Más fuerte que el destino CAPÍTULO IV #2
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CAPÍTULO IV #2

—Yo tengo una pequeña cabaña de madera junto a él. Con este trabajo estoy la mayor parte de mi vida en Nueva Ucrania, así que casi no utilizo mi casa de Los Ángeles. Además, la Tierra está tan superpoblada; me gusta esa colonia…

—Sí, Nueva Ucrania debe de ser un planeta hermoso… —respondió la chica de manera sorprendente, pues ella debiera de haber estado allí.

—El lago de Yerekan es un lugar paradisíaco para vivir. Es tan agradable que he llegado a pensar que un hombre no necesita nada más para ser feliz que un entorno bello y tranquilo como ese y estar en paz consigo mismo. Pero estos días he comprendido que sí necesita algo más —dijo Robert.

—¿Lo qué…? —preguntó la muchacha.

—La compañía de una mujer tan maravillosa como tú.

Diana volvió a ruborizarse. Robert continuó con aquellas indirectas que estaban comenzando a dejar de serlo.

—Pero no puede haber otra mujer tan maravillosa como tú. Solo tú convertirías ese lugar en el más hermoso del Universo.

La muchacha trató de desviar el cauce que estaba tomando la conversación:

—Y… ¿cómo es ese lago?

—Es precioso… Su agua es transparente como el cristal. Está rodeado de bellísimas montañas, llenas de vegetación; desde ellas numerosos riachuelos caen sobre el lago formando impresionantes cascadas. Sé que te gustaría mucho.

—Seguro… —opinó Diana, visiblemente nerviosa.

—¿Por qué no te coges unas vacaciones cuando volvamos a Nueva Ucrania? Tienes derecho legal a ellas.

—Sí… es verdad.

—Te vendrían muy bien después de lo que has pasado en Oldrán.

Me gustaría mucho que vinieses conmigo a pasar unos días en esa cabaña.

No creas que lo digo para tener una aventura; lo que ocurre es que estoy tan a gusto en tu compañía que quisiera conocerte mejor.

Además, sé que el lago te gustará; es verdaderamente precioso… ¿Qué te parece?

—Sería maravilloso, Robert. Te agradezco tu ofrecimiento; pero yo no puedo soñar con algo así.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Robert.

Diana de nuevo trató de eludir la respuesta:

—¿Quieres que te ponga mermelada?

—Sí, por favor… Pero, Diana… —Robert volvió a la carga—. ¿Es verdad que tú también estás a gusto conmigo?

—Para mí no hay nada más agradable que estar contigo; sin embargo…

—Sin embargo… ¿qué?

La muchacha fue incapaz de responder. Robert insistió:

—Pues, si los dos estamos a gusto el uno con el otro, yo creo que deberíamos buscar una forma de pasar más tiempos juntos, cuando esta misión termine. Hablar, conocernos mejor… ya me entiendes. La idea de pasar unos días en mi casa del lago no es tan mala… ¿no?

—No, al contrario… Te juro que no hay nada que me gustaría más. Pero, a veces, las cosas no resultan como nosotros quisiéramos. El destino puede ser muy cruel; la vida es triste…

—No, Diana… desde que te conozco la vida me parece preciosa. Hay que darle la oportunidad de no ser triste.

La muchacha miró por el ventanal de su camarote hacia el desolado paisaje de Oldrán.

—Para algunos la vida no es bonita… Es infinitamente triste; tanto como este maldito planeta. Oldrán es el lugar más triste del Universo —contestó ella, como invadida por una profunda y repentina melancolía.

—Sí, eso es cierto: este planeta es el más horrible que he visto nunca. Pero, para nosotros, eso no importa; cuando nos vayamos de aquí jamás volveremos a pisarlo.

—Sí… —admitió la chica con un extraño tono de voz.

—La verdad es que es un mundo espantoso —dijo Robert mirando a su vez por la cristalera del ventanal—. Nunca hubiese imaginado que pudiese existir un planeta tan lúgubre y tan muerto.

—¿Te imaginas que no fuese tan muerto como parece?

—preguntó Diana—. Si hubiese ahí fuera algo con vida inteligente…

¡qué triste tendría que ser su existencia!

¿Se podría decir que ese “algo” es malo por querer escapar de esas tinieblas; por huir en busca de la luz, de la vida…

? ¿Aunque tuviese que hacer cosas que no desea para conseguirlo?

—No, desde luego…

—¿Robert, tú comprenderías la actitud de ese ser imaginario?

—Sí… todos buscamos la felicidad; sería lógico tratar de huir de este infierno. Pero pensar en esa posibilidad es una tontería; me resulta imposible suponer que ahí fuera pudiese haber algo vivo. Además, se sabe que en Oldrán no hay ninguna forma de vida superior —respondió Robert.

—Ya, ya lo sé… solo era una suposición —puntualizó la muchacha.

—Tienes una imaginación extraña, Diana… Se te ocurren cosas muy tristes. A mí nunca se me hubiera pasado por la cabeza pensar en algo tan deprimente. Además, tu mirada, aunque sea preciosa, también refleja una profunda tristeza. Tengo la impresión de que tu vida no ha sido muy feliz. ¿Me equivoco…?

—No… estás en lo cierto. No puedes imaginar lo triste que ha sido —respondió Diana.

Robert acercó su mano a los sedosos cabellos de la muchacha y los acarició con infinita ternura.

—Diana… A partir de ahora puede ser muy distinta. Puede ser una vida maravillosa… y, tal vez, yo pudiera formar parte de ella y ayudarte a que fuese más dichosa… si tú quisieras.

—Robert… ¿por qué eres tan bueno?

—Diana, yo… yo te…

Estaba a punto de decir “te quiero” cuando la muchacha le interrumpió delicadamente:

—No… por favor. No lo digas. Es mejor dejarlo así…

—¿Por qué, Diana…?

—Tu voluntad es maravillosa y me conmueve profundamente…

—Pero… ¿a qué te refieres, Diana? Hablas de una manera tan misteriosa… Estoy confundido; deseo comprenderte, pero no consigo…

—No te preocupes: es natural que no me entiendas…

—Ayúdame… tienes algún problema. Deseo conocerte mejor; estar a tu lado, si puedo ayudarte…

—Te lo agradezco con toda mi alma. Pero te aseguro que no puedes ayudarme; ni yo puedo hacerlo. Desearía poder decirte más de lo que te he dicho… pero me es imposible… —respondió Diana.

—No será para tanto… todo tiene arreglo; insisto en que yo te puedo ayudar, si tú me dejas…

La chica cogió su mano con ternura, en señal de profundo agradecimiento, y le sonrió llena de cariño.

—Eres un optimista maravilloso. Pero te ruego que no insistas en saber más. Te aseguro que no me puedes ayudar, de verdad.

Pero Robert hizo oídos sordos a la recomendación de la muchacha.

—¿No habrá muerto alguien de tu familia? —le preguntó, desconcertado por su total pesimismo.

—No tengo familia —respondió ella—. Siempre he vivido sola.

—Eso también es muy triste. Yo perdí hace no mucho tiempo a mis padres y, además, era hijo único; así que ahora ya sé lo que es estar solo.

—Lo siento, Robert… de verdad.

Diana cogió su brazo, transmitiéndole una sensación de ternura y humanidad como ninguna otra mujer había hecho antes.

—Gracias, Diana… Pero yo, hasta ser adulto, sí he tenido familia. Estar siempre sola ha tenido que ser horrible para ti.

—Sí… lo ha sido. Una de tantas cosas horribles; pero, de verdad, no deseo aburrirte ni entristecerte con mis cosas…

—Tú nunca me podrás aburrir. Pero, Diana…

hay una cosa que no entiendo. Si siempre has vivido sola y estás acostumbrada a ello, ¿por qué ahora sigues tan triste?

Eres joven, hermosa y sana. Tienes una elevada educación y un trabajo prestigioso y bien pagado.

En apariencia, superando tu soledad, la vida no debería ser tan triste para ti.

—Hay otras cosas…

—Tal vez hay algún hombre al que amas y te ha abandonado… o no te corresponde. Perdona mi indiscreción —preguntó Robert, visiblemente preocupado por la posible respuesta.

—No, nunca he querido a ningún hombre. Al menos, hasta ahora…

—Diana… ¿Has dicho “hasta ahora”?

El rostro de Robert se iluminó.

—Sí… hasta ahora. Pero no debí haber dicho eso.

—¡Todo lo contrario! ¡Es lo mejor que he podido oírte!

—Por favor… Robert… te agradecería que dejases este tema, al menos por ahora. Es todo mucho más complicado de lo que tú puedas imaginar…

—De acuerdo, Diana. No te quiero presionar. Pero… ¿no te ha molestado…?

—Ninguna mujer a la que traten con el cariño y la delicadeza que tú has tenido conmigo, que no sea imbécil, se puede molestar por eso. Lo que ocurre es que tu forma de actuar me pone más difícil aceptar mi destino. Si nada en la vida me importa, me será más fácil hacerlo…

—Diana… lo que me cuesta tanto entenderte…

—Lo comprendo… pero solo puedo decirte que no puedo hablarte con más claridad. No debo ilusionarme con algo inalcanzable para mí. Si me dejo arrastrar por lo que siento, no solo me haré daño a mí misma, sino que también te lo haré a ti; y eso es algo que me dolería mucho más.

—¿Algún día me lo explicarás…?

—No lo sé, Robert… quisiera hacerlo, pero no sé si podré. Ni estoy segura de si me creerías si lo hago…

—¿Por qué no te iba a creer…?

—Por la sencilla razón de que es increíble…

—Inténtalo…

—No, por favor… perdona que insista, pero te ruego que no me presiones. Más importante que el hecho de que me creyeses o no es el daño que haría a muchos otros si te hablo de ello.

—Es tan extraño lo que dices…

—En este momento, estoy segura de que mi deber moral es no hablarte de ello. Habría muchos perjudicados si lo hago. Tal vez, si unas circunstancias que tú desconoces cambian, sí pueda decírtelo; incluso es posible que entonces deba hacerlo, pero, entretanto, te ruego que no insistas. Perdóname.

Robert la cogió de la mano con cariño.

—No tengo nada que perdonarte. Tú sabrás por qué actúas así. Solo quiero que sepas que siempre estaré a tu lado para ayudarte. Sea lo que sea eso que me ocultas, te aseguro que nunca más volverás a estar sola para enfrentarte a ese destino al que tanto temes.

—Eres maravilloso, Robert… pero puede que, si sabes toda la verdad sobre mí, no sigas pensando lo mismo. Tal vez, incluso, ni debas seguir pensándolo…

Robert apretó la delicada mano de la muchacha con fuerza.

—Diana, por favor… ¡Mírame a los ojos!

La chica obedeció.

—Ahora sabrás que digo la verdad… Te juro que nada ni nadie me harán cambiar lo que pienso. ¡Lo juro por Dios!

Diana se derrumbó sollozando.

—¿Por qué eres tan bueno? Quisiera que no lo fueses; quisiera no haberte conocido, porque sé que te voy a hacer daño. Y te juro que no quiero hacértelo.

—Diana, yo… yo te…