Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 17 La Fuga Imposible
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Capítulo 17 La Fuga Imposible

La oscuridad de la mazmorra no era simplemente una ausencia de luz; era una entidad viva, pesada y viscosa que parecía presionar contra los ojos de Isla, exigiendo sumisión.

El aire estaba viciado, cargado con el olor rancio de la humedad antigua, el moho que devoraba la piedra y el hedor metálico del miedo acumulado durante siglos por los prisioneros que habían precedido a sus pasos.

Isla estaba sentada en el suelo frío, con las piernas cruzadas y la espalda recta, una postura de meditación forzada que le permitía mantener el control sobre el caos interno que amenazaba con desbordarla.

El engranaje integrado en su pecho latía con un ritmo errático, sincronizándose con los goteros lejanos que marcaban el paso del tiempo en aquel infierno subterráneo.

Plip. Plip. Plip. Cada gota era un segundo menos de vida, un segundo más cerca de la ejecución o, peor aún, de la transformación total en la Puerta.

Habían pasado horas desde que la cerraron allí.

Horas de silencio absoluto, roto únicamente por los gritos ahogados de otros presos en celdas distantes y el roce evasivo de ratas hambrientas.

Isla no había intentado llamar la atención.

Sabía que Brigid, la gemela de Morag, vigilaba el pasillo con una eficiencia cruel.

Cualquier ruido sería interpretado como debilidad o locura, y ambas eran peligrosas.

En cambio, había utilizado ese tiempo para analizar su entorno con la precisión clínica de su yo futuro.

La celda era un cubo de tres metros por tres, construida con bloques de granito gris ajustados sin mortero visible, una técnica antigua diseñada para resistir asedios, pero vulnerable a vibraciones específicas.

La puerta era de hierro macizo, reforzada con remaches de acero, asegurada por un mecanismo de cerradura complejo que requería una llave física o una fuerza bruta considerable.

No había ventanas. Solo una rejilla de ventilación alta, demasiado pequeña para que pasara un cuerpo humano, pero suficiente para dejar entrar corrientes de aire frío y, ocasionalmente, el sonido del mundo exterior.

Isla cerró los ojos, concentrándose en el engranaje.

No luchaba contra él; lo escuchaba. Sentía su estructura molecular, su frecuencia de resonancia.

Era un estabilizador de flujo temporal, sí, pero también era un conductor de energía cinética.

Si podía amplificar esa energía, si podía dirigir la vibración hacia un punto específico de la estructura de la celda...

Recordó las clases de física estructural de su vida anterior. Todo tiene una frecuencia natural de resonancia. Si aplicas la fuerza correcta en la frecuencia correcta, incluso el acero más duro puede fracturarse.

Comenzó a cantar. No una melodía, sino un tono bajo, constante, gutural.

Un zumbido que nacía en su diafragma y resonaba en su caja torácica, amplificando la vibración del engranaje.

Al principio, no pasó nada. Pero poco a poco, el aire en la celda comenzó a vibrar.

El polvo en el suelo se agitó, formando patrones geométricos complejos, figuras de Chladni que danzaban al ritmo de su voz.

Las paredes de granito emitieron un gemido sordo, casi imperceptible para el oído humano, pero claro para sus sentidos agudizados.

Continuó, aumentando la intensidad, sintiendo cómo el calor en su pecho se convertía en una presión dolorosa, como si sus costillas fueran a estallar.

Sudaba profusamente, el esfuerzo físico y mental drenando sus reservas de energía.

Pero no se detuvo. Tenía que confiar en la promesa de Lachlan.

«Esta noche». Y la noche ya había caído.

De repente, oyó un sonido diferente. No era el goteo. No era el viento. Era el chirrido suave de metal contra metal. Provenía de la rejilla de ventilación.

Isla abrió los ojos, deteniendo el canto abruptamente. La vibración cesó, dejando un silencio repentino y ensordecedor.

Una pequeña figura se deslizó por la rejilla, cayendo suavemente al suelo de la celda.

Era un gato negro, delgado, con ojos verdes brillantes.

El mismo gato que había llevado el mensaje de Margaret días atrás.

Pero esta vez, no llevaba ningún cilindro.

Llevaba algo atado a su collar: una llave pequeña, oxidada, hecha de hierro forjado.

Isla contuvo la respiración. ¿Era una trampa? ¿O era la ayuda prometida?

El gato maulló suavemente, frotándose contra su pierna, y luego señaló con la cabeza hacia la puerta. Isla se acercó, recogió la llave con manos temblorosas. Era vieja, pesada. Probablemente pertenecía a una celda anterior, olvidada por los carceleros. Pero podría funcionar.

Se acercó a la puerta de hierro. Introdujo la llave en la cerradura. Giró.

Atascada.

Giró con más fuerza, aplicando toda su voluntad, toda su desesperación. La llave cedió ligeramente, luego se rompió con un chasquido seco, dejando la mitad dentro del mecanismo.

Isla soltó un gemido de frustración. Había fallado. Estaba atrapada.

Pero entonces, oyó pasos en el pasillo. Pasos rápidos, ligeros. No eran los pasos pesados de los guardias. Eran los pasos de alguien que conocía el terreno.

La puerta de la celda contigua se abrió. Una voz susurró desde la oscuridad.

—Isla.

Era Lachlan.

No estaba en su propia celda. Había escapado. O quizás, nunca había sido encarcelado realmente. Quizás todo había sido parte de un plan más elaborado, una danza de distracciones para permitirle acceder a ella.

—Lachlan —susurró ella, acercándose a los barrotes que separaban sus celdas—. ¿Cómo...?

—No hay tiempo para explicaciones —dijo él, su voz tensa por la urgencia—. He sobornado al carcelero viejo, El primo de Ewan. Está dormido con whisky. Pero despertará pronto. Tengo la llave maestra.

Introdujo una llave grande y elaborada en la cerradura de la celda de Isla. Giró. El mecanismo cedió con un clic satisfactorio. La puerta se abrió.

Isla salió, abrazándolo brevemente, sintiendo el calor sólido de su cuerpo, la realidad de su presencia. Era un ancla vital en medio del caos.

—Tenemos que irnos —dijo Lachlan, tomándola de la mano—. Por el túnel de escape. El que usamos antes. Pero esta vez, no vamos a las ruinas. Vamos a la torre norte.

—¿La torre norte? —preguntó Isla, confundida—. Allí está Margaret. Allí está la entidad.

—Exacto —respondió Lachlan, con una sonrisa fría, peligrosa—. Porque allí es donde esconden el tercer engranaje. Y porque allí es donde podemos terminar esto de una vez por todas.

Salieron de la mazmorra, moviéndose sigilosamente por los pasillos oscuros.

El castillo dormía, pero era un sueño inquieto.

Las antorchas parpadeaban, proyectando sombras largas y distorsionadas que parecían acecharlos desde cada rincón.

Evitaron las rutas principales, utilizando los conductos de servicio y las escaleras secretas que Lachlan conocía gracias a años de rebeldía juvenil.

Llegaron a la base de la torre norte sin ser detectados.

La entrada estaba bloqueada por dos guardias, pero Lachlan los distrajo lanzando una piedra hacia el patio interior, creando un ruido que los hizo girarse.

En ese instante de distracción, Isla y él se deslizaron por la puerta lateral, subiendo las escaleras de caracol que conducían a la cima.

Cada piso que ascendían, el aire se volvía más frío, más cargado de energía estática. El engranaje en el pecho de Isla vibraba con mayor intensidad, como si reconociera la proximidad de su contraparte.

Al llegar a la última planta, encontraron una puerta de madera maciza, tallada con símbolos druídicos. Estaba entreabierta.

Entraron.

La habitación era circular, dominada por una gran ventana arqueada que ofrecía una vista panorámica del castillo y las tierras circundantes. En el centro, sobre un pedestal de obsidiana, flotaba el tercer engranaje. Brillaba con una luz roja intensa, pulsando como un corazón maligno.

Y frente a él, de espaldas a ellos, estaba Lady Margaret.

No parecía sorprendida. Se giró lentamente, sonriendo con esa calma aterradora que la caracterizaba.

—Sabía que vendríais —dijo, su voz suave, melosa—. La atracción es inevitable. Como la gravedad. Como el destino.

Lachlan desenvainó su espada, interponiéndose entre ella e Isla.

—Terminó, Margaret. Devuélvenos el engranaje.

Margaret rio, una risa seca y cruel.

—¿Devolverlo? Oh, querido sobrino. No entendéis nada. El engranaje no es un objeto. Es una parte de mí. De nosotros. Somos la llave. Y vosotros... vosotros sois el sacrificio.

Antes de que pudieran reaccionar, las sombras en las esquinas de la habitación comenzaron a moverse. No eran proyecciones esta vez. Eran reales. Guardias encapuchados, armados con ballestas, emergieron de la oscuridad, apuntando directamente a ellos.

Estaban rodeados. Otra vez.

Pero esta vez, Isla no sintió miedo. Sintió claridad. Miró el tercer engranaje, luego a Margaret, luego a Lachlan. Y comprendió la verdad final.

No necesitaban robar el engranaje. Necesitaban destruirlo. Y para hacerlo, necesitaban unir los tres. El que ella llevaba dentro, el que tenían en la biblioteca (que Lachlan había recuperado antes de entrar en la mazmorra, aunque no se lo había dicho), y este.

—Lachlan —susurró ella, sin apartar la vista de Margaret—. El diario. ¿Lo tienes?

Él asintió ligeramente, sin bajar la guardia.

—Sácalo —ordenó ella—. Ábrelo en la página del ritual de inversión.

Margaret frunció el ceño, confundida por la calma de Isla.

—¿Qué haces, niña? ¿Intentas salvar tu alma leyendo cuentos de hadas?

Isla sonrió. Una sonrisa triste, pero poderosa.

—No estoy leyendo cuentos, Margaret. Estoy escribiendo el final.

Lachlan sacó el diario, buscó la página indicada y comenzó a leer en voz alta, en gaélico antiguo, las palabras que Duncan MacLeod había escrito décadas atrás. Palabras de poder. Palabras de cierre.

A medida que leía, el tercer engranaje comenzó a vibrar violentamente. La luz roja se intensificó, volviéndose blanca, cegadora. Margaret gritó, llevándose las manos a la cabeza, mientras las sombras de los guardias comenzaban a disolverse, absorbidas por la luz.

El engranaje en el pecho de Isla ardió, liberando una onda de choque que derribó a Margaret contra la pared.

Isla corrió hacia el pedestal, tomando el tercer engranaje con sus manos desnudas. El dolor fue insoportable, como tocar hielo seco, pero lo soportó. Lo unió mentalmente con el que llevaba dentro y con el que Lachlan sostenía en el diario (que actuaba como catalizador simbólico).

Los tres engranajes comenzaron a girar, sincronizándose, creando un vórtice de energía pura en el centro de la habitación.

—¡Ahora, Lachlan! —gritó Isla—. ¡Rompe el círculo!

Lachlan lanzó su espada contra el pedestal de obsidiana. La piedra se fracturó, rompiendo el campo de contención.

La energía explotó. Una onda de luz blanca cegó a todos. El castillo tembló. Las ventanas estallaron.

Cuando la luz se desvaneció, Margaret yacía inconsciente en el suelo. Los guardias habían huido. Y los tres engranajes... habían desaparecido. Fusionados en uno solo, que ahora descansaba en la mano de Isla, brillante, caliente, vivo.

Lo habían logrado. Habían reunido la llave maestra.

Pero mientras Isla miraba el objeto en su mano, sintió una presencia nueva. Algo que no estaba allí antes. Algo que observaba desde el otro lado de la realidad.

Una voz resonó en su mente, clara, fría, familiar: «Bien hecho, hija. Ahora, abre la puerta.»

Era la voz de su madre. De su verdadera madre. Del futuro. Y Isla supo, con horror absoluto, que la batalla real apenas acababa de comenzar.