CAPÍTULO IV
LA REVELACIÓN
E l estridente sonido del despertador encastrado en la pared de su camarote sobresaltó a Robert. Apenas hacía dos horas que había conseguido dormir, ya que, durante casi toda la noche, no había logrado conciliar el sueño pensando en aquella mujer que le obsesionaba.
Pulsó, aún con pereza, el botón de apertura del ventanal de su camarote-dormitorio. La gruesa plancha metálica que se encontraba al otro lado de la cristalera irrompible se corrió a un lado con un suave zumbido, permitiendo la visión del desolado paisaje de Oldrán, ya amanecido.
Aquel día parecía haber más claridad en esa parte del planeta o, tal vez fuese que sus ojos se habían comenzado a acostumbrar a tan lúgubre paisaje. Apenas había terminado de despertarse cuando sintió que las ganas de volver a ver a Diana le apremiaban de forma irresistible.
Se quedó inmóvil, como pensativo… De pronto, su rostro se iluminó con una expresión victoriosa, como si hubiese tenido una idea brillante.
—Sí… eso es. ¡Es una buena excusa! La invitaré a desayunar conmigo. Es lo único medianamente romántico que se puede hacer dentro de una astronave embarrancada —pensó en voz alta.
Había que poner manos a la obra. Lo primero, arreglarse un poco. Se aseó en el pequeño lavabo de su camarote con un esmero que a él mismo sorprendió, pues habitualmente era bastante descuidado para su aspecto físico.
Ya preparado y apestando a aquella repelente colonia sintética, que era la única que había en la nave, se dirigió lleno de ilusión al camarote ocupado por la chica.
—Diana, ¿me quieres abrir, por favor? Soy Robert —solicitó por el pequeño teléfono exterior del camarote de la muchacha.
La chica tardó en contestar, como si dudase.
—Sí, Robert. Enseguida te abro. ¿Te importa esperar unos segundos?
—No, por supuesto…
—Ya me perdonarás, es que ahora mismo no te puedo abrir…
—Tranquila; no tengo prisa.
Sin embargo, aquellos segundos resultaron tener una duración de más de cinco minutos pero, al fin, la compuerta metálica se corrió a un lado y, tras ella, apareció Diana.
A Robert le pareció más bonita que nunca.
Ya la primera vez que la vio quedó fascinado por la dulce imagen de su rostro, a pesar de que éste sólo podía insinuarse tras la cristalera de su casco.
Luego, en la Keops, pudo recrearse mejor en su belleza cuando la muchacha se pudo quitar el casco de su escafandra; pero aun entonces conservaba puesto el resto de su traje espacial.
Ahora, sin esa escafandra que ocultaba sus delicadas formas femeninas, resultaba maravillosa.
En efecto, en esos momentos sólo estaba ataviada con un buzo de trabajo de Lisa, con el cual le venía varias tallas mayor de lo necesario.
Resultaba sumamente graciosa, pues Diana era bastante más pequeña que Lisa y daba una imagen completamente diferente de la de ella.
En efecto, Lisa no sólo era más alta y fuerte que Diana, sino que también tenía un carácter decidido, abierto y seguro de sí mismo del que la geóloga de la Piscis carecía por completo.
Diana, por el contrario, parecía una muñequita desvalida.
De estatura más bien baja, era delgada y frágil.
Pero lo más llamativo de ella era su exagerada timidez: siempre callada, todo parecía asustarle.
Las pocas veces que hablaba lo hacía con una increíble humildad y con una voz dulce y agradable que a Robert le volvia loco.
En realidad, todo en Diana traía de cabeza a Robert. Especialmente aquellos grandes ojos verdes, tan expresivos y bonitos que, sin embargo, tenían una mirada profundamente triste y desvalida, pero no por ello exenta de dulzura.
Esa mañana, los preciosos ojos de la muchacha aparecían enrojecidos. Robert observó este detalle y pensó que le podía servir para iniciar la conversación.
—Buenos días, Diana… ¿Qué tal has dormido?
—Muy bien, Robert… Necesitaba descansar; ayer estaba bastante aturdida —respondió la chica con una deliciosa sonrisa.
—¿Qué te pasa en los ojos? Parece como si hubieses estado toda la noche llorando…
Diana dio la sensación de no saber qué contestar.
—No… no es eso. He debido coger una conjuntivitis.
—Iré a cogerte un colirio al botiquín —se ofreció Robert solícito.
—No… no te molestes. Me ocurre con frecuencia y acostumbra a pasárseme solo.
—Vale… como tú quieras.
—De todas formas, te agradezco mucho tu interés. Desde que te conozco siempre eres tan amable conmigo…
—Eso no es nada… Diana… por cierto, había pensado… —Tragó saliva, como para que las palabras fluyesen con más facilidad de su garganta; pero fue inútil. Se dio cuenta de que estaba de nuevo empezando a hablar como un idiota.
La muchacha le miraba expectante y eso le ponía aún más nervioso.
—Ha… había pensado… que igual…
De nuevo se quedó con el cerebro en blanco. De buena gana se hubiese dado un cabezazo para autocastigarse por imbécil, pero ni aun así hubiera conseguido hablar con naturalidad.
—Dime, Robert… ¿qué habías pensado?
Con la ayuda de Diana, al fin, logró decir unas pocas palabras sin tartamudear:
—¿Que si te apetecería desayunar conmigo…? Ahora… si es compromiso, déjalo… Tal vez prefieras estar con tus compañeros.
—No… Me gustaría mucho desayunar contigo. Si tú quieres —contestó ella sonriendo.
La cara de Robert se iluminó. Si Lisa o Iridu le estuviesen viendo, sin duda tendrían sabrosos comentarios que hacer.
«Primera victoria; pequeña, pero importante» —pensó para sí mismo.
Animado con la respuesta de Diana, se atrevió a una nueva «audacia»:
—…y quizás mejor que… no sé… que ir al comedor de la nave y desayunar con todos…
—¿Sí…?
—Pues que yo podía… si tú quieres… traer algunas cosas aquí… a tu camarote… y así, pues, eso… desayunar tú y yo solos… ¿Qué te parece?
—¡Ah, muy bien! Es una buena idea —contestó la muchacha con la mayor naturalidad.
Nueva sonrisa de oreja a oreja y nuevo pensamiento para sí mismo:
«Segunda victoria en un minuto. Eres el amo».
Pero luego volvió a recapacitar, ya con menos optimismo:
«Si no fuera porque con ella hablas como un imbécil… claro».
En menos de cinco minutos allí estaba Robert con una enorme bandeja llena de aquel horrible sucedáneo de café, de aquella leche en polvo artificial, de sospechoso color gris, y de abundante mermelada y mantequilla o, mejor dicho, de sus sucedáneos…
En resumidas cuentas, un festín, máxime teniendo en consideración que se encontraban a años luz de cualquier colonia civilizada o de la propia Tierra.
—¿Qué te parezco de camarero?
—Eres maravilloso en todo… —contestó Diana convencida.
Quien verdaderamente estaba a punto de derretirse por esa respuesta era Robert; y no aquel sucedáneo de mantequilla, duro como una piedra, que afloraba entre las tazas de plástico.
Lanzado de nuevo por el comentario de la chica, se atrevió a decir:
—Tú sí que eres maravillosa… Eres tan agradable, tan dulce, tan bonita…
Diana se ruborizó como un tomate.
—No digas eso…
Robert ya estaba imparable:
—Me gusta mucho estar contigo. Si te he de decir la verdad, estaba deseando que llegara la mañana para verte.
—Robert… a mí también me gusta muchísimo estar contigo.
Eres tan considerado, tan comprensivo, tan amable…
y no lo digo solo porque me salvases cuando se me acabó el oxígeno.
¿Te das cuenta de que te debo la vida? Eso es algo que no se puede pagar con nada; nunca encontraré palabras para agradecértelo suficientemente.
—Mi mayor recompensa es verte ahora, tan maravillosa y tan llena de vida.
Tener la suerte de salvarte es lo mejor que me ha pasado en toda mi vida.
Sin ti, el Universo hubiera perdido su creación más preciosa.
No hay nada tan bonito como tú; en ningún planeta, en ningún lugar, ni en el pasado ni en el futuro.
No hay ni ha habido ni habrá nada más maravilloso.
Robert parecía haber tomado carrerilla para decir semejante piropo. Se sorprendió de su valor, pero, ya más pausado, temió haber ido demasiado deprisa.
Diana se puso increíblemente roja. Casi no tuvo fuerzas para decir:
—¿Te das cuenta de lo que has dicho? Un piropo así volvería loca a cualquier mujer.
—No es un piropo; es la pura verdad. Pero… ¿no te habrá molestado?
—No, por supuesto. ¿Cómo me voy a molestar por eso? Aunque sea una terrible exageración, es lo más bonito que he oído nunca. Me hace muy feliz que lo hayas dicho, pero… —pareció dudar— me da miedo que pienses eso de mí.
—¿Miedo…? ¿Por qué?
—Porque puedes tener una terrible decepción conmigo… Puede dolerte si un día sabes algo de mí… algo que no te puedo decir; y yo sufriría mucho si eso te hace daño. No te lo mereces, porque eres la mejor persona que pueda existir.
—Ya será para menos… —respondió Robert bastante azorado y tratando de bromear para relajarse—. Pero dime… ¿por qué has dicho que me puedes decepcionar? Estoy seguro de que eso es imposible.
Diana eludió abiertamente la pregunta con una tonta evasiva:
—Este café está muy rico.
Tal vez, de todas las cosas sorprendentes que la muchacha había dicho, y eran muchas, aquella era la más disparatada.
—¿Rico? ¡Es horrible! No he conocido jamás a nadie que le guste este líquido asqueroso.
Además… ¡ni se parece al verdadero café!
¿Cuánto tiempo hace que no pruebas un buen café, como el de las tabernas de Nueva Ucrania?
Y digo Nueva Ucrania porque hace más de dos años que no voy a la Tierra: ya he olvidado lo bueno que es allí…
Si Joao, que es brasileño, te oye decir que este café es bueno, te saca de la nave.
—Sí, tienes razón; hace mucho que no pruebo un café bueno. No he estado en la Tierra desde hace tiempo.
—Nueva Ucrania tampoco está mal… Es un planeta agradable para vivir.
—Tampoco suelo ir mucho allí…
—¿No sueles coger vacaciones?
—No…
—Es malo trabajar tanto. Me gustaría que conocieses el lago Yerekan, en Nueva Ucrania… ¿Has estado allí?
—No, nunca…