CAPÍTULO I #2
¡QUE DIOS NOS AYUDE A TODOS!
FIN DEL MENSAJE.
SOS… SOS…
ASTRONAVE PISCIS.
SOS… SOS…”
—Sin duda tienen que haber muerto todos. Es una pérdida de tiempo y un riesgo inútil bajar a ese pedrusco —auguró Kurt, tan optimista como siempre.
Los demás ni siquiera respondieron a sus palabras, quizás porque sabían que tenía razón, por muy desagradable que fuese como persona.
En efecto, esa fue la última emisión recibida de la Piscis.
En esos momentos, los sensores de la Keops tenían perfectamente localizada la señal que emitía la baliza de la nave accidentada.
Provenía de una abrupta zona montañosa de la superficie de Oldrán hacia la cual estaba comenzando a descender la Keops.
Sin embargo, ningún nuevo mensaje fue emitido con posterioridad por la Piscis desde ese punto. En la sala de mandos de la Keops sólo podía escucharse la monótona repetición del pitido proveniente de la señal de la baliza.
Esta circunstancia hacía sospechar que la nave se hubiese estrellado contra las rocas de aquel mundo sin vida, pereciendo todos sus tripulantes en el accidente.
Únicamente quedaba la remota esperanza de que, en el brusco aterrizaje, se hubiera averiado el equipo de radio de la Piscis de forma que, aunque sus ocupantes siguiesen vivos, no pudieran emitir nuevos mensajes.
En cualquier caso, resultaba absurdo para los tripulantes de la Keops elucubrar con la suerte de la nave accidentada, pues, dentro de muy poco tiempo, iban a aterrizar junto a ella descubriendo lo que le había ocurrido.
Fuera su fortuna la que fuese, ellos podían tener la conciencia tranquila; en menos de cuarenta horas desde la recepción del SOS, la Keops había llegado a Oldrán. Nadie hubiera podido hacer más por aquellos desdichados.
—Reflector calorífico de proa conectado— anunció Iridu con su chocante y graciosa voz. Aquel simpático reptil inteligente del planeta Urik, un mundo amigo de la Tierra, caía bien a todos sus compañeros, a diferencia del ególatra Kurt, a quien nadie soportaba.
—Altitud 31000 y bajando —informó la voz de Julia, la computadora de a bordo.
La Keops comenzó a cabecear a causa de las turbulencias de la densa atmósfera de aquel extraño planeta, cuyo rozamiento estaba poniendo al rojo vivo el escudo reflector de calor de la nave.
Julia dirigía el vehículo espacial, con un ángulo de descenso de 30 grados, hacia la zona montañosa de donde procedía la señal de la baliza localizadora de la Piscis.
Densas nubes de gas envolvían a la astronave, la cual, a pesar de su gran peso, se zarandeaba bajo rachas de viento y turbulencias cada vez más violentas.
La voz de Julia, a pesar de ser dictada por una mente artificial, pareció sugerir cierta inquietud...
—La visibilidad es prácticamente nula. Mis cámaras ópticas casi no pueden ayudarme en el descenso. Tendré que aterrizar guiándome únicamente por el radar. Va a resultar una maniobra muy peligrosa dado lo abrupto de la superficie del planeta.
—Julia... ¿quieres que lo hagamos nosotros manualmente? —inquirió Robert, alarmado por los comentarios de la computadora.
—No, gracias. Preferiría conservar el control de la nave. Teóricamente estoy más capacitada que vosotros para llevar a buen término un aterrizaje en circunstancias difíciles. Si me lo permitís, claro…
—Por supuesto, Julia. Todos confiamos en ti —aseguró Lisa, erigiéndose en portavoz del grupo.
—Gracias; lo haré lo mejor posible.
—Lo mejor posible ha de ser perfecto. En estos casos no es suficiente hacer las cosas regular —cortó Kurt.
Por una vez, el alemán tenía razón; en cualquier momento la astronave podía estrellarse contra unos de aquellos peligrosos picos rocosos que la pantalla de radar mostraba amenazantes, una maraña de líneas quebradas, ya que su visión directa era imposible a causa de las densas nubes.
Sin embargo, Julia dirigía con maestría el ingenio espacial entre aquel laberinto de enormes montañas.
De pronto, una garra invisible pareció aplastar a todos los tripulantes de la Keops contra sus asientos. Sin duda, Julia se había visto forzada a usar repentinamente los retropropulsores de frenado ante algún obstáculo surgido de improviso.
Pero fue demasiado tarde...
Un terrible estruendo atronó la sala de mandos, la cual vibró intensamente, quedando sumida en una oscuridad casi total, paliada únicamente por la tenue luz de las chispas que surgían de algunas consolas de instrumentos.
El ruido ensordecedor de las alarmas de la nave contribuía a aumentar el dramatismo de la escena.
—¡Luces de emergencia! ¡Luces de emergencia!
—¡Julia! ¿Qué ha pasado? ¡Por Dios, contesta!
Todos sintieron en sus cuerpos la inercia de la caída. Únicamente sus cinturones de seguridad impidieron que saliesen despedidos de sus asientos.
El aterrador silbido producido por el descenso oblicuo y descontrolado de la Keops, al cortar aquella densa atmósfera con su cuerpo de metal, estuvo a punto de reventar los tímpanos de sus ocupantes.
Sin duda, la nave había rozado alguna ladera montañosa y se precipitaba sin remedio hacia su destrucción.
Al parecer, el impacto había dañado a Julia, la cual había enmudecido por completo y no hacía nada para detener o, al menos, controlar la caída del ingenio espacial.
Conscientes de que la computadora de a bordo de la nave no hacía, o no podía hacer, nada para evitar la tragedia, los ocupantes de la Keops fueron pronto victimas de la histeria colectiva.
—¡Nos vamos a matar! ¡Nos vamos a matar todos! —gritó Kurt fuera de sí.
—¡Haz algo o cállate! No debemos perder la calma —replicó Louis.
—¡Tenemos que hacernos con el control de la nave! —intervino
Robert.
—¡Estamos cayendo! ¡No se puede hacer nada! ¡No quiero morir! —gritó Kurt presa del pánico.
—¡Cálmate Kurt! Julia está averiada; no tenemos más remedio que intentar controlar la caída nosotros solos. Trataré de pilotar manualmente —dijo Robert.
—¿Crees que podrás hacerlo? —preguntó Joao.
—Lo intentaré; no tenemos nada que perder. Necesitaré luz para ver los controles. Lisa, tú que eres la que más próxima está a la consola, intenta encender las luces de emergencia.
—De acuerdo, Robert. Ahora mismo —respondió solícita la ayudante de vuelo, serena como siempre.
La muchacha soltó los anclajes de sus cinturones de seguridad y trató de incorporarse de su asiento, pero la terrible fuerza de la aceleración, causada por la caída de la nave, la mantuvo pegada al mismo.
—¡No puedo! La inercia me impide levantarme —exclamó sin poder evitar que el tono de su voz denotase un claro nerviosismo, poco habitual en ella.
—¡Tranquila, Lisa! Yo lo haré —intervino Robert.
Pero su intento también fue inútil. Lisa tenía razón; la fuerza de la inercia sujetaba a todos contra sus asientos, como una garra invisible, impidiéndoles moverse de ellos.
—¡Creo que yo podré lograrlo! Mi esqueleto es metálico y tengo mucha más fuerza que cualquiera de vosotros —intervino Elías, el androide.
—Sí, hazlo Elías. Es una buena idea; pero corre, por favor. Nos quedan segundos —aprobó Robert.
Incluso para la poderosa estructura artificial del cuerpo del androide resultó difícil vencer la brutal inercia de la caída; sin embargo, lentamente, paso a paso, consiguió alcanzar la consola de mandos y encender desde ella las luces de emergencia de la nave.
—¡Muy bien, Elías! Siéntate de nuevo. Esto va a moverse mucho —advirtió Robert.
El comandante de la Keops tomó el control de los mandos de la nave. Comprobó con satisfacción cómo, al menos, la pantalla de radar no se había estropeado con la colisión; de ser así, todo estaría perdido.
El disparo brusco de los cohetes de proa redujo la velocidad de picado de la Keops, la cual se precipitaba oblicuamente para estrellarse sin remedio contra el suelo del planeta.
—¡Tengo que estabilizarla! ¡Tengo que estabilizarla! —masculló Robert entre dientes, tratando de serenarse.
La línea de nivel del suelo se acercaba a gran velocidad al punto que indicaba la posición de la Keops en la pantalla del radar.
Por fin, Robert consiguió detener el avance oblicuo y colocar a la astronave en posición horizontal y libre de cabeceo.
De esta forma, con solo encender los retropropulsores de frenado de la panza del vehículo, hubiese podido realizar un descenso vertical suave; pero para ello hubiera necesitado estar a mayor altura de la que estaba en esos momentos.
Para su desgracia, la nave se encontraba ya a menos de 500 metros del suelo del planeta.
—¡¡Agarraos!!
El violentísimo encendido de los retropropulsores de frenado aplastó de nuevo a la tripulación contra sus asientos.
Los músculos faciales de los ocupantes de la Keops, deformados grotescamente por la fuerza de tantas gravedades, llegaron a adoptar muecas ridículas. Los vasos del cerebro de cualquier persona, que no fuese sana y joven, hubieran reventado mortalmente ante esa dura prueba de resistencia.
Lisa y Louis perdieron el conocimiento; los demás, con el rostro deformado por la inercia y aterido por el terror, no podían ni hablar ni moverse un milímetro. Una fuerza invisible les hacía pesar cientos de kilos, inmovilizándoles contra sus asientos.
Un par de gruesas escamas verdosas se desprendieron del rostro de reptil de Iridu, el cual, incluso asustado, seguía ofreciendo una estampa divertida.
Sus grandes ojos saltones reflejaban un pánico mayor que cualquier otro que hubiese sufrido en su larga vida, más de doscientos años terrestres.
Un tiempo, sin embargo, breve para la media de supervivencia de su raza, ya que Iridu era un cheviano muy joven.
De pronto, un terrible estruendo señaló el brutal contacto de la nave contra el suelo del planeta.
Los cuerpos de los ocho ocupantes de la sala de mandos se zarandearon como muñecos de trapo en manos de un niño enrabietado. Únicamente los cinturones de seguridad que los asían fuertemente evitaron que saliesen despedidos de sus asientos.