CAPÍTULO III
DIANA WILLIAMS
—B ueno… los daños no son muy graves. Con un poco de suerte podremos salir de este asqueroso planeta sin necesidad de que tengan que venir a sacarnos de él —comentó Robert viendo el informe de los desperfectos causados en la nave por el violento aterrizaje.
Habían pasado ya más de cinco horas desde el encuentro con los misteriosos ocupantes de la Piscis, los cuales habían sido traídos a bordo de la Keops haciendo dos viajes con el vehículo oruga auxiliar.
El segundo de los recorridos estuvo a punto de acabar en tragedia. En efecto, a falta de aproximadamente un kilómetro para llegar a la Keops, el oxígeno de los trajes espaciales de dos de los rescatados se agotó. Uno de ellos era la chica del grupo de la Piscis.
Resultaba, cuando menos, sorprendente que ninguno de ellos se hubiese preocupado del nivel de oxígeno dentro de sus escafandras.
En caso de que sus salvadores hubiesen tenido la más mínima sospecha de que este estuviese a punto de agotarse, hubieran acelerado al máximo las operaciones para volverlos a la Keops cuanto antes.
En lugar de ello, todos perdieron el tiempo conversando en la Piscis.
Los tripulantes de la nave accidentada se comportaron como si nunca antes hubiesen llevado colocado un traje espacial.
Lo más extraño fue que incluso pareció sorprenderles el hecho de que se estaban comenzando a ahogar; como si no supieran que el oxígeno de una escafandra es algo que necesariamente se acaba.
Robert recordaba particularmente cómo tuvo que recorrer los últimos metros que les separaban de la Keops compartiendo el oxígeno de su traje con aquella muchacha extraña y maravillosa.
Por suerte para ella, la escafandra de Robert era de las que van equipadas con una manguera auxiliar que permite insuflar aire a otro traje en situaciones de emergencia como aquella.
Aún podía recordar la íntima emoción que le había producido el hecho de que la chica solo hubiese acudido a él cuando comenzó a sentir que le faltaba el aire. Parecía como si no confiase en nadie más de la Keops. Es más, y esto era lo más extraño, aparentaba no confiar ni en sus propios compañeros.
No podía borrar la imagen angustiada de su delicada carita de porcelana, mirándole con aquellos preciosos ojos suplicantes a través de la cristalera de su casco espacial.
Aparentemente, la pobre chica no alcanzaba a comprender por qué se estaba comenzando a ahogar e, instintivamente, solo se le ocurrió solicitar el auxilio de Robert.
Este no podía olvidar aquella sonrisa y aquella mirada llenas de dulzura y agradecimiento cuando, ya dentro de la Keops, la muchacha comprendió que Robert le había salvado la vida.
—¡Eh! ¿Me escuchas? Te he preguntado tres veces y aún no te has enterado.
La voz de Louis le sacó de sus agradables recuerdos. La verdad, no podía negar que estaba materialmente soñando con los ojos abiertos. Se encontraba en la sala de mandos de la Keops con todos sus compañeros mirándole como si fuera idiota y completamente despistado de la conversación de los mismos.
—Pe… perdona. ¿Qué dices que me estabas preguntando? —dijo, como si no supiese ni dónde estaba.
—¿Qué te pasa? Estás atontado.
—No… nada. Es que tengo un sueño horrible —disimuló Robert—. Y dime, Louis… ¿qué me habías preguntado?
—Que si quieres que empecemos a arreglar el segundo retropropulsor de despegue o el estabilizador direccional.
—Hay que reparar las dos cosas… ¿no?
—Sí, claro. Si no, no podremos salir de aquí sin ayuda.
—Pues entonces da igual. Empezad por lo que queráis.
—No sé para qué pregunto nada…
—Por cierto, Louis… ¿cuánto tiempo calculas que nos costará poner a la nave a punto para despegar?
—Al menos dos días.
—¿Terrestres… claro? ¿No días de Oldrán…?
—No… hombre, terrestres, claro.
—¡Ah… bien! No está tan mal. Podemos aguantar mucho más que eso en este planeta. Tenemos oxígeno y comida para más de un mes, a pesar de tener cinco invitados —respondió Robert satisfecho.
—¡Qué bien! ¿Eh, Robert…? —exclamó Lisa con una tonadilla sospechosa.
—¿Pues…? —respondió Robert poniéndose a la defensiva, pues temía por dónde iba la pregunta de su amiga. No estaba equivocado…
—Pues porque así podrás pasar más tiempo junto a esa chica por la que se te cae la baba —replicó Lisa sarcástica.
—¿Chica…? ¿Qué chica…? ¿No dirás por esa de la Piscis… verdad? —trató inútilmente de disimular.
—No te hagas el tonto; eres un desastre mintiendo. No hay más que ver la cara de bobo que pones cuando la miras —sentenció Lisa, con evidentes ganas de tomar el pelo a su mejor amigo.
—¡Bah! No digas tonterías; parece que estás celosa.
—¡Será creído…! ¡Qué más quisieras tú! —contraatacó la ayudante de vuelo.
—¡Hasta se ha afeitado! —intervino Iridu, que no perdía ocasión de meterse con su mejor amigo—. ¿Os habíais dado cuenta de que desde que salimos no lo había hecho?
—¡Estáis insufribles…! Últimamente no sabéis más que decir majaderías —se defendió Robert.
—Con el lastre de sus babas cuando la mira no vamos a poder despegar —volvió a la carga el cheviano.
—¡Cotilla de lagarto! ¡Qué cruz tengo con vosotros!
—Sí, en realidad, le encanta que le tomemos el pelo con ella. ¡Mirad qué cara de enamorado pone!
—¡Un momento! ¡Callaos un poco! —pidió Joao, interrumpiendo la intrascendente conversación—. Estamos recibiendo un mensaje audiovisual de la base de Nueva Ucrania.
—De acuerdo, Joao. Pásalo a los altavoces y a la pantalla.
“ATENCIÓN, KEOPS. ATENCIÓN, KEOPS.
AQUÍ BASE GRUPO DELTA EN NUEVA UCRANIA.
MANTENERNOS INFORMADOS DE LA MARCHA DE LAS REPARACIONES DE LAS AVERÍAS CAUSADAS DURANTE EL ATERRIZAJE, DE LAS CUALES NOS INFORMASTEIS EN VUESTRO PRIMER MENSAJE.
NO OS ARRIESGUÉIS A DESPEGAR SI AÚN PERSISTE EL MÁS MÍNIMO RIESGO. HACEDLO SOLO SI LA NAVE QUEDA EN PERFECTAS CONDICIONES.
INSISTIMOS: SI NO HABÉIS CONSEGUIDO ARREGLAR TODOS LOS SISTEMAS DE NAVEGACIÓN ANTES DE ABANDONAR EL PLANETA, NO LO INTENTÉIS.
EN CINCO O SEIS DÍAS PODREMOS MANDAR OTRA NAVE PARA SACAROS DE ALLÍ A VOSOTROS Y A LOS DE LA PISCIS.
RESPECTO A ESTOS ÚLTIMOS, YA HEMOS INFORMADO A SUS FAMILIARES DE QUE ESTÁN VIVOS Y EN PERFECTO ESTADO GRACIAS A VOSOTROS. NOS PIDEN QUE OS TRANSMITAMOS SU MÁS SINCERO AGRADECIMIENTO.
NO COMPRENDEMOS VUESTRA SOLICITUD DE QUE OS ENVIEMOS TELEFICHAS CON LOS DATOS PERSONALES Y LAS FOTOGRAFÍAS DE LOS TRIPULANTES DE LA PISCIS. SIN EMBARGO, VOSOTROS SAbrÉIS PARA QUÉ LAS NECESITÁIS. AL FINAL DE ESTE MENSAJE IRÉIS RECIBIENDO LAS IMÁGENES Y FICHAS SObrEIMPRESAS DE TODOS ELLOS.
MANTENERNOS INFORMADOS. HABÉIS HECHO UN BUEN TRABAJO. FELICITACIONES DEL RESTO DEL GRUPO DE RESCATE.
EL COORDINADOR GENERAL DE ZONA HA PROMETIDO UNA SEMANA EXTRA DE VACACIONES PAGADAS PARA TODOS VOSOTROS.
ENHORABUENA. FIN DEL MENSAJE.
PASAMOS AHORA A TRANSMITIR LOS DATOS SOLICITADOS DE LOS TRIPULANTES DE LA PISCIS…”
Una a una fueron apareciendo en la pantalla de la Keops las imágenes de los navegantes de la Piscis y, sobreimpresos, sus datos personales más importantes: lugar de nacimiento, edad, profesión…
Los protagonistas de la emisión, misteriosamente encerrados en los camarotes-dormitorio de la nave, eran ajenos a cuanto se hablaba de ellos.
Desde que fueron traídos a la Keops se habían recluido en sus camarotes sin aparecer por la sala de mandos y sin apenas hablar con sus salvadores, por lo cual ignoraban las extrañas sospechas que circulaban respecto a ellos.
—No cabe duda de que son ellos; son absolutamente idénticos —afirmó Iridu, al ver que las fotografías que iban apareciendo coincidían plenamente con los rostros de las personas rescatadas dentro de la Piscis.
—Ya os decía yo que imaginabais cosas absurdas —le apoyó Robert, feliz con el hecho de que aquella emisión borrase sus sospechas.
—Es posible… pero no me fío de ellos. ¿Por qué actúan de esa forma y dicen esas cosas tan extrañas? —replicó Lisa.
—Puede ser cierto que el accidente les haya afectado a la cabeza —opinó Robert, tratando ante todo de convencerse a sí mismo, ya que deseaba ardientemente que Diana fuese de verdad lo que decía ser, una geóloga de Montreal, y que no tuviese nada que ocultar.
Sin embargo, en su fuero interno reconocía que aquella maravillosa mujer que tan obnubilado le tenía aparentaba esconder un extraño secreto.
La coincidencia de las fichas había comenzado a disipar sus dudas.
Sin embargo, su intuición le hacía sospechar algo anormal…
Por fin, apareció en la pantalla la ficha de Diana, la última de todas.
Al igual que con los otros cuatro tripulantes de la Piscis, la imagen coincidía plenamente con el aspecto de la mujer rescatada en la astronave accidentada. Los comentarios jocosos no se hicieron esperar…
—¡Qué joven es! Robert sabe elegir bien; y eso que parecía pasar de la mayoría de las mujeres…
—No… si, aunque parezca, no es tonto —no pudo evitar Iridu una de las suyas.
—Además es soltera… ¿estarás contento? ¡Enhorabuena!
—Ya me lo había dicho ella en el vehículo oruga antes del accidente del oxígeno —replicó Robert, ya cansado de tanta tomadura de pelo.
—¿Será posible que hayas sido tan pardillo de preguntarle si está casada nada más conocerla? —se burló Lisa.
—De algo tenía que hablar…
—Ya, ya…
—Bueno… dejad de decir más idioteces.
—Ea, ea, ea… nuestro comandante se cabrea…
—¡Iros al cuerno! Por mí podéis seguir diciendo majaderías; no os pienso hacer ningún caso.
Realmente, Robert estaba más interesado por los datos que aparecían en la pantalla que por las bromas de sus amigos. Según su ficha, Diana parecía haber dicho la verdad:
Diana Williams, soltera, 25 años, licenciada en Geología Planetaria por la Universidad de Otawa. Nacida en Montreal II, la nueva ciudad reconstruida en el 2421 sobre las ruinas de la antigua Montreal, arrasada tras el accidente de la central nuclear de fusión de Hellsen-Park.
Pero… si realmente era norteamericana, ¿por qué había dicho aquella tontería del “sistema solar norteamericano”?
«En fin —pensó para sí de nuevo—, con el día tan ajetreado que llevo y el sueño que tengo, será mejor que me vaya a la cama y deje de hacer conjeturas inútiles».
Robert se levantó de su asiento y, dirigiéndose a los demás, les dijo simplemente:
—Bueno… pelmazos. Me voy a dormir; así podréis cotillear con más tranquilidad.
—Vale, Romeo… Que descanses.
—Igualmente.
—Nosotros iremos a la cama dentro de unos minutos, después de reírnos un rato de ti —dijo Iridu, erigiéndose en portavoz del grupo.
Robert hizo con la mano un característico gesto de pasar de ellos y se dirigió a su camarote.
«Mañana será otro día y, tal vez, esta noche tenga ocasión de poner en claro mis ideas sobre Diana» —pensó para sí.
Esa noche… ¡aquello sí era una verdadera noche!
Realmente, en Oldrán había muy poca diferencia entre la noche y el día. Durante la jornada diurna, una mínima claridad atravesaba aquellas increíblemente densas nubes. Muchas noches de luna llena en la Tierra eran más claras que aquel tenebroso día.
Pero la noche de Oldrán aún era más siniestra.
Era la oscuridad total; la sensación de estar en el lugar más solitario e infernal del Universo.
Una impresión de absoluto aislamiento, solo perturbada por aquel viento aterrador que, más que soplar, aullaba y cuya fuerza era tal que, en ocasiones, llegaba a zarandear las muchas toneladas de metal de la Keops.
Desde luego, aquel no era un ambiente muy acogedor para dormir tranquilo. Además, el tema de las horas de sueño resultaba mucho más problemático para un astronauta que para un tranquilo habitante de la Tierra.
En efecto, en el vacío del espacio no había noches ni días y, en la mayoría de los planetas, su duración era muy diferente a la de la Tierra, debido a su diverso tiempo de rotación. Eso, concretamente, ocurría también en Oldrán.
Los organismos de los tripulantes de la Keops, como los de los viajeros de cualquier otra astronave, se habían acostumbrado a dosificar sus horas de sueño y vigilia guiándose únicamente por el reloj de la nave, artificialmente dividido según las 24 horas terrestres.
Sea como fuese, a Robert ya le empezaba a vencer el sueño. O, tal vez, solo desease meterse en la cama para soñar en su soledad con Diana.
Jamás había sentido tanta ilusión por algo. Tenía miedo de sus extraños presentimientos y, sin embargo, era el hombre más feliz del Universo…