CAPÍTULO II #2
—No soporto a este tío —dijo Robert entre dientes, a punto de perder la paciencia.
—Ni yo… —apoyó otro.
—Ni nadie… —afirmaron a coro los que faltaban.
—¡Gracias por vuestro afecto! No sabéis lo que me conmueve. Lástima que vosotros y lo que penséis de mí me traiga sin cuidado —dijo Kurt con desprecio.
—Pues imagínate lo que tú nos importas a nosotros —contestó Robert.
—Nadie lo diría.
—Si te parece que este sitio no es una mierda…
—¡Vete a la mierda! —exclamó Joao, harto de la disputa.
—Bueno… basta ya de discusiones estúpidas. Puede que los de la Piscis se estén ahogando ahí dentro mientras nosotros decimos majaderías —cortó Robert.
—Tienes razón —respondió Lisa.
—¿Pero qué… chata?
—No sé por qué… pero esta nave me da un miedo de muerte —dijo Lisa con voz vacilante.
—Nunca te había oído decir algo así —afirmó Robert con sorpresa—. Tú siempre has sido serena y cerebral para todo.
—No me hagas caso. Supongo que sólo son tonterías mías.
—Pero… por algo lo dirás.
—No sé… es una intuición. Un presentimiento extraño; nunca había sentido algo semejante anteriormente.
—La Piscis es una nave científica de la Liga Interplanetaria pilotada por gente corriente, como tú y yo —puntualizó Robert, tratando de serenar a Lisa—. Sus tripulantes son humanos; a lo más puede haber algún cheviano entre ellos, que son mejores que nosotros…
—Sobre todo mejores que Kurt —interrumpió Joao, que parecía tener ganas de bronca con el alemán.
—Gracias de nuevo… Por lo menos he de reconocer que ese asqueroso reptil que viaja con nosotros es el que menos se mete conmigo —replicó Kurt.
—Normal… de bueno a tonto —contraatacó verbalmente el brasileño con evidente sorna.
—Bueno… ¡basta ya! —volvió a cortar Robert la incipiente discusión—. Vamos a entrar en la Piscis de una maldita vez. Lisa… ¿ya estás más tranquila?
—Sí, no os preocupéis. Sólo son tonterías mías…
—¡Adelante, pues!
Los seis avanzaron torpemente, enfundados en sus aparatosos trajes de vacío. Con unos pocos pasos en el fangoso suelo alcanzaron la gran compuerta principal de la Piscis.
Robert cogió una pesada roca del suelo y golpeó en la misma con ella. No se trataba de un gesto absurdo, pues cabía la posibilidad de que los de dentro no hubiesen oído la señal de radio por tener el receptor averiado y, sin embargo, siguiesen con vida.
Silencio.
—John, trae el soplete de fotones.
—Voy.
Un finísimo haz de luz perforó la placa de metal, abriendo un boquete suficientemente grande como para que todos entrasen por él.
La plancha de acero cayó adentro con estrépito.
Nadie movió un músculo.
—No sé si os dais cuenta de que hemos hecho el agujero para entrar, no para quedarnos mirándolo como idiotas —dijo Robert con evidente sorna.
Silencio general.
Robert volvió a la carga:
—¿Es que Lisa os ha contagiado el miedo? La Piscis es una nave nuestra; no hay nada que temer en ella.
—Si tan seguro estás de lo que dices, entra tú el primero —respondió la muchacha, algo enfadada por las palabras de Robert.
—No hay ningún problema… Si así os quedáis tranquilos, me meteré yo solo. Pero detrás de mí vais a pasar todos, ¿de acuerdo…?
—Sí, sí —se apresuró a contestar Joao—. Como siempre: nosotros te esperaremos aquí.
—Hombre… me tendréis que esperar. Como no os penséis ir a tomar una copa…
—No sería una mala idea… —intervino Joao, bromista.
—Señor… ¡dame paciencia con esta gente! —exclamó Robert, continuando la trivial conversación conforme alzaba sus enfundados brazos al cielo.
Sin duda, hablar esas tonterías le relajaba, pues, aunque no quisiera reconocerlo y no encontrase una razón lógica para ello, a él también la Piscis le producía un extraño temor.
—Entra ya, miedica —apremió Iridu mostrando una sonrisa a través de la cristalera de su escafandra.
—¡La madre que lo…!
—Pss… No jures y entra, pelma.
—Voy contigo, Robert —dijo Elías decidido, rompiendo el tono jocoso de la conversación.
—Gracias, Elías. Si no fuera por ti… Eres el único que tiene lo que hay que tener —contestó Robert, satisfecho del ofrecimiento del androide.
—Ya me extraña que tenga… —replicó Joao, con ganas de seguir la broma.
—Demuestra más que otros…
—¡No te fastidia! No tiene mérito que Elías sea valiente; si lo rompen, lo llevamos a un taller para que lo arreglen y punto. Los demás…
—Eso, eso… —añadió Iridu—. Calla, gallina.
Para ambos resultaba una tradición meterse el uno con el otro, tal vez por lo mucho que se apreciaban.
—Tienes que tener en cuenta que soy muy joven para morir. Doscientos años en mi raza es la edad de un crío —se defendió el cheviano.
—Bueno… ¿qué tendríamos que decir los demás…?
—Suerte que uno tiene…
—¡Dejemos de decir majaderías! Vamos, Elías, hay que meterse ahí dentro. Con estos gamberros no se hace más que perder el tiempo y los de la Piscis pueden estar vivos —cortó Robert.
—De acuerdo —aprobó el androide con decisión.
—Bueno… Elías… entra tú primero…
Risa general, silbidos y comentario colectivo por el interfono:
—¡Valiente!
—Hombre… alguno tiene que pasar delante —se justificó Robert siguiendo la broma—. Por el agujero no cabemos los dos al mismo tiempo y, además… en lo que sí tengo que daros la razón es en que Elías es reparable y yo no.
El androide atravesó el umbral guiándose a través de la oscuridad reinante con su potente linterna. Robert le siguió unos segundos después.
El primer pasillo, al que daba acceso la compuerta principal que habían perforado, se hallaba sumido en las más inquietantes tinieblas.
Ambos avanzaron con precaución hacia la puerta que, gracias a los focos, se adivinaba al fondo del corredor.
Aunque tratase de disimularlo, Robert se había contagiado de los temores de Lisa, de forma que, sin llegar a estar aterrorizado, un desagradable hormigueo le recorría el estómago.
Aun reconociendo que era absurdo, se encontraba más inquieto que en cualquier otro momento de su vida pasada.
Con los focos de su casco alumbró un pequeño panel de mandos situado en la pared derecha del corredor en el que se encontraban.
—Con esto creo que podremos abrir la siguiente puerta —auguró inseguro.
Su mano enguantada vaciló durante unos segundos, como si su acción fuese a suponer dar un paso sin retorno, pero pronto comenzó a teclear con decisión.
La gruesa compuerta metálica se corrió a un lado con un zumbido sordo.
Y, en efecto, aunque él aún no lo comprendiese, un destino del que ya jamás podría escapar apareció ante sus ojos.
La sala aparecía tenuemente iluminada, al parecer por las luces de emergencia.
Al fondo, Robert creyó ver unas figuras de pie. Dio unos pasos hacia ellas, vacilante.
A esa distancia aún no podía distinguir si se trataba de unos trajes espaciales vacíos o de personas enfundadas en los mismos.
Las cinco figuras permanecían inmóviles y alineadas. El reflejo de las luces en las semiesferas acristaladas de sus cascos impedía ver si las escafandras estaban ocupadas o no.
Pero se mantenían de pie y, en buena lógica, algo o alguien debía sostenerlas en esa posición…
La voz de Robert sonó francamente vacilante:
—Sois… ¿sois de la Piscis?
Pregunta sin duda estúpida, y él lo sabía, pues o realmente eran los tripulantes de la Piscis o se estaba dirigiendo como un imbécil a unos trajes vacíos.
Más valía —pensó— que sólo Elías fuese testigo de la insólita interrogación; y el androide era discreto…
Nadie respondió a tan absurda pregunta.
—Sí… sin duda son sólo unas escafandras vacías —dijo Robert entre dientes, no muy convencido y tratando de tranquilizarse con esa afirmación.
—Pero entonces… ¿dónde están los tripulantes de la Piscis? —volvió a preguntarse a sí mismo conforme el miedo le asaltaba de nuevo.
En efecto, lo lógico era pensar que los ocupantes de la nave siguiesen dentro de ella, tanto si estaban vivos como si habían perecido en el aterrizaje, envenenados por la atmósfera de Oldrán; en tal caso, sus cadáveres deberían permanecer en el interior de la Piscis.
Pero no era así…
Todo aquello empezaba a ser muy extraño; siniestramente extraño.
Robert se encontraba al otro lado de la sala, a unos diez metros de las escafandras. Vacilante, comenzó a avanzar hacia ellas para ver qué las sostenía en pie.
Cuando se encontraba a sólo dos o tres metros de ellas, una de las figuras dio un paso hacia adelante. Los reflejos de la cristalera de su casco permitieron entrever por vez primera un rostro, tal vez humano, sólo tal vez, en su interior.
Robert quedó petrificado por el susto de muerte que había recibido. En toda su vida había sufrido una impresión tan fuerte.
Con un hilo de voz aún pudo decir:
—¿Po… por qué no habláis nada…? La… la frecuencia de los interfonos de vuestros trajes debiera ser la misma que la del mío… ¿Me… me estáis oyendo…? —balbuceó mientras trataba de averiguar si aquellos rostros eran o no humanos.
Pero… ¿qué absurda intuición le hacía temer que no lo fuesen? En toda la parte explorada de la Galaxia no había otras razas que los humanos y los amigables chevianos.
Sin embargo…
La figura adelantada permaneció callada, sin responder a las preguntas de Robert. Este, entretanto, había al fin comprobado, para su tranquilidad, que el rostro que se escondía dentro de aquel casco correspondía, efectivamente, al de un ser humano.
Esto disminuyó notablemente su angustia; sin embargo, algo muy extraño estaba sucediendo…
En efecto, si verdaderamente eran los pasajeros de la Piscis, ¿por qué ese silencio? ¿Por qué no habían salido a recibirles con los brazos abiertos…?
De pronto, el que se había adelantado rompió su mutismo:
—La tripulación de la astronave científica Piscis os saluda —dijo con una frialdad inexplicable.
A Robert le pareció que se le abría el cielo.
—¡Gracias a Dios! ¡Estáis vivos! —exclamó conforme avanzaba hacia su interlocutor para abrazarle.
Pero, sorprendentemente, este retrocedió ante Robert, como asustado por su iniciativa.
El comandante de la Keops también se detuvo, extrañado a su vez. Nada de aquello era normal; decían ser la tripulación de la Piscis, pero esa forma de reaccionar no era previsible en ella.