Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 16 La Acusación Formal
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Capítulo 16 La Acusación Formal

La lluvia no cesó durante toda la noche, convirtiendo el mundo exterior en un lienzo borroso de grises y negros, pero dentro de la cueva, la tormenta era interna.

Isla pasó las horas oscuras en un estado de vigilia febril, analizando cada latido del engranaje integrado en su pecho.

No era solo calor; era una intrusión. Sentía cómo pequeñas hebras de energía fría se extendían desde el núcleo metálico hacia sus nervios, explorando su sistema como raíces buscando agua.

Margaret tenía razón en una cosa: el objeto la estaba cambiando.

Pero estaba equivocada en la conclusión. No era una digestión pasiva; era una simbiosis forzada. Y si podía controlar la simbiosis, podía controlar el poder.

Al amanecer, cuando la luz grisácea filtró la entrada de la cueva, Isla se sintió más fuerte, aunque también más extraña a sí misma.

Sus sentidos estaban agudizados hasta lo doloroso; podía oír el goteo individual de cada gota de agua en las hojas a cien metros de distancia, podía ver el espectro infrarrojo del calor corporal de Lachlan mientras dormía inquieto a su lado.

Se levantó con cuidado, evitando despertarlo.

Necesitaba pensar. Necesitaba un plan que no dependiera de la fuerza bruta ni de la magia incomprensible de Margaret.

Recordó las palabras de Ewan antes de morir: «El diario de Elara dice cómo cerrar la puerta».

Pero también recordaba la advertencia final: «El amor es la llave, y también la trampa».

Si el sacrificio voluntario era la clave, quizás la renuncia al amor era la cerradura.

Una idea terrible, pero lógica. Si ella dejaba de amar a Lachlan, si rompía el vínculo emocional que la anclaba a este tiempo y a esta realidad, ¿el engranaje perdería su combustible? ¿O simplemente la mataría?

No había tiempo para experimentos filosóficos. Tenían que moverse. Despertó a Lachlan suavemente. Él abrió los ojos, desorientado por un segundo, antes de que la realidad de su situación lo golpeara de nuevo. Su rostro se endureció, pero sus ojos buscaron los de ella con una ternura desesperada.

—¿Estás bien? —preguntó, tocando su mejilla.

—Estoy... diferente —admitió Isla—. Pero funcional. Tenemos que ir al castillo.

Lachlan se incorporó, frunciendo el ceño.

—Es suicida. Campbell nos espera. Margaret nos espera.

—Nos esperan como fugitivos —corrigió Isla—.

Como presas asustadas. Pero si entramos por la puerta principal, con la cabeza alta, reclamando nuestro derecho...

quizás podamos ganar tiempo. Necesito acceder a la biblioteca de Duncan.

Allí están los planos originales de la estructura dimensional. Sin ellos, estoy ciega.

Lachlan dudó, luchando entre su instinto protector y la lógica implacable de Isla. Finalmente, asintió.

—Iré contigo. Pero no entraremos por la puerta principal. Usaremos el paso secreto de los contrabandistas bajo la capilla. Conozco la combinación.

El viaje de regreso fue silencioso y tenso.

Cada sombra parecía albergar una amenaza, cada ruido era una posible emboscada.

Cuando llegaron a las murallas exteriores de Dunvegan, el castillo parecía más imponente, más hostil.

Las banderas del clan colgaban pesadas por la lluvia, y las almenas estaban vigiladas por guardias con ballestas tensas.

Se deslizaron hacia la entrada lateral de la capilla, evitando la mirada de los centinelas principales.

Lachlan introdujo una llave antigua en una cerradura oculta tras una estatua de piedra desgastada.

El mecanismo cedió con un clic satisfactorio, revelando una escalera de caracol que descendía hacia la oscuridad.

Bajaron en silencio, emergiendo en los sótanos del castillo, cerca de las bodegas de vino. El aire olía a moho y a fermentación antigua. Desde allí, podían escuchar voces arriba, en el gran salón. Voces elevadas, discutiendo.

—Es mi padre —susurró Lachlan, pegándose a la pared—. Y Campbell. Están discutiendo.

Isla hizo una señal para que guardara silencio. Escucharon atentamente.

—¡No podemos esperar más! —gritaba la voz de Campbell, distorsionada por la piedra—. La chica ha desaparecido. El ritual está incompleto. Si no actuamos ahora, la entidad se volverá incontrolable.

—Calma, hermano —respondió Alasdair, con una voz cansada, derrotada—. Margaret dice que volverán. Que el engranaje los atraerá aquí como imanes. Debemos tener paciencia.

—¡Paciencia! —escupió Campbell—. ¡La paciencia nos está costando el control! Malcolm ya está actuando por su cuenta. He oído rumores de que ha estado reuniendo a sus propios seguidores. Quiere el poder para sí mismo.

Isla intercambió una mirada con Lachlan. La grieta en la conspiración se estaba ampliando. Malcolm no era solo un peón; era un rival. Y esa rivalidad podría ser su única oportunidad.

Subieron las escaleras hacia la biblioteca, moviéndose como sombras. La puerta estaba cerrada, pero Lachlan tenía la llave maestra que había tomado del escritorio de su padre años atrás, un secreto que solo él conocía. Entraron rápidamente, cerrando tras ellos.

La biblioteca estaba tal como la habían dejado, pero algo había cambiado. Los libros de Duncan no estaban en su escondite habitual. Alguien los había movido.

—Busquemos —ordenó Isla, comenzando a revisar las estanterías con frenesí contenido.

Mientras buscaban, oyeron pasos en el pasillo. Pasos pesados, múltiples. Alguien venía.

—Escondeos —masculló Lachlan, empujándola hacia detrás de una cortina pesada de terciopelo rojo que cubría una ventana alta.

La puerta se abrió. Entraron tres hombres. Campbell, Malcolm y el Capitán de la Guardia. No parecían estar buscando libros. Parecían estar esperando.

—Sé que están aquí —dijo Campbell, su voz resonando en la sala vacía—. Puedo oler su miedo. Puedo oler la magia corrupta de la chica.

Malcolm rio, un sonido seco y cruel.

—Dejad que salgan, tío. Será más divertido cazarlos en espacio cerrado.

Isla contuvo la respiración, apretando la mano de Lachlan. Estaban atrapados. No había salida visible. La ventana estaba demasiado alta, la puerta bloqueada.

Entonces, Campbell se acercó al escritorio de Duncan. Abrió un cajón secreto que Isla no había visto antes. Sacó un paquete de documentos.

—Aquí están —dijo, sonriendo triunfalmente—. Los diarios completos. Y algo más. Una carta de confesión firmada por Lachlan, admitiendo su traición y su complicidad con la bruja.

Isla sintió cómo el corazón se le detenía. Una confesión falsa. Habían preparado el terreno legal y social para su destrucción. No solo los matarían; los desacreditarían. Los convertirían en monstruos ante los ojos del clan.

—Cuando los encontremos —continuó Campbell—, no serán ejecutados como héroes caídos. Serán quemados como herejes. Y sus nombres serán borrados de la historia.

Malcolm se acercó a la cortina donde se escondían. Isla pudo ver sus botas deteniéndose justo frente a ella. Podía oler su perfume rancio, sentir su aliento caliente a través de la tela.

—Salid —ordenó Malcolm, con voz suave, amenazante—. Sé que estáis ahí. Os huelo.

Lachlan tensó los músculos, preparado para luchar, pero Isla le apretó la mano con fuerza. No, pensó. Aún no.

Malcolm alargó la mano para apartar la cortina.

En ese momento, un ruido estruendoso resonó desde el otro lado de la habitación. Un libro pesado había caído al suelo.

Todos se giraron hacia el sonido. Era una distracción. Fiona, la joven doncella, había entrado silenciosamente por la puerta trasera, que habían dejado entreabierta. Había lanzado el libro para salvarlos.

—¡Allí! —gritó Campbell, señalando a Fiona.

Los guardias se abalanzaron sobre la chica, ignorando momentáneamente la cortina. Fue la oportunidad que Isla necesitaba.

—¡Ahora! —susurró.

Ella y Lachlan salieron de su escondite, no hacia la puerta, sino hacia la chimenea grande de la biblioteca. Lachlan pateó la rejilla falsa que ocultaba el conducto de humo, un escape de emergencia que solo los MacLeod conocían.

—¡Detenedlos! —rugió Campbell.

Pero ya era tarde. Isla y Lachlan se deslizaron por el conducto oscuro y estrecho, cayendo en la cámara de combustión inferior, cubierta de cenizas frías. Mientras tosían y se limpiaban el hollín, oyeron los gritos de furia de Campbell arriba.

Habían escapado de la trampa inmediata. Pero tenían los diarios. Y tenían la verdad.

Sin embargo, al salir del conducto hacia el patio interior, se encontraron cara a cara con Lady Margaret.

No estaba sola. Detrás de ella, formando un semicírculo impenetrable, estaban diez guardias armados con lanzas y espadas. Y en el centro, sosteniendo una daga curva, estaba Morag. O mejor dicho, Brigid, su hermana gemela, con una sonrisa idéntica a la de la muerta.

—Bienvenidos a casa —dijo Margaret, con una calma glacial—. Os hemos estado esperando. La acusación formal ha sido presentada. Sois prisioneros del clan.

Lachlan desenvainó su espada, pero sabía que era inútil. Estaban rodeados.

Isla miró a Margaret, luego a los guardias, luego a Lachlan. Vio la resignación en sus ojos, pero también la aceptación. Habían hecho todo lo posible. Ahora, el destino tomaba el mando.

Margaret hizo un gesto con la mano.

—Llevadlos a las mazmorras. Separados. Y asegurad de que la chica no pueda usar su... don.

Los guardias avanzaron. Isla no luchó. Sabía que la resistencia física era fútil. Pero mientras la arrastraban hacia la oscuridad de las celdas, mantuvo la mirada fija en Margaret.

—Esto no ha terminado —masculló, con una voz que heló la sangre de la anciana—. El engranaje no se puede encarcelar. Y yo tampoco.

Margaret sonrió, pero fue una sonrisa tensa, insegura. Por primera vez, había duda en sus ojos.

Isla fue arrojada a una celda húmeda y oscura. La puerta de hierro se cerró con un golpe definitivo.

Estaba sola.

Pero en la oscuridad, el engranaje en su pecho comenzó a brillar con una luz azul tenue, iluminando las paredes de piedra. Y en esa luz, vio algo escrito en la pared, con arañazos recientes.

Un mensaje. De Lachlan: «Confía en mí. Esta noche.» Isla sonrió en la oscuridad.

La guerra no había terminado. Apenas comenzaba.