ser como ahora soy, ignoraba el concepto del bien y del mal; pero ahora lo comprendo y sé que es más importante que mi propia vida.
Pero, por otra parte, también me doy cuenta de que no tengo derecho a traicionar a los míos a causa de lo que siento por ti. Ellos también tienen derecho a vivir.
Estoy tan confundida... Robert, ayúdame por favor...
Él cogió la cabeza de la muchacha y la apoyó sobre su hombro, acariciando sus sedosos cabellos con infinita ternura. Diana, ahogada por las lágrimas, no podía seguir hablando.
—Yo siempre estaré a tu lado, Diana. Te ayudaré, por extraño o terrible que sea lo que ocultas; pero debes confiar en mí. Tengo que saber toda la verdad acerca de ti.
La chica tomó aire, como preparándose para el paso que iba a dar.
—Sé que cuando sepas la verdad sobre mí dejarás de quererme.
Lo comprenderé; es más, serías un loco si no lo hicieses.
Pero, aun así, yo nunca podré olvidar mi amor por ti.
Es precisamente porque tú eres lo único que quiero de verdad en el mundo, lo primero y lo que más he amado, por lo que te voy a decir esa verdad; aunque el precio de hacerlo sea perder lo que tú sientes por mí, perderte a ti...
Robert la miró a los ojos con decisión.