CAPÍTULO I #3
Incluso el poderoso cuerpo artificial de Elías pareció descoyuntarse y crujió preocupantemente.
Iridu daba unos extraños grititos ridículos, de los que resultaba difícil saber si eran de histeria o de alegría por haber logrado aterrizar con vida.
Claro... si es que a aquello se le podía considerar un aterrizaje…
La sala de mandos, que había quedado sumida en la oscuridad, recobró pronto su iluminación. A su vez, los rostros de sus ocupantes retomaron una expresión normal, una vez que la fuerza invisible que deformaba sus músculos faciales cedió.
Lisa y Louis recuperaron lentamente el sentido. Elías, eficaz como siempre, se levantó de su asiento y apagó con un extintor los pequeños incendios que se habían producido en un par de consolas de instrumentos.
—¡Vaya aterrizaje de mierda! —exclamó Kurt, cuyo carácter no parecía haber mejorado con los acontecimientos.
—¡Haberlo hecho tú mejor! ¡Imbécil! —replicó Lisa, habitualmente educada, pero incapaz de evitar que el alemán la sacase de quicio.
Poco a poco, todos empezaron a reaccionar y a moverse. —Y pensar que nosotros somos el grupo de rescate de los desgraciados de la Piscis... ¡Vaya ayuda! —se lamentó Louis, aún aturdido.
—Sin duda, algo parecido a lo que nos ha ocurrido a nosotros debió de sucederles a ellos —comentó Joao.
—Es posible... pero lo que importa es saber si tuvieron nuestra suerte o si, por el contrario, se estrellaron.
—Desgraciadamente, lo más probable es que todos hayan muerto. Es materialmente imposible que hayan conseguido realizar un aterrizaje suficientemente suave con uno de los retropropulsores averiado —auguró Lisa.
—No es de extrañar que a nadie se le ocurra descender a este olvidado planeta.
Su atmósfera tan densa y su orografía tan accidentada hacen peligroso cualquier intento de aterrizaje —comentó John, el replicante, con su lenguaje académico y perfecto, tan distanciado de las palabrotas de Kurt o, incluso, de las de Robert.
—Además, no hay nada de valor aquí ¿Quién va a querer bajar a esta asquerosa piedra, aparte de cuatro locos como nosotros, claro...? —sentenció Kurt.
—Bueno... el hecho es que estamos aquí y tenemos un trabajo urgente que realizar —intervino Robert.
Iridu...tú a ver qué puedes hacer con Julia. Kurt, quiero un informe de los daños producidos en la nave. Y tú, Lisa, prueba a ver si puedes emitir un mensaje a Nueva Ucrania informando de lo sucedido.
—Mientras perdíais el tiempo hablando yo ya he comprobado que la radio sigue funcionando —respondió Lisa.
Un grito colectivo de alegría fue la respuesta a la buena noticia.
—Qué eficaz eres, chata... —alabó Robert con cierta sorna. —Es que tengo un buen jefe... —le replicó Lisa, mirándole con evidente picardía.
—¡Siempre os estáis piropeando! No sé por qué no os decidís a ligaros de una puñetera vez —intervino Iridu, bromista y de buen humor como siempre.
—¡Cierra esa bocaza, casamentero! —respondieron los dos al unísono, sin ánimo de ofender al lagarto, con el que les unía una vieja y sincera amistad.
—Está bien, está bien... Ya me callo —contestó
Iridu, sonriendo socarronamente con aquella enorme boca llena de pequeños dientes, que iban de lado a lado de su cara escamosa.
—Además, te recuerdo, Iridu, que si le hago proposiciones a Lisa corro peligro de que Joao me pegue —puntualizó Robert que, al parecer, tenía ganas de bromear, tal vez para relajarse de la tensión sufrida.
—Ya estamos con lo de siempre... —replicó el brasileño, dándose por aludido.
—"El que ajos come, le pican", viejo refrán de vosotros, los humanos —volvió a bromear Iridu.
—Bueno... vamos a dejarnos ya de tonterías.
Los de la Piscis, si viven, no tendrán ganas de bromas.
Tenemos mucho trabajo por hacer —intervino Robert —Lisa...
emite pues el mensaje a la base de Nueva Ucrania, relatando lo sucedido.
Diles que posteriormente volveremos a comunicar, cuando tengamos noticias de la Piscis y cuando comprobemos los daños de nuestra propia nave.
Para entonces ya sabremos si podemos despegar solos o si también nosotros vamos a necesitar que vengan a rescatarnos.
—De acuerdo, Robert.
—Siento ensombrecer vuestro optimismo, pero acabo de comprobar que la nave de la Liga a la que se supone más próxima, tardaría al menos seis días en llegar a Oldrán si necesitásemos su ayuda —informó Louis.
—Nosotros podríamos esperar ese tiempo si fuese preciso, pero los supervivientes de la Piscis seguramente no —apuntó Robert.
—Si es que hay supervivientes, claro... —intervino Kurt, poco positivo como de costumbre.
—¡He localizado en la pantalla la señal de la baliza de posición de la Piscis! —exclamó John, abortando el inicio de una nueva discusión entre Robert y Kurt.
—Muy bien, John —aprobó Robert —¿Dónde está el punto desde el que emite?
—Se encuentra a unos nueve kilómetros y medio de donde nos hemos posado.
—¿Posado...? ¿A esto que hemos hecho le llamáis posarse...? —volvió a intervenir Kurt.
Un bufido colectivo fue la única respuesta a su cínica pregunta.
—¿En qué dirección está? —inquirió de nuevo Robert.
—Nornoroeste respecto al polo magnético del planeta.
—Entendido... Ahora sólo falta que estén vivos —apuntó Robert —Lisa, Louis y tú preparad los trajes espaciales y un vehículo oruga.
Debemos ir a rescatarlos antes de comprobar los daños de nuestra propia nave; si siguen con vida puede urgirles nuestra ayuda.
—Tienes razón —apoyó Lisa —¡Manos a la obra!
L a inexorable culminación de su ciclo vital se había detenido. Sin embargo, comprendía que el peligro no había cesado; sólo había cambiado totalmente de naturaleza.
El fantasma de la desaparición aún estaba presente en su mente; incluso ahora podía darle un nombre diferente: muerte.
Ya no debía tener miedo a los depredadores de energía, pero un mundo de nuevos temores se abría ante sus ojos.
Sus ojos… ahora estas palabras sólo simbolizaban su capacidad de ver o, mejor dicho, de sentir la luz y las imágenes; pero ahora, por primera vez, podían ser usadas en la plenitud de su significado.
Le parecieron bonitos; aunque lo hermoso y lo feo eran también conceptos nuevos para ella. Aún ahora le faltaba un modelo para compararlos. Quizás estuviese equivocada; quizás fuesen para un observador ajeno a ella. Sin embargo… ¿existiría ese imaginario observador algún día?
Tenía tantas preguntas que hacer y nadie a quien planteárselas.
A pesar de sus dudas, de sus nuevos temores, era infinitamente feliz. Todo era nuevo y maravilloso para ella. Por primera vez se gustaba a sí misma; pero, ante todo, le fascinaban las nuevas sensaciones que podía experimentar.
Pero, tal vez por ello, la muerte se le antojaba más terrible que nunca. No quería perder todo lo maravilloso que la vida le pudiera ofrecer en el futuro. Rogó al Principio Hacedor que no le arrebatase lo que le había regalado.
De pronto, sintió que “los otros” venían. Les tenía miedo y, sin embargo, comprendía que ellos eran su última esperanza.
No podía suponer que “ellos” iban a ser lo más maravilloso, pero también lo más terrible, de su existencia.