CAPÍTULO II #3
De nuevo sintió un profundo recelo. Tratando de ocultar sus temores, sacó fuerzas para hablar con naturalidad:
—Casi nos matamos por venir a salvaros; si no hubiésemos llegado a tiempo para sacaros de este agujero ibais a palmar sin remedio y no se os ocurre nada más que darnos… ¡saludos! Hombre… ¡eso no es normal! —exclamó Robert en su poco académico argot.
—Disculpad. Es que estamos un poco aturdidos.
Robert pensó para sí que aquellas eran, cuando menos, las primeras palabras relativamente normales que había pronunciado su misterioso interlocutor.
Sí… tal vez eso pudiera explicarlo todo.
Resultaba creíble que aquel extraño comportamiento fuese sencillamente fruto del aturdimiento ocasionado en los tripulantes de la Piscis por la dura experiencia que habían tenido que sufrir.
Quizás se había dejado llevar demasiado por las fantasías y temores que le había contagiado Lisa.
Porque… ¿a qué tener miedo? ¿Quiénes iban a ser, sino los científicos de la Piscis?
—Soy un imbécil —no pudo evitar pensar en voz alta.
—Perdón… ¿cómo ha dicho?
—No… nada —contestó, dándose cuenta de que quien empezaba en esos momentos a comportarse de manera extraña era él.
El sonido de la voz de sus compañeros, recibido a través de su interfono, le sacó de sus insólitas elucubraciones:
—Robert… ¿qué pasa? Lleváis tiempo sin comunicar nada. ¿Habéis encontrado algo? —el tono de Lisa denotaba una evidente inquietud.
—¡Entrad! Todo va bien… ¡están vivos! —respondió Robert con entusiasmo.
Una jerga ininteligible de gritos de alegría pudo escucharse a través del interfono.
Uno a uno, los compañeros de Robert y Elías se fueron precipitando con decisión por el agujero abierto en el casco de la Piscis.
En pocos segundos llegaron a donde estaban los demás y abrazaron efusivamente a sus rescatados, los cuales, de nuevo, se mostraron sorprendentemente asustados ante sus salvadores.
Si no fuera porque, evidentemente, eran humanos, aparentaban no haber visto en su vida a otro ser humano como ellos.
De los cinco, sólo uno se había dignado a abrir la boca hasta el momento. Fue él, de nuevo, el único en decidirse a iniciar una conversación:
—¿De dónde venís? —preguntó vacilante, con un marcado acento ruso.
Todos se miraron sorprendidos.
—¿De dónde vamos a venir…? De la base de Nueva Ucrania. Ya sabéis que el tema de los salvamentos en este sector de la Galaxia está atendido por el grupo de rescate Delta, con base en Nueva Ucrania. Lo sabíais… ¿no?
—Pues… francamente no.
—No es posible que no hayáis oído nunca hablar de nosotros. Siempre estamos sacando de apuros a los pardillos que, como vosotros, se meten en líos y no saben salir solos de ellos —dijo Joao bromeando.
—Sí… en realidad sí teníamos referencias de vuestra actividad.
Lo que ocurre es que, como os decíamos antes, estamos aún aturdidos por el terrible aterrizaje que tuvimos que hacer y por eso se nos olvidan algunas cosas…
—se justificó el único orador del grupo de la Piscis—.
Por cierto, no me he presentado… me llamo Igor y soy el comandante de esta nave.
Se produjo el típico cruce de saludos y el ruso volvió a tomar la palabra, mientras sus compañeros mantenían un sorprendente mutismo.
—Por cierto… vosotros no sois todos iguales… ¿verdad?
—¿Iguales…? ¿A qué te refieres? —preguntó Robert extrañado.
—De la misma raza. Del mismo planeta…
—No… ya ves que no —respondió Robert sin salir de su asombro, pues la pregunta era realmente estúpida—. Como puedes ver, somos cinco humanos, de la Tierra o coloniales, un replicante genético humano, también de la Tierra, un androide y un cheviano.
—¿Un cheviano…? ¿Él…? —preguntó el ruso señalando con su mano enguantada al sorprendido Iridu, el cual miraba incrédulo, con sus grandes ojos saltones, a aquel hombre que hacía preguntas tan absurdas.
—Los humanos acostumbráis a decir muchas tonterías, pero este se pasa… —no pudo evitar el comentario sarcástico.
—¿Es que no habéis visto nunca a un cheviano? —preguntó Lisa, también sorprendida—. Es imposible; la Liga está llena de ellos. ¿Nunca habéis trabajado con alguno?
—Sí… por supuesto. Es que dentro del traje espacial no se le distingue muy bien…
—¡Cómo no se le va a distinguir! Su escafandra es de menor tamaño porque es más pequeñajo que nosotros —dijo Robert para picar a su íntimo amigo, con el que siempre estaba bromeando—. Además, ese cabezón verdoso se ve perfectamente tras la cristalera del casco…
—Si la envidia fuera tiña… —respondió el cheviano siguiendo la broma.
—Y él… —dijo el comandante de la Piscis señalando a Elías—. Se mueve, pero siento que no está vivo…
Nueva sorpresa general.
—Claro… es un androide. ¿O es que tampoco habíais visto un robot?
—Sí… muchos. Es que no se le ve bien con estas luces de emergencia… no estaba seguro de si era un androide o no; por eso lo he preguntado —se justificó nuevamente Igor.
—Haces unas preguntas muy raras —afirmó Joao—. ¿Os encontráis mal? ¿Por qué tus compañeros no dicen nada?
—Están cansados; ya os he dicho a vuestro líder que estamos aún muy aturdidos…
—¿A nuestro líder…? ¿A éste…? —preguntó Lisa burlona, señalando a Robert.
—Sí… ¿No es acaso vuestro líder? Cuando se ha presentado lo ha hecho como el comandante de vuestra nave.
—Hombre, en la vida me habían llamado así —intervino Robert por alusiones—. Gano algo más dinero que los demás de la Keops…
—Perdona… ¡mucho más! —le cortó Joao bromista.
—No tanto… En fin, como decía, gano algo más que ellos y me llevo todas las broncas del coordinador de zona si algo sale mal, pero de ahí a ser su líder…
—Era una manera de hablar —dijo Igor, que no cesaba de justificarse.
—Ya…
Lisa, que se encontraba un poco apartada, se acercó a Robert y a Iridu y les hizo señas para que pusieran el canal privado en sus interfonos. Ambos obedecieron en silencio.
—Aquí pasa algo raro —aseguró la muchacha una vez que estaba segura de que sólo podía ser escuchada por sus amigos—.
Esta gente no es normal. No solo parecen no haber visto nunca a un androide ni a un cheviano, aunque luego el ruso trate de disimular, sino, lo que es peor, tampoco parecen haber visto antes a humanos como ellos.
—Sí… es cierto —apoyó Iridu.
Lisa continuó manifestando sus sospechas:
—No comunican con nosotros cuando llegamos, ni responden a nuestros mensajes, no nos abren la compuerta de la nave y, por no hacer nada normal, ni siquiera encienden los focos externos de la Piscis.
—Puede ser que tengan su radio averiada —opinó Robert, tratando de encontrar una explicación a tan extraño comportamiento.
—De eso nada… Mientras hablabais he comprobado en unos segundos que funciona —replicó Lisa.
—Señor… ¡qué eficaz!
—Gracias.
—La verdad hay que decirla…
—Pero no solo es eso —continuó con su exposición la ayudante de vuelo, ignorando los piropos de Robert—.
Cuando os vieron a Elías y a ti actuaron de manera sorprendente; igual que con los demás cuando entramos.
Preguntan si venimos de más de un planeta como si eso les pareciese raro y, cuando ese ruso se da cuenta de que sus palabras nos sorprenden, hace lo posible por disimular.
—No sé, pero aquí hay gato encerrado. ¿No os parece…?
—Realmente no actúan de forma normal. Pero eso no quiere decir que oculten nada raro —opinó Robert—. Es posible que sea verdad que el accidente les haya afectado a la cabeza; no sé… han podido perder algo de memoria, estar aturdidos, como dicen… ¿Quién sabe?
—Pero… ¿todos? No es lógico que a los cinco se les haya alterado el cerebro por lo que han pasado, por trágico que sea.
—Bueno… es que los demás ni siquiera han abierto la boca.
—Precisamente eso es lo más raro de todo. No me diréis que es normal que ninguno de los otros cuatro haya dicho nada; ni siquiera se han presentado. Os recuerdo que, cuando nos cruzamos los saludos de rigor, fue el ruso el que presentó a sus compañeros —puntualizó Lisa.
—No me había enterado de eso —dijo Robert—. Cuando lo de las presentaciones estaba tratando de arreglar el zumbido de mi interfono y no escuché sus nombres. No hay ningún cheviano… ¿verdad?
—No —respondió Iridu—. Es una pena, porque sería el único normal. Son todos humanos, cuatro de la Tierra y uno de colonias. Entre los de la Tierra hay una chica.
—¿Ah, sí…? A los del fondo no se les ve bien la cara con tan poca luz —dijo Robert sin demasiado interés.
—Pero… de verdad, ¿no os parece muy raro el que no hayan pronunciado ni una sola palabra? —preguntó Lisa.
—Sí… realmente no es muy normal. No sé… ¿qué es lo que estás pensando, Lisa? —dijo Robert, algo inquieto, ya que él también tenía el presentimiento de que algo extraño estaba sucediendo a bordo de aquella nave embarrancada.
—No estoy segura. En realidad, ni siquiera sé lo que sospecho; pero hemos de ser prudentes. Si son los científicos de la Piscis no hay nada que temer; pero si no lo son…
—¿Quiénes van a ser sino? —preguntó Iridu.
—¡Qué más quisiera yo saber! —respondió la chica—. En fin… tal vez sólo sean imaginaciones mías. La verdad es que, desde que vi este planeta, tengo un extraño presentimiento.
—Pero… ¿qué presentimiento?
—No lo puedo explicar con palabras. Bueno… es mejor que no me hagáis mucho caso —respondió Lisa.
—Sí… yo creo que estás dejando volar demasiado a tus fantasías —opinó Robert.
—Es posible… pero hay cosas que no encajan —la muchacha volvió de nuevo a la carga—. Lo que más me sorprende es que, aunque por alguna extraña razón estén suplantando a los tripulantes de la Piscis, lo que sí está claro es que son humanos. Y lo más raro es que ni siquiera se comportan como humanos…
—Pero sin duda lo son —aseguró Robert.
—Hombre, sí; eso no te lo puedo negar. Son tan humanos como nosotros —admitió Lisa.
—Como vosotros… —rectificó Iridu—. ¡Que todavía hay clases!
—Bueno, ya me entiendes; vacilón —se enfureció la chica.
—No te enfades, sólo trataba de hacer una gracia para que te calmes —respondió el cheviano.