Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 28 La Captura
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Capítulo 28 La Captura

La nave no descendió con el estruendo de la guerra, sino con el silencio aterrador de una sentencia divina.

Era una masa negra, geométrica, que oscurecía el cielo violáceo, absorbiendo la luz de las estrellas y proyectando una sombra absoluta sobre el castillo de Dunvegan.

Desde la cripta, Isla y Lachlan observaban impotentes cómo la realidad se desintegraba a su alrededor.

Los muros de piedra parecían volverse translúcidos, revelando capas superpuestas de tiempo: el castillo en ruinas del futuro, la fortaleza primitiva del pasado, y la estructura actual, todas coexistiendo en un parpadeo vertiginoso.

El dispositivo cuántico sobre el pedestal emitía pitidos agudos, frenéticos, antes de apagarse definitivamente, su pantalla convertida en un espejo negro e inútil.

—Se ha acabado —murmuró Lachlan, su voz apenas audible sobre el zumbido gravitatorio que hacía vibrar los huesos. No había miedo en sus ojos, solo una resignación profunda, la calma del hombre que ha luchado hasta el último aliento y acepta el destino con dignidad.

Isla quería gritar, quería luchar, pero su cuerpo estaba paralizado por una fuerza que no era física.

Era una presión psíquica, una voluntad externa que se cernía sobre ellos como una losa de plomo.

Sentía la presencia de Aris Thorne, su madre, no como una salvadora, sino como una ejecutora fría y distante.

Y junto a ella, la figura de Kael, el agente traidor, observando con la indiferencia burocrática de quien limpia un error de software.

Pero antes de que el rayo de la nave pudiera impactar contra la cripta, algo intervino. No fue tecnología. Fue magia antigua, visceral, arraigada en la tierra misma de Escocia.

Una onda de choque oscura emanó desde las profundidades del castillo, desde la torre norte, chocando contra el haz de energía de la nave y desviándolo ligeramente.

El impacto sacudió los cimientos, haciendo caer polvo y escombros del techo abovedado.

La burbuja temporal, aunque colapsada, dejó un residuo energético que interactuó con la defensa ancestral del clan MacLeod, una protección olvidada, dormida bajo capas de superstición y olvido.

En medio del caos, una figura emergió de las sombras de la escalera lateral. No era un soldado. No era un espectro. Era Lady Margaret.

Pero ya no era la anciana frágil y manipuladora que habían conocido.

Vestía túnicas negras bordadas con hilos de plata que brillaban con una luz propia, y en sus manos sostenía un bastón de madera negra rematado con una piedra roja pulsante.

Sus ojos, antes lechosos por la catarata, ahora ardían con una inteligencia feroz, cruel y absolutamente lúcida.

—¡Fuera! —gritó Margaret, su voz resonando con una autoridad que hizo temblar el aire—. ¡Este lugar está bajo mi protección! ¡Nadie toca lo que es mío!

El haz de la nave vaciló. Por un segundo, la tecnología futurista pareció confundida ante una fuerza que no podía cuantificar, una energía que no obedecía a las leyes de la física convencional. Fue suficiente.

Margaret levantó el bastón y golpeó el suelo.

Una grieta se abrió en la piedra de la cripta, tragándose a Isla y Lachlan antes de que pudieran reaccionar.

Cayeron en la oscuridad, deslizándose por un tobogán de roca pulida, lejos de la mirada de la nave, lejos de la traición de Kael, lejos de la frialdad de Aris.

Aterrizaron sobre un montón de paja húmeda en una cámara subterránea que Isla no reconocía. El aire olía a humedad, a raíces antiguas y a encierro. Estaban vivos, pero atrapados.

Antes de que pudieran incorporarse, la entrada superior se cerró con un golpe sordo. Pasos descendieron por la escalera. Lentos. Deliberados.

Lady Margaret apareció en la base de las escaleras, iluminada por la luz tenue de su bastón. Sonreía. No era la sonrisa de una salvadora. Era la sonrisa de una araña que ha capturado a la mosca en su tela.

—Bienvenidos a mi santuario, queridos niños —dijo, su voz suave, melosa, cargada de una satisfacción morbosa—. Habéis sido muy traviesos. Jugando con fuerzas que no comprendéis. Intentando salvar un mundo que no merece ser salvado.

Lachlan se puso de pie, interponiéndose entre ella e Isla, a pesar de estar desarmado y herido.

—¿Qué has hecho, Margaret? ¿Por qué nos has traído aquí?

Margaret rio, un sonido seco que resonó en las paredes de piedra.

—Os he salvado, sobrino. De esa... cosa en el cielo. De esa mujer sin alma que clamaba ser vuestra madre, Isla. Ella no os quiere. Os quiere corregir. Yo, en cambio, os quiero utilizar. Hay una diferencia sutil, pero importante.

Isla se incorporó, sintiendo cómo el engranaje en su pecho latía con fuerza, respondiendo a la presencia de Margaret. Algo estaba mal. La energía que emanaba de la anciana no era solo brujería local. Era algo más. Algo familiar.

—Tú sabes quién soy —dijo Isla, su voz firme a pesar del miedo—. Sabes de dónde vengo.

Margaret se acercó, estudiándola con una curiosidad clínica.

—Sé que eres una anomalía. Una grieta en el tejido de mi realidad. Y sé que eres valiosa. Muy valiosa.

Extendió la mano libre y, con un movimiento rápido, agarró a Isla por el brazo.

Su fuerza era sorprendente, desproporcionada para su edad.

Lachlan intentó intervenir, pero dos guardias armados, vestidos con libreas negras que Isla no había visto antes, emergieron de las sombras y lo inmovilizaron contra la pared.

—¡Suéltala! —gritó Lachlan, luchando inútilmente.

Margaret ignoró sus gritos. Con la otra mano, metió la mano en los pliegues de su túnica y sacó algo.

Lo sostuvo frente a los ojos de Isla. Era un engranaje.

Idéntico al que Isla había encontrado en el establo. Idéntico al que había llevado en el pecho. Pequeño, preciso, fabricado con una aleación azulada imposible para el siglo XVIII. Brillaba con la misma luz fría, alienígena.

Isla sintió cómo el aire se escapaba de sus pulmones. El mundo giró a su alrededor.

—¿De dónde...? —balbuceó, incapaz de articular la pregunta completa.

Margaret sonrió, acariciando el objeto con ternura.

—Lo encontré hace cincuenta años, querida. En el mismo lugar donde tú apareciste. En las ruinas del bosque. Cayó del cielo, igual que tú. Igual que tu madre. Igual que todos vosotros, los viajeros perdidos.

Acercó el engranaje al rostro de Isla, obligándola a mirar su propio reflejo distorsionado en el metal pulido.

—No eres única, Isla. Eres parte de una colección. Y yo... yo soy la curadora.

Isla miró a Lachlan, buscando ayuda, buscando una explicación racional. Pero él estaba inmóvil, pálido, mirando el objeto con horror absoluto. Comprendía, al igual que ella, que todo lo que creían saber sobre su origen, sobre su singularidad, era una mentira.

Margaret no era solo una bruja local. Era una recolectora. Y ellos eran sus trofeos.

—Ahora —dijo Margaret, guardando el engranaje nuevamente—, vamos a tener una charla muy interesante. Sobre el tiempo. Sobre el poder. Y sobre por qué nunca debiste haber llegado aquí.

Hizo una señal a los guardias. Estos arrastraron a Lachlan hacia una celda adyacente, separándolo de Isla con una reja de hierro gruesa.

—¡No! —gritó Isla, lanzándose contra la reja, pero Margaret la detuvo con un gesto casual de su bastón. Una onda de energía invisible la empujó hacia atrás, haciéndola caer al suelo.

—Tranquila, niña —dijo Margaret, inclinándose sobre ella—. Aún no hemos comenzado. Y tengo muchas preguntas que hacerte. Empezando por esta: ¿Cuántos más como tú vienen?

Isla la miró, temblando de frío y de rabia. No respondió. Pero en sus ojos, Margaret leyó la verdad. Y sonrió.

Porque la verdad era exactamente lo que ella quería oír.