Capítulo 29 La Revelación del Origen
La celda no era una prisión convencional; era una cámara de aislamiento sensorial diseñada para quebrar la voluntad mediante la privación absoluta.
Las paredes, construidas con una piedra negra y porosa que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla, emanaban un frío húmedo que se adhería a la piel como una segunda capa de sudor helado.
No había ventanas, ni rendijas, ni grietas por donde pudiera filtrarse el más mínimo rayo de sol o luna.
La única fuente de iluminación provenía de una antorcha lejana, situada fuera de la reja de hierro forjado, cuya llama parpadeaba con una regularidad hipnótica, proyectando sombras alargadas y distorsionadas que danzaban sobre el suelo de tierra compacta como espectros burlones.
Isla permanecía sentada en el rincón más alejado de la puerta, abrazándose las rodillas contra el pecho, intentando conservar el calor corporal que se escapaba inexorablemente hacia la humedad opresiva del subsuelo.
Su mente, normalmente aguda y analítica, luchaba contra una niebla densa inducida por el agotamiento físico y el shock psicológico.
El engranaje en su pecho latía con una frecuencia errática, dolorosa, como si respondiera a la presencia del objeto idéntico que Lady Margaret había exhibido con tanta vanidad morbosa.
Ese segundo artefacto, ese espejo metálico de su propia condición, había destrozado la narrativa de singularidad que Isla había construido para protegerse de la locura.
No era una anomalía única; era parte de un patrón. Una serie. Un experimento repetido.
El silencio fue roto por el sonido de pasos lentos y deliberados acercándose desde la oscuridad del pasillo.
No eran los pasos pesados de los guardias brutales, sino el taconeo suave, rítmico, de alguien acostumbrado a comandar sin necesidad de alzar la voz.
Lady Margaret apareció tras la reja, sosteniendo una bandeja de plata con una taza de barro humeante y un trozo de pan duro.
Su expresión era de una serenidad aterradora, desprovista de la malicia abierta de Campbell o la arrogancia vacía de Malcolm.
Era la calma del verdugo que conoce cada nervio de su víctima.
—Debes comer, querida —dijo Margaret, deslizando la bandeja bajo la reja con un movimiento fluido—. La claridad mental requiere combustible. Y voy a necesitar toda tu lucidez para lo que viene.
Isla no se movió. Observó la comida con desconfianza instintiva. En este juego de ajedrez temporal, cada oferta era una trampa, cada gesto de benevolencia un cebo envenenado.
—¿Por qué? —preguntó Isla, su voz ronca por la deshidratación y el desuso—. ¿Por qué me mantienes viva? Si soy solo un trofeo, una pieza de colección, ¿por qué no me has eliminado ya?
Margaret sonrió, una curvatura leve de los labios que no llegó a iluminar sus ojos oscuros y profundos.
Se sentó en un taburete de madera que uno de los guardias invisibles debía haber colocado allí, cruzando las manos sobre el regazo, adoptando la postura de una matriarca impartiendo lecciones domésticas.
—Porque los trofeos se exhiben, Isla. No se destruyen. Y tú... tú eres la pieza central de mi exposición. La prueba definitiva de que el tiempo no es una línea recta, sino un círculo vicioso del que nadie puede escapar. Ni siquiera aquellos que creen venir de las estrellas.
Isla sintió un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura de la celda.
—Hablaste de hace cincuenta años —insistió ella, clavando la mirada en la anciana—. Dijiste que encontraste otro engranaje. Que viste caer a alguien más. ¿Quién era?
Margaret suspiró, un sonido largo y cargado de una nostalgia pervertida.
—Era una mujer. Joven, como tú. Hermosa, como tú.
Confundida, como tú. Llegó durante una tormenta similar a esta, cayendo del cielo sobre las ruinas del antiguo fuerte picto.
No hablaba nuestro idioma al principio, pero aprendió rápido.
Demasiado rápido. Conocía cosas que ninguna campesina debería saber.
Curaba heridas con técnicas que parecían magia, pero que ella llamaba "ciencia".
Isla contuvo la respiración. Los detalles encajaban con horror y precisión. La velocidad de aprendizaje, los conocimientos anacrónicos, la belleza etérea.
—¿Qué le pasó? —susurró Isla, temiendo la respuesta.
Margaret se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con una intensidad fanática.
—Intentó huir. Creyó que podía regresar a su tiempo, a su mundo de cristal y luces.
Pero el tiempo no permite devoluciones, Isla.
Es un río de corriente única. Cuando intentó forzar la puerta, cuando intentó usar el engranaje que llevaba consigo...
el mecanismo falló. O quizás, funcionó demasiado bien.
Se desintegró. Se convirtió en polvo, en energía pura, dispersándose en el viento.
Pero antes de desaparecer, me dejó esto.
Sacó el engranaje azul de entre los pliegues de su túnica y lo sostuvo contra la luz tenue de la antorcha. Giraba lentamente, emitiendo un zumbido apenas audible.
—Y me dejó una advertencia. Dijo que vendrían más. Que la brecha se estaba ensanchando. Que debíamos estar preparados para contenerlas. Para estudiarlas. Para usarlas.
Isla sintió cómo la náusea le subía por la garganta. La mujer del pasado no había sido rescatada. Había sido capturada. Experimentada. Y finalmente, destruida. Y Margaret, lejos de ser una víctima circunstancial, había orquestado todo ello. Había convertido el horror en metodología.
—Tú no eres una bruja —dijo Isla, con voz temblorosa pero clara—.
Eres una científica. Una investigadora cruel, pero científica.
Usas la superstición del pueblo para ocultar tus experimentos.
Los sacrificios, los rituales... todo era para generar la energía necesaria para estabilizar los engranajes. Para alimentar la máquina.
Margaret aplaudió suavemente, un gesto lento y sarcástico.
—Brillante. Has conectado los puntos más veloz que cualquiera de mis otros sujetos.
Sí, Isla. La magia es solo ciencia que aún no comprenden los ignorantes.
Y yo he comprendido mucho. He aprendido a extraer la energía temporal de los seres vivos.
De su miedo, de su dolor, de su esperanza.
Y tú... tú eres la fuente más potente que he encontrado jamás.
Porque tu conexión con el futuro es directa. Biológica.
Se levantó, dejando la bandeja intacta en el suelo.
—Pero hay un problema. Tu resistencia. Tu terquedad. Y ese amor patético que sientes por el hijo del Laird. Eso debilita la pureza de la señal. Necesito aislarte. Necesito romper ese vínculo emocional para acceder a la energía cruda que llevas dentro.
Isla retrocedió hasta chocar con la pared fría.
—No lo lograrás. Lachlan vendrá por mí.
Margaret rio, una risa seca y cruel.
—Lachlan está ocupado. O lo estará muy pronto.
He enviado a mis mejores hombres a buscarlo.
No para matarlo, Isla. Para atraerlo aquí.
Porque necesito que vea esto. Necesito que vea cómo te desmonto, pieza por pieza, hasta que no quede nada de la mujer que él ama.
Solo quedará la máquina. Y entonces... entonces abriré la puerta de verdad.
No para enviarte a casa. Sino para traer a todos los demás.
A tu madre. A tu gente. Para que podamos estudiarlos juntos.
Antes de que Isla pudiera responder, Margaret se dio la vuelta y caminó hacia la oscuridad del pasillo.
—Descansa, querida. Mañana comenzamos la disección.
La anciana desapareció, dejando a Isla sola con el eco de sus palabras y el hambre física que empezaba a dolerle en el estómago.
Pero el dolor físico era insignificante comparado con el terror existencial que la consumía.
Margaret no solo quería su poder; quería su identidad.
Quería convertirla en un objeto de estudio, despojándola de su humanidad, de su amor, de su memoria.
Isla cerró los ojos, intentando bloquear el pánico. Piensa, se ordenó. Analiza. Busca una salida.
Recordó el dispositivo cuántico que Aris le había dado.
Aún lo llevaba escondido en el dobladillo de su vestido, cosido apresuradamente antes de ser capturada.
Era pequeño, del tamaño de una moneda, pero contenía una reserva de energía de emergencia.
Una batería de respaldo. Si podía activarlo, podría crear una interferencia electromagnética local.
Podría cegar los sensores de Margaret, quizás incluso sobrecargar el engranaje que la anciana llevaba consigo.
Pero necesitaba tiempo. Y necesitaba distracción.
Escuchó atentamente. Más allá del silencio de la celda, oyó ruidos distantes. Gritos. Choque de metal contra metal. Pasos corriendo.
Algo ocurría arriba. Algo grande.
Una esperanza frágil, casi dolorosa, nació en su pecho. Lachlan. Él no había sido capturado. Estaba luchando.
Y si estaba luchando, significaba que aún tenía una oportunidad.
Isla sacó el pequeño dispositivo de su vestido. Lo apretó en su puño, sintiendo su calor reconfortante. Esperaría. Esperaría el momento exacto. El momento en que el caos alcanzara su cenit.
Porque en el caos, incluso las prisiones más perfectas tienen grietas. Ella estaba dispuesta a explotar cada una de ellas.