Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 30 El Rescate Sangriento
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Capítulo 30 El Rescate Sangriento

El caos no llegó como una tormenta repentina, sino como un terremoto sísmico que sacudió los cimientos mismos de la realidad dentro de las mazmorras.

Primero fue el sonido: un estruendo metálico, lejano pero creciente, como el choque de mil espadas contra escudos de hierro.

Luego, la vibración. El suelo de tierra compacta tembló bajo los pies descalzos de Isla, haciendo caer polvo y pequeños guijarros del techo abovedado.

Las sombras proyectadas por la antorcha exterior bailaron frenéticamente, distorsionándose en formas grotescas que parecían presagiar la violencia inminente.

Isla permaneció inmóvil en su rincón, con el pequeño dispositivo cuántico apretado en el puño cerrado hasta que los nudillos se pusieron blancos.

Su corazón latía al unísono con los golpes sordos que resonaban desde los niveles superiores del castillo.

No eran pasos de guardias rutinarios. Eran carreras, gritos de agonía, el crujido de madera astillada y el silbido agudo de flechas cortando el aire.

Lachlan había cumplido su promesa. No había negociado.

No había esperado. Había declarado la guerra.

De repente, la puerta de hierro de la celda contigua, donde habían retenido a Lachlan antes de separarlo de ella, estalló hacia adentro con un ruido ensordecedor.

La cerradura, vieja y oxidada, cedió bajo el impacto de un ariete improvisado o quizás bajo la fuerza bruta de la desesperación.

Una figura cubierta de hollín, sangre y sudor irrumpió en el pasillo. Era Lachlan.

Pero no era el hombre elegante y refinado que había conocido en la biblioteca. Era una bestia herida, con la camisa rasgada revelando músculos tensos y cicatrices frescas, el cabello pegado a la frente por la sangre seca, y los ojos ardiendo con una furia primitiva que helaba la sangre.

Detrás de él, dos de sus leales seguidores, hombres del clan que habían rechazado la tiranía de Margaret, luchaban contra tres guardias de la matriarca. El acero cantaba en la penumbra, un coro mortal de muerte y supervivencia.

—Isla —jadeó Lachlan, girándose hacia la reja que la separaba de él. Su voz estaba rota, pero sus ojos la buscaron con una intensidad que trascendía el dolor físico—. ¿Estás bien?

—Estoy aquí —respondió ella, acercándose a los barrotes fríos. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de la adrenalina contenida que amenazaba con desbordarla—. ¡La llave! ¡Tienes que abrir esto!

Lachlan examinó la cerradura. Era compleja, de diseño antiguo, reforzada con magia residual que Margaret había imbuido en el metal. Intentó forzarla con su daga, pero la hoja se dobló inútilmente. Maldijo entre dientes, golpeando la reja con el puño libre.

—No cede. Está encantada. Necesitamos algo más fuerte. Algo que rompa el vínculo energético.

Isla miró el dispositivo en su mano. Sabía lo que tenía que hacer.

Activarlo aquí, en proximidad directa con la cerradura encantada, podría crear una sobrecarga electromagnética capaz de fundir el mecanismo o, peor aún, detonar el engranaje interno de Margaret si estaba cerca.

Pero el riesgo era alto. Podría colapsar el túnel sobre ellos. Podría matarla a ella.

—Aléjate —ordenó Isla, su voz firme a pesar del terror que le oprimía el pecho—. Aléjate de la puerta. Ahora.

Lachlan dudó un segundo, leyendo la determinación mortal en los ojos de ella. Luego, asintió. Retrocedió unos pasos, cubriéndose el rostro con el brazo.

Isla colocó el dispositivo contra los barrotes de hierro. Cerró los ojos, concentrando toda su voluntad, todo su amor, todo su odio hacia la mujer que la había torturado, en el pequeño objeto. Rompe, pensó. Libéranos.

Presionó el botón de activación.

Un zumbido agudo, casi inaudible para el oído humano, llenó el aire.

Los barrotes comenzaron a vibrar, emitiendo un calor intenso.

Chispas azules saltaron del metal, iluminando la oscuridad con destellos eléctricos.

El olor a ozono y metal quemado invadió la celda.

Isla sintió cómo la energía fluía desde el dispositivo hacia su cuerpo, quemándola desde dentro, pero no soltó el objeto.

Aguantó el dolor, gritando silenciosamente mientras la estructura de la cerradura comenzaba a desintegrarse, fundiéndose como cera bajo una llama invisible.

Con un último chasquido seco, la cerradura cayó al suelo, humeante. La puerta se entreabrió.

Lachlan se lanzó hacia ella, apartando la puerta de una patada y abrazándola con una fuerza que le robó el aire. Isla se derrumbó contra su pecho, temblando incontrolablemente, las lágrimas mezclándose con el hollín de su rostro.

—Te tengo —susurró él en su oído, besando su cabello sucio—. Te tengo. No te voy a soltar. Nunca más.

Pero el momento de reunión fue breve. Los gritos en el pasillo se intensificaron. Más guardias llegaban. Y entre ellos, una figura alta y encorvada avanzaba con una calma aterradora.

Lady Margaret.

No corría. Caminaba. Sostenía su bastón de madera negra con ambas manos, y la piedra roja en su extremo brillaba con una luz pulsante, maligna. Sus ojos estaban fijos en Isla y Lachlan, y en su rostro no había ira, sino una satisfacción fría, calculadora.

—Impresionante —dijo Margaret, su voz resonando claramente sobre el clamor de la batalla—. Realmente impresionante. Has utilizado la tecnología de tu madre para romper mis defensas. Inteligente. Pero predecible.

Lachlan se separó de Isla, desenvainando su espada, aunque la hoja estaba mellada y manchada de sangre seca. Se interpuso entre ella y la anciana.

—Terminó, Margaret. Déjanos ir. O juro por la tumba de mis ancestros que te arrancaré el corazón con mis propias manos.

Margaret rio, un sonido seco y desagradable.

—Oh, sobrino. Siempre tan dramático. Tan lineal. Crees que esto es una batalla de espadas. Crees que puedes ganar con fuerza bruta. Pero el tiempo... el tiempo no se gana con espadas. Se gana con paciencia. Y con sacrificio.

Levantó el bastón y lo clavó en el suelo de piedra del pasillo.

—Y ahora, es hora del sacrificio final.

El suelo bajo sus pies comenzó a temblar violentamente.

No era un temblor local. Era un terremoto.

Las paredes de la mazmorra crujieron, grietas profundas aparecieron en el techo, y grandes bloques de piedra comenzaron a caer, bloqueando parcialmente la salida.

El aire se llenó de polvo, dificultando la respiración.

—¿Qué has hecho? —gritó Lachlan, tosiendo, protegiendo a Isla con su cuerpo.

—He activado el Mecanismo de Colapso —respondió Margaret, su voz elevándose por encima del estruendo—.

Las ruinas subterráneas bajo el castillo están conectadas a las líneas ley de la tierra.

Al liberar esa energía, puedo causar un colapso estructural controlado.

Enterraré esta ala del castillo. Enterraré la evidencia. Y os enterraré a vosotros.

Isla miró a su alrededor. El techo cedía. Las vigas de madera gemían bajo el peso de la piedra. Tenían segundos, quizás menos, antes de que todo se derrumbara sobre ellos.

—¡Corre! —gritó Isla, tirando del brazo de Lachlan—. ¡Hacia las escaleras laterales! ¡Las que llevan a la cripta antigua!

Lachlan dudó.

—¡Es una trampa! ¡Ella quiere que vayamos allí!

—¡No hay otra opción! —insistió Isla, viendo cómo un bloque de piedra del tamaño de un carro caía justo donde habían estado segundos antes—. ¡Si nos quedamos aquí, moriremos aplastados!

Lachlan la miró, viendo la certeza en sus ojos. Asintió.

Juntos, corrieron hacia la pequeña puerta lateral que conducía a las escaleras de servicio. Los guardias de Margaret intentaron interceptarlos, pero el caos del derrumbe los distrajo. Algunos fueron aplastados por los escombros; otros huyeron presa del pánico.

Subieron las escaleras a toda prisa, tropezando, cayendo, levantándose. El polvo era tan denso que apenas podían ver a un metro de distancia. El ruido era ensordecedor, una sinfonía de destrucción que hacía vibrar los dientes.

Al llegar a la planta superior, emergieron en la cripta familiar.

Pero la cripta ya no era un lugar sagrado.

El suelo se había abierto, revelando un abismo oscuro y profundo debajo del pedestal de obsidiana.

Un viento frío y antinatural surgía de las profundidades, trayendo consigo olores de tiempos olvidados, de tierra antigua, de muerte.

Margaret apareció en la entrada de la cripta, indemne, protegida por una burbuja de energía invisible generada por su bastón. Sonreía.

—Bienvenidos al fin del mundo, queridos —dijo, su voz distorsionada por el eco del abismo—. O al principio. Dependiendo de cómo lo miréis.

Antes de que pudieran reaccionar, el suelo bajo sus pies cedió completamente. Isla y Lachlan cayeron.

Cayeron hacia la oscuridad, hacia el vacío, hacia lo desconocido.

Pero mientras caían, Isla vio a Margaret desaparecer en la nube de polvo, su sonrisa triunfante siendo lo último que vio antes de que la oscuridad la tragara por completo.

El castillo de Dunvegan se derrumbaba sobre ellos. Pero abajo, en las profundidades de la tierra, algo los esperaba. Algo antiguo. Algo poderoso. Y algo que conocía su nombre.