CAPÍTULO II #5
—¡¿Has dicho en el sistema solar de Norteamérica?!
La reacción de Robert sorprendió a la muchacha, que se quedó paralizada, sin saber qué decir.
—No… yo no me refería a eso. Yo… yo quería decir…
Aparentaba tratar de averiguar rápidamente cuál era su error; como si quisiese rebuscar en su cerebro entre conocimientos que no utilizaba con frecuencia.
De pronto, pareció encontrar la respuesta.
—Claro… me refería a la región de Norteamérica. ¡Cómo he podido decir “sistema solar de Norteamérica”! Qué tontería… ¿verdad?
Robert se sintió incapaz de responderle.
De nuevo, se sintió asaltado por todas las fantasías que había estado elucubrando con Lisa e Iridu.
En efecto, sería muy raro que una persona nacida en un planeta colonizado por humanos no supiese que Norteamérica no es un sistema estelar, sino una región de la Tierra.
Más raro aún que fuese tan inculta siendo una científica de la Liga; pero lo que ya era increíble, de puro demencial, es que aquella chica que decía no ser humana colonial, sino nacida en la Tierra, y por más señas en la mismísima Norteamérica, hablase de esta región como si se tratase de un sistema solar.
Era inconcebible que tuviese que pensar, como si tratase de acordarse de algo difícil, para darse cuenta de lo que era realmente la Tierra en la que decía haber nacido.
La muchacha estaba visiblemente nerviosa; casi aterrorizada. Había comprendido su error y la extrañeza que este había causado en su interlocutor, y eso parecía asustarla mucho.
Por fin, consiguió romper a hablar. Su dulce voz sonó dramáticamente suplicante:
—Por favor… por favor… no me hagas caso. Este accidente me ha dejado aturdida… No me daba cuenta de lo que estaba hablando. No sé qué decirte…
Te ruego que te olvides de lo que he dicho y, sobre todo, que no se lo cuentes a los demás. Por lo que más quieras… ¡te lo suplico!
Aquellos preciosos ojos verdes, inexplicablemente llenos de lágrimas, miraban suplicantes a su interlocutor a través de la cristalera del casco de la muchacha.
La sinceridad de aquella mirada conmovió a Robert. Sin duda, ella temía algo terrible si él hablaba de su extraño comportamiento; y Robert no estaba dispuesto, por nada del mundo, a hacerle daño.
Por primera vez no sentía miedo, ni siquiera precaución, ante uno de los misteriosos viajeros de la Piscis. Por el contrario, sólo experimentaba un sentimiento de infinita protección ante aquella muchacha de aspecto desvalido.
Sin duda, ocultaba algo; como el resto de sus compañeros de vuelo o, al menos, aparentaba ocultarlo.
Pero ella era diferente de los demás de la Piscis.
«Es demasiado inocente para ser peligrosa y demasiado maravillosa para no ser buena» —pensó Robert para sí mismo, conforme se daba cuenta de que en toda su vida no había opinado nada semejante respecto a otra mujer; máxime, sin conocerla de nada.
Comprendía que, en buena lógica, era un razonamiento absurdo. No era más que una simple intuición, un dejarse arrastrar por un sentimiento repentino y maravilloso.
Sin embargo, la lógica le daba igual; en toda su vida le había importado tan poco. Por primera vez en su existencia estaba sintiendo algo más fuerte que la razón y… ¡era tan fascinante dejarse arrastrar por ese impulso!
Estaba completamente seguro de que no debía temer nada de aquella muchacha. Por el contrario, un extraño presentimiento le hacía suponer que iba a ser alguien que necesitase su ayuda.
—Tranquilízate, por favor… No tengas miedo de mí —le dijo con ternura—. No diré nada de esto a los demás, si es eso lo que te preocupa. No desconfíes de mí. Yo nunca sería capaz de hacerte daño. Aunque, la verdad, no sé por qué digo estas cosas, ni por qué pareces tener miedo de todos nosotros.
—Te lo agradezco de verdad. Es mucho más importante para mí de lo que te puedas imaginar… sobre todo necesitaba hablar con alguien que me tranquilizase; porque estoy muy nerviosa. No sabes cuánto agradezco tu comprensión y tus palabras.
—Puedes contar conmigo para cualquier problema que tengas. De momento, cálmate. Vamos a ir todos a la Keops; allí podremos hablar con tranquilidad y sin usar estos incómodos interfonos. ¿De acuerdo…?
—De acuerdo. Pero… por favor, no te separes de mí. ¿Te importa que vaya contigo?
—Por supuesto que no. Pero no tienes por qué tener miedo de los demás.
—Ya sé… —respondió la chica, poco convencida.
—Por cierto… ¿te das cuenta de que no nos hemos presentado aún?
—Tienes razón… Me llamo Diana Williams.
—Y yo Robert, Robert Hackman, de Los Ángeles, Confederación Norteamericana.
¿Te das cuenta de que somos del mismo país?
—preguntó, más que nada para ver si la chica sabía la historia de su presunto lugar de nacimiento, pues los antiguos Estados Unidos y Canadá se habían fusionado en el 2087, hacía ya más de mil años.
—Sí, es verdad; somos del mismo país —dijo la chica aparentando seguridad.
Pero Robert tenía la sospecha de que hubiese dicho lo mismo si él afirmaba haber nacido en África.
—Bueno… Diana, ¡vamos a la Keops! —propuso Robert, tratando de olvidarse de sus pensamientos.