Más fuerte que el destino CAPÍTULO I
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Más fuerte que el destino

Más fuerte que el destino

Por Francisco Javier Banasco

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CAPÍTULO I

OLDRÁN

—¿Q uieres que te prepare un café? Aún falta más de media hora terrestre para que entremos en órbita.

La agradable voz de la muchacha, única tripulante femenina de la Keops, sacó a Robert de su abstracción.

Lisa era una mujer hermosa, descendiente de los primeros colonos que poblaron su planeta natal, Epsilón III.

Por aquellas fechas el tercer planeta del sistema solar de Epsilon-Eridión era un mundo con gobierno independiente de la Confederación Terrestre, si bien permanecía unido a ella, como otras antiguas colonias, a través de la Liga Interplanetaria, la gigantesca macrocomunidad política que aglutinaba a todos los planetas colonizados por humanos, a la propia Tierra (su capital) y a Urik, el planeta de los amigables chevianos, única raza de seres inteligentes descubierta en la Galaxia y con la que los humanos mantenían excelentes relaciones.

Como todos los humanos coloniales, Lisa era idéntica a los nacidos en la Tierra, como Robert. Sin embargo, en ella las particularidades geológicas y climáticas de su planeta natal habían logrado convertirla en una bellísima mujer.

En efecto, la gravedad de 0,8 g., inferior a la de la Tierra, de Epsilón III hacía que los humanos nacidos en él fueran más altos que la mayoría de los terrestres. Por ello, Lisa alcanzaba 1,95 de estatura, lo que contribuía a convertirla en una llamativa mujer.

Por otra parte, la escasez de nubes en la atmósfera de Epsilón III causaba en sus habitantes un magnífico bronceado, impensable para los sufridos nativos de la Tierra, los cuales habían de resignarse a su impresentable palidez, fruto de la desastrosa meteorología que un milenio de polución había originado en su planeta.

Todas estas razones y, ante todo, su belleza natural, hacían de Lisa una mujer deseable. Tal vez por ello Robert la miró antes de responder a su amable oferta:

—Sí, prepárame un café, por favor. Me apetece mucho.

"¿Por qué nunca me habré enamorado de ella?" —Pensó Robert para sí conforme la miraba alejándose en pos de su taza de café.

Para él mismo esta pregunta resultaba difícil de responder, Lisa era una mujer culta y agradable, así como una magnífica compañera de trabajo.

De hecho, ella era la única humana de la Keops con quien había volado frecuentemente antes de esa misión. A Iridu, el simpático y parlanchín lagarto inteligente del planeta Urik, sí le conocía bien. A pesar de su diferente raza, ambos eran excelentes amigos.

Con el resto de la tripulación, en cambio, prácticamente no había tenido ningún trato. Nunca había participado con ellos en otras misiones de rescate. El salvamento de los ocupantes de la Piscis en Oldrán iba a ser su primer trabajo juntos.

De quien sí le habían llegado referencias era de Kurt, el alemán, el cual tenía fama de egoísta, violento e insociable.

Quienes anteriormente habían trabajado con él no acababan de comprender cómo se había enrolado en el Cuerpo de Rescate Espacial, pues esta era una actividad que precisaba una gran vocación, compañerismo y espíritu de sacrificio.

Con Lisa, en cambio, cualquier misión resultaba más fácil y agradable.

Simpática y bromista, había frecuentemente conseguido que el peligro pareciese menos angustioso en alguno de los numerosos momentos difíciles que les había tocado vivir juntos.

Y si algo no escaseaba trabajando en el Cuerpo de Rescate eran las situaciones peligrosas.

Cuando era necesario Lisa era prudente, cuando se precisaba valor audaz. Inteligente y decidida, era la compañera ideal de trabajo, pero ante todo, era su mejor amiga, como Iridu era, a su vez, su más apreciado amigo.

Hijo único, tras la muerte de sus padres, no había otros a los que apreciase tanto como a Lisa y al simpático lagarto inteligente del planeta Urik. Aunque, hablando con propiedad, Iridu se parecía más a un enorme tortugón de cara rechoncha y aspecto bonachón que a los lagartos de la Tierra.

Pero, para el comandante de la Keops, lo más importante era que el cheviano fuese mejor que cualquier humano al que hubiera conocido jamás. Generoso, desinteresado y noble, prefería mil veces su compañía a la de cualquier otro ser de su misma raza.

Le apreciaba tanto como a su hermosa ayudante de vuelo; pero había una clara diferencia, Lisa era una bellísima mujer en lugar de un simpático y bondadoso bichejo escamoso y de ojos saltones.

Siendo así, Robert no acababa de comprender por qué nunca había llegado a enamorarse de Lisa. A pesar de que físicamente también le resultase atractiva, sus sentimientos hacia ella eran sólo de una profunda amistad.

En cambio, a Joao, el brasileño, se le veía loco por ella y, al parecer, Lisa tampoco le miraba a él con disgusto. Joao parecía un buen tipo; Robert, en lugar de tener celos de él, pensaba que era una buena pareja para su mejor amiga.

Bien visto, Robert no debía extrañarse de lo que le sucedía con Lisa pues, a otro nivel, siempre le había ocurrido lo mismo con las demás mujeres que había conocido a lo largo de su vida.

En efecto, a algunas sólo las podía considerar amigas, mientras que con otras únicamente había vivido ciertas aventuras sexuales pasajeras, de poca importancia y además bastante poco frecuentes.

La realidad es que jamás había estado verdaderamente enamorado; nunca había llegado a encontrar a una mujer con la que desease compartir toda su vida.

A sus 33 años esto podía no ser muy corriente, pero el que lo fuese o no le daba exactamente igual.

Era muy feliz con su trabajo, con el que disfrutaba de verdad, a pesar de ser frecuentemente peligroso.

Además, el espacio fue su pasión desde niño y, gracias a su profesión, podía pasar la mayor parte de su vida en él, lejos de su superpoblado planeta natal.

Todo lo relacionado con el cosmos fascinaba a Robert; incluso Oldrán, el tenebroso mundo hacia el que navegaba la Keops, le resultaba atrayente.

En esos precisos instantes, mientras saboreaba el café que amablemente le había servido Lisa, se recreaba con la contemplación de aquel extraño planeta.

Suspendido en la negrura infinita del espacio, su visión a través de la cámara frontal de la Keops no invitaba al aterrizaje.

A toda la tripulación se le antojaba un mundo siniestro. De aspecto hostil y carente de vida, su contemplación causaba un inexplicable miedo.

En cambio, Robert no podía evitar que aquel planeta le produjese una extraña atracción.

Realmente, Oldrán no era un astro hermoso, por ello los sentimientos de Robert resultaban difíciles de comprender, incluso para él mismo, máxime teniendo en cuenta que en esa parte de la Galaxia existían bellísimos mundos habitables.

Había visto decenas de planetas más interesantes, pero nunca había llegado a sentir una atracción tan fuerte por ninguno de ellos.

Oldrán era un mundo en el que nunca antes había aterrizado Robert.

Muy pocas naves lo hacían, ya que era un planeta inhabitable para el ser humano, sin ninguna forma de vida, carente del más mínimo recurso mineral, sin bellezas naturales capaces de justificar su visita y, para colmo, peligroso para tomar tierra en él.

Sin embargo, Robert aguardaba con ansiedad el momento en que la Keops estuviese ya posada en su superficie. Sentía una extraña intuición; como si en aquel mundo fuese a encontrar algo que cambiase su vida para siempre.

—Desaceleración para entrada en órbita en treinta segundos. Por favor, permaneced sentados en vuestros asientos con los cinturones de seguridad colocados. Gracias.

La voz artificial de "Julia", la computadora de a bordo, fue obedecida con celeridad por los miembros de la tripulación.

—Julia... Por favor, repítenos el mensaje de socorro de la Piscis —solicitó Robert en voz alta, conforme ajustaba los cinturones de su asiento.

—¿Es que no lo has oído suficientes veces? —replicó con brusquedad Kurt, siempre desagradable y solícito a encontrar un motivo para llevar la contraria a los demás.

—¿Te molesta acaso que lo oigamos de nuevo? —le contestó Robert, bastante seco y cortante, pues el alemán comenzaba a caerle francamente mal.

—No...

—¡Pues entonces cállate! Julia, por favor...

—Será un placer, Robert. Dame unos segundos, te lo ruego...

Sin duda, el creador del programa de Julia había hecho un buen trabajo en lo relativo a sus modales. En ninguna de las muchas naves espaciales en las que Robert había viajado había encontrado jamás un ordenador de a bordo tan amable y cortés.

De nuevo la dulce voz de Julia resonó en la sala de mandos de la Keops, coincidiendo con la desaceleración de la nave para entrar en la órbita de Oldrán:

—Paso a reproducir el mensaje de socorro enviado por la Piscis hace 37 horas terrestres.

—Gracias, Julia. Adelante...

“SOS...SOS...ASTRONAVE CIENTÍFICA PISCIS LLAMANDO A CUALQUIER VEHÍCULO QUE TRANSITE POR EL SISTEMA SIRIO. ES MUY URGENTE. ACUDAN EN NUESTRA AYUDA.

NOS DISPONEMOS A REALIZAR UN ATERRIZAJE DE EMERGENCIA EN EL SÉPTIMO PLANETA DEL SISTEMA ESTELAR DE SIRIO, OLDRAN.

REALIZANDO DESDE UNA ÓRBITA ESTABLE UN ESTUDIO CARTOGRÁFICO DE SU SUPERFICIE, NUESTRA NAVE HA SIDO ALCANZADA POR UN METEORITO. ESTE HA AVERIADO SU SISTEMA DE NAVEGACIÓN Y UNO DE LOS RETROPROPULSORES DE FRENADO PARA ATERRIZAJE.

NUESTRA ÓRBITA VA PERDIENDO ALTURA IRREMEDIABLEMENTE. ANTES DE ESTRELLARNOS CONTRA LA SUPERFICIE DE OLDRAN, NOS DISPONEMOS A INTENTAR UN ATERRIZAJE DE EMERGENCIA EN ALGUNA ZONA RELATIVAMENTE FAVORABLE DEL PLANETA.

CON UNO DE LOS RETROPROPULSORES DE FRENADO AVERIADO, SABEMOS QUE NUESTRAS EXPECTATIVAS DE SObrEVIVIR SON MÍNIMAS, YA QUE ES IMPOSIBLE UN CONTACTO SUAVE CON EL SUELO.

AUNQUE OLDRAN TIENE ATMÓSFERA, NO PODEMOS PLANEAR, PUES LA PISCIS ES UNA ASTRONAVE DE DESPEGUE VERTICAL SIN ALAS. PARA CUANDO LAS NAVES DE RESCATE LLEGUEN POSIBLEMENTE TODOS HAbrEMOS MUERTO. PERO, AL MENOS, DEBEMOS INTENTARLO...

POR FAVOR, DENSE PRISA POR SI LO CONSEGUIMOS.

DEJAREMOS ENCENDIDA LA BALIZA DE LOCALIZACIÓN DE POSICIÓN. ES UNA LLAMADA DE SOCORRO PARA CUALQUIER NAVE DE LA LIGA INTERPLANETARIA O PARA CUALQUIER VEHÍCULO ESPACIAL PARTICULAR.

¡VENGAN PRONTO!