CAPÍTULO IV #3
De pronto, el interfono del camarote emitió un mensaje interrumpiendo las palabras de Robert. Era la voz de Lisa.
—Robert, ven a la sala de mando. Hay novedades…
—¡Qué asco! Tendré que ir… —dijo conforme se levantaba de mala gana—. Diana, lo siento, pero tengo que dejarte; procuraré volver pronto.
—No te preocupes; no quiero que te distraigas de tus obligaciones por mi culpa.
—Ya seguiremos hablando…
La besó en la mano con infinito cariño.
—Sí…
—Hasta luego, Diana.
Ella le despidió con una sonrisa triste y preciosa al mismo tiempo.
Robert abandonó su camarote con una sensación extraña. Por una parte, estaba loco de felicidad por las palabras que había insinuado Diana con respecto a lo que sentía por él; pero, por otra, un terrible y absurdo presentimiento le asaltaba respecto a lo que ella le ocultaba.
«Es imposible…» —pensó para sí, desechando por ilógica la estúpida intuición que había tenido.
Atravesó el pasillo con celeridad y abrió la puerta de la sala de mando.
Allí estaba parte del grupo de la Keops; en concreto, Iridu y Lisa, sus mejores amigos.
Por el contrario, los de la Piscis, misteriosos desde un principio, no salían para nada de sus camarotes.
De hecho, ni siquiera se molestaban en echar una mano en las laboriosas tareas de reparación de la nave; cosa que hubiese venido muy bien a Iridu y a Lisa, que estaban como locos tratando de arreglar a Julia, la computadora de a bordo.
Cuando Robert entró en la sala, Iridu se volvió hacia él con una colosal sonrisa de oreja a oreja, mostrando los innumerables dientecitos de su enorme bocaza.
—¡No está destrozada! Su núcleo inteligente está intacto —exclamó con entusiasmo—. Estoy seguro de que la podremos arreglar; antes de dos horas Julia estará funcionando.
—Muy bien… Eres un genio, Iridu. Sabía que lo conseguiríais. Pero… ¿no me habréis llamado solo para decirme eso? —preguntó Robert.
—Sí… ¿No te parece importante? —se indignó Iridu, orgulloso de su trabajo.
—Hombre, sí… pero… —vaciló Robert.
—Pero le hemos interrumpido su ligue —le cortó Lisa, acabando la frase a su manera.
—¡Vaya por Dios! ¿Empezamos ya el día con eso…?
—Tú empiezas el día con ella… ¿Qué quieres que hagamos nosotros?
—Por cierto… ¿cómo demonios sabíais que estaba en el camarote de Diana?
—¿Diana…? Nosotros no habíamos hablado para nada de ella. Reconoce que te has descubierto… —dijo Lisa con descarada sonrisa.
—Ya dicen que al que come ajos le pican —apuntilló Iridu.
—Bueno, bueno… ¿cómo sabíais dónde estaba?
—Fácil… fuimos a tu camarote y no estabas —dijo Lisa.
—Y al baño tampoco… — apoyó Iridu con voz casi musical, de gamberro.
—¿Dónde ibas a estar más que con tu preciosa geóloga…? — remató Lisa.
—Ya… —dijo Robert, levantando los ojos resignadamente—. Y eso… ¿os molesta?
—A mí no —respondió Iridu—. ¿Desde cuándo no sigues una broma?
—Desde luego… —apoyó Lisa.
—Mirad… ya sabéis que me encantan las bromas y que a mí no me ganáis… ¿cierto? Pero con el tema de Diana os agradecería que no me tomaseis el pelo. Estoy muy preocupado por este asunto… y, además…
—¿Sí…?
—Sí… Además creo… creo que la quiero.
—Ya… Pero no la conoces… —dijo Lisa.
—Lo sé. Pero no lo puedo evitar. Y, lo que es peor…
no creo que la quiero… ¡Estoy seguro! Nunca he querido tanto a ninguna mujer ni nunca volveré a querer a otra.
¿Que apenas la conozco? ¿Que parece ocultar algo extraño?
¿Qué es infantil enamorarse en dos días de una chica? De acuerdo… ¡Pero me importa un comino!
Tal vez haya perdido la cabeza; pero, si es así, me alegro… ¡Jamás había sido tan feliz!
Robert tomó aire; semejante discurso le había dejado sin aliento. Iridu y Lisa se miraron sorprendidos.
—No pensábamos que era tan grave lo tuyo —opinó Iridu, como si acabasen de diagnosticar una enfermedad incurable a Robert.
—Pues lo es… y me he quedado corto con lo que siento por ella.
—¿Estás seguro de que no se trata de un capricho? —preguntó Lisa.
—Nunca he estado tan seguro de algo. Ya sabes que no soy enamoradizo.
—Eso es cierto… —reconoció el cheviano.
—Antes lo estaba tomando a broma —dijo Lisa—. Ahora estoy muy preocupada por ti.
—No entiendo por qué. Debieras de alegrarte; de hecho, yo me alegro de que Joao y tú estéis a punto de liaros. Uno debe estar contento de que sus amigos sean felices —opinó Robert.
—No es lo mismo. Joao y yo somos normales…
—¿Y Diana y yo, no…? —preguntó Robert molesto.
—Tú, aparte de haber perdido la cabeza, eres relativamente normal; pero ella…
—¿Ella… qué? No empieces con tus fantasías.
—No te molestes porque te diga esto. Si me preocupo es precisamente porque Iridu y yo somos tus mejores amigos. Supongo que a él le pasará lo mismo.
—Sí... —apoyó el cheviano—. Aunque yo no creo que Diana sea mala.
Soy mejor psicólogo para los humanos que cualquiera de ellos; tal vez porque, al ser de una raza diferente, estudio sus reacciones con más curiosidad.
Y estoy convencido de que ella no sólo no es mala, sino que, de buena e inocente que es, ni siquiera parece humana.
Aunque hay excepciones, y vosotros dos sois una de ellas, la mayoría de los miembros de vuestra raza son, en mi opinión, peores que Diana. Al menos, por lo poco que ayer hablé con ella antes de que se fuera a su camarote, yo tengo esa sensación.
—Yo no he dicho que sea mala —puntualizó Lisa—. He dicho que puede ser peligrosa; que puede hacerle daño a Robert.
—¿Cómo...? —replicó éste—. Es absurdo temer a alguien que no es malo.
—Puede hacerte daño sin ella quererlo...
Robert, que estaba rechazando todos los argumentos de sus amigos, se quedó impresionado por el último de Lisa. La razón era simple; la propia Diana le había advertido de lo mismo. Que, si no se olvidaba de ella, podía hacerle daño sin quererlo.
—¿Por qué dices eso? —preguntó sin mostrar como antes una actitud de rechazo.
—No lo sé con seguridad, Robert. Es como una intuición... —el tono de Lisa hacía tiempo que había dejado de ser burlón y ahora reflejaba una profunda inquietud.
—En lo que sí he de dar la razón a Lisa es en que esa chica no es normal —opinó Iridu—Por lo mismo que antes os decía, yo conozco a los humanos tanto, que Diana ni siquiera me parece de su raza. Estoy seguro de que no es mala, pero es muy rara...
—En eso que has dicho puede estar la clave, Iridu. Diana no parece humana... —intervino de nuevo Lisa.
—¿Es que los dos habéis perdido la cabeza? ¿No tenéis ojos en la cara para ver que Diana es como cualquiera de nosotros?
—De vosotros... —rectificó Iridu.
—¡No empieces a ser tan puntilloso al hablar! —le cortó Robert, que no estaba para juegos de palabras—. A ver... dime tú, con esos ojos enormes que tienes... ¿qué le has visto de diferente a Diana, por ejemplo, respecto a Lisa?
El cheviano se quedó sin argumentos.
—Pues...
—Y no me digas que es morena y más pequeña.
—Entonces, aparte de eso... nada.
—A veces, las apariencias engañan —intervino Lisa.
—Quisiera que me dijerais exactamente a dónde queréis llegar; qué es exactamente lo que estáis imaginando.
—Ni yo misma lo sé...
—La verdad, yo tampoco... —reconoció Iridu.
—¿Entonces...?
—Pero, de verdad, ¿tú no le ves nada extraño? —le preguntó Lisa.
Quien esa vez se había quedado sin argumentos era Robert. No podía negar que Diana era muy extraña, que ocultaba un misterioso secreto. Ella misma lo había reconocido; pero Robert era consciente de que él no debía admitirlo. Por alguna oscura razón, la muchacha afirmaba que eso la perjudicaría.
Diana no había tenido confianza con nadie más de la Keops; sólo con él. No debía fallar a esa confianza; de modo que trató de disimular que él también compartía alguna de aquellas sospechas.
—¿Diana algo extraño...? En absoluto —mintió descaradamente.
—Robert, ten cuidado con ella. No te molestes porque te lo diga. Al menos, sé prudente...
—No, realmente no me molesto. Sé que lo hacéis por mi bien y os lo agradezco.
—No es que sospeche algo raro de ella en particular —insistió Lisa—. Es de todos los de la Piscis. Tú mismo has reconocido que ellos sí son extraños...
—Diana es diferente de los otros.
—Pero, si los demás tienen algo que ocultar, ella también lo tiene. Estaba con ellos... ¿no?
—Sí... —reconoció Robert a su pesar.
—De verdad, Robert, te juro que quisiera estar equivocada. Deseo que esto te salga bien. Nunca te había visto tan ilusionado por algo; y sólo quiero lo mejor para ti.
—Te lo agradezco de corazón, Lisa. No me merezco una amiga como tú.
—No, desde luego —admitió ella bromeando.
—No sé por qué no me he enamorado de ti, en vez de Diana.
—No seas zalamero... nunca te has fijado en mí como mujer; aunque sé que me quieres como amiga. En fin... tienes mal gusto.
—¡Vaya por Dios!, hablando de gustos... ¿tú crees que yo le gusto a Diana? Por lo que he hablado con ella he sacado la impresión de que sí.
—¡Claro que sí! ¡Qué cortos sois los hombres para daros cuenta de eso...! Diana no tiene ojos más que para ti; los demás parece como si le diésemos miedo. Lo curioso es que a veces se comporta de forma normal; las horas que pasamos todos juntos ayer, después del rescate, la estuve observando.
Eso es lo que más me sorprende de ella; a veces parece una chica normal, un poco tonta de tan inocente, pero normal. Sin embargo, otras veces...
—La realidad es que, mientras no se demuestre lo contrario, Diana es una geóloga de Canadá y no estoy dispuesto a renunciar a ella por unas estúpidas sospechas que ni siquiera sois capaces de concretar.
—¿Y si un día sí se demuestra lo contrario; que no es una simple científica de la Tierra? Entonces... ¿renunciarías a ella?
Robert permaneció unos segundos en silencio, como temiendo la reacción de sus amigos a lo que iba a responder. Sin embargo, debía de ser sincero.
—Me da miedo lo que te voy a contestar. No sé lo que me pasa.
Yo nunca había creído en los flechazos. Pero la quiero más que a mí mismo. No hay nada por lo que yo pudiera renunciar a ella. Ni siquiera si se demostrase esa tontería que se te ha ocurrido.
—¿Y si se demostrara que ni tan siquiera es humana...?