Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 20 El Sacrificio del Lacayo
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Capítulo 20 El Sacrificio del Lacayo

La luz blanca no fue un escape, sino una fragmentación.

Isla y Lachlan no se movieron a través del espacio, sino que fueron dispersados por la corriente temporal como hojas en un huracán.

Durante un instante eterno, existieron en todos los lugares y en ninguno, viendo destellos de vidas paralelas, de muertes evitadas y de futuros imposibles.

Luego, con una violencia física que les sacó el aire de los pulmones, aterrizaron sobre la hierba húmeda de un claro lejano, a kilómetros de la cueva, cerca de las ruinas de un antiguo fuerte picto.

Isla rodó sobre sí misma, protegiendo instintivamente su cabeza, mientras Lachlan caía a su lado, jadeando, con la espada aún aferrada en una mano blanca por la tensión.

El engranaje en el pecho de Isla ardía como un carbón vivo, dejando una marca roja en su piel, una quemadura espiritual que pulsaba con cada latido.

Había usado demasiada energía. Demasiado rápido.

Su cuerpo temblaba incontrolablemente, no solo por el frío, sino por el shock sistémico de haber violado las leyes de la causalidad local.

—¿Dónde...? —Lachlan miró a su alrededor, desorientado, sus ojos escaneando el horizonte brumoso—. ¿Cómo hemos llegado aquí? Estábamos a kilómetros de distancia.

Isla se incorporó con dificultad, apoyándose en un tronco caído. Sentía náuseas, un mareo vertiginoso que hacía que el mundo girara a su alrededor.

—Un salto corto —murmuró, limpiándose la sangre de la nariz con el dorso de la mano—. Una distorsión localizada. No podemos hacerlo a menudo. Cada vez... me cuesta más volver. Me estoy disolviendo, Lachlan.

Antes de que él pudiera responder, un sonido familiar resonó en el aire. No era el zumbido tecnológico del agente del tiempo, ni el ulular del viento. Era el relincho agudo de un caballo, seguido por el galope frenético de cascos contra la tierra blanda.

De entre los árboles emergió una figura solitaria.

Montaba un caballo negro, exhausto, cubierto de espuma.

Era Ian. O mejor dicho, el fantasma de Ian.

Porque Isla sabía, con certeza absoluta, que Ian había muerto en la cripta.

Lo había visto degollado. Pero allí estaba, pálido, con los ojos muy abiertos, sosteniendo una antorcha apagada en una mano y las riendas con la otra.

—Ian... —susurró Lachlan, retrocediendo instintivamente, levantando la espada—. Eres un eco. Una ilusión del engranaje.

Ian negó con la cabeza, bajando del caballo con movimientos rígidos, mecánicos. Su voz sonaba hueca, como si viniera desde el fondo de un pozo.

—No soy una ilusión, milord. Soy lo que queda. Cuando la entidad me mató, mi conciencia quedó atrapada en el flujo temporal. El engranaje de Isla... me ha llamado. Me ha dado forma temporalmente. Pero no durará.

Isla se acercó, extendiendo una mano temblorosa hacia él. Sentía una conexión fría, eléctrica, como tocar hielo seco.

—¿Por qué estás aquí, Ian? ¿Qué quieres?

—Advertiros —dijo Ian, mirando directamente a Isla—. El Agente... el hombre de las gafas... no está solo. Ha traído máquinas. Dispositivos que pueden rastrear la firma temporal del engranaje. No podéis esconderos. No podéis huir. La única manera de detenerlo es destruir la fuente.

—¿La fuente? —preguntó Lachlan, confundido.

—El tercer punto de anclaje —explicó Ian, su voz ganando urgencia—. Malcolm no tiene el tercer engranaje. Margaret tampoco. Lo tiene alguien más. Alguien que ha estado manipulando a ambos bandos desde las sombras. Alguien que espera el momento perfecto para reclamar el poder total.

—¿Quién? —exigió Isla.

Ian sonrió tristemente.

—El pastor. Angus. El hombre que os rescató, Isla. El que os crio. Él no era un pastor. Era un guardián. Un vigilante temporal enviado hace siglos para proteger la puerta. Y ahora... ha decidido que es hora de cerrar el ciclo. De una vez por todas.

Isla sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies. Angus. El viejo bondadoso que le había enseñado a leer, que le había dado nombre, que la había protegido de los lobos y del frío. ¿Era todo una mentira? ¿Era él el arquitecto de su sufrimiento?

—Angus está muerto —dijo Lachlan, con firmeza—. Lo enterramos hace tres años.

—Su cuerpo sí —corrigió Ian—. Pero su conciencia... su misión... permanece. Está en las ruinas de Culloden. Esperándoos. Y ha enviado a sus sabuesos.

Señaló hacia el bosque. De entre los árboles, comenzaron a emerger figuras.

No eran humanos. Eran constructos de metal y carne, híbridos grotescos creados por la tecnología del futuro fusionada con la brujería del pasado.

Tenían ojos rojos brillantes y garras de acero.

Se movían con una velocidad antinatural, silenciosos, letales.

—Corred —ordenó Ian, desenvainando una daga oxidada—. Yo los retrasaré.

—No te dejaremos —protestó Lachlan.

—¡Debéis hacerlo! —gritó Ian, su voz rompiéndose en un grito desesperado—. Si no llegáis a Culloden antes del amanecer, Angus activará el protocolo de purga. Destruirá todo. El castillo. El clan. A vosotros. Solo hay una manera de detenerlo. Enfrentarlo. Y para eso, necesitáis estar vivos.

Los constructos atacaron. Ian se lanzó contra ellos con una furia suicida, su daga chocando contra el metal de sus garras.

Era una batalla desigual, desesperada. Isla y Lachlan dudaron un segundo, el corazón desgarrado por la culpa y la gratitud.

Ver a Ian, o lo que quedaba de él, luchando por ellos, era una tortura insoportable.

—¡Vámonos! —gritó Isla, tirando del brazo de Lachlan—. ¡Ahora!

Corrieron hacia el norte, hacia las ruinas de Culloden, escuchando detrás de ellos los gritos de Ian, los chirridos metálicos de los constructos, y finalmente, el silencio. Un silencio absoluto, pesado, definitivo. Ian había cumplido su promesa. Había comprado su vida con la suya. Otra vez.

Llegaron a las ruinas cuando el sol comenzaba a asomar por el horizonte, tiñendo el cielo de un rojo sangriento. El campo de batalla histórico estaba desierto, salvo por una figura solitaria sentada en medio de las piedras rotas.

Era Angus.

Pero no el anciano frágil que recordaban. Era una figura imponente, vestida con túnicas blancas bordadas con hilos de plata que brillaban con luz propia. Su rostro era sereno, inexpresivo, desprovisto de la calidez humana que Isla recordaba. Sus ojos eran completamente blancos, sin iris ni pupila.

Al verlos llegar, Angus se puso de pie. No caminó hacia ellos; flotó ligeramente sobre el suelo, desafiando la gravedad.

—Bienvenidos, hijos del tiempo errante —dijo, su voz resonando no en el aire, sino directamente en sus mentes—. Habéis tardado. Pero habéis llegado. Justo a tiempo para el final.

Lachlan desenvainó su espada, interponiéndose entre Angus e Isla.

—¿Quién eres realmente? —exigió, su voz temblando de rabia contenida—. ¿Qué hiciste con Ian? ¿Qué hiciste con Isla?

Angus sonrió, una sonrisa triste, paternal.

—Soy el Guardián. Y he hecho lo que debía hacer. He preparado a Isla. La he protegido. La he guiado hacia su destino. Y ahora, es hora de que cumpla su propósito.

Miró a Isla, ignorando a Lachlan.

—El engranaje, hija mía. Devuélvemelo. Es hora de cerrar la puerta. De restaurar el orden. De borrar la anomalía.

Isla apretó el puño sobre su pecho, sintiendo el calor del objeto.

—No —dijo, con voz firme—. No soy una anomalía. Soy una persona. Y no permitiré que me uses como herramienta.

Angus suspiró, como si estuviera decepcionado con un niño desobediente.

—Entonces, tendré que tomarlo por la fuerza.

Levantó una mano. El aire a su alrededor comenzó a distorsionarse, creando ondas de choque invisibles. Lachlan fue lanzado hacia atrás, golpeando contra una piedra rota. Isla intentó correr hacia él, pero una pared de energía invisible la detuvo, inmovilizándola en el aire.

—Lo siento, Isla —dijo Angus, acercándose lentamente—. Pero el sacrificio es necesario. Por el bien del tiempo. Por el bien de todos.

Extendió la mano hacia el pecho de Isla. Sus dedos largos y pálidos rozaron la tela de su vestido, buscando el engranaje.

Isla cerró los ojos, aceptando su destino. Había luchado, había huido, había amado. Pero al final, el tiempo siempre ganaba.

Pero entonces, sintió algo. No era la mano de Angus. Era la mano de Lachlan.

A pesar de estar herido, a pesar de la barrera de energía, Lachlan había logrado arrastrarse hasta ella. Y con un esfuerzo sobrehumano, había logrado tocar su mano.

En ese contacto, hubo una chispa. Una conexión. Un amor tan puro, tan intenso, que rompió la barrera de energía de Angus.

La pared invisible se fracturó. Isla cayó al suelo, libre.

Angus retrocedió, sorprendido por primera vez.

—Imposible —murmuró—. El amor no debería tener poder aquí. Es una variable irrelevante.

Isla se puso de pie, ayudada por Lachlan. Juntos, miraron a Angus.

—Te equivocas —dijo Isla, con una sonrisa triste pero poderosa—. El amor no es una variable. Es la constante. Es lo que mantiene unido al universo. Y es lo que te derrotará.

Levantó la mano, activando el engranaje. Pero esta vez, no lo usó para atacar. Lo usó para conectar. Para unir su energía con la de Lachlan, con la memoria de Ian, con la historia de Escocia, con el futuro que la esperaba.

Creó una red de luz dorada que envolvió a Angus, atrapándolo no en una prisión física, sino en una prisión emocional. Le mostró recuerdos. Recuerdos de bondad. De amistad. De humanidad. Recuerdos de quien había sido antes de convertirse en el Guardián.

Angus gritó, no de dolor, sino de reconocimiento. De dolor por lo que había perdido. Por lo que había sacrificado.

La luz se intensificó, cegadora. Y cuando se desvaneció, Angus ya no estaba. En su lugar, había un viejo anciano, frágil, humano, llorando suavemente.

El Guardián había desaparecido. Solo quedaba Angus.

Isla y Lachlan se abrazaron, exhaustos, heridos, pero vivos. Habían ganado la batalla. Pero la guerra... la guerra contra el Agente del Tiempo, contra Malcolm, contra Margaret... apenas comenzaba.

El sol ascendía sobre Culloden, iluminando las ruinas de un pasado sangriento, Isla supo que su futuro estaría escrito no por el destino, sino por sus propias elecciones.

Juntas.