Más fuerte que el destino CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

LA NAVE PERDIDA

L a luz de los potentes focos frontales del vehículo oruga era incapaz de alumbrar eficazmente tras aquella cortina de lluvia grisácea. Las gruesas ruedas de esa especie de tractor interplanetario patinaban sin cesar en el fangoso suelo de aquel extraño y siniestro mundo.

Sin embargo, el pequeño vehículo auxiliar continuaba su torpe marcha por la superficie de Oldrán, recorriendo sin prisas, pero sin pausas, la distancia que le separaba del punto desde el cual la baliza posicional de la Piscis emitía sus señales.

Sus seis ocupantes permanecían silenciosos, enfundados en sus aparatosos trajes espaciales. El empañamiento de las cristaleras de sus cascos de vacío evidenciaba que respiraban de forma jadeante, víctimas de una extraña angustia.

Su inquietud estaba plenamente justificada.

Jamás en toda su vida se habían encontrado en un lugar tan siniestro, a pesar de haber tomado tierra en varios planetas de la Galaxia.

En efecto, el remoto Sirio, la estrella central de aquel lejano sistema solar, casi no podía iluminar el paisaje desolado del astro.

La gran distancia que separaba a ambos cuerpos celestes, muy superior a la que mediaba entre la Tierra y el Sol y, sobre todo, el grueso manto nuboso de Oldrán, hacían que los rayos de Sirio casi no pudiesen llegar al suelo del planeta.

Cualquier noche de luna llena de la Tierra resultaba más clara que aquello; y eso a pesar de que tanto la Piscis como la Keops se encontraban en la cara iluminada del planeta, o sea, en otras palabras, para los tripulantes del vehículo oruga era de día.

Siendo así… ¿cómo sería la noche de Oldrán? Mejor no pensarlo; al más impasible viajero del espacio se le pondrían los pelos de punta sólo de imaginarlo.

Las amenazantes tinieblas del planeta aún resultaban más fantasmagóricas bajo los haces de luz de los focos del vehículo oruga, el cual continuaba su lenta marcha hacia el punto geográfico desde el cual la baliza de posición de la Piscis emitía sus señales.

Extrañas rocas de formas surrealistas, dignas del cincel del más visionario escultor, producían amenazadoras siluetas en el fangoso suelo. Su sombra siniestra engullía a la insignificante figura del vehículo oruga.

El viento, racheado y de gran violencia, silbaba entre las mismas, balanceando con su terrible fuerza las densas cortinas de aquella lluvia malsana.

Parecía el aullido de alguna gigantesca criatura que, de pronto, fuese a surgir de entre aquellas formaciones rocosas para destrozar de un zarpazo al frágil tractor espacial y devorar posteriormente a sus aterrorizados pasajeros.

Sin embargo, estos eran conscientes de que Oldrán era un planeta completamente deshabitado.

La inquietud, la sensación de inseguridad e incluso el miedo eran absolutamente subjetivos, pues no tenían ningún fundamento lógico. Sin embargo, eran inevitables…

Oldrán había sido minuciosamente investigado en las últimas décadas por numerosas expediciones científicas. En ninguna se había conseguido encontrar en él ni siquiera la más rudimentaria forma de vida.

Por esta causa, y también por ser un planeta sin recursos minerales valiosos y de peligroso aterrizaje, había llegado a considerarse dentro de la Liga como un mundo sin interés.

Siendo así, ningún grupo de colonos, humanos o chevianos, había mostrado jamás la menor intención de asentarse en semejante infierno.

Por otra parte, las expediciones de carácter científico muy raramente se posaban en su superficie; a lo más, como era el caso de la Piscis, realizaban observaciones desde una órbita segura.

Las técnicas de radar, ya usadas a finales del siglo XX para cartografiar la superficie del nuboso Venus, permitían registrar el relieve orográfico de cualquier planeta sin necesidad de aterrizar en él, por muy densa e impenetrable a la vista que fuese su atmósfera.

En resumidas cuentas, Oldrán era un mundo conocido y sin posibilidad de dar desagradables sorpresas.

A pesar de su siniestro aspecto, no había razones para temer nada malo de él.

O, al menos, eso es lo que se repetían a sí mismos, en un vano esfuerzo para autoconvencerse, los ocupantes del vehículo oruga.

Realmente, un grupo de rescate tan asustado poca confianza podía inspirar a quienes necesitasen de su ayuda.

Joao, el responsable del rastreador de la baliza, fue el primero en romper el sepulcral silencio, utilizando su interfono para comunicarse con sus angustiados compañeros:

—La señal se percibe a menos de mil metros, detrás de aquella pequeña colina —les informó, conforme señalaba el lugar con su mano enguantada.

—Perfecto… ¡Vamos a por ellos! —respondió Robert con entusiasmo.

El vehículo enfiló con decisión la pronunciada cuesta que le separaba de la cumbre de la colina. Pronto, sin embargo, sus aparatosas ruedas comenzaron a patinar en el suelo enfangado de aquella loma.

Con la mitad de sus ocupantes empujándolo y utilizando la marcha más corta, pudo superar esta dificultad y continuar ascendiendo penosamente.

Por fin, el pequeño transporte articulado alcanzó la cima de la colina. Joao detuvo su marcha.

Allí, a sus pies, la visión que todos esperaban les sorprendió.

En efecto, a apenas doscientos metros, en el fondo de la hondonada, se encontraba la Piscis.

Era lo que todos deseaban ver. Sin embargo, un extraño presentimiento les estremeció.

Aunque la nave no estaba destrozada, ni había ardido o estallado, su aspecto exterior no auguraba nada bueno…

Efectivamente, una profunda brecha se observaba en su casco.

Si los gases de aquella atmósfera, tóxica para el ser humano, hubiesen penetrado por esa grieta de la coraza metálica hasta el interior de la astronave, todos sus tripulantes habrían muerto.

Únicamente hubieran podido salvarse en el caso de llevar colocados sus trajes espaciales dentro del vehículo en el momento del impacto contra el suelo del planeta.

Ciertamente, al saber que tenían que realizar un aterrizaje de emergencia, era lógico suponer que hubiesen tenido la prudencia de intentar tomar tierra con los trajes de vacío colocados.

Lo malo es que, aunque así fuese, hubieran tenido que sobrevivir únicamente con la reserva de oxígeno de la escafandra espacial, ya que toda la nave estaría contaminada por la venenosa atmósfera de Oldrán; y esta reserva difícilmente hubiese durado las más de cuarenta horas que el grupo de rescate había tardado en llegar hasta la Piscis.

Sin embargo, aún quedaba la esperanza de que los de la Piscis utilizasen en sus vuelos el último modelo, aún experimental, de traje de vacío, cuya autonomía de oxígeno superaba las cincuenta horas.

En fin… los miembros del equipo de rescate pronto iban a conocer toda la verdad de lo sucedido a los tripulantes de la Piscis. O, al menos, iban a creer conocerla…

El paisaje que rodeaba a la astronave accidentada era desolador. Embarrancada de proa, con parte del morro hundido en el fango, sumida en un silencio sepulcral, con todas sus luces apagadas y en medio de aquel paraje dantesco, más parecía un enorme ataúd de acero que un vehículo espacial.

Todos en el grupo de rescate temieron lo peor, pero nadie tuvo el valor de decirlo. Solo Robert balbuceó:

—Vamos a bajar… Dios quiera que vivan, pero esto me huele mal.

Dando trompicones en la accidentada ladera de la colina, el vehículo oruga comenzó a descender rumbo a la Piscis, mientras Joao transmitía hacia ella:

—Grupo de rescate Delta llamando a Piscis… Grupo de rescate Delta llamando a Piscis…

Silencio…

—¡Piscis, responded al mensaje!

Nuevo silencio. Joao insistió:

—Si no podéis contestar al mensaje por tener la radio averiada, abrid la compuerta principal de vuestra nave para recibirnos. Si por alguna razón eso tampoco es posible, encended las luces para que sepamos que estáis vivos.

—Hemos aterrizado con la Keops para llevaros a casa. Estáis a salvo…

—Piscis, conteste… Piscis, conteste, por favor…

El vehículo oruga llegó junto al costado de la astronave embarrancada, deteniendo su torpe marcha.

Ninguna emisión de radio, ninguna luz, ninguna puerta abriéndose recibió a sus ocupantes. Sólo un silencio de muerte…

—¡Piscis, conteste… Piscis, conteste…! —insistió Joao desesperadamente.

No hubo respuesta.

Todos se miraron en silencio, moviendo sus aparatosos cascos los unos hacia los otros. El zigzaguear de los haces de luz de sus focos frontales contribuía a crear un ambiente aún más fantasmagórico.

Un trágico presentimiento atenazaba sus corazones. Un presagio evidente, que les impedía hablar, tal vez para no tener que decir lo que ninguno se atrevía a aventurar.

Robert, a su pesar, fue el primero en romper el silencio:

—Tendremos que entrar… —balbuceó a través de su interfono.

—¿Para qué? ¿Para sacar cadáveres? Ya te puedes imaginar lo que vamos a encontrar ahí dentro —intervino Kurt, negativo como siempre.

—No podemos estar seguros de eso —replicó Robert en tono cortante, pues cada día que pasaba soportaba menos los desagradables comentarios del alemán.

—Me molesta tener que reconocerlo, pero, por una vez, Kurt tiene razón —manifestó Joao.

—Aunque así sea, tenemos que entrar. Puede que resulte una pérdida de tiempo, pero es nuestro deber —cortó Lisa.

—Exactamente, chata… Hacerlo es parte de nuestro trabajo; pero parece que Kurt quiere que le paguen por dormir —apoyó Robert con evidente cinismo.

—Ojalá estuviese siempre durmiendo; así daría menos asco —remató Lisa.

—Lo único que da asco aquí es vuestro paranoico sentido del deber —se defendió Kurt con rabia—. Por poco nos matamos para bajar a este inmundo planeta y, total… ¿para qué? Para hacer de enterradores. ¿A esto le llamáis trabajar?

—¡Maldita sea, Kurt! ¡Cállate y olvidate de que existimos! Si no te gusta esto, búscate otro empleo, pero déjanos en paz —espetó Robert.

—Todos los trabajos son malos; a algo me tenía que dedicar. Además, si he de decir la verdad, me importa un comino volver a Nueva Ucrania llevando cadáveres o supervivientes: me van a pagar el mismo dinero… —afirmó Kurt.