CAPÍTULO IV #5
—Lisa... Haz el favor de no echar más leña al fuego. Este maldecido de Kurt ya les está presionando demasiado.
—Y les presionaré hasta saber la verdad. Después, cuando veáis quién tenía razón, acabaré con ellos. Incluida tu preciosa muñeca —dijo mirando a Robert con los ojos llenos de odio.
—Mira imbécil... —dijo Robert volviéndose hacia el alemán con aspecto de estar dispuesto a hacerlo callar por cualquier medio—.
Los tripulantes de la Piscis son los invitados de esta nave y, mientras yo sea el comandante de la misma, se les tratará con educación.
De forma que, o cierras tu asquerosa boca de malnacido o te la cierro yo haciendo que te tragues esa mierda de dientes.
¿Me entiendes... o ese cerebro paranoico tuyo no sirve más que para amenazar a la gente?
En el futuro, le amenazas a tu padre, si es que lo conoces... me divertiré con tu geóloga. Cuando la desenmascare me lo voy a pasar muy bien antes de acabar con ella.
Robert se abalanzó sobre el alemán cogiéndole del cuello con todas sus fuerzas.
—¡¡Basta!! —gritó Lisa haciendo reaccionar a Joao y a Iridu que, como pudieron, lograron separar a Robert y a Kurt.
—¡Es un puto loco! Él ha provocado esto —dijo Robert, frustrado por no haber tenido ocasión de partirle la cara al alemán.
—¡De acuerdo! No tiene porqué amenazar a nadie. Como dices, mientras no se demuestre ninguna de nuestras sospechas, los de la Piscis son nuestros invitados. Pero a golpes no se soluciona nada.
—Bien, Lisa —admitió Robert de mala gana—. Pero cuando volvamos a Nueva Ucrania conseguiré que lo expulsen del grupo de rescate. Ese paranoico no puede navegar con gente civilizada.
—Vale... te apoyaremos en tu solicitud. Pero no quiero volver a verte llegando a las manos —dijo Lisa enérgica.
—A sus órdenes —exclamó cínico Robert; luego miró a los demás y se dirigió de nuevo a ellos—.
Mirad... se ha apoderado de nosotros una histeria colectiva y vemos cosas raras donde no las hay.
Si su historia es cierta, y yo no veo motivos para que no lo sea, los de la Piscis son nuestros huéspedes, nuestros compañeros.
Estamos dando un espectáculo bochornoso ante ellos y estamos dejando a la altura del barro la educación y la hospitalidad de los cuerpos de rescate espacial.
Como comandante de esta astronave no estoy dispuesto a que mi tripulación siga comportándose de esta forma... ¿Está claro?
Todos se miraron sorprendidos. Aunque razón no le faltase a Robert en sus palabras, él nunca antes había hablado así a los demás. De hecho, siempre les trataba como a amigos y nunca como a subordinados. Sin duda, las amenazas de Kurt a Diana le habían sacado de sus casillas.
Con una sonrisa un tanto forzada y un tono artificialmente meloso uno de los científicos de la Piscis intervino en la conversación.
—No terminamos de comprender a qué os referís con esas insinuaciones sobre nosotros, ni cuál es la causa de vuestro extraño comportamiento.
Quienes ahora estáis actuando de forma anormal sois vosotros. ¿Cuáles son esas sospechas de las que habláis? ¿Por qué no íbamos a ser lo que parecemos?
—¡Ni ellos mismos lo saben! —cortó Robert antes de dar opción a los demás de responder—.
¡Fantasías! A ver... es una buena pregunta: ¿Qué es exactamente lo que sospecháis de ellos?
Venga... ¡Contestad pues! Pero, eso sí...
quiero una respuesta concreta y científicamente admisible.
En caso contrario, daré por zanjada esta conversación.
Nadie se atrevió a decir nada.
—Entonces, se acabó de hablar majaderías. Vamos a trabajar todos juntos para salir de este asqueroso planeta —dijo, o casi ordenó, Robert.
—Un momento... Claro... si el comandante me permite preguntar algo —cortó Kurt con infinito cinismo y con evidentes ganas de terminar la disputa que los demás habían abortado.
Robert se revolvió hacia él.
—No me toques los...
—Pss, sin palabrotas —intervino bromista Iridu para calmar la tensión.
—No me provoques... por la cuenta que te trae —le amenazó.
—¡Paz! ¡Paz! —volvió a cortar Iridu—. Deja que pregunte lo que sea y luego nos ponemos a trabajar... ¿Vale?
—Está bien, de acuerdo —asintió Robert con desidia.
—Muchas gracias —respondió Kurt sarcástico—. A ti mismo te lo pregunto, lagarto de mierda, ya que eres el jefe científico.
—¡Kurt, no le insultes! Tiene un nombre. Eres un faltón y un imbécil.
—No te preocupes, Robert —replicó Iridu—. Ese bocazas no me molesta. Ya sabes que no ofende quien quiere, sino quien puede. A ver... ¿qué demonios ibas a preguntarme?
—Bien... —Kurt bufó de mala gana—. Tú que tanto dices conocer del cerebro humano... ¿Cómo se explica que, después de pasar más de 40 horas en un estado amnésico, ya que ese fue el tiempo que tardamos en llegar, se hayan recuperado completamente en una noche?
—El cerebro humano tiene reacciones imprevisibles —respondió el cheviano—, además ni siquiera están seguros de que la tormenta se produjese nada más aterrizar; pudo ser bastantes horas más tarde.
—No me convence...
—Eres muy libre de que te convenza o no; pero déjanos en paz.
Lo que está claro es que sería estúpido por su parte fingir no acordarse de nada hace unas horas, para ahora tener que justificarse de ello.
Para mí, aun admitiendo que parecen ocultar algo extraño, lo que sí es evidente es que antes estaban verdaderamente amnésicos y ahora no lo están. ¿Para qué iban a mentir en eso?
—Eso es cierto —intervino Joao.
—Porque tal vez algo que desconocemos les ha hecho recuperar los conocimientos que antes no tenían —aventuró Kurt.
—Eso no es lógico —replicó el cheviano.
—Iridu tiene toda la razón. Se acabó el hablar de más tonterías. Vamos a trabajar para salir de aquí cuanto antes —ordenó Robert conforme se levantaba de su asiento y decía:
Por cierto... La reunión ha terminado... y las conversaciones sobre este tema también.
Los demás siguieron pronto su ejemplo y abandonaron la sala de mando; los de la Piscis, como era de esperar, rumbo a sus camarotes, mientras que los de la Keops bajaron a la bodega de la nave para continuar con sus tareas de reparación.
Únicamente Diana permaneció en la sala; Robert esperó a que todos los demás saliesen para quedarse a solas con ella.
—¿Habrás pasado un mal rato con lo que ha sucedido aquí? —le preguntó.
—Sí, pero no te preocupes —le respondió la muchacha bajando tímidamente la mirada con un delicado movimiento de sus larguísimas pestañas.
—Te pido disculpas en nombre de mi tripulación —insistió Robert.
Habitualmente nunca usaba la frase "mi tripulación", pero delante de Diana le gustaba hacerse el jefe. Aun siendo consciente de que era ridículo, no podía evitar comportarse de formas tan infantiles como esa.
—No, Robert, por favor... No tienes que disculparte. Es natural que imaginéis cualquier cosa de nosotros. Hemos actuado de forma muy extraña.
—Pero es que, en realidad, ni siquiera son capaces de decir concretamente qué es lo que sospechan. ¿No te parece, Diana?
La muchacha bajó aún más sus preciosos ojos, como si no tuviera valor para responder a esa pregunta mirando a los de su interlocutor.
—Sí...
—Yo jamás desconfiaría de ti, Diana...
—Eres muy bueno, Robert. Me conmueve que digas eso. Eres tan distinto a los demás.
—Diana, tú sí que eres diferente a todas. No sólo eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida, sino que, sobre todo, eres la más dulce y buena que he conocido.
La chica se ruborizó.
—No puedes afirmar que soy buena sin conocerme...
—No necesito saber nada más de ti para estar seguro de que no estoy equivocado.
—Debes ser más cerebral en tus apreciaciones. Puedes estar cometiendo un terrible error conmigo pensando así.
—¿Por qué dices eso?
—No puedo contestarte, lo siento...
—Sé que hay algo misterioso en ti. Ante los otros lo niego, para evitar perjudicarte, pero yo sé que es así.
Lo presiento, lo leo en tus ojos... Pero aun así sé que no me equivoco al estar seguro de que eres sensible y buena.
Aunque tú me adviertas de lo contrario, jamás pensaré que me puedas hacer daño, ni a mí ni a nadie.
—Tú sí que eres maravilloso... Harás muy feliz a la mujer que tenga la suerte de compartir su vida contigo.
—Sólo deseo compartir mi vida con una única mujer; las demás no me importan. Desde que la conozco sé que jamás volveré a sentir nada parecido por ninguna otra.
Robert reconocía en su fuero interno estar hablando como un adolescente, pero lo peor es que era absolutamente sincero en sus palabras.
Diana comprendió a la perfección quién era esa mujer imaginaria. A pesar de la evidente inexperiencia que la muchacha manifestaba en estos temas, las indirectas de Robert eran demasiado claras para no entenderlas.
Visiblemente nerviosa por el curso que tomaba la conversación, aun tuvo valor para decir:
—Quizás no sea bueno que pienses en una sola mujer. Si te sale mal puedes sufrir mucho; aunque ella no desee hacerte daño. Hay muchas chicas que, sin duda, te podrían hacer mucho más feliz que ella.
—No; sé que ella es la única con la que puedo encontrar la felicidad. Para estar con cualquiera otra prefiero estar solo.
—Eres muy obstinado, Robert. Eso puede ser una virtud, pero también un peligro...
—Hasta ahora nunca he sido tan obstinado. Cuando encuentras algo que da sentido a tu vida; cuando sientes que eso es lo que más te importa en el mundo, que seguir viviendo sin tenerlo no te interesa, entonces debes luchar para conseguirlo, aunque el hacerlo te lleve a perder la razón.
Ambos eran conscientes de que estaban hablando con demasiadas indirectas, pero hacerlo así les resultaba más fácil.
—Pudiera ser que te surgiesen obstáculos insalvables para lograr lo que quieres.
—Si se tiene fe en lo que se desea todos los problemas son superables —replicó Robert sin perder un ápice de su determinación.
A pesar de estar hablando figuradamente, fue muy duro para Diana decirle a Robert lo que pensaba.