CAPÍTULO II #4
—No… si no me enfado. Es que esto me pone muy nerviosa —contestó Lisa, que pronto volvió a sus elucubraciones—. ¿Os imagináis que no sean humanos, que sólo lo parezcan…? Eso sí que podría explicar su extraño comportamiento.
—¿Que sólo lo parezcan…? Eso es imposible —opinó Iridu.
—¿Quién sabe? El universo puede encerrar muchos secretos que aún desconocemos —replicó Lisa.
El cheviano no pareció muy convencido.
—No sé… yo creo que te estás dejando arrastrar demasiado por tus fantasías. Eso parece ciencia ficción…
—Hace mil años se hubiese considerado ciencia ficción hablar de algo tan sencillo como lo que hacemos nosotros —respondió la muchacha.
—Sí… pero aun así me parece una posibilidad demasiado fantástica —contestó el cheviano.
—Iridu tiene razón —intervino Robert—. Esa idea es una bofetada a la ciencia…
—A la ciencia como la conocemos nosotros —le interrumpió Lisa—. La realidad puede ser mucho más compleja.
—Está bien; tú ganas… Aunque me parece absurdo, hay una manera de que salgas de dudas y te convenzas de que los de la Piscis son gente corriente. Raros, pero corrientes…
—Humanos, al fin y al cabo… —Iridu no pudo evitar uno de sus típicos comentarios—. ¿Ya hay alguno de vosotros que no sea raro?
—¿Robert, a qué te refieres con que hay una forma de estar seguros de quiénes son? —preguntó Lisa.
—Es fácil… Cuando volvamos a la Keops con ellos, solicita de Nueva Ucrania una video-transmisión de las fichas de identidad de todos los tripulantes de la Piscis en su última misión.
Tendremos todas sus fotografías y todos sus datos personales; si ves que sus caras y sus nombres coinciden… ¿te olvidarás de tus fantasías?
—Sí, es una buena idea.
—Es que soy un genio… ¿aún no te habías dado cuenta? —dijo Robert bromeando.
—No… si una o dos veces al año ya piensa… —apuntó Iridu.
—Bien… dejad de decir majaderías y volvamos con los demás. Si no lo hacemos, va a parecerles raro que sigamos hablando por el canal privado —interrumpió Lisa.
—¿Te parece que aquí alguna cosa pudiera parecer rara…?
—Hombre… la verdad es que no. Pero de todas formas, vamos con los demás.
—De acuerdo.
Robert, Lisa e Iridu, además de hablar por el canal privado, se habían distanciado algo de sus compañeros de la Keops y del grupo de la Piscis.
Cuando volvieron junto a ellos, Joao, Kurt y Elías se encontraban ya conversando con los ocupantes de la nave accidentada, los cuales habían comenzado a actuar con más naturalidad y hablaban con relativa soltura.
Sin embargo, sólo eran tres los tripulantes de la Piscis que participaban en la conversación. Los otros dos se habían retrasado de sus compañeros desde que Igor comenzara a hablar con Robert y, en esos momentos, se mantenían bastante alejados de los demás, en el otro extremo de la sala.
Curiosamente, parecían recelar de sus salvadores. Incluso daban la sensación de asustarse de sus propios compañeros de la Piscis. Situados en el rincón menos iluminado de toda la sala de mandos de la nave accidentada, era imposible ver sus caras.
En efecto, las tenues luces de emergencia casi no permitían ni siquiera observar los rostros de sus otros tres compañeros, a pesar de que estos se encontraban hablando junto a sus salvadores.
Con los reflejos causados en las cristaleras de sus cascos por la débil luz reinante apenas se podían distinguir sus rasgos faciales.
Robert estaba deseando volver a la Keops con ellos y ver sus caras cuando, al fin, se pudiesen quitar esas escafandras que los aislaban de la tóxica atmósfera de Oldrán.
Si Iridu estaba en lo cierto, uno de los dos que se ocultaban debía de ser una mujer, ya que, aunque a todos se les viese mal, lo que sí estaba claro es que los tres menos “tímidos” eran hombres.
La curiosidad llevó a Robert a acercarse a la pareja huidiza.
Andando torpemente dentro de su aparatoso traje espacial, se dirigió hacia ellos.
Cuando se encontraba a tan solo tres o cuatro pasos de los mismos, una de las dos figuras se dio la vuelta y se alejó un par de metros, hasta quedar de espaldas, mirando a una pared.
Robert se detuvo junto al que no se había movido. Era un hombre joven.
—Hola, soy Robert Hackman, comandante de la Keops.
—Me… me alegro de verle. Soy Alan… meteorólogo planetario de… de la Piscis —respondió el misterioso interlocutor con un hilo de voz.
Inexplicablemente, la presencia de Robert le aterrorizaba hasta el punto de hacerle tartamudear.
—Disculpa que no me haya enterado antes de tu nombre; cuando vuestro comandante os presentó a todos, estaba ajustando mi interfono y no le escuché —se excusó Robert.
—Po… por favor. No tiene importancia.
—Oye… ¿por qué tu compañero me rehúye?
—No es compañero… es una mujer.
—Ah… ¿sí? —Robert se hizo el despistado, aunque ya lo suponía.
—Sí… ella es de la Tierra. Yo nací en la colonia de Nueva Australia, en el sistema solar de Casiopea.
—Ya… —a Robert parecía interesarle muy poco el origen de su tímido interlocutor; en cambio, le sorprendía la actitud de aquella misteriosa mujer cuyo rostro aún no había conseguido ver—.
Y… volviendo a tu compañera, ¿por qué se oculta de mí?
No soy un sátiro que vaya atacando a todas las chicas que ve; y menos si están dentro de un traje espacial —dijo sarcástico.
—No sé… tal vez esté nerviosa. Todos estamos muy aturdidos desde el aterrizaje.
—Aturdidos… ¡no sabéis decir otra palabra! Parece como si la tuvieseis ensayada.
—¿A qué se refiere…? —su voz reflejó un temor aún mayor.
—A nada. No me hagas caso…
Robert se decidió a olvidarse de su timorato interlocutor y se dirigió decididamente hacia la figura que se encontraba alejada y de espaldas, aparentemente para ocultar su cara.
—¡Hola! —le dijo simplemente, ya que no podía hacer otra cosa, pues la chica seguía sin volverse hacia él.
El saludo la obligó a girarse hacia Robert.
La posición que ocupaba impedía que las luces de emergencia se reflejasen en la cristalera de su casco y eso permitió al comandante de la Keops ver su rostro con pleno detalle.
Efectivamente, se trataba de una mujer; pero no de una mujer cualquiera…
A Robert le pareció la chica más hermosa que había visto en toda su vida. No porque realmente se tratase de una belleza clásica, despampanante, de una total perfección, sino porque su rostro era maravillosamente diferente a cuantos había llegado a ver con anterioridad.
Era muy joven, de unos veinte o veinticinco años. Su sedoso pelo, de color castaño oscuro, formaba una media melena ondulada alrededor del rostro más dulce y delicado que Robert hubiese podido jamás imaginar que existiera realmente.
Para el comandante de la Keops aquella visión parecía salida de un sueño, de un cuento de hadas. Él nunca había sido muy propenso a dejarse impresionar por una mujer, pero esa vez no podía creer que lo que tenía delante de sí fuese algo real.
Más que guapa, era extraordinariamente expresiva. Su piel, de tan delicada, parecía porcelana y su rostro reflejaba una infinita dulzura y feminidad.
Pero lo que a Robert se le antojaba más fascinante eran aquellos preciosos ojos, grandes y verdes, que le miraban asustados.
Le sorprendió que, aunque su mirada fuera deliciosa, reflejase una profunda tristeza.
—Ho… hola —repitió Robert, casi sin voz, obnubilado por aquella muchacha que aún no había abierto la boca.
La chica parecía tener miedo a contestar. Al fin, se decidió por la respuesta más simple:
—Hola.
Aquella voz, aun recibida con cierta distorsión a través del interfono, se le antojó a Robert infinitamente dulce y femenina.
Después de responder al saludo, la muchacha enmudeció de nuevo y bajó discretamente la cabeza, moviendo su aparatoso casco espacial.
Robert se sintió subyugado por el delicado declinar de las larguísimas pestañas de la chica cuando ésta bajó su mirada con un gesto de deliciosa timidez.
—Bueno… ejem… ejem… —aquella tosecilla nerviosa delató lo extraordinariamente incómodo que se sentía Robert al no saber cómo iniciar una conversación.
La chica, por su parte, no se lo ponía nada fácil con su silencio y él, con la mente en blanco de puro nervioso, era incapaz de arrancar a hablar.
Sólo podía recrearse en lo preciosa que ella le parecía.
Por fin, haciendo un esfuerzo que se le antojó heroico, consiguió reanudar la conversación.
—¿Eres de la Tierra o de colonias? —le preguntó con el débil hilo de voz que aún llegaba a su garganta. Realmente, conocía la respuesta, pero no encontró otro tema para romper aquel monolítico silencio.
—De la Tierra.
La parquedad de palabras de la chica le estaba poniendo a Robert las cosas cada vez más difíciles.
Justo había conseguido retomar el hilo de la conversación cuando de nuevo se le acababan los temas de qué hablar.
Se dio cuenta de que tenía que pensar deprisa lo que iba a decir, pues, en caso contrario, estaba condenado a volver a quedarse callado como un idiota.
Pero, acaso… ¿no se estaba ya comportando como un imbécil? —pensó para sí y no pudo evitar darse una respuesta afirmativa.
En cualquier caso, no lo podía evitar. El nudo que tenía en la garganta era más fuerte que su voluntad.
—¡Tengo que pensar deprisa! —se repetía una y otra vez.
Pero era inútil…
No tuvo más remedio que recurrir a lo más fácil: insistir sobre el mismo tema.
—¿Así que de la Tierra…? Ya… ¿y de qué parte?
La muchacha pareció dudar.
—De Montreal, Canadá.
Respondió vacilante, como si se encontrase en un examen de estudios.
—Ya me parecía a mí —respondió Robert, ya algo más relajado—. He notado que hablas el esperanto con acento inglés, más bien norteamericano.
La chica le miró con una expresión extraña, como si no comprendiera de qué hablaba y, sin embargo, debiese aparentar que sí le entendía. Como si buscara en su cerebro los datos para seguir aquella conversación.
Tal vez porque pensó que no era normal continuar callada, se decidió a responder a Robert. Y ese fue su primer error…
—Sí… —sonrió forzada—. Tienes razón; en el sistema solar de Norteamérica tenemos un acento particular.
Los ojos de Robert se abrieron como platos.