Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 19 Curación y Confesión
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Capítulo 19 Curación y Confesión

El bosque se cerró sobre ellos como una boca hambrienta, tragándose la luz del amanecer y devolviéndoles una penumbra verdosa y húmeda.

Isla y Lachlan avanzaron a pie, dejando que los caballos pastaran libremente en un claro seguro más atrás; los animales estaban agotados, sus flancos subiendo y bajando con espasmos de terror residual tras el cruce del río.

Pero los jinetes no podían permitirse el lujo del descanso.

Cada minuto que pasaba era un minuto que Malcolm y sus hombres utilizaban para rastrear su rastro, un minuto que Lady Margaret dedicaba a consolidar su poder en el castillo, un minuto que el engranaje en el pecho de Isla utilizaba para corroer su humanidad.

Lachlan cojeaba visiblemente. La caída en el barranco y la lucha contra la corriente habían reabierto la herida de su brazo, y la tela empapada de su camisa se había teñido de un rojo oscuro, casi negro bajo la luz filtrada por las hojas.

Su rostro estaba pálido, perlado de un sudor frío que no tenía relación con el esfuerzo físico, sino con la fiebre que comenzaba a arder en su interior.

Isla lo observaba con la mirada analítica de quien evalúa un daño estructural crítico.

Sabía que si no trataba la infección pronto, la gangrena se extendería, y en este siglo, sin antibióticos ni cirugía avanzada, la amputación o la muerte eran las únicas opciones probables.

—Necesitamos refugiarnos —indicó ella, su voz firme aunque sus manos temblaban ligeramente al tocar el hombro de Lachlan para sostenerlo—. Hay una cueva cerca. La conoces. La usábamos cuando éramos niños para escondernos de los tutores.

Lachlan asintió débilmente, apoyándose en ella.

Su confianza era absoluta, un acto de fe que dolía más que cualquier herida física.

Isla guio sus pasos hacia el norte, adentrándose en una zona de rocas calizas donde la vegetación era más escasa y el terreno más irregular.

Encontraron la entrada oculta tras una cortina de hiedra espesa, una oquedad natural profunda y seca que olía a tierra antigua y a seguridad relativa.

Una vez dentro, Isla ayudó a Lachlan a recostarse sobre un lecho de musgo seco que había preparado mentalmente como el lugar más cómodo disponible.

Sacó de su bolsa improvisada un frasco de whisky robado de las bodegas antes de la huida, vendas limpias arrancadas de su propia camisa interior, y un pequeño cuchillo que había afilado contra la piedra durante la noche.

—Esto va a doler —advirtió, vertiendo el alcohol sobre la herida abierta en el brazo de Lachlan.

Él apretó los dientes, pero no emitió ningún sonido, solo un gemido sordo que vibró en su garganta.

Isla trabajó con precisión quirúrgica, limpiando la suciedad y los restos de algas del río, cortando el tejido muerto con movimientos rápidos y decisivos.

Sus manos, aunque temblaban por la adrenalina y el frío, eran firmes gracias a años de entrenamiento forense y médico básico en su vida anterior.

Vendó el brazo con firmeza, asegurando el apósito para detener el sangrado.

Cuando terminó, Lachlan exhaló largamente, dejando caer la cabeza hacia atrás contra la pared de roca. Sus ojos estaban cerrados, pero su respiración era entrecortada.

—Gracias —murmuró, abriendo los ojos para mirarla. Había una vulnerabilidad en su mirada que Isla nunca había visto antes. El guerrero, el lord, el heredero, había desaparecido, dejando solo al hombre herido, al amante desesperado.

Isla se sentó a su lado, limpiándose las manos manchadas de sangre con un trozo de tela.

El silencio en la cueva era denso, cargado de todo lo que no se habían dicho, de todo lo que el peligro inminente les impedía expresar.

Pero ya no había tiempo para silencios. La advertencia del engranaje, la voz de su madre, la revelación de que el cazador venía de su futuro...

todo eso pesaba sobre ella como una losa de plomo.

—Lachlan —comenzó, su voz apenas un susurro—. Hay algo que debo decirte. Algo que he intentado ocultar, incluso de mí misma. Pero ya no puedo. Si vamos a morir, o si vamos a vivir, necesitas saber la verdad completa. No solo fragmentos. La verdad.

Lachlan se incorporó con dificultad, ignorando el dolor, para prestarle toda su atención.

—Te escucho, Isla. Sea lo que sea, no cambiará lo que siento por ti.

Ella sonrió tristemente, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Quizás debería. Porque lo que soy... lo que realmente soy... podría hacer que me temas. O que me compadezcas. Y no quiero ninguna de las dos cosas. Quiero que me veas.

Tomó aire, preparando las palabras que desmantelarían la realidad tal como Lachlan la conocía.

—No vine aquí por accidente. No fui robada de niña y rescatada por un pastor.

Eso es la historia que me contaron, la narrativa que construyeron para mantenerme dócil.

La verdad es que nací en otro tiempo. Doscientos años en el futuro.

En un mundo donde la magia es ciencia, donde el tiempo es una dimensión que se puede medir, manipular y, a veces, romper.

Lachlan la escuchaba sin interrumpir, su expresión ilegible.

—Era investigadora. Estudiosa de anomalías temporales.

Un día, mientras examinaba un artefacto antiguo, algo salió mal.

Una brecha se abrió. Caí a través de ella.

Perdí mis recuerdos al principio, sí, pero han vuelto.

Y con ellos, ha vuelto el miedo. Porque sé qué es este engranaje.

Sé qué quiere Margaret. Y sé quién viene a buscarme.

—¿Quién? —preguntó Lachlan, su voz tensa.

—Alguien de mi tiempo. Alguien que sabe cómo funciona la puerta. Alguien que no tiene escrúpulos morales como los de Campbell o Malcolm. Alguien que me ve como un experimento fallido que debe ser corregido. O eliminado.

Lachlan guardó silencio durante un largo momento, procesando la información. Luego, extendió la mano y tomó la de Isla. Su tacto era cálido, sólido, anclándola a la tierra, a este tiempo, a esta realidad.

—No importa de dónde vengas, Isla. Importa quién eres ahora. Eres la mujer que me salvó la vida. La mujer que desafió a un clan entero. La mujer que ama con una ferocidad que asusta incluso a las sombras. Eso es lo que veo. Eso es lo que soy.

Isla sintió cómo las lágrimas amenazaban con brotar, pero las contuvo. No podía permitirse la debilidad ahora. Pero la confesión había aliviado una presión interna enorme. Ya no estaba sola en su secreto.

—Pero hay más —continuó ella, bajando la voz aún más—. El engranaje no es solo una llave. Es un faro. Y al activarlo en el castillo, al fusionarlo... he enviado una señal. Una baliza temporal. Ellos saben dónde estoy. Saben cuándo estoy. Y vendrán. Pronto.

Lachlan apretó su mano con fuerza.

—Entonces lucharemos. Juntos. Contra quien sea. Contra lo que sea. No dejaré que te lleven. No dejaré que te hagan daño.

En ese momento, la intimidad de la cueva, la vulnerabilidad compartida, el peligro inminente y el amor desesperado convergieron en un punto crítico.

Lachlan se inclinó hacia ella, rozando su frente con la suya.

Isla cerró los ojos, sintiendo el calor de su aliento, el latido acelerado de su corazón contra el suyo.

Era un momento de paz frágil, un respiro en medio de la tormenta.

Pero la paz duró poco.

Un sonido exterior los alertó. No era el viento. No era un animal. Era el crujido de ramas rotas. Pasos. Muchos pasos. Acercándose rápidamente.

Lachlan se separó de ella, desenvainando su espada con un movimiento fluido a pesar del dolor.

—Nos han encontrado —susurró, con urgencia.

Isla se puso de pie, preparándose para luchar. Pero antes de que pudieran salir de la cueva, una figura apareció en la entrada. No era Malcolm. No era un guardia.

Era un hombre alto, vestido con ropas extrañas, modernas, de materiales sintéticos que brillaban tenuemente en la penumbra. Llevaba gafas oscuras, a pesar de la oscuridad de la cueva. Y en su mano, sostenía un dispositivo que emitía un zumbido agudo, similar al del engranaje.

El hombre se quitó las gafas. Sus ojos eran fríos, calculadores, idénticos a los de Isla. Idénticos a los de su madre.

Sonrió, una sonrisa profesional, desprovista de emoción.

—Hola, Elara —dijo, usando su nombre verdadero, el nombre que nadie en este siglo conocía—. He venido a llevarte a casa.

Isla sintió cómo el mundo se detenía. El cazador había llegado. Y no venía solo. Detrás de él, emergiendo de la niebla, había más figuras. Soldados. Armados con tecnología que parecía magia negra para los ojos del siglo XVIII.

Lachlan miró a Isla, confundido, aterrado.

—¿Quién es este hombre? —preguntó, con voz tensa.

Isla tragó saliva, sintiendo cómo el miedo se transformaba en una determinación fría.

—Es mi pasado —respondió ella, con voz firme—. Y nuestro futuro depende de que no nos alcance.

El hombre dio un paso adelante.

—No tienes elección, Elara. La paradoja debe ser corregida. Vienes conmigo. Voluntariamente. O por la fuerza.

Isla miró a Lachlan. Vio el amor en sus ojos, la disposición a morir por ella. Y supo que no podía permitirlo. No podía permitir que este hombre, este agente del tiempo, dañara a Lachlan.

—Nunca —dijo ella.

En aquel momento, hizo lo impensable. Activó el engranaje. No para abrir una puerta. Sino para crear una explosión de energía temporal localizada.

La cueva estalló en luz blanca. Y cuando la luz se desvaneció, Isla y Lachlan habían desaparecido.

El agente del tiempo miró el espacio vacío, frunciendo el ceño.

—Interesante —murmuró, ajustándose las gafas—. Parece que la sujeto ha aprendido a usar sus habilidades. Esto será... divertido.

Ordenó a sus hombres buscar. La cacería había entrado en una nueva fase. Una fase intertemporal.