Capítulo 18 Perseguidos por la Niebla
El eco de la voz materna no se desvaneció con el destello de luz; quedó incrustado en la mente de Isla como una astilla de hielo, punzante y persistente.
«Abre la puerta». La orden resonaba con una autoridad biológica innegable, una programación genética que despertaba instintos dormidos bajo capas de trauma y supervivencia.
Isla miró el engranaje fusionado en su palma.
Ya no eran tres piezas separadas, sino un único artefacto complejo, un núcleo de energía pulsante que irradiaba un calor suave pero constante, vibrando en armonía con su propio latido cardíaco.
Era hermoso y aterrador a la vez, una obra maestra de ingeniería temporal que parecía haber sido forjada específicamente para encajar en el hueco de su alma.
Lachlan estaba a su lado, respirando con dificultad, la espada aún en la mano aunque ya no había enemigos visibles.
Los guardias encapuchados habían huido presas del pánico ante la explosión de energía, y Lady Margaret yacía inconsciente contra la pared, su rostro pálido surcado por arrugas de dolor y confusión.
El castillo temblaba levemente, como si la estructura misma estuviera procesando el shock sísmico del ritual abortado.
Polvo y yeso caían del techo abovedado, creando una neblina gris que se mezclaba con la oscuridad de la noche que entraba por las ventanas rotas.
—¿Isla? —la voz de Lachlan la trajo de vuelta a la realidad. Sus ojos estaban muy abiertos, llenos de una preocupación que iba más allá del peligro inmediato—. ¿Estás bien? Ese objeto... brilla demasiado.
Isla cerró el puño alrededor del engranaje, ocultando su luz, aunque sintió cómo la energía buscaba salir, cómo quería conectarse con algo más grande, algo lejano.
—Estoy bien —mintió, aunque su voz sonaba extraña, metálica, como si viniera de lejos—. Pero no podemos quedarnos aquí. Margaret despertará pronto. Y cuando lo haga, traerá a todo el clan. Necesitamos salir. Ahora.
Lachlan asintió, guardando la espada. Se acercó a Margaret, comprobando su pulso.
—Vive. Pero está débil. El choque energético la ha dejado vulnerable. Tenemos una ventaja, pero será breve.
—Vamos —urgió Isla, tirando de su brazo hacia la escalera de caracol—. No por las mazmorras. Por el pasadizo secreto de la torre. El que lleva a los acantilados.
Bajaron las escaleras a toda prisa, sus pasos resonando en la piedra vacía.
El castillo estaba en alerta; podían oír voces gritando órdenes, puertas cerrándose con golpes secos, el sonido de botas corriendo por los pasillos superiores.
Campbell y Malcolm debían estar organizando la búsqueda.
La traición de Lachlan ya no era un secreto familiar; era una declaración de guerra abierta.
Llegaron a la base de la torre norte, donde una puerta oculta tras un tapiz raído daba acceso a un túnel estrecho y empinado que descendía hacia el mar.
Lachlan empujó el mecanismo de apertura, una palanca de hierro oxidada que cedió con un gemido agudo.
La puerta se abrió, revelando una oscuridad húmeda y el olor salobre del océano.
Entraron. El túnel era claustrofóbico, apenas lo suficientemente ancho para que dos personas pasaran de lado.
Las paredes estaban cubiertas de algas secas y conchas incrustadas, testigos silenciosos de siglos de mareas altas.
Caminaron en silencio, guiados únicamente por el tacto de las paredes húmedas y el sonido creciente de las olas rompiendo contra los acantilados inferiores.
Después de lo que pareció una eternidad, el túnel desembocó en una pequeña cueva natural, accesible solo durante la marea baja.
El aire fresco del exterior los golpeó como una bofetada necesaria.
La luna estaba oculta tras nubes densas, pero la espuma blanca de las olas proporcionaba una iluminación fantasmagórica.
—Los caballos —explicó Lachlan, señalando hacia arriba, hacia una senda estrecha que serpenteaba por el acantilado—. Los escondí en la gruta de los Contrabandistas, a media milla al norte. Es nuestro único chance de escapar rápido.
Comenzaron a escalar la senda rocosa, resbaladiza por la humedad.
Isla movía sus pies con cuidado, cada músculo tenso, consciente de que un resbalón significaría una caída mortal hacia las aguas turbulentas abajo.
El engranaje en su mano pulsaba con más fuerza ahora, como si reaccionara a la proximidad del mar, o quizás, a la libertad inminente.
Llegaron a la gruta justo cuando el primer rayo de luz del amanecer comenzaba a teñir el horizonte de un gris perla.
Dos caballos robustos, de pelaje oscuro, esperaban atados a unas estacas de madera.
Lachlan desató las riendas con movimientos rápidos y eficientes, ayudando a Isla a montar en uno de ellos antes de subir al otro.
—Sujétate fuerte —advirtió él, espoleando a su montura.
Salieron al galope, alejándose del castillo de Dunvegan, que se recortaba contra el cielo como una fortaleza de pesadilla.
El viento silbaba en sus oídos, arrancando lágrimas de sus ojos, pero no se detuvieron.
Cabalgaron hacia el interior, hacia las Tierras Altas salvajes, donde la lealtad al clan era menos absoluta y la niebla ofrecía cobertura.
Pero la huida no fue tranquila. A medida que se adentraban en el bosque, la niebla comenzó a espesarse, convirtiéndose en una pared blanca e impenetrable que reducía la visibilidad a pocos metros.
Los árboles parecían surgir de la nada, obligándoles a esquivar ramas bajas y troncos retorcidos.
Isla sentía una ansiedad creciente, no por la persecución, sino por algo más interno. El engranaje estaba cambiando.
La voz de su madre volvía a susurrar, más fuerte ahora, mostrando imágenes fragmentadas: una ciudad de cristal bajo un cielo rojo, una mujer idéntica a ella corriendo hacia una luz cegadora, un hombre con el rostro de Lachlan pero vestido con ropas futuristas, llorando.
—¡Lachlan! —gritó ella sobre el rugido del viento—. ¡Detente!
Él frenó bruscamente, su caballo relinchando de protesta.
—¿Qué pasa? ¿Nos siguen?
Isla miró a su alrededor. La niebla no era natural.
Tenía una textura densa, casi sólida. Y dentro de ella, vio sombras.
No eran guardias. Eran figuras humanas, borrosas, translúcidas, que caminaban sin hacer ruido.
Figuras del pasado. Guerreros jacobitas caídos en Culloden.
Mujeres llorando. Niños hambrientos. Fantasmas de la historia escocesa, atrapados en el tiempo, atraídos por la energía del engranaje.
—No son reales —murmuró Lachlan, desenvainando su espada aunque sabía que era inútil contra espectros—. Son ilusiones.
—No —corrigió Isla, con voz temblorosa—. Son ecos. El engranaje está abriendo grietas temporales menores. Estamos viendo fragmentos del pasado superpuestos al presente. Si seguimos así, la realidad se deshará. Nos perderemos en la niebla del tiempo.
Antes de que pudieran decidir qué hacer, una figura emergió de la bruma frente a ellos.
No era un fantasma. Era un hombre real, alto, vestido con una capa gris empapada, montando un caballo negro azabache.
Su rostro estaba cubierto por una capucha, pero Isla reconoció la postura. La arrogancia. La crueldad contenida.
Era Malcolm.
No estaba solo. Detrás de él, emergiendo de la niebla como espectros, había una docena de jinetes encapuchados. Los había alcanzado. O quizás, los habían estado esperando.
Malcolm levantó la mano, deteniendo a sus hombres. Sonrió, una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos ocultos en la sombra.
—Creísteis que podríais huir, ¿verdad? —dijo, su voz clara y burlona, cortando la bruma—.
Pensasteis que el caos en el castillo os daría ventaja.
Pero olvidasteis una cosa, querida Isla.
La niebla no es solo clima. Es nuestra aliada.
Y nosotros conocemos cada sendero, cada raíz, cada piedra de estas tierras.
Vosotros sois extranjeros aquí. Incluso tú, que crees venir del futuro, eres una extraña en este tiempo.
Lachlan espoleó su caballo, interponiéndose entre Isla y Malcolm.
—Apártate, Malcolm. No tienes autoridad sobre nosotros. Somos libres.
Malcolm rio, un sonido seco y desagradable.
—Libres. Qué concepto tan encantador. Pero la libertad tiene un precio, sobrino. Y hoy, vengo a cobrarlo. Entregadme el engranaje. Y quizás os permita morir rápido.
Isla apretó el objeto en su mano. Sentía cómo la energía crecía, cómo las figuras fantasmales a su alrededor comenzaban a agitarse, atraídas por la promesa de poder. Sabía que no podía entregarlo. Pero tampoco podía luchar contra doce jinetes experimentados en terreno desconocido.
Necesitaba una distracción. Algo impredecible. Algo que rompiera el patrón.
Miró a Lachlan. Él entendió la mirada. Sin palabras, asintió ligeramente.
Isla levantó el engranaje hacia el cielo gris. Concentró toda su voluntad, todo su miedo, toda su rabia, en el objeto. Y gritó. No un grito de ayuda, sino un grito de liberación.
El engranaje respondió. Emitió un pulso de luz azul intensa, cegadora, que atravesó la niebla como un faro. Las figuras fantasmales chillaron, disolviéndose en la luz. Los caballos de Malcolm relincharon, aterrorizados, retrocediendo descontroladamente.
En el caos momentáneo, Lachlan giró su caballo bruscamente, tomando un sendero lateral apenas visible, una ruta peligrosa que descendía hacia un barranco profundo.
—¡Por aquí! —gritó.
Isla lo siguió, dejando atrás a Malcolm y sus hombres, que luchaban por controlar a sus monturas asustadas. Descendieron por la pendiente empinada, las ramas azotando sus rostros, el barro salpicando sus ropas. Era una locura. Un suicidio potencial. Pero era su única oportunidad.
Al llegar al fondo del barranco, encontraron un río turbulento, crecido por la lluvia reciente. No había puente. No había vado.
Lachlan detuvo su caballo, mirando el agua rugiente.
—No podemos cruzar —dijo, con desesperación.
Isla miró el engranaje. Luego miró el río. Y tuvo una idea descabellada.
—Sí podemos —dijo, con una calma sorprendente—. Pero tenemos que confiar en el tiempo.
Antes de que Lachlan pudiera preguntar qué significaba eso, Isla espoleó a su caballo hacia el agua. El animal dudó, pero la confianza de su jinete lo impulsó a avanzar. Entraron en el río, la corriente arrastrándolos inmediatamente.
Lachlan no tuvo opción. Los siguió.
El agua era helada, violenta. Los caballos luchaban por mantenerse a flote, arrastrados hacia las rocas afiladas del lecho del río. Isla cerró los ojos, concentrándose en el engranaje. Protégenos, pensó. Ancla nuestra realidad.
El objeto brilló bajo el agua, creando una burbuja de aire alrededor de ellos, estabilizando la corriente a su alrededor. No era magia; era manipulación física localizada. Una tecnología imposible para el siglo XVIII, pero vital para su supervivencia.
Lograron cruzar el río, llegando a la otra orilla empapados, temblando, pero vivos. Dejaron atrás a Malcolm, que observaba desde la orilla opuesta, impotente ante la hazaña imposible.
Pero mientras se adentraban de nuevo en el bosque, Isla sintió una punzada aguda en el pecho. El engranaje se había enfriado. Y la voz de su madre había cambiado. Ya no susurraba órdenes. Susurraba una advertencia.
«Cuidado, hija. El cazador no es Malcolm. El cazador viene de donde tú vienes.»
Isla miró a Lachlan, que la observaba con preocupación.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
Ella negó con la cabeza, incapaz de articular el terror que acababa de nacer en su corazón. Porque si el cazador venía de su futuro... entonces nadie en este tiempo podía protegerla. Ni siquiera el amor.
Y peor aún: significaba que la puerta no estaba cerrada. Solo estaba esperando.
continua