Más fuerte que el destino CAPÍTULO IV #4
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CAPÍTULO IV #4

—Eso es absurdo.

—Supón por un momento que no lo es. Insisto... ¿Renunciarías entonces a ella?

Aun a riesgo de ser considerado un demente por sus amigos, no tuvo valor para mentirles. A él mismo le asustó la firmeza de su respuesta.

—No. Estoy seguro de que ni aun entonces renunciaría a ella. ¿Sabéis...? Me da miedo pensar así; pero no lo puedo evitar. Yo siempre he creído ser cerebral para todo; pero este sentimiento es más fuerte que la razón. Pensáis que estoy loco... ¿verdad?

Lisa e Iridu no tuvieron valor para contestarle. Su silencio era la más elocuente de las respuestas.

—No me ofendéis... —dijo Robert resignado—. Yo también creo que he perdido la razón; pero lo peor es que por nada del mundo deseo recuperarla. No puedo evitar esto que siento, pero ante todo, no quiero evitarlo.

—Dios quiera que sea realmente una geóloga de Montreal, porque si no, vas a tener serios problemas... —dijo Lisa visiblemente preocupada, casi asustada, por la salud mental de Robert.

—¿Estaréis a mi lado si eso ocurre? —preguntó éste.

—Sabes que sí. Como tú estarías a nuestro lado si los locos fuésemos nosotros.

—Desde luego.

—La verdadera amistad debe de estar por encima de los acontecimientos; por encima incluso de la razón —afirmó Iridu convencido.

—No merezco tener unos amigos tan buenos.

—Desde luego; pero siempre ha habido idiotas —siguió bromeando el cheviano.

—Además, ya sabéis que en Nueva Ucrania nos llaman los tres mosqueteros. Siempre juntos en todos los líos. ¿Cómo iba ahora a ser diferente? —dijo Lisa.

—Os quiero... —afirmó Robert abrazando con sentimiento a sus amigos.

De pronto, la gran compuerta que separaba la sala de mandos de la Keops del pasillo de los dormitorios se abrió corriéndose a un lado e interrumpiendo la conversación de Robert con Lisa e Iridu.

Tras ella aparecieron los cinco miembros de la tripulación de la Piscis, incluida Diana, los cuales habían estado encerrados en sus camarotes hasta ese momento, de forma que se mantenían ignorantes de cuanto se rumoreaba sobre ellos.

En la sala sólo se encontraban Robert, Lisa e Iridu; los demás viajeros de la Keops estaban en la bodega de la nave, ocupados en las tareas de reparación.

Igor, uno de los recién llegados, tomó la palabra:

—Por favor, llamad a los otros —dijo con un tono extraño.

Lisa avisó por los altavoces al resto de los tripulantes de la Keops. En un par de minutos todos estaban reunidos en la sala de mando.

—Deseamos comunicaros un asunto... —volvió a tomar la palabra el comandante de la Piscis.

Todos se miraron en silencio; se sentía un ambiente crispado y de desconfianza entre los tripulantes de la Keops. Los de la Piscis, por su parte, se mantenían serios e impenetrables. Sólo Diana sonrió cariñosamente al saludar a Robert.

Kurt fue el primero en romper aquel asfixiante silencio:

—A ver con qué salen ahora... —dijo cínicamente, aumentando aquel curioso sentimiento de desconfianza que resultaba patente entre los dos grupos.

Únicamente Diana y Robert se mantenían al margen de ese extraño ambiente. Mirándose con cariño y sonriéndose con complicidad, a ninguno de los dos parecían importarle demasiado sus compañeros.

El soviético volvió a tomar la palabra, vacilante ante la desconfianza de su auditorio:

—Tal vez os parezca innecesario lo que deseamos deciros. Puede incluso que lo consideréis extraño...

—Adelante. Hablad sin rodeos —intervino Robert.

—Y deprisa; que tenemos mucho trabajo y poca ayuda —remató Kurt, sarcástico.

—Bien... —Igor retomó las riendas de la conversación—. Hemos notado que estáis algo sorprendidos por nuestra actitud; especialmente por nuestra forma de hablar cuando nos los encontrasteis...

—No es para menos... —afirmó Lisa.

—Lo comprendemos; verdaderamente es natural que lo estéis. Por eso hemos pensado que os debemos una explicación. Si nos lo permitís... claro.

—Por favor. Estamos ansiosos...

—De acuerdo. Comenzaré por confesaros que hemos ocultado en parte lo que verdaderamente nos ocurría. Tal vez, ya lo hayáis sospechado...

—Sí, francamente... No somos idiotas.

—Ya... —replicó Igor—. La realidad es que actuamos así porque supusimos que, si todos reconocíamos haber perdido la memoria y eso llegaba a oídos de nuestros superiores en el Consejo Científico de la Liga, este hecho podía perjudicarnos profesionalmente.

Incluso podíamos perder nuestro trabajo si opinaban que no estábamos preparados para afrontar situaciones difíciles.

—Vamos por partes... —cortó Lisa—. ¿Pretendéis que todas las preguntas estúpidas que hicisteis respondían a una amnesia temporal que no quisisteis reconocer para que vuestro trabajo no peligrara?

—Exactamente...

—Y... según dices... todos habéis perdido la memoria... ¿todos? —preguntó Lisa, mostrando una evidente sorpresa y escepticismo.

—Sí, al menos en parte. Aunque, con el paso de las horas, la hemos recuperado con facilidad. De hecho, de ayer a hoy, la hemos recuperado por completo.

—Eso es increíble —cortó Kurt.

—Verdaderamente cuesta creerlo... —apoyó Lisa—. ¿Igor, cómo explicas que pudiese ocurrir algo semejante?

—No estamos seguros de lo que realmente sucedió en Oldrán después de nuestro aterrizaje forzoso.

Hemos de reconocer que, cuando nos encontrasteis, nos costaba incluso recordar el nombre del planeta en el que estábamos.

Casi no sabíamos cómo funciona un traje espacial y, por eso, no fuimos conscientes de que nuestro oxígeno se iba a acabar y no os advertimos de ello.

Nos encontrábamos en un estado de aturdimiento total. Casi no sabíamos dónde estábamos ni quiénes éramos; incluso ni quiénes podíais ser vosotros. De ahí nuestra reacción fría y temerosa y nuestras absurdas palabras.

—De acuerdo, Igor... pero eso no contesta a mi pregunta. ¿Cómo explicas esa amnesia colectiva? ¿Cuál fue su causa? —preguntó Lisa, aún escéptica.

—Al haber perdido parte de nuestros recuerdos no lo podemos asegurar, pero suponemos que la amnesia la causó una tormenta eléctrica. Creemos recordar que hubo una violentísima nada más aterrizar. En Oldrán las hay con frecuencia...

—No es imposible que eso ocurra —intervino Iridu, que para algo era el jefe científico de la Keops—.

Una tormenta eléctrica muy violenta tal vez pudiera afectar temporalmente a los procesos de memoria de un cerebro humano, los cuales se realizan por mediadores bioquímicos y cambios bioeléctricos en las neuronas.

—Iridu tiene razón —apoyó Robert, interesado en que la explicación de su amigo cheviano fuese cierta—. Ya sabéis que yo estudié medicina, aunque no ejerzo porque me atrae más esta vida aventurera. Por eso puedo opinar que lo que dice es perfectamente creíble.

—O... te interesa que sea creíble —le cortó Lisa, cáustica.

—¿Pues...? A mí me da igual que lo sea o no —trató de disimular de cara a los demás.

—Ya, ya...

Iridu volvió a la carga con su teoría.

—Por otra parte, las características atmosféricas de Oldrán pueden propiciar tormentas eléctricas de extraordinaria violencia, ya que existen grandes masas nubosas altamente ionizadas.

Daos cuenta de que en la Tierra, o en la mayoría de los planetas colonizados, la atmósfera es eléctricamente muy estable y estas tormentas son de poquísima entidad.

Aun con todo, hay allí personas que se ven afectadas cuando "la atmósfera está cargada", como se dice vulgarmente.

En Oldrán no es imposible que individuos así de sensibles llegasen a perder la memoria u otras funciones cerebrales por esta causa.

A Kurt la explicación del lagarto no le convencía ni un ápice.

—Pero... —cortó la disertación de Iridu—. ¿Afectarles tanto dentro de la nave y con los trajes espaciales puestos?

—Sí... —el cheviano pareció dudar; eso es lo que más me extraña.

Sobre todo dentro de la nave es prácticamente imposible que esto pudiese suceder.

Todos nuestros vehículos espaciales van equipados para proteger a sus ocupantes de cosas mucho peores que ésa; incluso de dosis letales de radioactividad.

—Pero recordad que se abrió una brecha en el casco... —intervino Robert, que se había atribuido el papel de abogado defensor de aquella teoría tan conveniente a sus sentimientos.

—Aun así... El escudo debería de haber seguido funcionando. Ten en cuenta que forma un campo electromagnético protector que envuelve a toda la nave, aunque ésta tenga una grieta en el casco.

La explicación de Robert parecía derrumbarse, para su decepción. Sí... tenía que reconocer que la historia de Igor hacía agua por todas partes.

—A no ser... —dijo el cheviano pensativo.

—¿A no ser qué, Iridu? —preguntó Robert con entusiasmo.

—Que el generador de energía para la pantalla deflectora electromagnética se hubiese averiado con el violento aterrizaje.

—¡Exacto! Eso fue sin duda lo que ocurrió. El impacto con el suelo de Oldrán fue brutal —apoyó Igor sin vacilar.

—Parece que la explicación del lagarto os ha sacado del apuro de momento. Pero, insisto en mis palabras de hace un momento, porque os aseguro que os voy a desenmascarar. No dormiré hasta descubrir toda la verdad sobre vosotros —amenazó Kurt, desafiante.

—¿Qué quieres decir...? Nosotros no tenemos nada que ocultar —replicó el comandante de la Piscis.

—Vuestra explicación es demasiado artificiosa y estudiada para ser cierta —atacó de nuevo Kurt—. Casi desde que entrasteis en esta nave habéis estado juntos, encerrados en vuestros camarotes; pienso que con la intención de buscar una explicación creíble para vuestro extraño comportamiento.

Sencillamente, os habéis dado cuenta de que sospechamos algo de vosotros, y por eso se os ha ocurrido inventar esa estúpida historia. Si los demás son tan imbéciles de creeros, yo no lo soy.

—Lo que dices no tiene sentido —se defendió Igor—. ¿Para qué vamos a inventar nada? ¿Qué podéis sospechar de nosotros? Sabéis perfectamente quiénes somos.

—O quiénes aparentáis ser... —intervino Lisa.

Robert miró a Diana. La muchacha ya no sonreía; su precioso rostro reflejaba un profundo e inexplicable temor. Sus ojos parecían implorar la ayuda de Robert.