Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 15 Noche de Tormentas
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Capítulo 15 Noche de Tormentas

La luz no fue un destello, sino una explosión silenciosa que desintegró la realidad tal como Isla la conocía.

No hubo dolor físico, al menos no en el sentido convencional; fue una sensación de desgarro ontológico, como si cada átomo de su cuerpo estuviera siendo estirado a través de un tamiz infinitesimal.

El engranaje, presionado contra su esternón, se fundió con su piel, o quizás ella se fundió con él.

Por un instante eterno, dejó de ser humana.

Se convirtió en datos, en energía pura, en una frecuencia vibrante que resonaba con el arco de basalto negro.

Vio hilos de tiempo entrelazados como madejas de lana cósmica: el pasado sangriento de Escocia, el futuro estéril de cristal y acero, y el presente frágil y desesperado donde Lachlan gritaba su nombre, aunque el sonido no podía atravesar la barrera de silencio absoluto.

Y entonces, tan abruptamente como había comenzado, todo colapsó.

Isla cayó de rodillas sobre la hierba quemada del claro, jadeando, tosiendo aire que sabía a ozono y ceniza.

El engranaje ya no estaba en su mano. Había desaparecido.

O más bien, se había integrado. Sintió un calor profundo, constante, latiendo justo debajo de su corazón, un segundo ritmo cardíaco que no era biológico, sino mecánico y temporal.

El arco de basalto seguía allí, pero la ondulación en su centro había cesado. La puerta estaba cerrada. O dormida.

Fiona yacía inconsciente en el suelo, las cadenas de plata rotas, humeantes. Ya no poseída. Solo una niña asustada y exhausta.

Lachlan estaba a su lado antes de que Isla pudiera procesar lo ocurrido. Sus manos temblaban mientras la tocaban, verificando que era real, que estaba viva.

—Isla... —su voz estaba rota, llena de un terror que iba más allá del miedo a la muerte—. ¿Qué has hecho? ¿Qué te han hecho?

Ella levantó la vista. Sus ojos, normalmente verdes y grises, tenían ahora un brillo metálico, efímero, como el reflejo de una pantalla apagada.

—He cerrado el circuito —murmuró, sintiendo cómo la fatiga la arrastraba hacia abajo—. He absorbido la carga. La puerta no puede abrirse sin el estabilizador. Y ahora... ahora el estabilizador soy yo.

Lachlan la miró con horror y admiración mezcladas. Comprendía, vagamente, la magnitud del sacrificio. Ella no solo había detenido el ritual; se había convertido en el candado. En la prisión de esa energía maligna.

Antes de que pudieran hablar más, el cielo sobre ellos rugió.

No era un trueno normal. Era el sonido de la realidad resquebrajándose.

Nubes negras, densas como tinta, se arremolinaron sobre el claro, girando en un vórtice antinatural.

La tormenta que Margaret había invocado, o quizás la tormenta que el universo lanzaba en respuesta a la violación de sus leyes, había llegado.

—Tenemos que irnos —comentó Lachlan, cargando a Fiona, que gemía débilmente—. Ahora. Antes de que esto nos trague.

Corrieron hacia el bosque, dejando atrás el arco silencioso.

La lluvia comenzó a caer, no en gotas, sino en cortinas líquidas que golpeaban con fuerza brutal.

Los relámpagos iluminaban el bosque con flashes blancos y cegadores, revelando sombras que parecían moverse independientemente de los árboles.

El viento ululaba, arrancando ramas y lanzándolas como proyectiles.

No volvieron al castillo. No podían. Dunvegan era el epicentro de la corrupción, el nido de la serpiente.

Buscaron refugio en una cueva pequeña que Lachlan conocía, situada en una ladera rocosa lejos de los senderos principales.

Era un lugar húmedo y frío, pero seguro de las miradas indiscretas y, por el momento, de las entidades sombrías.

Una vez dentro, Lachlan acomodó a Fiona en un rincón seco, cubriéndola con su capa. La joven doncella dormía un sueño pesado, agitado por pesadillas, pero viva. Luego se volvió hacia Isla.

Ella estaba sentada cerca de la entrada, observando la tormenta. La luz de los relámpagos iluminaba su perfil, destacando la tensión en su mandíbula, la palidez de su piel. El calor en su pecho pulsaba con cada trueno, sincronizado con la furia exterior.

Lachlan se acercó lentamente, como si temiera que ella fuera de cristal. Se sentó a su lado, sin tocarla, respetando su espacio, pero llenándolo con su presencia.

—¿Duele? —inquirió suavemente.

Isla negó con la cabeza, aunque mentía. No era dolor físico. Era una presión constante, una conciencia ajena que rozaba su mente, susurrando secretos de tiempos olvidados, mostrando imágenes de mundos que nunca existieron. Era una locura contenida, una vigilancia eterna.

—Es... pesado —admitió finalmente—. Siento el peso de la puerta. Siento su hambre. Pero está contenida. Por ahora.

Lachlan exhaló, un sonido largo y tembloroso.

—Te salvaste a ti misma. Nos salvaste a todos. Pero a qué costo, Isla. A qué costo.

Ella se giró para mirarlo. En la penumbra de la cueva, sus rostros estaban cercanos, íntimos. La tormenta rugaba fuera, un caos elemental que contrastaba con la calma tensa entre ellos.

—El costo es vivir con esto —dijo ella, señalando su pecho—. Saber que soy diferente. Que siempre lo seré. Que nunca podré ser completamente parte de este mundo, ni del otro.

Lachlan extendió la mano, rozando suavemente su mejilla con los dedos. Su tacto era cálido, humano, anclándola a la realidad presente.

—Eres parte de mi mundo, Isla. Eres parte de mi vida. No importa de dónde vengas. No importa qué llevas dentro. Lo que importa es quién eres aquí. Ahora. Conmigo.

Isla sintió cómo las lágrimas acumuladas durante meses de miedo y soledad amenazaban con brotar. Pero no lloró. En su lugar, se inclinó hacia él, buscando ese contacto, esa validación.

—Tengo miedo, Lachlan —confesó, su voz apenas un susurro—. Miedo de perderme. De que el engranaje me consuma. De que un día despierte y ya no sea yo, sino solo la llave.

—No dejaré que eso ocurra —prometió él, con una ferocidad tranquila—. Te recordaré quién eres. Cada día. Cada hora. Seré tu ancla, Isla. Como tú fuiste la mía.

Se quedaron así, en silencio, escuchando la lluvia golpear la entrada de la cueva. La intimidad del momento era abrumadora. No había necesidad de palabras adicionales. La confesión mutua de vulnerabilidad había creado un vínculo más fuerte que cualquier juramento de sangre.

Pero la paz era frágil. Fuera, en la oscuridad empapada, algo se movía. No era el viento. Era una presencia.

Isla tensó los músculos, alertada por el pulso acelerado del engranaje en su pecho.

—Alguien viene —susurró.

Lachlan se puso de pie instantáneamente, desenvainando su espada.

—¿Quién?

—No lo sé. Pero no es humano. Es... familiar.

Un relámpago iluminó la entrada de la cueva. Y allí, de pie bajo la lluvia torrencial, impasible al agua que empapaba su ropa, estaba Lady Margaret.

No llevaba guardaespaldas. No llevaba armas visibles. Solo sostenía un paraguas negro, antiguo, elegante. Sonreía. Una sonrisa serena, maternal, aterradora.

—Podéis salir, queridos —dijo, su voz clara y audible a pesar del estruendo de la tormenta—. No he venido a luchar. He venido a ofrecer una tregua.

Lachlan dudó, mirando a Isla. Ella negó con la cabeza ligeramente. Es una trampa, dijeron sus ojos. Pero necesitamos saber qué quiere.

Con cautela extrema, salieron de la cueva, manteniendo a Fiona protegida detrás de ellos. Margaret los observó con curiosidad clínica.

—Habéis sido ingeniosos —comentó, ajustando su paraguas—. Cerrar el circuito desde dentro. Arriesgado. Brillante. Pero inútil a largo plazo.

—¿Por qué? —preguntó Isla, su voz firme a pesar del temor que le helaba la sangre.

—Porque la puerta no es solo una abertura espacial, querida.

Es una herida. Y las heridas, si no se curan correctamente, se infectan.

El engranaje dentro de ti... está creciendo.

Está cambiando tu biología. Tu psicología.

Pronto, no serás Isla. Serás la Puerta. Y cuando eso ocurra, Campbell y Malcolm no necesitarán rituales. Solo necesitarán abrirte.

Isla sintió un escalofrío. ¿Era verdad? ¿Estaba convirtiéndose en lo que temía?

—Mientes —dijo Lachlan, apuntando su espada hacia ella—. Solo quieres asustarnos.

Margaret rio suavemente.

—Oh, sobrino. Siempre tan protector. Tan ingenuo. Pregúntale a ella. Pregúntale si ha tenido visiones nuevas. Si ha escuchado voces que no son suyas. Si siente que su memoria se difumina, reemplazada por recuerdos que no le pertenecen.

Isla bajó la mirada. Sí. Había ocurrido. Fragmentos de vidas ajenas. Sensaciones de caer desde alturas imposibles. Voces en idiomas muertos.

Margaret vio la confirmación en su silencio.

—Exacto. El tiempo te está digiriendo, Isla. Y yo soy la única que sabe cómo detenerlo. Cómo extraer el engranaje sin matarte.

—¿Y cuál es el precio? —preguntó Isla, sabiendo que no habría misericordia gratuita.

—El precio es simple —dijo Margaret, dando un paso adelante—. Entregaos. Volved al castillo. Dejad que complete el ritual correctamente. Esta vez, sin sacrificios innecesarios. Esta vez, con control. Os prometo seguridad. Poder. Y para ti, Isla... la cura.

Lachlan estuvo a punto de atacar, pero Isla lo detuvo con una mano en el brazo.

—No podemos confiar en ti —dijo ella.

—No tenéis opción —respondió Margaret, su voz endureciéndose—. Porque si no volvéis, el engranaje os consumirá en tres días. Y cuando eso ocurra, explotaréis. Destruyendo todo a vuestro alrededor. Incluyendo a este pobre niño que tanto amáis.

Señaló a Lachlan con el mango del paraguas.

—Tres días, Isla. Pensadlo bien. Mientras tanto, disfrutad de vuestra libertad. Porque será la última.

Dicho esto, Margaret se dio la vuelta y caminó hacia la oscuridad del bosque, desapareciendo entre la lluvia y las sombras como si nunca hubiera estado allí.

Isla y Lachlan se quedaron solos bajo la tormenta, la amenaza suspendida sobre sus cabezas como una espada de Damocles.

—Tres días —murmuró Lachlan, con desesperación.

Isla miró su pecho, donde el calor pulsaba con más fuerza ahora, como si respondiera a la proximidad de Margaret.

—No tenemos tres días —dijo ella, con una determinación nueva, fría y calculadora—. Tenemos esta noche. Y vamos a usarla para encontrar una solución que ella no prevé.

—¿Cuál?

Isla sonrió, una sonrisa triste pero peligrosa.

—Si el engranaje me está consumiendo, entonces lo usaré como arma. No para abrir la puerta. Para destruirla desde dentro. Pero necesito ayuda. Necesito acceso a la biblioteca prohibida de Duncan MacLeod. Necesito sus notas completas.

—Están en el castillo —dijo Lachlan—. Vigilados.

—Entonces entraremos —dijo Isla—. No como fugitivos. Como fantasmas.

La tormenta rugió, como aprobando su decisión suicida. Y en la oscuridad de la cueva, dos amantes condenados prepararon su última batalla, sabiendo que el tiempo, su enemigo más implacable, se les acababa.